400px|thumb|La población de Santoña se sitúa sobre una península, rodeada por el mar Cantábrico, el estuario del Asón y por marismas, toda ella dominada por el monte Buciero. Debido a la privilegiada situación estratégica y a tener su plaza fuerte un excelente puerto, la península ha sido ampliamente fortificada desde antiguo. En la imagen se aprecia en primer plano la población de Laredo y al fondo a la izquierda la localidad de Santoña.
El Pacto de Santoña fue un acuerdo militar suscrito el 24 de agosto de 1937, durante la campaña del Norte de la guerra civil española, entre representantes del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y mandos del Corpo Truppe Volontarie italiano, fuerza expedicionaria enviada por la Italia fascista en apoyo del bando sublevado. El acuerdo, negociado al margen del Gobierno de la República, pretendía regular la rendición del Eusko Gudarostea a las fuerzas italianas a cambio de garantías para sus combatientes y de la evacuación por mar de dirigentes políticos, oficiales y refugiados hacia Francia.
La iniciativa se enmarcó en el rápido derrumbe del Frente Norte tras la caída de Bilbao y el avance de las tropas sublevadas sobre Cantabria. Desde meses antes, dirigentes del nacionalismo vasco habían mantenido contactos discretos con representantes italianos y con mediación de la Santa Sede, con el objetivo de alcanzar una capitulación separada que evitara mayores pérdidas humanas y preservara, en la medida de lo posible, a las autoridades y fuerzas del Gobierno Vasco.
El acuerdo no llegó a cumplirse. Poco después de iniciarse la evacuación, el general Francisco Franco ordenó su suspensión y dispuso que las tropas vascas fueran consideradas prisioneras del ejército sublevado, desautorizando los compromisos asumidos por los mandos italianos. Miles de combatientes fueron internados y sometidos a consejos de guerra, mientras numerosos dirigentes y militares fueron condenados a largas penas de prisión o ejecutados.
El Pacto de Santoña constituye uno de los episodios más controvertidos de la guerra civil española. Tradicionalmente ha sido interpretado por parte de la historiografía y de la memoria republicana como una rendición separada o una traición a la República, mientras que otros autores lo consideran el resultado del colapso militar del Frente Norte y de la voluntad del nacionalismo vasco de proteger a la población civil y al Ejército Vasco ante una derrota considerada inevitable.
Antecedentes Tras la caída de Bilbao el 19 de junio de 1937, el Frente Norte republicano quedó gravemente debilitado. Las fuerzas sublevadas continuaron su ofensiva sobre Cantabria con el apoyo de la aviación alemana de la Legión Cóndor y del Corpo Truppe Volontarie italiano, mientras el Ejército del Norte sufría una creciente escasez de armamento, aviación y municiones. La pérdida de Vizcaya privó además al Gobierno Vasco de la mayor parte del territorio sobre el que ejercía su autoridad desde la aprobación del Estatuto de Autonomía de 1936.
En este contexto, el Gobierno Vasco y la dirección del Partido Nacionalista Vasco comenzaron a considerar la posibilidad de alcanzar una capitulación negociada que evitase nuevas pérdidas humanas y garantizase la protección de la población civil, así como de las autoridades y de los combatientes del Eusko Gudarostea. Aunque el Gobierno republicano mantenía la estrategia de continuar la resistencia en el Frente Norte, diversos dirigentes nacionalistas consideraban que la derrota militar era ya inevitable y que la prioridad debía ser preservar al mayor número posible de personas.
Los contactos con representantes italianos se remontaban a la primavera de 1937. Con la mediación del sacerdote Alberto Onaindía y de la Santa Sede, especialmente a través del cardenal Eugenio Pacelli —futuro papa Pío XII—, se iniciaron conversaciones encaminadas a explorar las condiciones de una posible rendición. Entre los principales interlocutores nacionalistas figuró Juan de Ajuriaguerra, presidente del Bizkai Buru Batzar del PNV, mientras que por parte italiana desempeñó un papel destacado el coronel Guido di Carlo, quien trasladó posteriormente las propuestas al ministro de Asuntos Exteriores italiano, Galeazzo Ciano.
El grado de conocimiento y participación del lendakari José Antonio Aguirre en estas gestiones continúa siendo objeto de debate historiográfico. Mientras algunos autores sostienen que los contactos fueron promovidos por dirigentes del PNV con escasa participación del presidente vasco, otros consideran que Aguirre conocía las negociaciones y trató de utilizarlas para facilitar la evacuación del Ejército Vasco hacia Francia con el propósito de que pudiera reincorporarse posteriormente a la zona republicana.
El rápido avance de las tropas sublevadas durante la batalla de Santander precipitó finalmente las negociaciones. Entre el 21 y el 22 de agosto de 1937 varios batallones nacionalistas abandonaron sus posiciones y se concentraron en Santoña por orden de sus mandos, donde pocos días después comenzarían las conversaciones que desembocarían en la firma del pacto.
La negociación del pacto
Desde la primavera, antes de la caída de Bilbao y de las últimas plazas que controlaba el gobierno vasco, Juan de Ajuriaguerra, presidente del Bizkai Buru Batzar, había estado negociando durante varios meses un acuerdo de rendición con la mediación del cardenal Eugenio Pacelli (futuro papa Pío XII) en representación de la Santa Sede, que llegó a oídos del gobierno de la República al interceptar un telegrama:
El presidente del Consejo de Ministros, Largo Caballero, se reunió con los ministros más próximos y decidió no hacer público el mensaje, que permaneció desconocido hasta el fin de la guerra para el PNV y el Gobierno Vasco, aunque demuestra el conocimiento de los mismos que tenía el lendakari. Una figura importante de estos pactos, en los que intervenía el ejército italiano, sería el padre Alberto Onaindía, quien se había reunido en secreto con el coronel italiano Di Carlo cerca de Algorta (Vizcaya), el 25 de junio. Fruto de este encuentro surgió un viaje del militar a Roma para dar explicaciones sobre el problema vasco al ministro de Asuntos Exteriores italiano, Galeazzo Ciano.
El papel del lendakari José Antonio Aguirre sigue siendo aún incierto. Se desconoce si fue víctima de la insubordinación de su propio partido, o por el contrario ya conocía y permitió de antemano estos contactos. Cuando durante la batalla de Santander el general Gámir, jefe del Ejército del Norte, descubrió alarmado la postura del Ejército Vasco Aguirre simuló ignorarlo. Parece que el presidente vasco no era partidario del acuerdo con los italianos, de los que no se fiaba, pero es posible que intentara utilizarlo para sacar en barcos a su ejército hasta Francia con la intención de que luego regresaran a territorio republicano por Cataluña para continuar la guerra.
El pacto y su incumplimiento En estas circunstancias se llegó a un acuerdo a espaldas del gobierno de la República, en Valencia en esos momentos, por el que el Eusko Gudarostea se rendiría, entregando sus armas a los italianos, a cambio de que respetasen la vida de sus soldados y fueran considerados prisioneros de guerra bajo la soberanía italiana, permitiendo evacuar a los dirigentes políticos, funcionarios vascos y a los oficiales que lo deseasen por mar. En aquel momento los vascos aceptaron la rendición sin ulteriores condiciones, aunque trataron inútilmente de conseguir unas mayores garantías del coronel Farina, jefe del estado mayor de las fuerzas italianas. Así las cosas los italianos entraron en Santoña y se hicieron cargo de la administración civil.
El 26 de agosto habían entrado al puerto santoñés los buques mercantes ingleses Bobie y Seven Seas Spray procedentes de Bayona bajo la protección del destructor inglés HMS Keith. Comienza de inmediato el embarque de refugiados, olvidando a miles de republicanos no vascos que luchaban en aquel sector y que no fueron incluidos bajo la protección del pacto. A las 10 de la mañana, enterado el general Dávila, este ordena, por decisión directa de Franco, la inmediata suspensión de la operación y el desembarque, incumpliendo las condiciones firmadas por ambas partes. El coronel Farina dijo al oficial del Comité de No Intervención que presenciaba impasible los hechos:
Únicamente el mercante Bobie abandona finalmente el puerto con 533 heridos a bordo escoltado por el Keith.
300px|thumb|Penal de El Dueso, en Santoña, donde fueron recluidas las tropas republicanas vascas.
El pacto no llegó a su término, en parte debido al retraso de la llegada de los buques de evacuación y al ser desautorizado finalmente por el alto mando franquista, que ordenó inmediatamente el internamiento de los republicanos en la prisión de El Dueso. Hacia noviembre, cerca de 11000 gudaris habían sido puestos en libertad, 5.400 estaban integrados en batallones de trabajo, 5.600 en prisión y se habían dictado 510 sentencias de muerte, siendo asesinados, fusilados o ahorcados la mayoría de los jefes militares y políticos republicanos.
Las razones del pacto Las razones del pacto no están aún claras. Una hipótesis es que la pérdida del territorio privó de motivos para luchar al ejército vasco, aunque sus dirigentes arguyeron la responsabilidad del gobierno de la República al no haberles enviado aviones para hacer frente a la ofensiva franquista. No obstante, no parece factible que Indalecio Prieto, ministro republicano de Defensa Nacional por aquel entonces (gobierno Negrín) y muy ligado a Bilbao, no brindara los recursos necesarios para impedir la caída de la ciudad y de su Cinturón de Hierro.Otros autores, como José Luis de la Granja Sáinz, señalan que Prieto ordenó volar las industrias bilbaínas antes de la toma de la ciudad, órdenes que desobedecieron los batallones de milicianos del PNV. De hecho, Negrín y Prieto enviaron toda la aviación de caza de la República a Bilbao, habiendo programado en secreto con el gobierno de León Blum una escala en el Sur de Francia para repostar combustible; sin embargo, el hecho fue denunciado por agentes del Comité de No Intervención y los aviones retenidos y desarmados en suelo francés, frustrando todo ello la operación de ayuda aérea a la capital vasca.
Es evidente que la convivencia de dos milicias radicalmente diferentes, una la nacionalista al mando del PNV de carácter conservador y católico y otra la compuesta por seguidores de la izquierda y anarquistas, muchos de ellos participantes en la Revolución de 1934, era difícil y la realidad es que no había relación alguna entre ellas, pese a las órdenes expresas de formar brigadas mixtas.
Consecuencias En todo caso el comportamiento del nacionalismo vasco no dejó de tener importantes implicaciones militares. En palabras de Juan Ruiz Olazarán:
Este hecho ha permanecido silenciado durante mucho tiempo por ambas partes. Los republicanos no querían reconocer la «traición» de parte de sus tropas, los nacionalistas vascos no querían admitir que tuvieron contactos para abandonar a la República y los franquistas se resistían a asumir que una fuerza extranjera actuaba de manera autónoma y se permitía establecer negociaciones a sus espaldas con el enemigo.
Tal como fuera, el Pacto de Santoña ha llegado a alcanzar gran trascendencia política e ideológica en España, siendo muy polémico al señalarlo por unos como una «traición» del Partido Nacionalista Vasco a la República y ser justificado por otros.
Véase también Guerra civil española en Cantabria
Notas
Referencias
Bibliografía Olazábal Estecha, Carlos. "Pactos y traiciones. Los archivos secretos de la guerra en Euzkadi": Tres tomos de documentos sobre las negociaciones que el PNV mantuvo con Franco a través de las tropas italianas y el Vaticano durante la Guerra Civil. Los textos están contextualizados y cuentan con una descripción de los protagonistas.