thumb|right|250px|La última oración de los mártires cristianos, por Jean-Léon Gérôme (1883). La persecución de Diocleciano, que fue la más violenta de todas, tenía el único fin de frenar la rápida expansión del cristianismo. La persecución de Diocleciano, también llamada «Gran Persecución», fue la última y quizá más sangrienta persecución a cristianos en el Imperio romano, ocurrida entre los años 303 y 313. En 303, la tetrarquía formada por los augusti Diocleciano y Maximiano y los césares Galerio y Constancio emitió una serie de edictos que abolían los derechos legales de los cristianos y exigían a la vez que cumplieran con las prácticas religiosas tradicionales. Edictos posteriores se enfocaron en el clero y demandaban sacrificios universales, ordenando a todos los habitantes realizar sacrificios a los dioses. La persecución varió en intensidad a lo largo del imperio —las represiones más débiles se presentaron en Galia y Britania, donde únicamente se aplicó el primer edicto, mientras que las más violentas se dieron en las provincias orientales—. Aunque las leyes persecutorias serían anuladas por diferentes emperadores en distintas épocas, pero el Edicto de Milán (313) de Constantino y Licinio ha marcado tradicionalmente el fin de la persecución a los cristianos.

Introducción

Los cristianos habían sido objeto de discriminación a nivel local en el Imperio, aunque los primeros emperadores se mostraron reacios a la posibilidad de formular leyes directamente contra ellos. No obstante, desde el principio el propio cristianismo había sido visto como una amenaza para las tradiciones del Imperio romano. De igual forma, los cristianos eran vistos como parte de una «sociedad secreta», de la cual siempre se sospechaba y, por estrictas razones, era mantenida al margen de la sociedad. A pesar de esto, en los dos primeros siglos de la era cristiana, ningún emperador emitió leyes contra la fe o su Iglesia. Durante este periodo, la mayoría de las persecuciones realizadas hacia estos fueron hechas por funcionarios del gobierno local. Para un imperio de una vasta extensión que integraba pueblos muy diversos, los cristianos podían aparecer como una amenaza, puesto que rechazaban los festejos públicos, se negaban a participar en el culto imperial, recelaban de los cargos públicos y eran abiertamente críticos con las religiones tradicionales, despertando más la desconfianza del propio Diocleciano. Hacia la década de 250, durante los reinados de Decio y Valeriano, comenzaron a aprobarse determinadas leyes contra la práctica del cristianismo. Este tipo de legislación obligaba a los cristianos a realizar sacrificios a los dioses paganos (acción vedada por su religión), o de lo contrario, afrontar la prisión y la pena de muerte. Al subir al trono Galieno en 260, este ordenó por decreto un cese temporal a la persecución. Tras la llegada al trono de Diocleciano en 284 se produjo un cambio gradual en la actitud oficial hacia las minorías religiosas; en los primeros quince años de su reinado, Diocleciano purgó el ejército de cristianos, condenó a los maniqueos a muerte y se rodeó de oponentes públicos a la cristiandad. La preferencia de Diocleciano por un gobierno firme, combinada con la imagen de restaurador del pasado glorioso de Roma que quiso transmitir, propició la más profunda persecución en la historia de Roma. Hacia el año 302 Galerio, pagano devoto, presionó a Diocleciano para empezar una persecución general de los cristianos. Tras consultar al oráculo de Apolo, su respuesta fue entendida como un apoyo a la posición de Galerio y en 303 se inició la persecución generalizada.

La persecución, en un principio planeada por una autoridad suprema imperial, llevó a la promulgación de cuatro edictos sucesivos que marcaron el ritmo y las acciones emprendidas en contra de la Iglesia. Asimismo, el rigor con que cada una de estas medidas fueron aplicadas, varió en intensidad a lo largo del Imperio, con un grado mayor en los territorios orientales, gobernados por Diocleciano y Galerio, y menor en los gobernados por Constancio. Su hijo Constantino, al ser proclamado augusto en 306, finalizó las persecuciones en los territorios bajo su mando y ofreció a los cristianos la restitución completa de todo lo perdido. Ese mismo año, en Italia, el usurpador Majencio desplazó al sucesor de Maximiano, Severo, prometiendo una total tolerancia religiosa. Galerio dio por finalizada la persecución en Oriente en 311, pero fue reanudada en Egipto, Palestina y Asia Menor por su sucesor, Maximino. Constantino y Licinio, el sucesor de Severo, firmaron el «Edicto de Milán» en 313, que ofrecía una aceptación más profunda y comprensiva del cristianismo de lo que proponía el edicto de Galerio. Cuando Licinio derrotó a Maximino en 313 terminó definitivamente la persecución en Oriente.

La persecución no consiguió detener el crecimiento de la iglesia cristiana. En 324, Constantino era el único gobernante del Imperio y el cristianismo se había convertido en su religión predilecta. Aunque la persecución tuvo como resultado la muerte —de acuerdo con estimaciones actuales— de 3000 a 3500 cristianos, así como la tortura, encarcelamiento o destierro de muchos otros, la mayoría de los cristianos eludieron el castigo. La persecución causó, sin embargo, que muchas iglesias se dividiesen entre aquellos que habían cumplido con las imposiciones imperiales (los «traditores»), y aquellos que se habían mantenido «puros». Algunos cismas, como el de los Donatistas en el norte de África (que no se reconciliaron con la Iglesia católica hasta después de 411) y los Melecianos en Egipto, persistieron largo tiempo tras las persecuciones. En los siglos posteriores, algunos cristianos crearon un «culto a los mártires» y exageraron las barbaridades de la era de las persecuciones. Estos relatos fueron criticados desde la época de la Ilustración y posteriormente, de forma notable, por Edward Gibbon. Historiadores modernos, como Geoffrey de Ste. Croix, han intentado determinar si las fuentes cristianas exageraron el alcance de la persecución de Diocleciano.

Contexto y antecedentes Primeras persecuciones Antes de su legalización en el Imperio romano, los seguidores del cristianismo eran vistos como los miembros de una «sociedad secreta» marginados de la vida pública que usaban un código privado para comunicarse entre sí. Su mala reputación habría de mantenerse durante los dos primeros siglos de la doctrina,; período en el que se desató una hostilidad colectiva hacia ellos que sentó el precedente de sus primeras persecuciones. Es posible datar el comienzo de estos sucesos al año 112, cuando ciudadanos romanos presentaron sus denuncias de forma anónima a Plinio, el gobernador de Bitinia y Ponto, que las ignoró por recomendación del emperador Trajano. Algunas décadas después, las autoridades de Lyon detuvieron en 177 a una horda pagana que sacaba a los cristianos de sus casas para lincharlos.

Para los seguidores de los cultos tradicionales, los cristianos eran como «criaturas extrañas» que no eran lo suficientemente «romanos» pero tampoco del todo «bárbaros». citando a Eusebio, Praeparatio Evangelica 1.2.1. Esta noción se reforzaba todavía más con ciertas acciones como su rechazo a las antiguas tradiciones, al culto imperial, a los festivales o a tomar parte en los cargos públicos. Al ignorar las prácticas de la religión tradicional romana, prácticamente se deslindaron de un elemento importante del tejido social.;. Adicionalmente las conversiones tenían un impacto negativo en los vínculos familiares de los romanos, y podían llevar a que un pagano denunciara a su esposa cristiana, o a que una familia despojara de su herencia a sus hijos por convertirse al cristianismo, por citar algunos ejemplos., citando a Justino, Apologia 2.2; De acuerdo con Tácito, los cristianos mostraban «odio hacia la raza humana» (odium generis humani),Tácito, Anales 15.44.6, citado en ;. en tanto que los más crédulos creían que estos usaban magia negra con fines revolucionarios,, citando a Suetonio, Nero 16.2. y que practicaban el incesto y el canibalismo.;.

thumb|right|Ilustración que representa el martirio de Sixto II durante la persecución de Valeriano a finales de los años 250.

Pese al descontento de las masas, ningún emperador emitió leyes contra la iglesia cristiana durante sus primeros doscientos años de existencia, y las persecuciones que se realizaron en esta época se llevaron a cabo bajo ciertas jurisdicciones locales.;. Véase también:;;;. Aquí pueden citarse las acciones llevadas a cabo por el gobernador Plinio, en Bitinia y Ponto;;;, citando a Plinio, Epístolas 10.96. y los hostigamientos religiosos en Esmirna, Lyon y Escilio en 156, 177 y 180, cuya responsabilidad recayó en el gobernador de la provincia —en el caso de Lyon— y en el procónsul —en el par de ciudades restantes—.Martyrium Polycarpi () y ; (Esmirna); Martyrium Scillitanarum acta (), citado en (Scillium). ();;. Cabe aclarar que la ejecución de cristianos ordenada por el emperador Nerón, por su supuesta implicación en el incendio del año 64, se trató de un asunto local que no tuvo repercusión más allá de los límites de Roma. Si bien estas primeras persecuciones se caracterizaron por la violencia, al mismo tiempo resultaron esporádicas, breves y limitadas,;; por lo que no representaron una amenaza para el cristianismo en general.Robin Lane Fox, The Classical World: An Epic History of Greece and Rome (Toronto: Penguin, 2006), 576. No obstante, sus seguidores se volvieron más conscientes del riesgo que suponía la coerción del Estado al permitir este tipo de actos.

Los emperadores adoptaron un rol más hostil hacia el cristianismo a partir del ,;. cuando sus seguidores ya habían dejado de ser ese «grupo [de clase] baja que fomentaba el descontento» en la población e inclusive algunos ya contaban con riquezas y pertenecían a la clase alta, tal y como lo describió el erudito Orígenes, en el año 248, al referirse a una «multitud de personas que se convertían a la fe [cristiana], incluso hombres ricos y personas con posiciones honorables, [así como] damas de alto refinamiento y linaje».Orígenes, Contra Celsum 3.9, citado y traducido en . Septimio Severo, Maximino el Tracio y Decio promovieron acciones para censurar el cristianismo, tales como la difusión de un rescripto de prohibición y el arresto y ejecución de algunos de sus líderes,Scriptores Historiae Augustae, Septimius Severus, 17.1;., citado en ;;. entre los cuales se encontraban los obispos de Roma y Antioquía, Fabián y Babilas, respectivamente,;;. así como de otros seguidores como Pionio de Esmirna,E. Leigh Gibson, «Jewish Antagonism or Christian Polemic: The Case of the Martyrdom of Pionius», Journal of Early Christian Studies 9:3 (2001): 339–58. y Orígenes.Joseph Wilson Trigg, Origen (New York: Routledge, 1998), 61.

Si bien la persecución de Decio tuvo serias repercusiones para el cristianismo —por ejemplo, se produjo una apostasía masiva en Cartago, mientras que el obispo Euctemon incitó a sus feligreses en Esmirna a sacrificarse junto con él—,;., citando a Cyprian, De lapsis 8., citando Martyrium Pionii 15 (). la repentina muerte de Decio durante una batalla en junio de 251 puso fin temporalmente al asedio religioso. Su amigo, Valeriano, retomó las persecuciones seis años después mediante un par de edictos que condenaron a los cristianos primeramente al exilio y luego a la pena de muerte., citado y traducido en . No fue sino hasta mediados de 260 que el hijo de Valeriano, Galieno, dejó de lado las persecuciones y marcó el inicio de una «pequeña paz de la Iglesia» que habría de extenderse, durante las siguientes cuatro décadas, hasta el reinado de Diocleciano.;;.

La ideología de la tetrarquía