El golpe de Estado de Casado constituyó uno de los últimos actos de la guerra civil española. Se inició el 5 de marzo de 1939, encabezado por el coronel Segismundo Casado, jefe del republicano Ejército del Centro, en colaboración con el Cuartel General del Generalísimo Franco en Burgos a través de sus servicios de inteligencia (el SIPM) y de la «Quinta Columna» de Madrid. Fueron también cruciales los apoyos del socialista Julián Besteiro (y de la Agrupación Socialista Madrileña, con Wenceslao Carrillo al frente), del Comité de Defensa de la CNT (dirigido por la troika formada por Eduardo Val, Manuel Salgado y José García Pradas) y del teniente coronel anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo de Ejército, «baluarte de la CNT madrileña».
El golpe derrocó al Gobierno republicano del socialista Juan Negrín, que defendía continuar resistiendo para lograr una «paz honrosa» (sin represalias) a pesar de que, tras la caída de Cataluña a principios de febrero de 1939, la situación de la República era desesperada. En su lugar se constituyó el Consejo Nacional de Defensa presidido por el general Miaja y con Besteiro como figura política más destacada (ocupó la consejería de Estado), aunque el hombre fuerte era el propio Casado (que ocupó la consejería de Defensa). También formaron parte del Consejo el anarquista Eduardo Val (al frente de la consejería de Comunicaciones y Obras Públicas) y el socialista Wenscelao Carrillo (consejero de Gobernación).
El golpe de Casado desencadenó en Madrid una «pequeña guerra civil» dentro de la guerra civil entre las fuerzas «casadistas» y los partidarios de la política de resistencia de Negrín (comunistas y un pequeño sector del PSOE). Tras imponerse gracias sobre todo a la intervención del IV Cuerpo de Ejército comandado por Cipriano Mera, el Consejo Nacional de Defensa trató de iniciar «negociaciones» con el bando sublevado, pero el general Franco, como ya había reiterado en numerosas ocasiones, solo aceptó la rendición incondicional del bando republicano. Así, en la llamada por la propaganda franquista «Ofensiva de la Victoria», las tropas franquistas ocuparon sin resistencia Madrid y toda la zona Centro-Sur, último territorio bajo el control de la República, poniendo fin así a la guerra civil.
Algunos historiadores, como Paul Preston o Ángel Bahamonde Magro, han destacado el papel decisivo que desempeñaron en el triunfo del golpe los militares republicanos profesionales de la zona Centro-Sur. «La sublevación del coronel Casado, el 5 de marzo de 1939, no habría sido posible sin la colaboración eficaz, la neutralidad pasiva que implica la adhesión de hecho o la complicidad activa de los militares de carrera que copaban los mandos centrales de los Ejércitos del Centro, Levante, Extremadura, Andalucía y la Agrupación de Ejércitos», ha indicado Bahamonde Magro (quien señala que solo hubo una excepción, la del coronel Luis Barceló Jover, jefe del I Cuerpo de Ejército del Ejército del Centro, quien tras el triunfo del golpe fue detenido, sometido a un consejo de guerra y fusilado).
Antecedentes
La crisis de marzo-abril de 1938: ¿negociar la rendición o «resistir es vencer»?
El nuevo gobierno del socialista Juan Negrín, formado tras los sucesos de mayo de 1937 y autoproclamado como «Gobierno de la Victoria», hizo un enorme esfuerzo para dotar a la República de un verdadero ejército, pero esto se tenía que plasmar en el campo de batalla. Tras la derrota de la campaña del Norte (marzo-octubre de 1937), en la que la superioridad aérea que le proporcionaron a los sublevados la Legión Cóndor alemana y la Aviazione Legionaria italiana fue determinante, la prueba de fuego iba a ser la batalla de Teruel, iniciada el 21 de diciembre de 1937. El reorganizado Ejército Popular de la República, con el coronel Vicente Rojo como principal estratega, «tenía ante sí la ocasión de arrebatar, por primera vez, una capital de provincia a las tropas de Franco, de obtener un éxito ofensivo de valor estratégico y simbólico... con indudables repercusiones para una retaguardia cuya moral estaba resquebrajada por la cadena de derrotas de los últimos meses», han señalado Ángel Bahamonde Magro y Javier Cervera Gil. thumb|left|El presidente del gobierno Juan Negrín (izquierda), el ministro de Defensa Indalecio Prieto (centro) y el coronel Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor del Ejército Popular de la República (derecha), antes de la crisis de marzo-abril de 1938. Sin embargo, los sublevados lograron recuperar la ciudad de Teruel el 22 de febrero de 1938, tras dos meses de duros combates, por lo que la batalla de Teruel fue un nuevo desastre para los republicanos en términos anímicos, políticos y militares. «Los republicanos estaban agotados, escasos de armas y munición y desmoralizados tras la derrota de Teruel», ha señalado Paul Preston. «La noticia de la derrota cayó como una pesada losa sobre la moral de la retaguardia», han indicado por su parte Bahamonde y Cervera. En este sentido, como ha señalado Ángel Bahamonde, «podemos considerar la batalla de Teruel la vertiente divisoria de la guerra civil, por las expectativas que los republicanos generaron en torno a ella y por las consecuencias políticas que desencadenó, desarbolando los frágiles pactos que habían permitido el reodenamiento del Frente Popular y la constitución del denominado Gobierno de la Victoria en mayo de 1937».
Al mes siguiente de la derrota de Teruel, se produjo un desastre aún mayor, cuando el frente de Aragón se derrumbó ante el empuje de la ofensiva lanzada por el general Franco y que culminó con la llegada del Ejército sublevado al Mediterráneo por Vinaroz el 15 de abril, quedando así dividido en dos el territorio de la República. «La percepción que se extendió por Barcelona [nueva sede del gobierno desde su traslado desde Valencia en noviembre de 1937] era la de asistir a una auténtica debacle», han señalado Bahamonde y Cervera. A esto se añadió que el gobierno conservador británico encabezado por Neville Chamberlain, en el marco de su política de apaciguamiento respecto de las potencias fascistas, había llegado a un acuerdo con Mussolini en el que se admitía la presencia de fuerzas italianas en España (la CTV y la Aviazione Legionaria) a cambio del compromiso de Italia de que no se apoderaría de ningún territorio ni isla españoles tras la previsible victoria del bando sublevado.
Las derrotas militares y el empeoramiento del contexto internacional desataron las tensiones políticas entre las diversas fuerzas que apoyaban a la República, provocando en marzo-abril de 1938 la segunda gran crisis interna del bando republicano, casi un año después de los sucesos de mayo de 1937. Durante la crisis, se enfrentaron los que el agregado militar francés Henri Morel llamó el «partido de la paz» y el «partido de la resistencia».
El primero estaba encabezado por el propio presidente de la República, Manuel Azaña, apoyado por los republicanos de Izquierda Republicana y Unión Republicana, los nacionalistas catalanes y vascos y un sector del PSOE liderado por Indalecio Prieto, en el que también estaba Julián Besteiro, que consideraban que los desastres militares de la batalla de Teruel y la ofensiva de Aragón demostraban que el Ejército republicano nunca podría ganar la guerra y que había que negociar una rendición con los sublevados con apoyo franco-británico. Frente a ellos, el presidente del gobierno Juan Negrín y el sector del PSOE que lo apoyaba, más los comunistas, eran firmes partidarios de continuar combatiendo bajo la consigna «resistir es vencer». Para Negrín la alternativa de negociar el final de la guerra con el enemigo significaba casi seguro la aniquilación de la República, por lo que la única salida posible era resistir para prolongar la guerra a la espera que se desencadenase en Europa una guerra a escala continental, lo que obligaría a Francia y Reino Unido a acudir en ayuda de la República. Si eso no ocurría Negrín confiaba en que al menos su política de resistencia le diera mayor capacidad negociadora frente a los sublevados y propiciara la mediación de las potencias democráticas. thumb|El presidente del Gobierno Juan Negrín pasando revista a las tropas republicanas (1938). La crisis se originó al intentar Negrín que Prieto cambiara de ministerio, renunciando al de Defensa, pues había declarado su convicción de que la guerra estaba perdida. Sin embargo, Azaña respaldó a Prieto, así como el resto de los republicanos de izquierda y los nacionalistas de Esquerra Republicana de Cataluña y del PNV, pero estos no consiguieron articular ninguna alternativa a Negrín, por lo que acabó reforzado al producirse la salida de Prieto del Gobierno. A partir de entonces, «la España republicana queda dividida en dos tendencias separadas por las profundas simas de la desconfianza, el recelo y la descalificación mutua», han señalado Bahamonde y Cervera.
Negrín recompuso el Gobierno el 5 de abril y asumió personalmente el Ministerio de Defensa. Lo más destacado del nuevo Ejecutivo fue la salida de Prieto, que acabó encabezando la facción antinegrinista de un PSOE fracturado. José Giral también fue cesado como ministro de Estado, siendo sustituido por Julio Álvarez del Vayo, un socialista negrinista. De igual modo, al gobierno se incorporaron dos sindicalistas, «ampliación discutible, dado el debate que surgió en la CNT y en la UGT sobre la participación o no en el gobierno de sus dos teóricos representantes». thumb|250px| Mapa de la guerra civil española en julio de 1938, en el momento de iniciarse la batalla del Ebro. El territorio de la República aparece partido en dos: Cataluña y la zona Centro-Sur. Este gobierno mantendría invariablemente una política, «la de continuación de la guerra hasta el fin en el supuesto de que no era posible obtener del enemigo, de Franco, una verdadera negociación de paz, con condiciones distintas de la rendición». Como lo confirmó el «Gobierno Nacional» en junio de 1938 en una nota oficial hecha pública con motivo de los intentos de mediación del embajador británico en Roma en la que declaraba que «no aceptaría jamás, como fin de la guerra, otra solución que no sea la rendición sin condiciones del enemigo». Negrín, convencido de que su política era la única posible, comentó en privado: «no se puede hacer otra cosa». Así pues, su idea era resistir para negociar un armisticio que evitara el «reinado de terror y de venganzas sangrientas», represalias que Negrín sabía que Franco iba a imponer, como efectivamente acabó sucediendo. Negrín declaró poco después de constituirse el nuevo gobierno:
Pocos meses después, ya en plena batalla del Ebro, Negrín, convencido de que Franco no plantearía un armisticio, le dijo a Juan Simeón Vidarte sobre la posibilidad de la rendición incondicional:
La batalla del Ebro y la caída de Cataluña El presidente Negrín, el coronel Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor, y los comunistas creían posible que el Ejército Popular Republicano aún era capaz de una última ofensiva, que se inició el 24 de julio de 1938, dando comienzo así a la batalla del Ebro, la más larga, reñida y decisiva de la Guerra Civil. El objetivo último de la operación era volver a unir las dos zonas republicanas, con lo que conseguiría «dar un golpe de efecto de indudables repercusiones internacionales» en un momento en que Europa vivía la crisis de los Sudetes. Franco por su parte aceptó el órdago, como en otras ocasiones, con la finalidad de que el enemigo agotase sus mejores recursos en la lucha, y eso fue efectivamente lo que sucedió. Después de tres meses de duros combates, la ofensiva republicana del Ebro fue un nuevo fracaso. El Ejército republicano tuvo que volver a sus posiciones iniciales el 16 de noviembre de 1938, «con decenas de miles de bajas y una pérdida considerable de material de guerra que ya no podría utilizarse para defender Cataluña frente a la decisiva ofensiva franquista».