Representación de los mestizos a finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX.|thumb|250px|right La pigmentocracia es un concepto cuyos primeros registros de utilización académica pueden ser encontrados en la obra del fisiólogo chileno Alejandro Lipschutz, para explicar cómo la estratificación de la colonización española de América estaba fundamentada, en buena parte, en el color de la piel y las jerarquías que se creaban a nivel de la estructura socio-racial. La pigmentocracia puede hallarse específicamente en África,Bancroft-Hinchey, T. (18 de abril 2001). Growing trend in Africa: women try to become white. Vía Internet Archive, visto 31 de mayo 2015. el sudeste asiático,http://onlinelibrary.wiley.com/store/10.1111/iops.12018/asset/iops12018.pdf;jsessionid=480F552089E96F589FA25640F0C974A6.d02t02?v=1&t=hhmyvn66&s=c3f2e9099aeedd4ab00cc6271d310be6ea350541 India, LatinoaméricaBonilla-Silva, Eduardo. (2009). "The Latin Americanization of US Race Relations: A New Pigmentocracy", en Shades of Difference, editado por Evelyn Nakano Glenn, Stanford University Press. y Estados Unidos. Actualmente el concepto dominante que se utiliza en las ciencias sociales para hacer referencia a este fenómeno es colorismo.

Lipschutz analiza cómo este espectro de los colores durante la conquista, que él denominaba como “pigmentocracia”, fue uno de los elementos claves para justificar la explotación y opresión a la que fue sometida la población indígena durante la conquista y colonización, sirviendo además para relegar al indio y al mestizo a los últimos escalafones de la estructura social, lo que venía acompañado de su asignación a los peores trabajos.

Como una palabra compuesta, pigmentocracia adquiere un sentido definitorio más estricto mediante la definición conjunta de las palabras pigmento y cracia que el diccionario de la Real Academia EspañolaDiccionario de la lengua española, Real Academia Española, vigésima segunda edición, 2001, Espasa, tomos A-G/H-Z, p. 678 y 1758. expone de la siguiente forma:

Pigmento: palabra derivada del latín pigmentum y cuya segunda acepción vinculada con la biología, la define como sustancia colorante que, disuelta o en forma de gránulos, se encuentra en el citoplasma de muchas células vegetales y animales. Cracia: de las raíces griegas κρατία y κράτος, indica dominio o poder.

Así, pareciera que con base en estas dos definiciones tomadas por separado, ambas palabras no tendrían un claro vínculo que establezca un sentido en específico, sin embargo cuando el resultado de sus definiciones se encuentra ligado en términos de dominio y de poder como lo establece el propio concepto de cracia y se les relaciona con los elementos históricos y sociológicos tratados con anterioridad por el propio Alejandro Lipschütz, la palabra pigmentocracia adquiere un sentido más directo entre lo que ha representado para la humanidad el uso del poder para traducirlo en dominio, con las múltiples percepciones que se han tenido sobre el color de la piel y que a lo largo de la historia en muchos de los casos han sido utilizadas como excusa para legitimar la dominación sobre individuos o grupos humanos específicos a partir de la pigmentación su piel y/o de su origen étnico. Algunas personas han utilizado este concepto como una palabra discriminativa.

De manera que no resulta del todo extraño que un fisiólogo como Lipschütz, fuese uno de los primeros en emplear el término, a partir de un análisis socio-histórico en el que observó una clara relación entre los rasgos fenotípicos de las personas, los prejuicios que se generan hacia éstos y las conductas de justificación ideológica que son generadas para el ejercicio de la fuerza hacia aquellos Otros considerados inferiores en términos evolutivos, lo que por tanto les privaba del derecho de trato en condiciones de igualdad, de la no dominación y de la no discriminación racial.

Como una letal excusa histórica, que de una forma abierta un tanto oculta se ha mantenido presente y en constante reproducción hasta la actualidad, tanto entre sujetos que por su color de piel u origen étnico son ubicados en la escala más baja de la pirámide social, como por aquellos que detentan el dominio de poder en estrecho vínculo con su posición en la cima de la pirámide o lo más cercanos a ella y con una mayor posibilidad de dominio sobre el otro conforme la pigmentación en la tonalidad de su piel se hace cada vez más clara.

Bases teóricas e históricas de la Pigmentocracia miniaturadeimagen|Casta Painting: No. 15. From Mestizo and from Indian; Coyote. Sin embargo, fue Magnus Mörner, el primero que habló de la existencia del factor socio-racial en la estructuración social y en la segregación residencial durante la Colonia. Fue el primero en observar que el color de la piel era uno de los rasgos más definitorios a la hora de establecer las jerarquías sociales.

Con base en la importancia que estos autores le dieron al factor socio-racial y a la segregación residencial entre pueblos de indios y pueblos de españoles, consideramos que este factor socio-racial, se convertirá en racismo a partir del siglo XIX con todas las ideas seudocientíficas sobre las razas superiores e inferiores. Puede considerarse que la reproducción del racismo o el factor socio-racial durante la época colonial cumplieron cuatro funciones principales:

El mantenimiento del statu quo y una férrea estructura social muy similar a la de la sociedad de castas con escasa movilidad social y donde los indígenas y los negros, por su color ocupaban el lugar más bajo de la escala social. La justificación de la opresión y explotación del indígena y del mestizo en función de su inferioridad racial y cultural. La reproducción de las diferencias y desigualdades basadas en el color de la piel, en la clase, en la etnia y en la preservación de una estructura social rígida y endogámica. Contribuyó a cohesionar a la elite de poder o a la clase dominante en función de su color de piel, considerándose criollos o blancos frente al indígena y al negro. El mestizo, que, en un principio quedó como una casta intermedia entre españoles –criollos e indios y otras castas, con las teorías seudocientíficas sobre las razas en el siglo XIX, pasó a ser una raza más degenerada que el indígena por sus mezclas e hibridaciones.

En el siglo XVIII con la consolidación de las sociedades de castas, el color de la piel y el porcentaje de sangre indígena que se adquiriera en función del nacimiento y, en función de las mezclas y cruzamientos, hizo que se establecieran una serie de castas y “cuadros de castas” en los que, en función del porcentaje de sangre indígena o blanca, se construía un estereotipo basado en los rasgos físicos o denominaciones raciales, sociales y culturales dando origen a una diferenciación racial o de castas de más de 40 tipificaciones, en función de las hibridaciones y cruces sanguíneos.

En el siglo XIX, el factor racial cobró una mayor importancia en la medida en que la creencia seudocientífica, basada en los descubrimientos evolucionistas de Darwin y de las corrientes del darwinismo social, consideraron la existencia de razas inferiores y razas superiores, donde, al color de la piel se le asignaba una serie de caracteres psicológicos que probaban la inferioridad de unas razas frente a otras y en donde los asiáticos y los indígenas americanos ocupaban la última jerarquía. De manera que la pigmentocracia se reforzó con las teorías del darwinismo racial.

La raza como motor de la historia pasó a ser la gran construcción de los siglos XVIII y XIX, destinada a explicar de manera pseudocientífica la desigualdad social y la inequidad en términos de jerarquía racial, de inferioridad y superioridad. En este contexto, al indio americano se le asignó el papel de salvaje por excelencia, con mitos de origen que se habían ido fraguando desde el descubrimiento de América y los viajes de Colón hasta en los relatos de los viajeros europeos de los siglos XVI, XVII y XVIII, en los que figuran esas particulares visiones del aborigen.AA.VV., La imagen del Indio en la Europa Moderna, CSIC, Sevilla, 1990. Pino, F. del y C. Lázaro, Visión de los otros y visión de sí mismos, CSIC, Madrid, 1995. Gruzinski, S., La colonización de lo imaginario, sociedades indígenas y occidentalización en el México español, siglos XVI-XVIII, FCE, México, 1991.

Ya Hobson en 1834, en su libro sobre la historia de las colonizaciones, opinaba: La bendición de las civilizaciones es que ya casi han exterminado a la población originaria del continente americano. Más tarde Herman Merivale, basándose en los estudios del antropólogo Pittchard, que creía que no merecía la pena salvar a las razas salvajes, afirmaba:

A juicio de Lindqvist, fue Robert Knox en su libro The races of man. A fragment (1850), quien primero comentó la necesidad del exterminio de ciertas razas inferiores. Cuando Knox reflexionaba sobre las causas por las que la raza negra siempre había estado sometida a la blanca y sobre el origen de esa sumisión, no lo hacía en términos de tecnología, de expansión o de historia de los pueblos, sino porque consideraba que se debía a:

En ese tiempo, la biología, en su aplicación a las ciencias sociales, justificaba “científicamente” la inferioridad de unas razas frente a otras. Otro escritor, perteneciente a las corrientes postcoloniales, como Robert Young opinaba: la raza al igual que la etnicidad, ha sido la construcción social, política y cultural más útil y más instrumentalizada del siglo XIX.Robert Young, Colonial Desires, Hybridity in theory, culture and race, Routledge, London, 1995, p. 93. Para este autor la historia del siglo XIX europeo no se podía explicar más que bajo la perspectiva antagónica de los binomios cultura/civilización y raza/cultura; raza y etnicidad han sido la construcción social, política y científica más importante de todo el siglo.

Frederick Farrar dividió las razas en tres grupos: salvajes, medio civilizadas y civilizadas y solamente la raza aria y la semita se encontraban entre las civilizadas. A juicio de este autor, las razas salvajes no tienen pasado alguno y tampoco futuro [...] están condenadas a una rápida, total e inevitable extinción.Farrar, F., Aptitudes de las razas, en Sven Lindqvist, Transactions of the ethnological society of London, nº 120, 1867, Exterminad a todos los salvajes, Turner, Madrid, 2004, p. 180. Este darwinismo social ya apunta hacia una inevitabilidad de la desaparición de las razas inferiores, porque no son modificables dada su degeneración moral e intelectual. Estas mismas teorías serán asumidas por autores latinoamericanos como Faustino Sarmiento, Carlos Octavio Bunge o Miguel Ángel Asturias, Véase Marta Casáus y Teresa García Giraldez, Las redes intelectuales: Un siglo de Imaginarios nacionales, Guatemala, FyG editores, 2006.

Desde entonces, la imbricación de estos conceptos raza, cultura y etnicidad es inseparable. Casi todas las definiciones de cultura de esa época están relacionadas con categorías raciales de modo que – puede afirmarse como lo hace Todorov, a lo largo de este siglo se experimenta la racialización del pensamiento, fruto del positivismo. Así, la civilización y la cultura pasaron a ser las medidas estándar de la jerarquía para valorar las culturas y las razas que no fueran la europea.