El conflicto israelí-palestino es el conflicto social y armado en curso entre israelíes y palestinos por el control de la región histórica de Palestina, que se remonta a principios del . El conflicto, de gran envergadura, se enmarca asimismo dentro del conflicto árabe-israelí.
En respuesta al creciente antisemitismo que se vivía en Europa, a finales del surgió el movimiento sionista, que defendía el establecimiento de una patria para el pueblo judío en Palestina, que ya era habitada por el pueblo palestino, controlada en ese momento por el Imperio otomano. Muchos judíos europeos emigraron allí desde ese momento, al principio en pequeñas oleadas y después masivamente al término de la Segunda Guerra Mundial a causa del Holocausto nazi.
Debido al incremento de la población judía en Palestina, aparecieron brotes de violencia cada vez más intensa entre las poblaciones judías y árabes. Como intento de solución, las Naciones Unidas aprobaron la partición de lo que había sido el mandato británico de Palestina en dos Estados: uno judío y otro árabe. El Estado judío abarcaría un 55 % del territorio del mandato, incluido el desierto del Néguev, y su población estaría formada por 500 000 judíos y 400 000 árabes. En ese momento, los judíos solo poseían el 7 % de las tierras de Palestina; el Estado árabe tendría el 44 % del territorio del mandato y una población de 725 000 árabes con una minoría de unos 10 000 judíos.
Los judíos aceptaron el plan de partición, mientras que los árabes lo rechazaron. Estalló entonces una guerra civil en el mandato entre judíos y árabes que desencadenó la expulsión o huida de dos tercios de la población árabe. El 14 de mayo de 1948, coincidiendo con la declaración de independencia de Israel, los Estados árabes vecinos declararon la guerra al recién creado Estado de Israel, aunque finalmente fueron derrotados por los israelíes. A la conclusión de la guerra, Israel se negó a aceptar el retorno de los más de 700 000 refugiados palestinos, que han vivido desde entonces en campamentos de refugiados y ciudades de Líbano, Siria, Jordania, la Franja de Gaza y Cisjordania, entre otros lugares.
El término se utiliza también en referencia a las primeras fases del mismo, que enfrentó a las poblaciones judías (Yishuv) y árabes que vivían en Palestina bajo el Imperio otomano y posteriormente el mandato británico de Palestina, como parte de la partición del Imperio otomano.
Tradicionalmente se han identificado cuatro escollos principales para la resolución del conflicto: el establecimiento de fronteras seguras y definidas, el control de Jerusalén, los asentamientos israelíes y el derecho de retorno de los refugiados palestinos, a los que deben sumarse otras claves como el reconocimiento mutuo, los derechos sobre los recursos hídricos, los asesinatos de civiles palestinos, el terrorismo palestino, la libertad de movimiento palestino, la seguridad israelí y otros problemas de derechos humanos. La violencia resultante del conflicto ha llevado a diversas posturas internacionales en torno al conflicto.
Se han hecho muchos intentos para negociar una solución de dos Estados, lo que implicaría la creación de un Estado de Palestina independiente junto al Estado de Israel, concebido en su origen como un Estado judío. Otras posturas, con menos aceptación, abogan por la solución de un Estado o por la solución de tres Estados.
Dentro de las sociedades israelí y palestina, el conflicto genera una gran variedad de puntos de vista y opiniones. Esto pone de relieve las profundas divisiones que existen no solo entre israelíes y palestinos, sino también dentro de cada sociedad. Un sello distintivo del conflicto ha sido el nivel de violencia que lo ha protagonizado durante casi toda su duración. Ha habido enfrentamientos entre ejércitos regulares, grupos paramilitares, células terroristas y ciudadanos independientes. Estos enfrentamientos no se han limitado estrictamente al campo militar y han causado un gran número de víctimas mortales en la población civil de ambas partes.
Hay importantes actores internacionales involucrados en el conflicto. Las dos partes que participarían en las conversaciones directas de paz en caso de que las hubiere serían el Gobierno de Israel, actualmente liderado por Benjamín Netanyahu, y el Estado de Palestina, actualmente presidido por Mahmud Abbas. El Cuarteto de Madrid sobre Oriente Medio, compuesto por un enviado especial de los Estados Unidos, otro de Rusia, un tercero de la Unión Europea y un cuarto de las Naciones Unidas, media en las negociaciones oficiales. La Liga Árabe es otro actor importante que ha propuesto un plan de paz alternativo. Egipto, miembro fundador de la Liga Árabe, ha sido históricamente un factor importante.
A raíz de la victoria de Hamás en las elecciones parlamentarias de 2006 y de su toma del poder en la Franja de Gaza en junio de 2007, el control real de Palestina se ha dividido en dos. Por una parte Fatah (componente principal de la OLP y de la Autoridad Nacional Palestina) que predomina en Cisjordania. Por otra parte, Hamás controla la Franja de Gaza. Esta división ha provocado el colapso del gobierno palestino. Desde entonces no se han convocado nuevas elecciones en Palestina. Otra consecuencia ha sido que la Franja de Gaza está sometida, desde entonces, a bloqueo económico y comercial por parte del estado de Israel y el de Egipto, que ha provocado una crisis humanitaria en la zona.
Desde 2011, el Estado de Palestina ha obtenido cierto reconocimiento internacional, al ser aceptado, en 2011 en la Unesco y en 2012, como Estado observador en la ONU. En 2014 obtuvo el apoyo de la Unión Europea para ser aceptado como Estado, y el mismo año Palestina reconoció a la Corte Penal Internacional.
Varios conflictos recientes han destacado por el gran número de víctimas civiles: Operación Paz para Galilea (año 1982), la Segunda Intifada (año 2000) y principalmente la Guerra de Gaza (año 2023), todavía en curso (2026) y que ha causado la muerte de más de 77.000 palestinos, entre ellos más de 20.000 niños.
Fundamentos históricos del conflicto izquierda|miniaturadeimagen|Mapa basado en el Libro de Josué entre el 1200 y el 1050 a. C. donde se sitúan las doce tribus de Israel previo a la unificación y al sudoeste el territorio ocupado por la Pentápolis filistea. Más allá de la coyuntura política que bajo el control británico originó el conflicto, ambas posturas recurren a reclamaciones históricas para justificar sus derechos sobre los territorios en litigio. El Estado de Israel fundamenta su existencia en la necesidad de un Estado judío que no solo represente y acoja a dicha colectividad sino también que cumpla con las exigencias propias de la fe de dicha religión, puesto que en el judaísmo se habla del pueblo hebreo como el pueblo elegido de Dios e Israel se trataría de su tierra prometida. Este concepto de colectividad judía se auto-reivindica como descendiente del antiguo pueblo hebreo, así como también hay reivindicaciones acerca de la ampliación del actual Estado de Israel a sus fronteras bíblicas descritas en el libro del , que supondría una ampliación considerable de los territorios israelíes y la anexión de naciones enteras correspondiente con el concepto de Gran Israel.
En tanto, los palestinos se fundamentan en los casi trece siglos de dominación musulmana (638-1920) sobre la región de Palestina, que estuvo controlada consecutivamente por los califatos ortodoxo, omeya, abasí y fatimí, los turcos selyúcidas, los mamelucos y el Imperio otomano. Además, argumentan que la presencia judía en la región se basa principalmente en la inmigración masiva de judíos desde finales del y todo el , a raíz de la popularización del sionismo, así como en la expulsión de más de 700 000 palestinos antes, durante y después de la guerra árabe-israelí de 1948, en un fenómeno conocido como la Nakba, y de otros muchos palestinos y musulmanes en general desde el inicio del conflicto.
Ambas colectividades, judíos israelíes y palestinos, se auto-reivindican como descendientes de dos pueblos antiguos que habitaron la región, los hebreos y los filisteos, y utilizan esa reivindicación como fundamentación histórica para reclamar como propio el territorio. Sin embargo, ninguno de estos pueblos antiguos, hebreos y filisteos, tiene sus orígenes en el Levante mediterráneo sino que se asentaron parcialmente en la región desplazando o conquistando a los cananeos, sus primeros habitantes. Según las Biblia y las tradiciones hebraicas (orales y escritas), los hebreos son originarios de Mesopotamia, en tanto los filisteos, denominados como uno de los pueblos del mar, llegaron desde el mar Mediterráneo y su origen no ha podido ser determinado hasta ahora, si bien se suele hablar de Creta como su tierra de origen.
Según los textos bíblicos y hebraicos, los filisteos llegaron y se asentaron en la región constituyendo una pentápolis al sudoeste de los territorios donde los hebreos se habían establecido, entre el Reino de Israel y el Antiguo Egipto, y manteniendo conflictos con ambas naciones. Por su parte, según la Biblia, los hebreos se habrían restablecido en Canaán dos siglos antes de la llegada de los filisteos, poco después del éxodo. Ambos pueblos serían conquistados por babilonios y asirios y, posteriormente, por persas, macedonios y romanos. Luego de una breve independencia hebrea, el Imperio romano invadió y conquistó la región, constituyendo varias provincias: Samaria, Galilea, Perea y Judea; esta última unía los territorios del antiguo Reino de Judá con el que correspondía a los filisteos, que cortaba a Judá la salida al mediterráneo. La dificultad de los romanos para mantener su hegemonía sobre los hebreos y las constantes revueltas provocaron la toma de medidas cada vez más extremas y, tras la rebelión de Bar Kojba, el Imperio romano optó por prohibir y castigar muchas de las tradiciones hebreas con la intención de hacer desaparecer la identidad hebrea, provocando así también un supuesto éxodo masivo de hebreos. El imperio, asimismo, optó por modificar la división territorial en este contexto y así las provincias que hacían alusión al territorio hebreo se unieron en una única gran provincia, la provincia de Siria y optaron por recurrir a la antigua identidad del pueblo filisteo, reemplazando el nombre de la provincia de Judea por el de Palestina. Cabe destacar que a estas alturas hacía siglos que los filisteos habían perdido su identidad y se habían asimilado a los cananeos y a otros pueblos conquistadores como los babilonios; sin embargo, la denominación de Palestina como región geográfica persistió en el tiempo y dicha división administrativa fue adoptada y utilizada por casi todos los poderes políticos que ocuparon la región durante los siguientes dos milenios.
Sin embargo existe una realidad y es que la reivindicación de ambas colectividades sobre dichos pueblos antiguos es en cierta forma limitada; como hemos dicho, ninguno de los dos pueblos antiguos es originario de la región sino que la ocuparon y combatieron entre sí hasta ser conquistados por terceros y, además, no existe una relación directa entre las comunidades actuales y aquellos pueblos ya que tanto los filisteos como los hebreos desaparecieron como pueblos, los actuales judíos heredaron cierto legado cultural de los antiguos hebreos pero se trata de una colectividad difusa que si bien es heredera de costumbres y creencias antiguas fueron muy influenciados por la cultura y las costumbres de los pueblos nativos de los múltiples lugares a donde emigraron las primeras comunidades y con quienes se mezclaron, generando divisiones en grupos con diversos orígenes y grupos con costumbres distintas entre sí dentro de la propia judeidad tan variados como los asquenazí de Europa Central y Oriental emparentados con pueblos germánicos y sobre todo eslavos y caucásicos, que tienen hasta su lengua propia, el yidis, hasta los Beta Israel, los etíopes o los youtai en China.
Períodos de conflicto