La revuelta bohemia fue una rebelión de un grupo de nobles protestantes contra la casa de Habsburgo por el control de la Corona Real de Bohemia, que se inició en 1618 y que fue reprimida dos años después. No obstante, pese a su brevedad, este evento fue significativo para la historia de Europa central, ya que la internacionalización de lo que inicialmente fue un conflicto interno en los dominios de los Habsburgo, luego desembocó en la sangrienta guerra de los treinta años.
El deseo de los Habsburgo de aumentar su dominio se vio representado en el impulso que dieron en ellos a la contrarreforma sobre sus dominios, cuya nobleza hasta entonces era mayormente protestante; la proclamación del archiduque Fernando de Estiria como Rey de Bohemia en 1617 fue disputada por los nobles protestantes, que temían su conocido fervor católico, y como símbolo de repudio, planificaron la defenestración de Praga de 1618. Esperando contar con el apoyo de la Unión Protestante e incluso de Inglaterra, los bohemios coronaron al príncipe elector Federico V del Palatinado y fueron prontamente declarados rebeldes por Fernando, quien para entonces ya había sido elegido Emperador del Sacro Imperio. Con el apoyo de España, también gobernada por los Habsburgo, y de la Liga Católica, liderada por el duque Maximiliano de Baviera, las fuerzas imperiales lograron derrotar a los rebeldes en la decisiva batalla de la Montaña Blanca en 1620, y retomaron el control de las provincias bohemias. Luego procedieron contra las tierras de Federico, quien huyó a las Provincias Unidas, que estaban en guerra contra España y proporcionó asistencia a los protestantes germanos.
Aunque historiadores del período de entreguerras han interpretado esta revuelta como una manifestación temprana del nacionalismo checo frente el imperialismo alemán, esto es un anacronismo, ya que los rebeldes fueron movidos principalmente por un sentido de corporativismo aristocrático frente a las pretensiones de los Habsburgo de centralizar el poder y reafirmar su autoridad en sus posesiones, utilizando el catolicismo como medida de lealtad de sus vasallos.
Antecedentes
Breve introducción al Imperio Para 1618, el Sacro Imperio Romano era un estado "multiétnico, multilingüe y multiconfesional" que aunque estaba centrado en Alemania, también cubría a los territorios comprendidos por la actual Benelux, Suiza, República Checa y Austria, y parte oriental de Francia, el norte de Italia, y parte occidental de Hungría, Eslovenia y Polonia. Alguna vez catalogado de "monstruosidad" por el historiador Samuel Pufendorf, el profesor T.C.W. Blanning consideró que para poder entender al Imperio, había que "amar lo anómalo". Descrito como una mezcla de una república federal con una monarquía electiva, su compleja estructura jerarquizada estaba ligada a sus raíces feudales, donde, aunque el Emperador se encontraba en la cima de este sistema de vasallaje, no podía interceder directamente en cualquier territorio, sino que sus derechos y obligaciones estaban estipulados en una Constitución tan compleja, que el jurista Johann Jakob Moser tuvo que publicar un centenar de volúmenes para describirla.
El Imperio contaba con una Dieta Imperial a la que el Emperador debía acudir para pasar una ley o incluso para solicitar impuestos, ya que en ese momento los impuestos a nivel imperial no eran recolectados regularmente, sino para un propósito en particular. La Dieta estaba compuesta por tres grupos: el de los príncipes electores, el de los príncipes imperiales y el de las Ciudades Imperiales Libres. Los electores eran los más importantes y de rango más elevado, solamente existían siete de ellos, y como su nombre lo indica, solamente estos príncipes tenían derecho a elegir al Emperador del Sacro Imperio, tal como había sido estipulado en la Bula de Oro de 1356; un sexto de la población del Imperio vivía bajo su mandato. Luego le seguían los príncipes imperiales, que al igual que los electores, respondían directamente al emperador; todos los títulos de príncipes imperiales estaban ligados a unos correspondientes Estados Imperiales, por lo que si un príncipe los perdía, también perdía el título y el respectivo voto en la Dieta; de la misma manera, al adquirir nuevos Estados Imperiales, un príncipe también podía acumular más títulos y votos, e incluso fracciones de votos, al adquirir un Estado Imperial particionado. Los príncipes, incluyendo a los electores, se dividían en dos grupos, los laicos y los espirituales; los primeros (duques, landgraves y margraves) eran nobles que recibían sus territorios por medio de herencias o compras, sujetos nominalmente a la aprobación del Emperador; los segundos (obispos y arzobispos) eran electos por los canónigos de las catedrales o abadías más importantes del territorio, y además de la aprobación del emperador, también debían contar con la del papa. Las Ciudades Imperiales Libres, también contaban con inmediación imperial, pero carecían de un príncipe o señor que las gobernase, aunque su soberanía podía ir más allá de sus fronteras urbanas, algunas llegando a controlar la provincia que las rodeaba. En total, unos 310 Estados y 80 Ciudades Libres contaban con el derecho de recaudar sus propios impuestos, tener su propio gobierno, formar sus propios ejércitos y escribir sus propias leyes, convirtiéndose efectivamente en unos Estados casi independientes.
Esto no significaba que los príncipes fueron señores absolutos de sus territorios, la estructura jerarquizada del Imperio continuaba más abajo en muchos territorios. Los llamados Estados eran instituciones que podían reunirse en su propia Dieta, donde podían negar impuestos a su príncipe, e incluso enviar emisarios a otros príncipes o al Emperador. Lejos de intentar representar a la población como los parlamentos modernos, los Estados representaban a grupos corporativos de una sociedad feudal, y por lo tanto solían estar divididos en el clero, la nobleza y los burgueses.
Los Habsburgo thumb|200px|Dominios de los Habsburgo austríacos al inicio de la revuelta, en azul se muestran las provincias del Reino de Bohemia, epicentro de la misma; no se muestra el Ducado de Lorena, ni el Reino de Hungría. Para el inicio de la revuelta, los Habsburgo eran los mayores terratenientes de Europa. La coronación de Federico III de Habsburgo como Emperador a mediados del , aumentó el prestigio de su dinastía, pero no fue hasta 1477 cuando los Habsburgo empezaron a acumular territorios a gran velocidad mediante matrimonios estratégicos. Para 1556, el Emperador Carlos V de Habsburgo (Carlos I de España) controlaba Austria, Bohemia, Hungría, España, así como los ducados del Franco Condado y Borgoña en Francia (que incluía a los Países Bajos), y los de Nápoles y Milán en Italia. La tarea de gobernar territorios tan extensos de manera centralizada superó al Emperador, quien para solventar este problema, creó dos ramas en la familia antes de morir: la austríaca, encabezada por su hermano Fernando I de Habsburgo, quien fue coronado Emperador; y la española, encabezada por su hijo Felipe II de España, quien fue coronado Rey de este país ibérico.
Con la muerte de Fernando en 1564, los territorios austríacos fueron divididos aún más entre sus hijos, que llevaban el título de archiduques: su hijo mayor, Maximiliano II, heredó la corona de Bohemia y Hungría, así como dos provincias austríacas y luego fue elegido Emperador; Fernando II heredó la provincia austríaca de Tirol y parte de Alsacia; y su hijo menor, Carlos II, heredó cinco provincias austríacas conocidas colectivamente como Estiria, en referencia a la más poblada de ellas.
Los Habsburgo tuvieron muchos problemas para consolidar su autoridad en Hungría; al morir el rey húngaro Luis II en la Batalla de Mohács contra los otomanos, se extinguió su dinastía, y los Habsburgo no dudaron en reclamar la Corona húngara de San Esteban, usando el matrimonio del entonces Emperador Fernando I con Ana Jagellón, hermana de Luis II. No obstante, algunos nobles magiares se negaron a reconocer este traspaso hereditario, y eligieron a su propio rey. En 1541, los otomanos capturaron gran parte de Hungría, y en 1570 crearon el Principado de Transilvania, donde ubicaron al antirrey húngaro, quien desde entonces gobernó solamente como príncipe; de esta manera, Transilvania se convirtió en un Estado vasallo ante el Imperio Otomano, quedando Hungría efectivamente dividida en tres partes: una con control Habsburgo, otra con control Otomano y una última tributaria y vasalla (Transilvania). Sin embargo, los príncipes transilvanos siempre mostraron una predisposición a intentar arrebatar la Corona de Hungría a los Habsburgo. La revuelta bohemia se convertiría en una oportunidad única para que el príncipe transilvano de entonces, Gabriel Bethlen, debilitara el control de los Habsburgo sobre la corona húngara y explica el apoyo intermitente que el primero dio a los rebeldes.
No solo en Hungría los archiduques tuvieron problemas para gobernar sus territorios, en Bohemia y en Austria, la mayoría de sus súbditos vivían en tierras no controladas directamente por ellos, y entonces tenían que lidiar con los Estados locales para recolectar los impuestos de estos territorios, necesarios para cubrir gastos de administración cada vez mayores, propios de un gobierno central. No obstante, debe aclararse que estas instituciones nunca intentaron competir con sus gobernantes en ejercer el poder real, dejando la iniciativa política a los últimos, pero sí intentaron limitar el alcance de sus políticas y leyes, en caso de que afectasen los intereses corporativos y hasta individuales de algún noble influyente. El surgimiento del protestantismo en los territorios de los Habsburgo creó tensión entra esta relación de Gobierno-Estados y fue uno los detonantes de la revuelta bohemia.
Los problemas de la Paz de Augsburgo thumb|200px|Fernando de Estiria, futuro Emperador Fernando II, impulsó la reforma contraprotestante en sus territorios, y luego procedió a hacer lo mismo al ser electo Rey de Bohemia. La Reforma Protestante, originada en 1517, encontró un obstáculo insalvable cuando el emperador Carlos V ordenó detener la propagación del luteranismo en 1529. Entonces, varios príncipes luteranos, liderados por el elector Juan de Sajonia, publicaron la Protesta de Espira, oponiéndose a Carlos V, y obteniendo el nombre de protestantes. El conflicto entre católicos y luteranos pronto desembocó en una guerra civil en el Imperio, y aunque los últimos fueron derrotados en la Batalla de Mühlberg en 1547, la paz no llegó, y finalmente ambos bandos firmaron la Paz de Augsburgo en 1555, que puso fin al conflicto militar.