La Tarraconense (del latín Hispania Citerior Tarraconensis) fue una provincia romana y después visigoda de Hispania. Su capital fue la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco,Estrabón III, 4, 7: Entre la desembocadura del Ebro y el extremo de los Pirineos, allí donde se levantan los Trofeos de Pompeyo, la primera ciudad es Tarraco, que, aunque no tiene puerto, está levantada sobre un golfo y se encuentra bien acondicionada en las demás cosas, sin que su población sea menor que la de Carthago Nova. También está bien situada como centro para los viajes de los legados, pues sirve de metrópolis no sólo para las tierras sitas en la parte de acá del Ebro, sino también para las de una gran parte de las del otro lado. Las islas Baleares e Ibiza, islas famosas, están cerca, lo cual explica la importancia de la situación de la ciudad. Dice Eratóstenes que también tiene una estación máritima; mas Artemidoro le contradice, negando que tenga un lugar adecuado para echar el ancla. la actual Tarragona, de la cual tomaba su nombre.
La Tarraconense estaba entre las provincias más extensas del Imperio romano. Así fue hasta finales del , cuando la reorganización de Diocleciano creó las nuevas provincias de la Cartaginensis y la Gallaecia, que hasta entonces eran parte de la Tarraconense. Exceptuando la costa mediterránea, la provincia estaba poco poblada y la urbanización era menor que en los otros territorios hispanos.
Geografía y organización político-administrativa de la provincia Tarraconensis miniatura|izquierda|300px|Plano de la ciudad de Tarraco, capital de la Tarraconense.
Límites y extensión
La provincia Hispania Citerior Tarraconensis, en su momento de mayor extensión, abarcaba unas dos terceras partes de la península ibérica, y comprendía las regiones al norte y al sur del Ebro, desde los Pirineos al norte hasta Sagunto al sur, el valle de Duero, excepto la zona de su orilla meridional entre el Tormes y su desembocadura en Cale (Oporto, Portugal), los valles del Tajo y del Guadiana hasta los límites con la Lusitania, y el extremo oriental de Andalucía, al este de la frontera de la Baetica que discurría desde Cástulo (Linares), pasando por Acci (Guadix) hasta la bahía de Almería, quedando estas zonas (que durante varios años pertenecieron a la Baetica) en territorio tarraconense; al este limitaba con el mare Nostrum —mar Mediterráneo—, y al oeste con el océano Atlántico y al norte con el Cantábrico y la cordillera de los Pirineos, que la separaba del sur de la Galia, es decir, de las provincias romanas de Aquitania y Galia Narbonense.
Con una extensión aproximada de y una población estimada en 3 o 3,5 millones de habitantes (con una densidad media de 8 o 9 hab/km²), la Tarraconense fue probablemente, en la época de su creación, la mayor provincia del Imperio.Datos procedentes de: K. J. Beloch, La popolazione del mondo greco-romano. Con appendici, Arnaldo Forni Editore, Reimpresión anastática de la edición de 1909, Bologna, 1977, pp 401-402, ISBN 88-271-8103-2,9788827181034
De la Tarraconensis, fueron escindidas posteriormente Gallaecia y Carthaginensis, ambas por Diocleciano a finales del , y a finales del la Balearica de la Carthaginensis, siendo transformadas en provincias independientes. miniatura|izquierda|250px|Hispania según la división provincial romana de 27 a. C.
Organización administrativa
Por un acuerdo de Augusto con el Senado, tomado en 27 a. C., la Tarraconense fue una provincia imperial, al igual que la Lusitania, mientras que la Bética quedó como provincia senatorial; la Tarraconensis tenía rango consular, mientras que las otras dos provincias eran de rango pretorial.Strab. III, 4, 20: "En este tiempo se han distribuido las provincias entre el pueblo y el Senado, por una parte, y el príncipe, por otra. La Bética se ha atribuido al pueblo, enviándose a ella un pretor asistido por un cuestor y un legado. Su límite oriental pasa por las cercanías de Cástulo. El resto pertenece al César, que envía en su representación dos legados: el uno pretorio y el otro consular. El pretorio, que se halla asistido, a su vez, por un legado, está encargado de administrar justicia a los lusitanos, es decir, a la población comprendida entre las fronteras de la Bética y el curso del Duero hasta su desembocadura, porque toda esta parte ha recibido el mismo nombre y comprende también a Augusta Emerita. Todo lo que ahora está fuera de la Lusitania, que es la mayor parte de Iberia, se halla bajo la autoridad del legado consular, que dispone de fuerzas considerables: unas tres legiones y tres legados".Pomp. Mela, Chorogr. II, 79: Tribus autem est distincta nominibus, parsque eius Tarraconensis, pars Baetica, pars Lusitania vocatur. Tarraconensis altero capite Gallias altero Baeticam Lusitaniamque contingens mari latera obicit Nostro qua meridiem, qua septentrionem spectat oceano. Illas fluvius Anas separat, et ideo Baetica maria utraque prospicit, ad occidentem Atlanticum, ad meridiem Nostrum. Lusitania oceano tantummodo obiecta est, sed latere ad septentriones, fronte ad occasum. Urbium de mediterraneis in Tarraconensi clarissimae fuerunt Palantia et Numantia, nunc est Caesaraugusta; in Lusitania Emerita, in Baetica Hastigi, Hispal, Corduba.
Al frente de la Tarraconensis se encontraba el gobernador de la provincia —legatus Augusti pro praetore provinciae Hispaniae Citerioris Tarraconensis—, quien, dado el carácter consular de la misma, era un senador de rango consular, cuya sede se encontraba en la capital provincial, la colonia de Tarraco. En época de Augusto y Tiberio, según también indica Estrabón,Strab. III, 4, 20: "Todo lo que ahora está fuera de la Lusitania, que es la mayor parte de Ibería, se halla bajo la autoridad del legatus consularis, que dispone de fuerzas considerables: tres legiones y tres legati. Uno de ellos, a la cabeza de dos legiones, vigila toda la zona situada al otro lado del Duero, hacia el norte, a cuyos habitantes se les llamaba antes lusitanos, mas hoy día se les cita como galaicos; dentro de esta región se incluye la parte septentrional, con los astures y los cántabros. A través de los astures fluye el río Mélsos; un poco más lejos está la ciudad de Noega, y después, muy cerca de ella, una abra del océano, que señala la separación entre los astures y los cántabros. Toda la longitud de la cordillera, hasta el Pirineo, está bajo la inspección del segundo legado y de la otra legión. El tercero tiene a su cargo el interior de esta comarca, incluso a los que ahora llaman togados, por ser gentes casi pacificadas, que parecen haber adquirido con la blanca vestidura el aire civilizado y hasta el tipo itálicos. Estos son los celtíberos y los pueblos que residen en ambas orillas del Ebro, hasta la zona costera. El mismo legado reside, durante el invierno, en la región marítima, principalmente en Cathago Nova y en Tarraco, en las que administra justicia; durante el verano recorre la provincia en viaje de inspección, enmendando los errores. Hay también procuradores del César, elegidos entre los caballeros, y encargados de distribuir a las tropas lo necesario para su mantenimiento." tenía como subordinados a tres legados al frente de tres legiones, que fueron reduciéndose a dos bajo Calígula y a uno a partir de Nerón.
Las grandes dimensiones de la provincia determinaron que, en algún momento entre Tiberio y Claudio, el gobernador recibiese como auxiliares en la administración de justicia a siete legados, llamados legati iuridici (sing. legatus iuridicus), que fueron puestos al frente de sendos conventus iuridici. Estos legati eran nombrados directamente por el emperador. Los siete conventos jurídicos de la provincia, de E. a O. y comenzando por el de la capital, fueron: miniatura|300px|División de Hispania en provincias y conventos.
El Tarraconensis, con capital en la Colonia Tarraco (Tarragona). El Carthaginensis, con capital en la Colonia Carthago Nova (Cartagena). El Caesaraugustanus, con capital en la Colonia Caesar Augusta (Zaragoza). El Cluniensis, con capital en la Colonia Clunia Sulpicia (Coruña del Conde). El Asturicensis, con capital en el Municipium Asturica Augusta (Astorga). El Lucensis, con capital en el ¿Municipium? Lucus Augusti (Lugo). El Bracarensis, con capital en el Municipium Bracara Augusta (Braga).
miniatura|izquierda|250px|El arco de Medinaceli que tal vez señalaba el límite entre el Conventus Cluniensis y el Caesaraugustanus. 240px|derecha|miniatura|Inscripción votiva CIL II 2552 erigida en honor de Júpiter, del águila de la Legio VII Gemina por la salud de los emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero procedente Villalís (León), en la que, entre otros cargos, aparece como dedicante el procurator metallorum y liberto imperial Hermes.
En cada una de las sedes conventuales se organizó el culto imperial, dedicado al Genius Augusti y a los emperadores divinizados, con un sacerdocio propio, masculino —flamines Augusti— y femenino —flaminicae Augusti—, elegidos de entre las élites de las comunidades privilegiadas –coloniae et municipia– de la provincia. Anualmente se designaba de entre ellos a un flamen y a una flaminica —no era extraño que fuesen matrimonio— para ocuparse del culto imperial a nivel provincial, desempeñando sus funciones en el foro provincial de la capital de la provincia, Tarraco.
La administración fiscal de la Tarraconensis, por su parte, dependía de un procurador imperial —procurator Caesaris—, nombrado directamente por el emperador de entre los miembros del ordo equester, cuya sede también se hallaba en la capital de la provincia, y cuya misión era supervisar la recaudación de impuestos de toda la provincia. Sin embargo, a partir de finales del o comienzos del , la zona de minería aurífera del noroeste de la provincia empezó a ser administrada por un procurador específico —procurator metallorum—, cargo desempeñado normalmente por un liberto imperial, que tenía su base en Asturica Augusta, capital del conventus Asturicensis. Los procuratores dependían directamente del emperador y no del gobernador provincial, aunque, evidentemente, ambos cargos debían colaborar para la correcta administración de la provincia.
El tejido urbano de la provincia
La creación de civitates
El último escalón de la administración del Imperio romano estaba formado en todas las provincias por las ciudades (lat. civitates), organizadas políticamente a la romana (coloniae, municipia) o de manera tradicional, conservando las instituciones previas a la conquista romana, aunque, en este último caso, con la directa supervisión de los gobernadores provinciales. El grado de autonomía de estas comunidades, tanto romanas como indígenas, era bastante alto, y, en general, podían resolver sus asuntos sin excesivas intromisiones de los gobernadores provinciales. Las comunidades indígenas tendían, progresivamente, a asimilar sus instituciones de autogobierno a las de los municipios y colonias romanas, aunque la principal diferencia entre ambos tipos de comunidades era la aplicación de la legislación romana, obligatoria para los ciudadanos de colonias y municipios, orientativa para las no romanas, excepto en las relaciones con el poder imperial y con ciudadanos romanos particulares, casos en los que la legislación romana se aplicaba por encima de los derechos locales.
miniatura|derecha|160px|Lucerna romana del procedente del Municipium Urbs Victrix Osca, la actual Huesca, que denota un alto grado de implantación de la romanidad en el valle medio del Ebro. Según los geógrafos antiguos Estrabón, Plinio, quien fue procurator de la provincia, y Ptolomeo, el número de ciudades de la Tarraconensis era considerable, sobre todo en el valle del Ebro y la costa del mar Mediterráneo, reduciéndose su número a medida que se avanzaba hacia el Norte, hacia la costa del Cantábrico, y hacia el Oeste, hacia la futura Gallaecia.
Sin contar las comunidades que existían en las Islas Baleares, Plinio afirmaPlinio el Viejo libro 3;18 que: