El golpe de Estado de Kornílov fue un intento fallido de golpe de Estado contrarrevolucionario llevado a cabo por el comandante en jefe del Ejército ruso, el general Lavr Kornílov, en septiembre de 1917. El Gobierno provisional ruso y los sóviets recibieron el apoyo mayoritario de la población e hicieron fracasar el golpe a los pocos días del alzamiento militar.
Rusia participó desde el principio en la Primera Guerra Mundial, declarando la guerra a los Imperios Centrales el . La Revolución de Febrero de 1917 acabó con la monarquía, pero no con la guerra. Convencido de que una victoria militar favorecería sus infructuosos intentos de alcanzar la paz reforzando la posición rusa ante sus aliados de la Triple Entente, el Gobierno organizó una ofensiva a comienzos del verano. Tras el fracaso de la Ofensiva de Kérenski en julio, el nuevo primer ministro, Aleksandr Kérenski, nombró al general Lavr Kornílov nuevo comandante en jefe del Ejército ruso; desde el comienzo surgieron roces entre ambos por los deseos del general de aplicar una serie de reformas conservadoras y opuestas a los consejos que, en su opinión, debían servir para mejorar la situación militar. Pronto Kornílov se convirtió en el candidato de las dispersas organizaciones conservadoras y de los representantes de la Entente para encabezar un nuevo Gobierno.
A mediados de agosto, Kornílov presentó un plan de reforma que equivalía a la implantación de una dictadura militar y que Kérenski rechazó, a pesar del apoyo del viceministro de Defensa, el socialrevolucionario Sávinkov. Kornílov prefería aplicar sus medidas con la colaboración del Gobierno, pero se preparó para hacerlo incluso contra él; Kérenski, por su parte, deseaba tratar con él desde una postura reforzada por la Conferencia Estatal de Moscú, pero fracasó por la creciente polarización política.
A finales de agosto y comienzos de septiembre parecía que Kérenski y Kornílov llegarían a un acuerdo para aplicar las reformas políticas y militares, pero la confusa intervención del antiguo procurador del Santísimo Sínodo Gobernante, Vladímir Lvov, confundió a ambos: Kornílov creyó que Kérenski había aceptado plenamente sus planes y este que Kornílov le presentaba un ultimátum y pretendía apartarlo del poder. El primer ministro forzó entonces la rebelión abierta del general al destituirlo; la marcha de este contra la capital resultó un fracaso, desbaratada por la resistencia no tanto del impotente Gobierno como de los sóviets y, especialmente, de los bolcheviques, que se recuperaron políticamente del revés sufrido en las Jornadas de Julio.
El fallido golpe acrecentó el desprestigio y debilitamiento de Kérenski, desacreditó a la derecha y aceleró los preparativos bolcheviques para tomar el poder.
Antecedentes Crisis nacional
En agosto de 1914, Rusia entró en la Primera Guerra Mundial. En 1917, tras el derrocamiento del zar Nicolás en la Revolución de Febrero, Rusia se hallaba en una grave crisis, acentuada por la inacción del Gobierno: en el campo la falta de una profunda reforma agraria aumentaba el descontento del campesinado y reducía la producción, en las ciudades disminuía también la producción industrial, aumentaba el desempleo y crecía la penuria del proletariado, lo que radicalizó políticamente a este sector. La falta de bienes de consumo y principalmente de alimentos llevó a ciertas regiones del país al borde del hambre; la escasez fomentó la inflación y el mercado negro. La escasez afectaba también al Ejército, falto de víveres, armamento y vestido; esta minaba el espíritu de combate de las tropas y su confianza en las autoridades civiles y militares y las hacía cada vez más receptivas a la propaganda de la extrema izquierda derrotista. La orden número 1 democratizó el Ejército, pero destruyó la antigua disciplina y el control gubernamental de las unidades; la situación militar era gravísima.
Kérenski fue incapaz de consensuar con los ministros de su gabinete un programa de reformas y, temeroso de la reacción popular a medidas represivas para restaurar el orden sin contar con estas reformas como contrapeso, se encontró paralizado. Esta parálisis decepcionó a los conservadores, parte de los liberales y a los Aliados; para estos grupos, la opción de implantar una dictadura respaldada por liberales y conservadores parecía la única opción para eliminar la dualidad de poder político mediante la supresión del Sóviet de Petrogrado y conducir a la población a la defensa del país. La exigencia de reformas se consideraba irresponsable y causa del caos en el país. Para estos grupos, era necesaria la eliminación de la dualidad del poder, el reforzamiento del Gobierno y la supresión de los consejos y del detestado partido bolchevique. Esta postura era mayoritaria entre los kadetes y algunas destacadas organizaciones como la Unión de Terratenientes o la Unión Nacional de Comercio e Industria a finales del verano de 1917. Reacios a participar directamente en la preparación de un golpe de Estado, estos grupos trataron primero de ejercer presión sobre el Gobierno para que adoptase las medidas que deseaban para restaurar el orden y la capacidad de combate del Ejército. Temerosos de la reacción popular a posibles medidas autoritarias, trataban de utilizar al Gobierno y a los socialistas moderados como intermediarios que justificasen estas acciones ante la población. Otro grupo, más radical y formado principalmente por militares, sin embargo, se mostró dispuesto ya desde la primavera a colaborar en tal empresa; sus principales organizaciones eran la Unión de Oficiales del Ejército y la Armada, la Liga Militar y la Unión de Caballeros de San Jorge. Entre las organizaciones civiles de orientación similar se contaban la Sociedad para la Rehabilitación Económica de Rusia, presidida por Aleksandr Guchkov y Alekséi Putílov, y el Centro Republicano.
Fracaso de la ofensiva de julio Aleksandr Kérenski, ministro de Defensa del Gobierno provisional ruso, arengando a las tropas en el verano de 1917. El fracaso de la ofensiva de junio precipitó el nombramiento de Kornílov como comandante en jefe del Ejército, a pesar de las dudas de Kérenski.|thumb|right El Gobierno se encontraba cada vez más acosado por las exigencias del Sóviet de Petrogrado. Tras la derrota de la Ofensiva de Kérenski en julio de 1917, este, recién nombrado primer ministro del Gobierno provisional, atribuyó a las proclamas del Sóviet la desmoralización que había llevado a la derrota. Kornílov, que no pudo acudir el a la reunión del primer ministro con los mandos militares por la delicada situación en el frente suroeste, solicitó la restricción de los poderes de los soviets de soldados, la restauración de la pena de muerte y de los tribunales militares en la zona del frente y la prohibición de las reuniones políticas y de la propaganda antipatriota entre las tropas. Pidió, sin embargo, el reforzamiento de los comisarios políticos y la reorganización del alto mando, insinuando que la razón de la derrota no se encontraba únicamente en las tropas, sino también en la dirección de las operaciones. Durante la ofensiva, alrededor de dos centenares de desertores fueron ahorcados tras restaurar Kornílov unilateralmente la pena de muerte en su sector del frente.
A pesar de la protesta del comandante en jefe del Ejército, inmediatamente después de la fracasada ofensiva Kornílov fue nombrado comandante del frente suroeste. Kornílov exigió poder disparar contra los desertores. Su telegrama al primer ministro, redactado por su asesor Vasili Zavoiko, era tan amenazador que Sávinkov tuvo que solicitar que fuese enmendado. Kornílov ordenó el uso de las ametralladoras y de la artillería contra las unidades que se retirasen sin haber recibido órdenes para ello incluso antes de recibir el beneplácito gubernamental a la medida; Kérenski, por su parte, había enviado una orden similar el , antes de recibir la exigencia de Kornílov. Tres días más tarde y por recomendación del primer ministro, el Gobierno aprobó la restauración de la pena de muerte en el frente con el objetivo de mantener la disciplina militar. En la prensa, sin embargo, se dio la impresión de que Kérenski actuaba presionado por Kornílov, lo que llevó a un aumento del prestigio de este en los círculos conservadores a costa del Gobierno.
Pareciendo, no obstante, el hombre adecuado para realizar las reformas militares consideradas necesarias y más moderado que sus colegas, favorable a la implantación de medidas draconianas, pero con inclinaciones demócratas y con el favor de Borís Sávinkov —comisario del frente suroccidental donde servía Kornílov, cercano a Kérenski y a punto de asumir el cargo de viceministro de Defensa—, tomó posesión como comandante en jefe el , relevando a Brusílov, aunque Kérenski pronto se planteó destituirlo al exigir el general unas condiciones para aceptar el nombramiento que podían conllevar su independencia del Gobierno. El gabinete, sin embargo, decidió respaldar a Kornílov a pesar de las dudas de Kérenski. Para entonces era plenamente conocida su escasa simpatía por la revolución y sus tratos con elementos conservadores. Estos consideraron el nombramiento de Kornílov como un paso político hacia la implantación de un futuro Gobierno autoritario y mostraron su satisfacción. Al ser nombrado para el puesto, Kornílov declaró que solo respondería ante su conciencia y ante «el pueblo» y que no permitiría la injerencia en las operaciones militares del Gobierno o de los consejos; sus relaciones con el gabinete, especialmente con los ministros socialistas, fue tensa desde el principio. Sávinkov y Filonenko, sin embargo, lograron convencer al primer ministro y al nuevo comandante en jefe de que su cooperación era necesaria para restaurar la disciplina militar y la autoridad gubernamental. Para Kérenski, Kornílov parecía un hombre decidido, era muy popular entre la derecha política cuyo respaldo necesitaba para apuntalar su posición y era una de las escasas opciones entre los mandos veteranos del Ejército, en su mayoría reaccionarios y hostiles al primer ministro. Sávinkov y Filonenko —nombrado comisario gubernamental ante el alto mando— debían moderar a Kornílov como ya habían logrado en el primer enfrentamiento a propósito de su nombramiento y permitir al primer ministro controlar al general.
Los apoyos de Kornílov