Agua y Saneamientos Argentinos S.A. (AySA) es una empresa pública argentina dedicada a la prestación de servicio de agua corriente y cloacas para la Ciudad de Buenos Aires y veintiséis partidos del Gran Buenos Aires.

AySA se fundó institucionalmente como Obras Sanitarias de la Nación (OSN) el 18 de julio de 1912 —Sin embargo, en 1867 el poder ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires creó la Comisión de Obras de Salubridad que más adelante se transformaría en la Dirección General de Obras de Salubridad y, más adelante, en Obras Sanitarias de la Nación—. Esta institución fue durante gran parte del la responsable de los servicios de agua y saneamiento en el país. Hacia mediados de la década de 1980, el sistema comenzó a mostrar un marcado deterioro en la infraestructura y en la calidad del servicio.

En 1990 se inician los procesos de privatización hasta llegado 1993, año en el que el gobierno de la argentina firma un convenio de concesión con la empresa Aguas Argentinas S.A., liderada por el grupo francés Suez, para que administrara los servicios de agua y saneamiento que antes prestaba Obras Sanitarias de la Nación.

Sin embargo, con el tiempo surgieron incumplimientos del contrato de concesión, lo que llevó a la rescisión del contrato en 2006. Ese mismo año, el Estado Nacional creó AySA S.A., recuperando el control de los servicios esenciales de agua y saneamiento.

El 27 de junio de 2024, el Congreso de la Nación Argentino sancionó la Ley Bases que declara “sujeta a privatización”, a las empresas dentro del cual se encuentra incluida AySA S.A., como parte de las empresas que concesionará sus servicios a manos de capitales privados.

El 13 de noviembre de 2025, mediante el Decreto 805/2025 se reformó el marco regulatorio del servicio público de aguas corrientes y cloacas en Argentina para facilitar la concesión de los servicios a futuros operadores privados y otorgar mayor certidumbre jurídica al proceso de desestatización.

Antecedentes La historia epidemiológica de la Argentina presenta importantes vacíos documentales que impiden reconstruirla con plena precisión. A pesar de ello, es posible afirmar que desde el período colonial hasta el , las sucesivas oleadas de enfermedades infecciosas dejaron una huella profunda en el desarrollo histórico y demográfico del país importantes.

Primeras epidemias La primera epidemia documentada en la Ciudad de Buenos Aires fue un brote de sarampión en 1685, introducido por vía marítima en el contexto de la colonización europea. En aquel entonces, la ciudad estaba surcada por numerosos arroyos y carecía por completo de infraestructura sanitaria. Las condiciones de higiene eran sumamente deficientes, lo que convertía al área urbana en un entorno propicio para la proliferación de enfermedades, plagas e infecciones. Este escenario redundó en un notable incremento de la mortalidad, una situación que las propias autoridades del Cabildo reconocieron como alarmante. izquierda|miniaturadeimagen|268x268px|"Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires". Óleo que retrata la tragedia de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 en la ciudad. El puerto también fue la puerta de entrada de epidemias que se propagaron hacia el interior del territorio causando estragos. Esta situación se vio favorecida por la precariedad de los asentamientos urbanos, especialmente el de Buenos Aires, que no sólo no disponía de un abastecimiento regular de agua potable sino que además se destacaba por la proverbial suciedad de sus calles, donde se multiplicaban alegremente todo tipo de insectos y alimañas. La viruela, el tifus, la fiebre tifoidea, la difteria y la tuberculosis —por sólo nombrar las más conocidas— merodearon periódicamente por estas tierras y alcanzaron el rango de epidemias en numerosas oportunidades a lo largo de todo el siglo xᴠɪɪ y aún bien entrado el siglo xᴠɪɪɪ. Durante la etapa colonial, la viruela y el tifus fueron las enfermedades que mayor daño causaron a la población del Río de la Plata. La trata de esclavos contribuyó además a la introducción de la peste bubónica y el cólera a lo largo del . En 1867, el regreso de combatientes de la guerra del Paraguay habría sido el vector de un brote colérico que se desató en Buenos Aires y provocó en pocas semanas la muerte de casi 8.920 habitantes, entre ellos numerosos médicos que perdieron la vida en el ejercicio de su labor. Con todo, la epidemia que dejó las consecuencias más graves fue la de fiebre amarilla, particularmente durante los años 1870 y 1871, cuando la ciudad llegó a registrar más de 500 fallecimientos en un solo día, con un saldo total de 14.000 víctimas. El origen fue atribuida a una gran cantidad de lluvias producidas, que fue del 300% mayor a la media anual. Esto generó anegamientos dentro del radio urbano y sus alrededores, lo que a su vez hizo que las aguas servidas de los pozos de las casas comenzaran a diseminarse por la ciudad esparciendo los gérmenes y bacterias de las mismas. La ausencia de redes de agua corriente y sistemas de desagüe cloacal agravó sensiblemente la situación.

El cólera hizo su primera aparición en el territorio argentino en 1856, cuando un brote inicial —que no generó mayor alarma— afectó a la ciudad de Bahía Blanca. Sin embargo, fue la epidemia de 1858 la que expuso con crudeza las precarias condiciones sanitarias que imperaban en Buenos Aires. Hacia 1867, la enfermedad registró más de 5.000 casos en una ciudad cuya población no superaba los 180.000 habitantes, una proporción que da cuenta de la magnitud del impacto. El ciclo epidémico de 1867 a 1869 resultó aún más devastador, tanto por su extensión geográfica como por el número de víctimas que dejó. El Dr. José María Penna, al referirse a aquellos años, sostuvo que las pérdidas humanas provocadas por la enfermedad superaron ampliamente las bajas militares sufridas durante los cinco años de la guerra del Paraguay, una comparación que ilustra la gravedad del fenómeno.

En octubre de 1867, la epidemia trascendió los límites de la capital y se propago hacia las provincias de Córdoba, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, San Juan, Catamarca, San Luis y Santiago del Estero. Desde Buenos Aires, el avance de la enfermedad alcanzó también a los partidos de la provincia homónima y llegó incluso a las comunidades de los indios Pampa. En la ciudad capital, este segundo brote cobro la vida de más de 15.000 personas, unas 3.000 de ellas dentro del ejido urbano, y quedó asociado directamente a la ausencia de condiciones mínimas de higiene y a la carencia de una red de agua corriente.

Las epidemias de cólera y fiebre amarilla, que causaron una alta mortalidad en Buenos Aires, impulsaron hacia fines de 1867 la puesta en marcha de las operaciones destinadas a mejorar las condiciones sanitarias de la ciudad.

Obras de John M. Coghlan Un informe de John Coghlan indicaba:"Sin abundante provisión de agua, cloacas y desagües, y con focos permanentes de gases malsanos en cada casa y lodazales en cada calle, debe siquiera haber esperanza de que esta ciudad, por mayores esfuerzos que hagan sus habitantes y autoridades, se encuentre en condiciones de salubridad satisfactoria".En marzo de 1868, por las razones anteriormente expuestas, se ejecuta el plan concebido por el Ing. Juan M. Coghlan a pedido del gobierno local. Para la instalación y dirección de las obras de agua corrientes se creó la Comisión de Obras de Salubridad el 23 de diciembre de 1867. Las obras se inauguraron con la construcción del Establecimiento de Recoleta.

Estas obras consistían en dos conductos de hierro fundido que se adentraban 600 metros en el río para captar agua, la cual era filtrada y luego impulsada hacia la red de distribución mediante bombas a través de surtidores públicos de 20km de cañerías. La tarifa se fijó en 3% sobre el alquiler comprobado o calculado de cada vivienda y la administración del servicio estuvo a cargo de la Comisión de Obras de Salubridad.

Este sistema de abastecimiento diseñado por Coghlan tenía antecedentes directos a los instalados en Londres en 1829, los cuales precedieron en varios años a la instalación de los mismos en la ciudad de Nueva York. El sistema preveía la recolección integral de aguas residuales, pluviales y desechos humanos mediante conductos ubicados bajo las calles (actualmente los desagües pluviales están a cargo de cada municipio). El excedente de aguas de lluvia debía canalizarse hacia cursos naturales cercanos. La red subterránea se completaba con bocas de tormenta ubicadas en cada cruce de calles y con cámaras que facilitaban la ventilación y el mantenimiento. El tratamiento y la disposición final de los efluentes fue, desde el inicio, un punto de debate entre los técnicos involucrados.

Obras de Frederick Bateman Poco después, las instalaciones diseñadas por John Coghlan quedaron limitadas frente al crecimiento poblacional de la capital. Por tal motivo, hacia fines de 1870, durante el gobierno de Domingo F. Sarmiento, se convocó al ingeniero inglés John Frederick Bateman, especialista en obras hidráulicas, para desarrollar y supervisar un nuevo plan integral de abastecimiento y saneamiento urbano en el denominado «Radio Antiguo» (alrededor de 3.000 hectáreas), la cual es la delimitada actualmente por las calles Billinghurst, Bustamante, Sarmiento, Medrano, Castro Barros, México, Boedo, Carlos Calvo, La Rioja, San Juan, Alberti, Caseros, Brasil, Paseo Colón y L. N. Alem.

En 1871, el gobierno contrató al Ing. inglés Frederick Bateman para la ampliación del área abastecida por el sistema de agua purificada, aprobándose el proyecto propuesto por el Bateman en noviembre de 1872, mientras que el referido al sistema cloaca recién se aprobó en 1878, cuando se definió el destino de los líquidos cloacales. Estos líquidos serían arrojados al Río de la Plata, al recibir previamente un tratamiento en el Establecimiento Wilde, al norte de Quilmes —actualmente en Avellaneda, Wilde—. Estos efluentes llegarían a través de la 1.° Cloaca Máxima, construida en el marco del plan de expansión de Bateman, siguiendo el recorrido Av. Santa Fe y Pueyrredón, continuando bajo la Avenida Las Heras, calle Paraná, Sáenz Peña, Baigorri, Vieytes y atravesando el Riachuelo rumbo a Wilde, Provincia de Buenos Aires. El proyecto final del sistema cloacal y de la planta elevadora —actualmente establecimiento Wilde, inaugurado en 1884— fue presentado por Bateman en 1882, y dos años después comenzaron las obras. El «Nuevo Radio», sería aproximadamente 5 veces mayor que el radio viejo.

A pesar de esto, la insuficiente red de alcantarillas se hacen sentir con la rápida expansión territorial de Buenos Aires. El retardo de las obras de infraestructura, sumado a la oleada de inmigración producen un enorme problema, un sistema pensado para 400.000 habitantes se encuentra con más de un millón para la finalización de las obras en 1905, con la colaboración del ing. Guillermo Villanueva. Entre las obras concluidas figuraban el Establecimiento de Aguas Corrientes en Recoleta, el Gran Depósito de Avenida Córdoba o Ing. Guillermo Villanueva (hoy como Palacio de Aguas Corrientes), las redes principales de cañerías, los desagües cloacales externos, el sifón bajo el Riachuelo y cinco grandes conductos pluviales.

Esto implicó cambiar la concepción de un sistema unitario —recolección de aguas residuales, pluviales y desechos humanos mediante los mismos conductos— a uno separatista que, para 1908 ya era definitivo mediante la promulgación de la ley que establecía el régimen de alcantarillado para todo el territorio nacional. Este nuevo sistema no captaría el agua de lluvia hacia los conductos cloacales, sino que se redireccionaría hacia un cordón-cuneta hacia el Río de La Plata o a sus afluentes más cercanos.