El Diccionario de la Academia Francesa (Dictionnaire de l’Académie française) es un diccionario normativo de la lengua francesa cuya redacción (bajo la dirección de su secretario general perpetuo) y difusión constituyen una de las misiones de la Academia Francesa.

Diccionario normativo Al contrario que los diccionarios descriptivos, que pretenden describir el estado de la lengua como se habla en la actualidad, el Diccionario de la Academia Francesa busca preservar el estado del francés literario de la manera en que debería escribirse y hablarse.

Creada la Academia Francesa con el objetivo «de establecer reglas fijas de la lengua francesa, de hacer que sea la más perfecta de las modernas, y no solamente elegante, sino capaz de tratar todas las artes y todas las ciencias»,En francés, «...d’établir des règles certaines de la langue françoise, de la rendre la plus parfaite des modernes, et non seulement élégante, mais capable de traiter tous les arts et toutes les sciences». su diccionario se convirtió rápidamente en un diccionario normativo – como el Littré. Casi inmediatamente, Tallemant des Réaux se quejó de que «[l]a Academia ya no constata el uso; lo hace»En francés, «L’Académie ne constate plus l’usage ; elle le fait». Las palabras cuya frecuencia de uso escrito no es suficiente no son consideradas.

La sexta edición del Diccionario reflejó la reforma de la ortografía francesa de 1835 que realizó el paso «du françois au français», o, en una traducción aproximada, del francés arcaico al francés moderno.

Las reacciones públicas 150px|thumb|right|Cuarta edición de 1768 en dos volúmenes. Cuando el cardenal de Richelieu obtuvo de Luis XIII las cartas patentes favorables a la incipiente empresa, el Parlamento de París se negó a registrarlas durante cerca de dos años: fueron necesarias las instancias del ministro y las lettres de cachet (cartas selladas con órdenes) del rey, así como los esfuerzos de Bois-Robert, de Conrart, de Serizay y de Chapelain para conseguir el visto bueno del informador y la adhesión del primer cuerpo del reino; pero aun así salió con esta restricción: «A cuenta de aquellos de dicha Academia que no conozcan otra cosa que el ornamento, el embellecimiento y la ampliación de la lengua francesa, y de los libros que fueren creados por ellos, y por otros que lo quisieren y desearen»En francés, «À la charge que ceux de la dite Académie ne connoîtront que de l’ornement, embellissement et augmentation de la langue françoise, et des livres qui seront par eux faits, et par autres personnes qui le désireront et voudront».

En el pueblo, este acontecimiento se vio objeto de desafío general, y casi de miedo. El pueblo llegó a creer que el cardenal, al fijar la lengua, estaría preparando un pretexto para imponer tasas a aquellos que no cumpliesen las normas. Este pensamiento preocupó a procuradores, bedeles, notarios y hasta a abogados; incluso los burgueses quedaron inquietos. Pellisson informa de que un mercader, a punto de comprar, en la Rue des Cinq-Diamants, una casa al lado de la de Chapelain, donde los académicos se reunían, se desdijo bruscamente de su intención de hacer la compra, alegando que no quería bajo ningún concepto alojarse en la misma calle sitiada por una «Cadémie (sic) de monopoleurs» (Cademia de monopolistas).

Hacia la misma época, el erudito Ménage, inquieto ante las consecuencias de la depuración del vocabulario francés dedicó a la Academia el poema burlesco de la «Requeste des Dictionnaires à Messieurs de l’Académie, pour la réformation de la langue françoise» (Petición de los diccionarios a Sus Señorías de la Academia para la reformulación de la lengua francesa).

La lentitud en la redacción La redacción del Diccionario de la Academia Francesa se caracteriza por su extrema lentitud. De esta manera, para cuando se publicó el Diccionario de Richelet, los académicos habían trabajado durante no menos de cuarenta años en su gran obra. Además, se encargaron de confeccionar el suyo durante más de cincuenta y cinco años cuando Antoine Furetière hizo imprimir, en 1690, su propio Diccionario universal en La Haya con Arnout y Reinier Leers.

El mismo título de esta obra, que contenía todas las palabras francesas, tanto antiguas como modernas, así como los términos empleados en todas las ciencias y artes, incluye una enumeración de cincuenta y ocho temas. Además, se podían encontrar etimologías, enunciados relacionados con diversos inventos, el origen de los proverbios y su relación con otros idiomas, moralejas, explicaciones de palabras con ciertas historias y la mención de los nombres de quienes habían tratado estos temas particulares. La Academia se vengó de la publicación por Furetière de esta obra condensada en tres volúmenes in quarto, modelo de concisión y simplicidad, que divulgó el gusto y las nociones de la ciencia al excluir a su autor de sus filas.

Colbert se quejó de la lentitud de los Inmortales, que, tras veintitrés años de trabajo, aún estaban por la letra T. Boisrobert se burló de esta lentitud:

Depuis six mois dessus F on travaille ; Et le destin m’auroit fort obligé, S’il m’avait dit : Tu vivras jusqu’au G.Desde hace seis meses trabajamos en la F; y el destino me habría prestado mucho si me hubiera dicho: tú vivirás hasta la G.

El segundo volumen del Diccionario llevó otros 36 años, y, como durante el tiempo de Vaugelas la lengua se había asentado de nuevo, hubo que hacer una revisión general del primer tomo, lo que explica cómo Colbert asistió a una larga discusión sobre el sustantivo «ami» (amigo).

El proceso de la redacción thumb|275px|Los redactores del Diccionario de la Academia Francesa. No contento de beneficiarse de las discusiones que tuvieron lugar en la Academia para clarificar su trabajo personal, Furetière desacreditó la obra común a la que él había contribuido al divulgar el secreto de las reuniones y de ciertas discusiones particularmente agudas que muestran bien la incertidumbre que reinaba todavía en aquella época acerca de los elementos de las ciencias. En la discusión de la definición de «océano», es decir, el gran mar que rodea toda la tierra, el abad Tallemant el Joven, sostuvo que en efecto es la tierra la que rodea el mar, fundándose «en que no hay mar alguno que no tenga su costa».En francés, «il n’est point de mer qui n’ait son rivage». Cuando se habló de los eclipses de luna, Tallemant se burlaba de quienes sostenían que eran producidos por la sombra de la Tierra, ya que, según decía, «para que la Tierra hiciera una sombra, habría que suponer que hay otra Tierra sobre la cual se proyecta dicha sombra».En francés, «Pour que la terre fît une ombre, il faudrait supposer une autre terre sur laquelle cette ombre fût reçue». Cuando su opinión fue rebatida por los astrónomos, Tallemant los encontró muy impertinentes.

Quinault sostenía por su parte que no había más «contrats» (contratos) que los matrimoniales, que las «cataractes» (cataratas) del Nilo eran las «embouchures» (desembocaduras) y que «épaimer una galère» (embrear una galera) era «l'orner de palmes» (adornarla de palmas).En efecto, «épaimer» proviene de «splatum» y a su vez de «asphaltum», asfalto.

Las «artes liberales» se definieron como «aquellas que pueden ser practicadas por un hombre de condición libre, ingenuo y sin máquina.En francés, «ceux qui peuvent être pratiqués par un homme de condition libre et ingénue, et sans machine». Aun así, las ciencias demostrativas como la geometría, la astronomía y la aritmética se encontraban incluidas en esas artes, mientras que no lo estaban otras como la poesía, la pintura y la escultura.

Furetière dijo:

Los grandes hombres de esta época permanecieron más o menos al margen de estas discusiones: el príncipe de Condé decía que los sabios y las eminencias no asistían nunca a las sesiones y Corneille observó que los asistentes no eran más que, según su expresión, siete u ocho «jetonniers», es decir, perceptores de fichas que representan dietas de asistencia. Furetière admitía por su parte que los literatos ilustres no habían participado en absoluto en el diccionario redactado por diez o doce miembros sin nombre ni autoridad, de ahí los errores de la primera edición tan a menudo recompuestos desde entonces y cuya rectificación supuso tantos esfuerzos. Patru, el mismo que disuadió a La Fontaine de escribir sus Fábulas y a Boileau de componer su Arte poético, cansado de estas discusiones vanas, fue expulsado de la Academia.

El uso de la lengua era tan incierto entre los primeros lingüistas que los académicos fueron atormentados por la cuestión de si había que decir «paladin» o «palardin» (en español, paladín). Voiture la zanjó con estos versos que divirtieron a la corte, a la villa y a la misma Academia:

Au siècle des vieux palardins Soit courtisans, soit citardins, Femmes de cour ou citardines, Prononçoient toujours muscardins, Et balardins et balardines : Même l’on dit qu’en ce temps-là Chacun disoit de la muscarde. J’en dirais bien plus que cela ; Mais, par foi, je suis malarde, Et même, en ce moment, voilà Que l’on m’apporte une panarde.La gracia está en la adición de una r inexistente en varias palabras marcadas aquí en cursiva; entre ellas, la antes citada paladins.

Otros llevaron el principio normativo aún más lejos. De esta manera, Gomberville y otros habían propuesto suprimir de autoridad palabras tales como «car, pourquoi, d’autant, cependant, oncques, or, toutefois, or donc, partant, le dit, la dite, lequel, laquelle, un quidant, un tel, une telle». Varias de estas palabras son actualmente de uso cotidiano como lo son en español pues, por qué, a pesar de, aunque, dicho, el cual, etc.

Serizay juzgó de esta manera acerca de cambiar el género gramatical de un montón de palabras:

Ce beau mignon fait la figue À quiconque dit une intrigue, Et veut, contre toute raison, Que l’on dise de la poison ; Une navire, une anagramme, Une reproche, une duché, Une mensonge, une évêché, Une éventail, une squelette, La doute, une hymne, etc…Se trata de sustantivos masculinos. La terminación -e de algunos de ellos es más típica de los sustantivos femeninos.

Otros preconizaron una reforma radical de la ortografía:

Enfin, je ne sais quels autheurs Auroient prescrit aux correcteurs Une impertinente orthographe, Leur faisant mettre paragraffe, Filosofie, ôtre, le tans, L’iver, l’ôtonne, le printans, Plare, réale, la Réome, Saint Ogustin et saint Gérome…Ph se pronuncia igual que f; au igual que o, la h es muda, etc.

Así, los Cuarenta no fueron muy bien considerados a lo largo de su trabajo. Se les criticó igualmente por prohibir las palabras antiguas, el lenguaje de sus antepasados, y de no querer más que una gramática y un vocabulario nuevos a partir de los cuales se dejaría de poder entender a los autores.

La primera publicación Al final, en 1694, la obra fue publicada in folio, precedida por una dedicatoria al rey. El libro contiene una especie de acta de la lengua de entonces, reducida a las palabras más empleadas en la literatura ligera o de imaginación, y redactada con un estilo puro y severo.

Intimidados por la hostilidad y hartos de las apasionadas críticas, los académicos juzgaron oportuno, con motivos prudentes y a menudo demasiado modestos, suprimir las etimologías, las palabras empleadas por autores antiguos, la historia de los orígenes, los términos relativos a las artes y a las ciencias, las expresiones demasiado novedosas, todas las nociones que podrían estar ligadas a una doctrina, las formas variadas de las palabras y la guía fonética. Asimismo faltaban los ejemplos salidos de los escritores más célebres. Esta reserva se debe a que muchos de ellos formaban parte de la Academia, y ésta fue lo suficientemente escrupulosa en este aspecto como para no proponerse a sí misma como modelo.