miniaturadeimagen|Retrato del príncipe de Asturias Fernando de Borbón pintado por Goya en 1808. El complot o conspiración de El Escorial, también conocido como el proceso de El Escorial, fue una conspiración fallida encabezada por el príncipe de Asturias Fernando de Borbón para provocar la caída del «favorito» Manuel Godoy y poner bajo control a la reina María Luisa de Parma, su principal apoyo. La suerte que correría el rey Carlos IV de España nunca estuvo clara. La conjura fue descubierta el 27 de octubre de 1807 durante una estancia de la familia real en el monasterio de El Escorial, de ahí el nombre que recibe. Ese mismo día, 27 de octubre, se firmaba el Tratado de Fontainebleau, por el que la monarquía española permitía la entrada en su territorio de las tropas de Napoleón Bonaparte para atacar conjuntamente al Reino de Portugal, aunque los ejércitos franceses ya habían comenzado a cruzar la frontera española desde el día 18 de octubre. Paradójicamente, de la «conjura de El Escorial» salió fortalecido el príncipe Fernando —considerado víctima de la ambición de su madre y de su perverso favorito—, y los desprestigiados fueron Godoy, la reina y el «débil» Carlos IV. El príncipe de Asturias no desaprovecharía la segunda oportunidad que tuvo para hacerse con el trono en marzo del año siguiente.
La conjura miniaturadeimagen|izquierda|Retrato del canónigo Juan Escóiquiz, uno de los principales implicados en la conjura. La conspiración comienza en marzo de 1807 cuando el príncipe de Asturias Fernando ―que desde la muerte de su esposa María Antonia de Nápoles en mayo de 1806 se había mantenido relativamente alejado de la política de la corte― le pide a uno de sus hombres de confianza, el canónigo Juan Escóiquiz ―entonces desterrado en Toledo―, «que discurriese y le avisase los medios más propios para salvarle de las tramas de aquel tirano Manuel Godoy, para salvar al Reino y aun a sus mismos padres, que serían, a pesar de su ciega afición a él, sus primeras víctimas». La alusión a «las tramas» de Godoy se refería al nombramiento de este dos meses antes como «Almirante General de España e Indias» con el título añadido de «Protector del Comercio Marítimo», lo que le confería el tratamiento de «alteza», como los infantes. Carlos IV justificó el nombramiento, al que añadió el de decano del Consejo de Estado, por las altas cualidades de Godoy lo que le confería «la preferencia sobre toda clase de personas, después de los Infantes de España». Un nombramiento que el príncipe y el «partido fernandino» ―el grupo de nobles y clérigos que formaban el entorno del príncipe y cuyo principal objetivo era derribar a Godoy― consideraban un paso previo para impedir el acceso al trono de su legítimo heredero que no era otro que el príncipe de Asturias, un temor que no era nuevo. miniaturadeimagen|El duque del Infantado, otro de los principales implicados en la conjura. Escóiquiz contactó inmediatamente con el duque del Infantado, el noble más destacado del «partido fernandino», y con el embajador del Imperio Francés en Madrid François de Beauharnais para así recabar el apoyo al plan de Napoleón, en aquel momento en la cúspide de su dominio sobre Europa continental. Para alcanzar este último objetivo se pensó que la mejor estrategia sería el matrimonio del príncipe Fernando con una dama francesa emparentada con la familia imperial, una opción que agradó al príncipe Fernando pues Godoy pretendía casarlo con su cuñada María Luisa de Borbón y Vallabriga. Otro paso que dio Escóiquiz fue redactar un decreto que iba a ser la clave de todo el plan y que tras su copia de su puño y letra y firma por el príncipe Fernando quedaría bajo la custodia del duque del Infantado para hacerlo público cuando muriera el rey Carlos IV, un hecho que los conspiradores suponían que se produciría pronto. El decreto sería el primero promulgado por el nuevo rey y en él se destituía a Godoy y se nombraba al duque del Infantado jefe supremo de todas las fuerzas militares de la corte, los reales sitios y de Castilla la Nueva y ordenaba también que todas las autoridades civiles se pusieran a sus órdenes. En el decreto se decía también que el que negara la validez del decreto o que pretendiera «aunque sea por poco tiempo retardar la proclamación de nuestro ascenso al trono» sería declarado reo de lesa majestad.
El 12 de julio de 1807 el embajador francés escribió a su ministro de Asuntos Exteriores planteándole el asunto del matrimonio. En la carta le decía que al príncipe Fernando «una esposa que le fuera dada por el emperador de los franceses le llenaría de felicidad». En una posterior fechada el 30 de agosto volvió sobre la cuestión. En ella decía que Fernando, hombre «recto, franco, religioso», «solicita de rodillas la protección de S.M. el emperador y sólo quiere aceptar la esposa que él ofrezca» y que «hará absolutamente todo lo que quiera S.M.». Entonces el embajador le pidió al príncipe Fernando, por deseo expreso de Napoleón, que le escribiera una carta al emperador solicitando la mano de una francesa vinculada a la familia, sin pedir el permiso preceptivo a su padre el rey Carlos IV, lo que Fernando hizo. En esa carta fechada en El Escorial el 11 de octubre el príncipe le aseguraba a Napoleón ―al que calificaba como «el héroe mayor que cuantos le han precedido, enviado por la Providencia para salvar la Europa del trastorno total que la amenazaba, para asegurar los tronos vacilantes»― su voluntad de «resistir (y lo haré con invencible constancia) mi casamiento con otra persona, sea la que fuere, sin el consentimiento y aprobación de V.M.» Sobre esta carta el historiador Emilio La Parra López comenta: «el heredero de la corona española no podía mostrarse de manera más indigna en esta su primera comunicación directa con Napoleón. No sólo se ponía en sus manos, sino que además lo hacía sin guardar el debido respeto al rey… Su osadía era extrema y bien podía ser calificada de traición, pues venía a ser una especie de renuncia a la tutela de su rey y padre para acogerse a la de un soberano extranjero». miniaturadeimagen|izquierda|Retrato de Manuel Godoy por Antonio Carnicero. Hacia 1807 La trama que estaban urdiendo el príncipe Fernando y sus partidarios, especialmente lo relativo al intento de matrimonio con una dama francesa emparentada con la familia imperial, llegó a conocimiento de Godoy ―gracias sobre todo a los informes que le había enviado un agente suyo en París sobre las cartas que habían intercambiado el príncipe Fernando y Napoleón―, y a través de él a la reina María Luisa. Además uno de los hombres de confianza de Godoy le informó de los contactos entre la embajada francesa y el entorno del príncipe y de que se estaba preparando «un golpe grande» que traería muchos males para algunos «aunque se lo tienen merecido por sus maldades». Pero lo que desencadenó que el rey Carlos IV interviniera fue un papel depositado por «una mano desconocida» encima de su escritorio el 27 de octubre de 1807 en el que se decía «que el príncipe Fernando preparaba un movimiento en palacio, que peligraba su corona y que la reina María Luisa podía correr un grande riesgo de morir envenenada; que urgía impedir aquel intento sin dejar perderse un instante y que el vasallo fiel que daba aquel aviso no se encontraba en posición ni en circunstancias para poder cumplir de otra manera sus deberes».
La misma tarde del 27 de octubre durante la visita protocolaria que hacía todos los días el príncipe a sus padres, el rey le registró los bolsillos encontrando las claves secretas que utilizaba en su correspondencia con el principal responsable de la conspiración, el canónigo Juan Escóiquiz, y a continuación ordenó el registro exhaustivo del cuarto del príncipe. Allí encontraron varios documentos que lo incriminaban: un cuadernillo de doce hojas escrito por el príncipe y dirigido al rey en el que hacía un durísimo alegato en contra de Godoy ―comenzaba con la frase siguiente: «Ese hombre perverso es el que, desechado ya todo respeto, aspira claramente a despojaros del Trono y a acabar con todos nosotros»― y se pedía su inmediato encarcelamiento, sin que se enterara la reina, «mi querida, pero engañada madre»; un papel de cinco hojas, también escrito por el príncipe, dirigido a la reina en el que se negaba a aceptar la propuesta de matrimonio con la cuñada de Godoy; una carta de Escóiquiz fechada en Talavera; y una carta que luego se supo que era de un criado de confianza del príncipe donde se hablaba de un regalo que se le iba a entregar al embajador francés. En sus ‘‘Memorias’’ Godoy escribió que también se encontró una carta fechada el mismo día 27 de octubre que la reina María Luisa hizo desaparecer ya que era demasiado comprometedora para el príncipe porque en ella aparecía el auténtico objetivo de la trama: el destronamiento del rey Carlos IV. En ella Fernando hacía un paralelismo entre la situación que se estaba viviendo en la corte con lo ocurrido en el siglo VI entre el rey visigodo Leovigildo y su hijo Hermenegildo.
Al día siguiente, 28 de octubre, el rey ordenó la detención del príncipe, que quedó confinado en su cuarto bajo la vigilancia de guardias de corps, y a continuación la de todos los servidores de Fernando presentes en El Escorial, veintidós personas en total. Entre ellas se encontraban el marqués de Ayerbe y el conde de Orgaz. El rey también «ordenó celebrar misas en acción de gracias».
El proceso y el perdón miniaturadeimagen|Retrato de Carlos IV de España. Hacia 1800. A las ocho y media de la mañana del 29 de octubre, al día siguiente de su detención, el príncipe fue llevado a presencia de los reyes, que estaban acompañados por el gobernador del Consejo de Castilla Arias Mon y Velarde y por el gobierno casi al completo (José Antonio Caballero, secretario de Gracia y Justicia; Pedro Cevallos Guerra, secretario de Estado; Miguel Cayetano Soler, secretario de Hacienda; y Gil de Taboada). Godoy no estuvo presente porque estaba enfermo y se encontraba en Madrid. Al preguntarle el secretario de Gracia y Justicia, José Antonio Caballero, el príncipe negó toda responsabilidad, incurriendo en numerosas y burdas contradicciones ―llegó a decir que la autora de todo era su difunta esposa María Antonia de Nápoles, muerta hacía año y medio―. Sin embargo, al día siguiente al ser interrogado de nuevo el príncipe lo confesó todo, dio los nombres de los conjurados y reconoció su culpa ―había sido «un hijo ingrato a sus augustos padres… que había faltado a sus deberes y obligaciones»―. A continuación pidió perdón y prometió comportarse a partir de entonces como «el más filial hijo, si hasta aquí ha sido tan ingrato, y mudar enteramente de vida», así como estimar «a un vasallo tan útil y que tanto ha servido al Estado como es el Almirante [Godoy]». Su actitud no cambió en los nueve interrogatorios siguientes ―el último se produjo el 24 de noviembre―, convirtiéndose en la principal fuente de información de toda la trama, hablando incluso del decreto por el que se nombraba al duque del Infantado como jefe de todas las fuerzas militares de la corte, los reales sitios y Castilla la Nueva cuando muriera el rey, y que no formaba parte de los papeles encontrados en su cuarto. Las declaraciones del resto de los implicados en la trama, especialmente las de sus miembros más destacados, el canónigo Escóiquiz y el duque del Infantado, confirmaron lo relatado por el príncipe.