thumb|Estatua de san Pedro en la plaza de San Pedro de Roma. El primado de Pedro es el fundamento de la primacía del obispo de Roma o papa sobre el resto de los obispos según la Iglesia católica que la estableció como dogma en el Concilio Vaticano I (1869-1870). La primacía papal (o primado papal) es un dogma de la Iglesia católica establecido en el Concilio Vaticano I (1869-1870) según el cual el obispo de Roma (o papa) ostenta la supremacía sobre todos los obispos como sucesor de Pedro el Apóstol (lo que se conoce como la primacía de Pedro en la sucesión apostólica).
El resto de las iglesias cristianas no reconocen la primacía papal. Las Iglesias ortodoxas consideran al obispo de Roma como el «patriarca del Occidente» y como el primer obispo entre sus pares o iguales (primus inter pares), por lo que ostentaría solamente una primacía de honor (negando por eso la autoridad suprema del papa), que, desde el Cisma de Oriente (1054), no tiene ningún poder concreto sobre estas Iglesias cristianas.Doctrina ortodoxa, en el sitio Hieros.
La doctrina de la primacía papal ha supuesto un obstáculo para el ecumenismo. Las Iglesias católica y ortodoxa llegaron a un consenso mínimo, expresado en el Documento de Ravena (que fue aprobado el día 13 de octubre de 2007),"Lector pregunta sobre ortodoxos, protestantes, masones y rosacruces" , del sitio Veritatis Splendor consistente en el reconocimiento de ambas partes de «que Roma, como la Iglesia que "preside en la caridad", según la expresión de san Ignacio de Antioquia (A los Romanos, Prólogo), ocupaba el primer lugar […], y que el obispo de Roma era, por tanto, el protos [primero] entre los patriarcas». pero «todavía existe divergencia entre católicos y ortodoxos en cuanto a las prerrogativas» y los privilegios de esta primacía,"Iglesias Ortodoxas reconocen primado del Papa" (2007) visto que los ortodoxos siguen concediendo al papa solamente una simple primacía de honor.
Concilio Vaticano I
thumb|left|El papa Pío IX fotografiado en 1864. El primado papal, junto con la infalibilidad papal, fue declarado dogma de la Iglesia católica por la constitución Pastor Aeternus proclamada el 18 de julio de 1870 por el papa Pío IX, «revestido de sus más suntuosos ornamentos», ante los obispos reunidos en el Concilio Vaticano I. En ella se dice lo siguiente:
El mes anterior monseñor Lorenzo Gastaldi había afirmado rotundamente en una de las sesiones del concilio que «la única sede apostólica es la romana y sólo el romano pontífice es llamado desde tiempos inmemoriales señor apostólico». Una minoría de los obispos, unos setenta, se opusieron y abandonaron el concilio y algunos teólogos alemanes, que también se manifestaron en contra, como Johan Joseph Ignaz von Döllinger o Johann Friedrich, fueron excomulgados (otros teólogos acabarían cediendo a la presión del Vaticano, como también lo hicieron los obispos contestatarios). Sin embargo, como ha señalado el historiador español Raúl González Salinero, «a pesar del “triunfo” conseguido por la mayoría papalista, el Concilio Vaticano I abrió una brecha en el seno de la Iglesia, que todavía no ha logrado cerrarse satisfactoriamente. La aprobación e imposición de un dogma que no contaba con las necesarias garantías de verosimilitud, situaría a la Curia vaticana en el punto de mira de una permanente sospecha dentro y fuera de la Iglesia de adscripción romana». thumb|Vista interior de la cúpula de la Basílica de San Pedro en la que aparece el pasaje del Evangelio de San Mateo (16, 18-19) en el que la Iglesia católica ha basado el primado de Pedro del que deriva el primado papal: «TV ES PETRVS ET SVPER HANC PETRAM AEDIFICABO ECCLESIAM MEAM ET TIBI DABO CLAVES REGNI CAELORVM» ("Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia. A ti te daré las llaves del reino de los cielos"). El argumento principal utilizado para demostrar el primado de Pedro, y con él el primado papal, es el pasaje del Evangelio de San Mateo (16, 18-19) en el que dirigiéndose al apóstol Simón Pedro Jesucristo le dice:
Así pues, según la Iglesia católica, el propio Jesucristo habría establecido el papado cuando confirió sus responsabilidades y poderes al apóstol Pedro. Por esta razón, el catolicismo considera al Papa como el jefe universal de la Iglesia.
Críticas a la doctrina
El autor religioso estadounidense Stephen K. Ray, un bautista converso al catolicismo, afirma que «hay pocas cosas en la historia de la Iglesia que hayan sido más controvertidas que la primacía de Pedro y la Sede de Roma. La historia está repleta de ejemplos de autoridad despreciada, y la historia de la Iglesia no es diferente».
La interpretación del pasaje del Evangelio de San Mateo (16, 18-19) El historiador español Raúl González Salinero ha señalado que las palabras de Jesús recogidas en el Evangelio de San Mateo (16, 18-19), «quizás las más discutidas de todo el Nuevo Testamento, constituyen el fundamento del Papado y, en buena medida de la propia Iglesia [católica]», pero no aparecen en los otros tres evangelios canónicos «y dicha ausencia es especialmente llamativa en el de Marcos, el más antiguo de todos ellos. La mayor parte de los estudiosos modernos (incluso muchos de los que se mueven dentro de la órbita confesional) consideran que esta “promesa de Pedro” es una intercalación posterior». Este historiador considera más en «consonancia con el contexto específico del primer evangelio», el pasaje de San Mateo (18, 18) en el que Jesús confiere a toda la comunidad sin distinciones la potestad de «atar y desatar»:
González Salinero afirma que «desconocemos si Pedro llegó a gozar en algún momento de una preeminencia indiscutiblemente admitida por el resto de sus compañeros de apostolado. Todo indica que no fue así, pero aun si admitimos tal suposición, es muy probable que dicha eventualidad hubiese tenido un carácter meramente temporal. En todo caso, la función de cimiento-roca asignada a Pedro habría de entenderse no sólo como única, sino también como intransferible e irrepetible, razón por la que resultaría imposible considerar al papado como continuación y baluarte de la “roca perpetua”».
El historiador alemán Klaus Schatz, citado por González Salinero, sostiene la misma tesis: «Tras la muerte de Pedro, ¿pensaba acaso la primitiva Iglesia que sus poderes habían sido transferidos al obispo de Roma y que el jefe de la comunidad de Roma era sucesor de Pedro, roca de la Iglesia y depositario de la promesa de Mt. 16, 18 ss.? La pregunta así planteada debería ser respondida negativamente».
Pedro, ¿el primer obispo de Roma? thumb|Cuadro de Caravaggio La crucifixión de San Pedro, 1601 (Cappella Cerasi, Santa Maria del Popolo, Roma). Recoge la tradición de que el apóstol Pedro fue crucificado en Roma cabeza abajo porque no se consideraba digno de serlo de la misma forma que Jesús. González Salinero ha destacado que «no existe ninguna prueba sólida de la presencia de Pedro en Roma, ni de que llegara a ser su primer obispo. Ni siquiera Pablo —que escribe desde esta ciudad sus últimas epístolas— menciona su presencia en la capital del Imperio. Tampoco poseemos dato alguno a este respecto en los Hechos de los Apóstoles, ni en los Evangelios sinópticos. La importante primera epístola de Clemente Romano de finales del , ignora la supuesta elección de Pedro por parte de Jesús, así como cualquier papel decisivo desempeñado por este apóstol. El obispo mártir Ignacio, a principios del , tampoco hace referencia del supuesto martirio de Pedro en Roma, bajo el reinado de Nerón. De hecho, hasta bien entrado el , reina el más completo silencio sobre este asunto».
La primera noticia de la presencia de Pedro en Roma aparece en una carta de Dionisio de Corinto de alrededor del año 170 dirigida a los romanos (Eusebio de Cesarea la recoge en su Historia Eclesiástica de principios del ):
González Salinero no concede demasiada verosimilitud a este testimonio porque la carta está escrita un siglo después de los acontecimientos, el obispo Dionisio estaba muy lejos de Roma y porque «sus inexactitudes son habituales. Por ejemplo, afirma que Pedro y Pablo fundaron conjuntamente la iglesia de Roma, y también la de Corinto, extremo este último que contradice el testimonio del propio Pablo en sus Cartas y el relato de los Hechos de los Apóstoles».
Por otro lado, la arqueología no ha proporcionado pruebas de la presencia de Pedro en Roma. A mediados del se hicieron unas excavaciones bajo la cúpula de la basílica de San Pedro y solo se encontraron tumbas paganas. González Salinero concluye que «la comunidad cristiana de Roma no fue fundada ni por Pedro ni por Pablo (Doroteo de Tesalónica, en el siglo VI, les atribuyó un doble episcopado), sino por unos anónimos judeocristianos… Según las fuentes conservadas, a mediados del nada se sabía aún sobre la supuesta designación de Pedro como cimiento de la Iglesia, ni sobre su estancia y martirio en Roma. En realidad, antes de mediados del , la promesa de Pedro no desempeñó ningún papel en las pretensiones romanas de dirección y autoridad sobre la Iglesia universal. De hecho, Esteban I (254-257) fue el primer obispo de Roma en remitirse fugazmente a este pasaje, para “tener a su cargo la sucesión de Pedro (succesionem Petri tenere contendit). Dos siglos después, el papa Zósimo [418-419]] desarrolló por primera vez una profunda exégesis de los mencionados versículos de Mateo para fundamentar el primado del obispo de Roma».
González Salinero también cuestiona otra prueba que se ha alegado para demostrar que Pedro fue el primer obispo de Roma: la lista de sus sucesores elaborada por Hegesipo de Jerusalén en unas Memorias perdidas y que recogió Eusebio de Cesarea a principios del . Según este historiador hasta mediados del «lo normal en las iglesias de las primeras generaciones, especialmente en Occidente, era que la dirección de la comunidad recayese en una corporación presbiterial», por lo que «es muy probable que [Hegesipo] recogiera los nombres de los clérigos más notables que habían dejado huella en la memoria de la comunidad romana». En este sentido destaca que Ignacio de Antioquía en su Epístola a los Romanos no mencionara a ningún obispo, «lo que contrasta con su habitual costumbre de escribir a las comunidades de Asia Menor dirigiéndose a un obispo en concreto».
En realidad, indica González Salinero, la lista más antigua de los obispos de Roma es la proporcionada por Ireneo de Lyon en su obra Adversos haereses escrita entre los años 180 y 185, pero en ella no menciona la primacía de Pedro ni lo incluye entre los obispos de Roma. «Su lista no parece ser más digna de confianza que la de Hegesipo, pues la distribución de los nombres en series de doce miembros la hace sospechosa de artificio», afirma González Salinero. La primera lista de los obispos de Roma encabezada por Pedro aparece en el Catalogus Liberianus escrito en 354, trescientos años después de la muerte del apóstol.
El teólogo católico Juan Antonio Estrada, aunque sí considera que Pedro estuvo en Roma y murió allí martirizado, descarta como González Salinero que Pedro fuera obispo de Roma con argumentos similares. «No tiene validez histórica la pretensión de que Pedro fuera obispo de Roma, aunque aparezca el primero en las listas episcopales del siglo II. No fue ministro de ninguna iglesia local, ni de Jerusalén ni de Roma. La iglesia romana, como las otras, fue inicialmente presidida por un colegio de presbíteros obispos. Hegesipo, en el 180, es el primero en hablar de una sucesión de obispos de Roma, a pesar de que escritos anteriores como el del Pastor de Hermas o las cartas de Clemente y de Ignacio de Antioquía reflejan la estructura presbítero-episcopal que existía en la primera mitad del . Al reivindicarlo como primer obispo de la iglesia romana se alude a su vinculación por haber sufrido allí el martirio».
Roma, ¿por encima del resto de sedes apostólicas?