La Conspiración de José Zamora (también conocida como la Intentona de Zamora) fue una revuelta realista que intentó desbaratar el gobierno republicano independiente de Costa Rica en 1826 y devolver el país a la corona española de Fernando VII.

Antecedentes Tras la caída del emperador Iturbide y la guerra intestina de 1823, Costa Rica consolidó su paz y se unió a las Provincias Unidas del Centro de América. El 8 de abril de 1825, don Juan Mora Fernández fue declarado electo como Jefe de Estado. Sin embargo, las reformas políticas, aunque avanzadas para la época, generaron rechazo entre los reaccionarios, especialmente en Cartago y Heredia.

A fines de 1824, el teniente coronel del ejército español don José Zamora fue expulsado de Colombia por ser enemigo de la Independencia y llegó a Costa Rica. Zamora venía comisionado por el gobierno de Fernando VII para fomentar una contrarrevolución realista. Aprovechando la hospitalidad costarricense, se instaló en San José, donde criticó abiertamente al gobierno independiente por la abolición de los fueros eclesiástico y militar.

A pesar de que cuarenta y cuatro ciudadanos josefinos (incluyendo a Joaquín Lara, Manuel Aguilar y Antonio Pinto) solicitaron su expulsión en julio de 1825, el gobierno actuó con excesiva tolerancia. Zamora se trasladó a Heredia, donde se hospedó en la casa del presbítero Joaquín Carrillo, un cura reaccionario con el que fraguó el plan de devolver Costa Rica al dominio español. El plan consistía en tomar por asalto el cuartel de Alajuela, luego el de Heredia, y movilizar a otras ciudades para someter a la capital. Lograron reclutar a varias figuras, entre ellas al oficial Manuel Flores, Hilario Zúñiga y, en Alajuela, al resentido capitán Juan José Soto y al alcalde José Manuel Villegas.

Desarrollo A pesar de los rumores, el gobierno de Mora Fernández actuó con negligencia y solo a finales de enero de 1826 ordenó reforzar momentáneamente las guarniciones de Cartago, Heredia y Alajuela.

La noche del 27 de enero, el capitán Juan José Soto intentó seducir sin éxito a la guardia del cuartel de Alajuela. Al día siguiente, 28 de enero a las diez de la noche, alrededor de doscientos hombres se reunieron en el barrio de Las Ciruelas. Muchos de ellos habían sido engañados con el pretexto de oponerse a la medición de tierras comunales. Zamora, armado y a caballo, los organizó militarmente a pesar de que la mayoría solo portaba sables, machetes, lanzas, palos y piedras.

El comandante del cuartel de Alajuela, don José Ángel Soto, fue advertido de la concentración y reforzó la guarnición. Hacia las tres de la madrugada del 29 de enero, los revolucionarios marcharon sobre la ciudad divididos en tres secciones: la vanguardia al mando de Pedro Pablo Castro y Pedro Araya; el centro comandado por Zamora; y la retaguardia bajo el mando de José Manuel Villegas y Joaquín Céspedes.

Al llegar al cuartel, los asaltantes gritaron «¡España!» y atacaron al grito de «¡Viva Fernando VII!», mientras que los defensores respondían con vivas a la Patria. El combate duró unas dos horas. Al convencerse de la inutilidad del ataque, los asaltantes se dispersaron, dejando cuatro muertos (entre ellos Pedro Araya, que murió en la puerta del cuartel) y llevándose a varios heridos.

Consecuencias Muchos revolucionarios fueron capturados en los días posteriores al asalto, pero Zamora, Manuel Flores e Hilario Zúñiga lograron escapar y continuaron atizando la rebelión desde la clandestinidad. El 6 de febrero a las dos y media de la tarde, José Zamora fue finalmente apresado en Poás y conducido a San José. Fiel a sus convicciones, Zamora no negó su objetivo y, aun preso, intentó seducir a su escolta. Ante esta amenaza constante, el Jefe de Estado Juan Mora decretó su ejecución, y Zamora fue fusilado a las cinco y media de la tarde de ese mismo día.

El 8 de febrero, el gobierno decretó confinamiento en el presidio de La Libertad (El Salvador) para varios de los cómplices, incluyendo al cura Joaquín Carrillo y al capitán Juan José Soto. Otros implicados fueron destinados a servir en el ejército federal, pero terminaron en presidio luego de que el gobierno federal se negara a recibirlos. El español José de Echarri fue expulsado del país.

Posteriormente, Braulio Carrillo intentó acusar a Juan Mora de violar la Ley Fundamental por emitir estos decretos de castigo, pero la Asamblea rechazó la acusación y en su lugar declaró al Jefe de Estado acreedor a la gratitud de sus conciudadanos por haber salvado la República. El fracaso de la intentona tuvo una gran resonancia en toda Centroamérica, fortaleciendo la imagen del gobierno costarricense.

Bibliografía Marco Antonio Fallas Barrantes, "Viva España, viva Fernando VII... ¡Fuego Va!", en Revista de la Universidad de Costa Rica, núm. 41 (1975), pp. 133-157. Ricardo Fernández Guardia, "Morazán en Costa Rica", vol. 13 de sus Obras Completas, EUNED, 2008, p. 47 y ss.

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