El pacto de no agresión germano-polaco (pacto Pilsudski-Hitler) fue un acuerdo firmado entre la Alemania nazi y el régimen del mariscal polaco Józef Piłsudski el que calmó las tensas relaciones entre Polonia y Alemania y dio paso a un lustro de relaciones más estrechas entre ambas naciones hasta que Hitler, tras la crisis de Múnich del otoño de 1938, reactivó el conflicto con Polonia exigiendo concesiones territoriales en el invierno y la primavera de 1939. El acuerdo fue un símbolo del debilitamiento del sistema de alianzas francés en Europa oriental diseñado para frenar el poderío alemán.

Las relaciones entre el Estado polaco resurgido tras la Primera Guerra Mundial y Alemania habían sido malas. Esta reclamaba la devolución de los territorios cedidos a Polonia tras la guerra y, desde mediados de la década de 1920, mantuvo un conflicto aduanero con su vecina. El empeoramiento de la situación económica con el advenimiento de la Gran Depresión y la crisis política en Alemania agudizó la tensión entre ambos países. En Alemania los partidos políticos utilizaban propaganda revisionista en las elecciones, cada vez más frecuentes, mientras que Polonia se negaba a ceder sus derechos o territorios para apaciguar a aquella. La llegada de Hitler al poder aumentó temporalmente la tensión, pero, desde el punto de vista polaco, supuso un cambio que permitía un acuerdo con Alemania que normalizase las relaciones y evitase el conflicto: a diferencia de los Gobiernos anteriores, Hitler tenía otras prioridades que enfrentarse inmediatamente con Polonia o reclamar los territorios perdidos en la contienda. Su interés por consolidar su poder en Alemania y tratar de extender su control a Austria favorecieron el acuerdo con Pilsudski quien, por su parte, deseaba mejorar las relaciones con Alemania para mejorar el comercio bilateral y evitar posibles concesiones impuestas por Francia y las potencias, aparentemente dispuestas a aplacar a Alemania a costa de Polonia. El debilitamiento de la alianza franco-polaca decidieron finalmente a Pilsudski a buscar el acuerdo con Hitler mediante una combinación de amenazas militares públicas y negociaciones privadas, que fructificaron en el pacto de no agresión en 1934.

Antecedentes Tensión germano-polaca Desde el resurgimiento de Polonia como nación independiente a finales de 1918, Alemania se había opuesto al nuevo país. El propio jefe del Estado mayor alemán entre 1920 y 1926, el general Hans von Seeckt, declaró en un memorándum al Gobierno en 1922:

El ministro de Asuntos Exteriores alemán a finales de la década de 1920, Stresemann, declaró en 1927:

Los repetidos intentos polacos de mejorar las relaciones manteniendo las fronteras intactas fracasaron reiteradamente. Polonia trató de protegerse de la animadversión alemana mediante una alianza con Francia. El mariscal polaco Józef Piłsudski, que trató de normalizar las tensas relaciones germano-polacas ante la falta de apoyo franco-británico para oponerse a Hitler.|thumb|left|200px Fronteras polacas en entreguerras y territorios en disputa con Alemania y Checoslovaquia (a cuadros).|thumb|right Hasta mediados de 1933, la política alemana hacia Polonia había sido hostil. Alemania reclamaba la revisión del Tratado de Versalles acerca de Danzig (de población abrumadoramente alemana), el «corredor» polaco y la partición de Silesia. Alemania exigía la devolución de estos territorios antes de plantearse regularizar las relaciones bilaterales. Ningún Gobierno polaco estaba dispuesto a conceder estas exigencias, que hubiesen convertido al país en dependiente económica y políticamente de su vecino.

Desde 1925 ambos países habían mantenido una disputa arancelaria con la que Alemania había tratado de someter a Polonia. Abundó además en el periodo la propaganda revisionista alemana. La Sociedad de Naciones recibió numerosas quejas de la minoría alemana en Polonia y de la Ciudad libre de Dánzig, que sostuvo al tiempo frecuentes disputas con el Gobierno polaco.

En 1932, con el agravamiento de la crisis económica en Alemania, creció aún más la campaña revisionista contra Polonia. En la primavera de 1932 los alemanes acusaron a los polacos de planear la invasión de la Ciudad Libre de Danzig y de Prusia Oriental. La elección presidencial y las dos elecciones parlamentarias de ese año agudizaron el uso de propaganda revisionista por todos los partidos políticos alemanes. Las discretas entrevistas del embajador polaco con representantes de las principales formaciones políticas le convenció de que la mejora de relaciones solo era posible al precio de concesiones territoriales. La tensión en Alemania, sin embargo, fue considerada por el mariscal polaco no como una amenaza, sino como un signo de creciente debilidad que favorecería a Polonia.

El , Piłsudski envió un destructor polaco a Danzig con la excusa de visitar a una flotilla británica que se hallaba en la ciudad, con el objetivo de mostrar su decisión de mantener las cláusulas de Versalles, entre las que se encontraba la representación internacional de la ciudad, aumentando todavía más la tensión con el Gobierno de Danzig y Alemania.

La llegada al poder de Hitler llevó a un aumento de la tensión. Entre las primeras declaraciones de Hitler como canciller en febrero de 1933 hubo expresiones revisionistas que alarmaron a la prensa, aunque menos a Piłsudski. La campaña electoral en marzo llevó a nuevas declaraciones revisionistas en Alemania.

En Danzig, el , el senado de la ciudad comunicó al Gobierno polaco su intención de sustituir la policía portuaria, bajo control mixto, por su propia policía, a pesar de las protestas del representante polaco. Como respuesta, al día siguiente de las elecciones en Alemania, Piłsudski reforzó ilegalmente la guarnición de Westerplatte, como advertencia a Danzig y a Alemania, y se sucedieron las manifestaciones antialemanas en todo el país. Tras varios días de gran tensión internacional, el se volvió a la situación anterior a febrero gracias a la mediación de la Sociedad de Naciones, pero Alemania apreció la disposición polaca a oponerse a medidas unilaterales o de fuerza.

Los polacos fingieron estar dispuestos a llevar a cabo una guerra preventiva contra Hitler en alianza con los franceses. La actitud polaca llevó a Hitler a tratar de alcanzar un acuerdo con el Gobierno polaco.

La alianza franco-polaca, la actitud británica y la política de equilibrio Búnker de la línea Maginot, símbolo de la política defensiva francesa que disgustó a Polonia.|thumb|right La alianza franco-polaca, basada en un acuerdo político y militar firmado en febrero de 1921, comenzó pronto a debilitarse. En 1921-1922 los franceses no lograron el respaldo británico a su alianza con los polacos. Gran Bretaña mantuvo su negativa a involucrarse en el sistema de alianzas francés en Europa oriental o a ofrecer una garantía general de todas las fronteras trazadas en 1919. Francia, convencida de la necesidad del apoyo británico para mantener su seguridad frente a Alemania, comenzó a partir de 1924 a desarrollar una política que lograse dicho apoyo, postura facilitada por la política exterior alemana durante el periodo del ministerio de Gustav Stresemann, que buscaba la estabilidad en la frontera occidental mientras propugnaba la revisión en la oriental. Los intentos polacos de lograr una garantía equivalente al Tratado de Locarno para la frontera oriental alemana con apoyo francés fracasaron.

Entre 1925 y 1934 se repitieron los intentos franceses de reducir su compromiso de apoyo a su aliado polaco. Francia buscaba un entendimiento con Alemania a la vez que trataba de rebajar sus obligaciones hacia Polonia. Los intentos polacos de aclarar el apoyo francés en caso de enfrentamiento con Alemania a finales de los años veinte fueron infructuosos. Tras la retirada francesa de Renania, vista en Polonia como un paso que dificultaba un posible auxilio en caso necesario, el comienzo de la línea Maginot en 1930 —símbolo de la estrategia defensiva francesa— aumentó el disgusto polaco.

Se sucedieron las declaraciones francesas a favor de las concesiones territoriales de Polonia a Alemania, se intentó un acuerdo bilateral (finalmente fallido) entre Francia y Alemania en 1932 y, a finales de ese año, Gran Bretaña y Francia aceptaron el principio de igualdad armamentística para Alemania (), a pesar de las protestas polacas. El , se había disuelto la Comisión Aliada de Control, encargada de supervisar el desarme alemán, no por haberse producido este, sino por haberse alcanzado un acuerdo sobre el pago de compensaciones de guerra entre británicos, franceses y alemanes. Francia deseaba llevar a la Sociedad de Naciones las infracciones sobre rearme de Alemania, pero no sin apoyo británico, y no podía contar con este. Gran Bretaña se negó a contemplar el obligar a Alemania a cumplir las cláusulas sobre rearme por la fuerza o mediante sanciones económicas.

El , y con el objetivo de dar mayor independencia a la política exterior polaca respecto de la Sociedad de Naciones, Francia y Gran Bretaña, Piłsudski sustituyó al ministro de Asuntos Exteriores por uno de sus más leales colaboradores, el coronel Józef Beck, anterior subsecretario de Estado del ministerio. Inmediatamente, el lugarteniente de Beck, el secretario de Estado de Asuntos Exteriores conde Jan Szembek, fue despachado a París a valorar el estado de la política francesa y urgir más actividad frente a Alemania, a la vez que, pasando por Berlín, advertía al Gobierno alemán del posible empeoramiento de las relaciones, en balde. Piłsudski consideraba que Francia se mostraba cada vez más débil, cedía en demasía ante Gran Bretaña y se estaba tornando un aliado poco fiable. Ante esto, optó por tratar de mejorar las relaciones con alemanes y soviéticos, los dos grandes países vecinos de Polonia, manteniendo entre ambos una política de equilibrio, que debía ser en lo posible independiente de las demás potencias.

Para mejorar la relación polaco-soviética Piłsudski no tuvo más que responder a las propuestas de acercamiento de los soviéticos, firmando el un primer acuerdo, el «protocolo Litvínov» y, más tarde, el , tras largas negociaciones, un pacto de no agresión. La relación con Alemania, por el contrario, no fue tan sencilla de rectificar y había empeorado incluso al agravarse la Gran Depresión.

El , recién resuelta temporalmente la tensión con Danzig, el primer ministro británico Ramsay MacDonald propuso, con la intención de salvar del fracaso las conversaciones sobre desarme, un plan que reforzaba militarmente a la URSS y a Alemania, algo inaceptable para el Gobierno de Varsovia. Dos días más tarde, Mussolini propuso su plan de las Cuatro Potencias que, aunque quedó sin ratificar, causó gran disgusto en Polonia, excluida del grupo de potencias. El pacto había contenido en su propuesta inicial italiana la posibilidad de rectificaciones territoriales, que el Gobierno polaco interpretó negativamente, amenazando con abandonar la Sociedad de Naciones.

Las negociaciones Primeros contactos Józef Lipski, embajador polaco en Berlín, firmó el pacto de no agresión en nombre de su país a comienzos de 1934.|thumb|right|200px