miniatura|450px|El Infierno visto por Sandro Botticelli (ca. 1480–1495).

Dante Alighieri, en el Infierno, primer canto, describe la visión del propio viaje de ultratumba. Aquí el Infierno está dividido en círculos que son significativamente nueve, basado en el pensamiento aristotélico-tomístico. La construcción del Infierno está explicada por el autor en el canto XI.

Antes de ingresar a los círculos encontramos la Selva, el Coliseo y la Colina donde Dante se encuentra perdido "en el medio del camino de nuestra vida": detrás de la colina se encuentra la ciudad de Jerusalén, debajo de la cual se imagina cavada la inmensa vorágine del Infierno. Entra entonces por la Puerta del Infierno y penetra así en el Ante-infierno. Superando el río Aqueronte en la barca de Caronte entra en el verdadero Infierno. Este infierno es un lugar infinito, cuantas más personas entren a este lugar, más crece y así hasta el fin de los tiempos sin ningún límite.

Vestíbulo del Infierno Justo antes de entrar al Infierno se encontraba un espacio en el cual penaban las almas que habían vivido sin cometer méritos ni infamias. Los inútiles, los indecisos, aquellos que a su paso por el mundo no habían dejado huella estaban condenados a correr sin reposo, desnudos, perseguidos por insectos y avispas que los picaban en todo el cuerpo. Su sangre y sus lágrimas, al caer al suelo, alimentaban a una serie de repugnantes gusanos. Estas almas estaban condenadas a nunca cruzar el río Aqueronte, pues carecían de la voluntad para tomar tal decisión.

Aunque Dante no los cita por su nombre, se ha intentado identificar la descripción de algún personaje con Esaú, Poncio Pilato y, especialmente, el papa Celestino V.

Primer círculo: Limbo Se trata del Limbo: en él se encuentran las personas que no han recibido el bautismo y que nacieron privadas de la fe, no pueden disfrutar de la visión de Dios, pero no son castigadas por algún pecado. Su condición ultraterrena tiene muchos puntos de contacto con la concepción clásica de los Campos Elíseos.

Pero según la doctrina cristiana algunas almas pudieron salir del Limbo y acceder al Paraíso: se trata de hecho de los grandes Padres, como Adán, Abel, Noé, Moisés, Abraham, David, Salomón, Isaac, Jacobo, Raquel y muchos otros (en el tercer canto también aparece entre ellos el pagano Rifeo) que vivieron antes del Cristianismo pero que Cristo liberó después de la muerte llevando la insignia de su victoria sobre el mal y causando entre otras cosas daños físicos al Infierno (por ejemplo hizo derrumbarse todos los puentes de las Malebolge, como explica Malacoda a Virgilio en el canto XXI).

Se encuentran aquí: Homero, Horacio, Ovidio, Lucano, Electra, Héctor, Eneas, Julio César, Camila, Pentesilea, Latino, Lavinia, Lucrecia, Julia la Mayor, Marcia, Cornelia, Saladino, Aristóteles, Sócrates, Platón, Demócrito, Diógenes de Sinope, Anaxágoras, Tales de Mileto, Empédocles, Heráclito, Zenón, Dioscórides, Orfeo, Cicerón, Lino, Séneca, Euclides, Ptolomeo, Hipócrates, Avicena, Galeno, Averroes.

Además en el canto XXII del Purgatorio Virgilio nombra compañeros suyos del Limbo en una conversación con Estacio. Ellos son: Terencio, Estacio, Plauto, Vario Rufo (o quizás Varrón y Varrón), Persio, Eurípides, Antifonte, Simónides de Ceos, Agatón de Atenas, Antígona, Deifile, Argia, Ismene, Hipsípila, Manto (Dante habla de la «hija de Tiresias»: se debe quizás a un despiste, dado que ya la encontramos entre los adivinos en Inf. XXVI), Tetis y Deidamía.

Segundo círculo: Lujuria Aquí comienza el verdadero Infierno: de hecho encontramos a Minos que juzga a los condenados según el mito ya presente en Homero y Virgilio.

En el segundo círculo están castigados los pecadores incontinentes y en particular los lujuriosos: ellos son empujados por el aire, vencidos por la tormenta infernal, evidente contrapaso (por analogía) de la pasión que los abrumó en vida.

Están castigados aquí: Semirámide, Dido, Cleopatra, Marco Antonio, Helena, Aquiles, Paris, Tristán, Paolo Malatesta y Francesca de Rímini.

Tercer círculo: Gula En el tercer círculo, Dante y Virgilio continúan encontrando pecados incontinentes, en particular golosos: ellos están inmersos en el fango, bajo una lluvia incesante de granizo y nieve, y atacados por Cerbero, guardián de todos los ínfernos según la mitología clásica pero aquí relegado a guardián del tercer círculo.

El contrapaso es más complejo respecto al anterior círculo pero se puede ver igual: en el fango en el cual están obligados a arrastrarse un antítesis del uso refinado que hicieron en vida en el sentido del gusto y, en la avidez del guardián que los maltrata, un reflejo de la avidez y la codicia. En conclusión, se puede decir que está potenciado al máximo el aspecto bestial de la avidez de comida, como se nota también en la degradación que sufre el mismo Cerbero respecto a su breve aparición en la Eneida (de hecho, Dante maximizó la monstruosidad del aspecto físico así como en el objeto que se le tira: una focaccia somnífera en la Eneida, pero acá un puño de tierra).

Aquí está castigados: Ciacco.

Cuarto círculo: Codicia thumb|176x176px Los pecadores de incontinencia del cuarto círculo son los avaros y los pródigos, condenados a empujar enormes pesos de oro, divididos en dos grupos que cuando se encuentran se injurian: la grandeza del peso que los oprime simboliza la cantidad de bienes terrenales que acumularon o gastaron, dedicándose enteramente a esto en vida.

El guardián del círculo es Plutón, rey del Averno, que Dante confunde quizás con Pluto, dios de la riqueza.

Quinto círculo: Ira Este círculo es el último en el cual se encuentran pecadores castigados por su incontinencia: aquí están los iracundos y los perezosos: los primeros, inmersos y los segundos, sumergidos en el pantano del Estigia. Los primeros estuvieron inmersos en el fango de su propia rabia, y ahora se golpean y se injurian eternamente, mientras los segundos gastaron su vida en la inmovilidad del espíritu, y por eso están hundidos, privados de aire y palabra así como en vida se privaron de las obras.

El custodio, también barquero sobre el Estigia, es Flegias, alegoría de la ira: su figura es tomada de la mitología, siendo él el rey de los Lápitas que incendió el templo de Delfos para vengarse de Apolo, que había seducido a su hija, como narran Virgilio y Estacio.

Se ha planteado la hipótesis de que en el pantano se encuentren los soberbios y los envidiosos, ya que no aparecen en ninguna otra parte, pero viéndolo mejor, los modos en los cuales un hombre puede pecar son infinitos y por eso las culpas están repartidas en grandes categorías, según una justicia divina que resulta inescrutable para la lógica humana. Notamos después cómo la soberbia y la envidia serán castigadas en el Purgatorio no como culpas precisas, sino como tendencias del carácter, diferencia que distingue bien a ambos reinos.

Filippo Argenti es castigado aquí por su ira.

Sexto círculo: Herejía El sexto círculo está dentro de los muros de la ciudad de Dite, en la mitología homónimo de Plutón, y aquí vigilada por una multitud de diablos y por las Furias o Erinias (el primero es el nombre en latín, el segundo en griego). Estas son tres, Megera, Alecto y Tisífone, son las diosas de la venganza y personifican el remordimiento por un delito cumplido que perseguía al criminal.

Aquí son castigados los herejes (entre los cuales los epicúreos, que negaron la supervivencia del alma) en sepulcros en llamas: la idea probablemente está tomada de la pena a la cual estaban castigados los herejes en los tribunales terrenales, es decir la hoguera, en cuanto el fuego era considerado símbolo de purificación y correspondía a la luz que ellos pretendían expandir con sus doctrinas. En el Infierno los seguidores de cada secta están juntos, en contraste a la discordia y a la división que en cambio llevaron en la Iglesia, mientras que el sepulcro alude a la negación de la inmortalidad del alma (aunque no todas las herejías la negaban).

Los heresiarcas no están incluidos en las grandes categorías de la incontinencia y de la malicia, sino que forman una clase distinta. De hecho, estos creyeron poder escapar al juicio normativo de Dios, pero no fueron inmunes a su castigo. Naturalmente son distintos también de los condenados del primer círculo, los cuales no son verdaderos condenados en cuanto la de ellos fue simple ignorancia, y no una libre elección.

Aquí son castigados: Farinata degli Uberti, Cavalcante dei Cavalcanti, Federico II, Ottaviano degli Ubaldini, Papa Anastasio II.

Séptimo círculo: Violencia Al séptimo círculo se accede después de haber superado los restos de una grieta, provocada por el terremoto que movió la tierra al morir Cristo. Esta marca una gran diferencia respecto a la parte superior del Infierno: de hecho los condenados de los últimos tres círculos son culpables de haber puesto malicia en sus respectivas acciones. El custodio del círculo es el Minotauro, que representa la «loca bestialidad», es decir la violencia que equipara los hombres a las bestias. Aquí son castigados los violentos, divididos en tres grandes giros:

Primer giro Los violentos contra el prójimo, es decir, los homicidas, los criminales, los tiranos, los violadores y los bandidos se encuentran inmersos en el Flegetonte, un río de sangre hirviente que simboliza la que derramaron en vida, y son atormentados por los centauros armados de arcos y flechas, que también representan la violencia y la fuerza bestial. Los condenados están inmersos en el río en distintas proporciones según la gravedad de la culpa y son atravesados por las flechas disparadas por los susodichos centauros si intentan salir más de lo establecido. Aquí son castigados los tiranos: Alejandro de Feres, Dionisio I de Siracusa, Ezzelino III de Romano, Obizzo II de Este, Atila, Pirro Neoptólemo y Sexto Pompeyo; el homicida Guido de Montfort; los bandidos: Rinieri da Corneto y Rinieri de' Pazzi.

Segundo giro Los violentos contra sí mismos están divididos en dos categorías netamente distintas por la diversidad de sus penas: los suicidas son transformados en árboles por haber querido voluntariamente renunciar a su naturaleza humana, y de hecho no podrán nunca recuperarla. El día del Juicio Final, cuando los condenados y los benditos tomen sus cuerpos para sufrir y gozar del modo más intenso, los suicidas se limitarán a colgar a las ramas del propio árbol el cuerpo recuperado. Ellos son además castigados por las harpías, criaturas mitológicas con cuerpos de buitre y caras de mujer, que en la Eneida profetizaban a los troyanos hambre y desgracias.

En cambio los derrochadores, que en vida destruyeron y desgarraron su sustancia patrimonial, aquí son desgarrados por lebreles famélicos. Estos son distintos de los pródigos del cuarto círculo ya que no solo no tuvieron mesura a la hora de gestionar su patrimonio, sino que también tenían objetivos destructivos, y de esta manera destruían su propia sustancia. Son por lo tanto víctimas de una caza infernal, muy parecida a aquellas narradas en el Medioevo (el ejemplo más famoso se encuentra en el Decamerón de Boccaccio, en el cuento de Nastagio degli Onesti), y de ese modo también acrecientan el sufrimiento de los suicidas.

Aquí son castigados los suicidas: Pier della Vigna y un anónimo florentino. Y los derrochadores Lano de Siena y Jacopo de Sant'Andrea.

Tercer Giro Los violentos contra Dios, la naturaleza y el arte son, de hecho, divididos en tres grupos: los blasfemos yacen inmóviles sobre la arena ardiente y bajo una incesante lluvia de fuego; los sodomitas en cambio corren incesantemente bajo el fuego, y, finalmente, los usureros ("violentos contra las artes" en cuanto violentos contra el derecho humano al trabajo) están sentados en la lluvia de fuego. No existe una guardia para este grupo en específico, pero hay un guardián del séptimo círculo completo, es decir, el Minotauro.