El carlismo, como movimiento político e insurreccional, desempeñó un papel importante en la historia de Andalucía. Aunque sus feudos principales, sobre todo durante las guerras carlistas, fueron las provincias Vascongadas, Navarra, Cataluña y el Maestrazgo, también la región andaluza, al igual que otras zonas de España, contó con muchos defensores de esta causa desde su misma aparición.
El carlismo o tradicionalismo perduró en Andalucía a través de su prensa y de las juntas y círculos que se fueron formando desde finales del siglo . Tuvo su auge en la década de 1930 y los carlistas andaluces desempeñaron un papel destacado en la guerra civil española con la milicia del Requeté.
Historia En Andalucía el pensamiento contrarrevolucionario opuesto a la Constitución de Cádiz había tenido mucha predicación, siendo algunos de sus máximos exponentes los andaluces Francisco Alvarado «el Filósofo Rancio» (natural de Marchena) y Rafael de Vélez (de Vélez-Málaga). Algunos de los principales redactores del Manifiesto de los Persas fueron el Marqués de Mataflorida y Juan López Reina, ambos sevillanos, que habían sido diputados «absolutistas» en las Cortes de Cádiz. También en Sevilla se dio por primera vez el sarcástico grito de «¡Vivan las cadenas!» tras la liberación de Fernando VII en 1823 por los Cien Mil Hijos de San Luis.
Un crimen que causó especial conmoción entre los realistas en esas fechas fue el asesinato del padre Osuna, predicador de la Orden Tercera de San Francisco, que fue apuñalado en febrero de 1823 en dos ocasiones diferentes por los liberales revolucionarios, mientras se hallaba preso en la cárcel baja de Granada. Otra de las figuras reivindicadas por los realistas precarlistas fue Josefina de Comerford, mujer criada en Tarifa que llegó a ser conocida como «la Juana de Arco carlista», en contraposición a heroínas liberales como la granadina Mariana Pineda.
Primera guerra carlista thumb|izq|170px|El general gaditano Vicente González Moreno, responsable de la ejecución de Torrijos en 1831. Sustituyó a Zumalacárregui como general en jefe del ejército carlista del Norte en 1835. Según el historiador Alfonso Bullón de Mendoza, Andalucía era, junto con Castilla la Vieja y Extremadura, donde mejor organizados estaban los partidarios del infante Carlos María Isidro, aunque en 1833 no pudo triunfar allí la rebelión carlista porque los Voluntarios Realistas habían sido purgados, cosa que no sucedió en Vascongadas y Navarra debido a sus privilegios forales.
En 1835, ya avanzada la primera guerra carlista, hubo un intento de levantamiento general carlista en Andalucía, con foco principal en Sevilla y Écija, aunque la conspiración se extendía a ciudades como Carmona, Osuna, Córdoba y Lucena, radicando un grupo importante en el condado de Niebla. El representante de Don Carlos en la región era el Brigadier Salvador Malavila, oriundo de Cataluña y veterano de la guerra de la Independencia. La conspiración fracasó al ser denunciados varios carlistas de Écija, lo que motivó que se practicaron numerosas detenciones de personas sospechosas. El Brigadier Malavila ordenó entonces que se iniciara el levantamiento, pero fue capturado, condenado a muerte y ejecutado junto con sus principales oficiales por negarse a delatar a sus compañeros.
Por esas fechas también aparecieron partidas carlistas, como la mandada en la sierra de Propios por Luis Moreno, —que fue hecho prisionero y fusilado en Jaén—, las que actuaban en el campo de Gibraltar o la que dirigía un guerrillero conocido como Don Antonio en los alrededores de Gaucín, en la serranía de Ronda. Hubo asimismo alzamientos de partidas en lugares como Motril. Todas ellas fueron desarticuladas. Muchos de los insurrectos eran militares que habían participado en la campaña realista de 1822-1823.
Más de un complot recibía la inspiración y ayuda de un comité que actuaba en Gibraltar, compuesto por carlistas españoles y miguelistas portugueses, que contaba con el apoyo de algunos tories ingleses. Los miembros españoles del comité se aplicaron particularmente a las provincias de Cádiz, Málaga y Granada y, sobre todo, a establecer enlaces con los presos carlistas que estaban en los castillos y presidios de Cádiz, Algeciras, Ceuta, Melilla y Alhucemas.
El 4 de octubre de 1836 individuos de la milicia nacional, con la complicidad de toda la segunda compañía de granaderos, asesinaron en Málaga a los capitanes carlistas Francisco Estrada y Carlos Mosé, mientras se hallaban indefensos en prisión. Cinco años antes, Estrada y Mosé, voluntarios realistas malagueños, habían contribuido activamente a la persecución y derrota de la facción de José María Torrijos, por lo que habían sido ascendidos y premiados con la cruz de primera clase de la Real y militar orden de San Fernando.
thumb|170px|El General Gómez Damas. Pero la actuación más conocida en Andalucía durante esta guerra fue la del General Miguel Gómez Damas, nacido en 1785 en Torredonjimeno (Jaén), que en 1836 emprendió desde el Norte una expedición con la que llegó a Andalucía. Después de participar en la guerra de la Independencia española, Gómez se había convencido de la causa realista, y por ello a la muerte de Fernando VII se unió a los carlistas y marchó a Navarra para reunirse con Zumalacárregui. Tras la muerte de este último se decidió hacer otro tipo de guerra, la expedicionaria. Consistía en una expedición que se desplazaba por el territorio español intentado captar adeptos a su causa. Conquistaron ciudades importantes como Córdoba e invadieron la serranía de Ronda, pero no pudieron mantener las plazas ocupadas.
Otros destacados generales carlistas de esta guerra nacidos en Andalucía fueron Vicente González Moreno y Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco.
Unos meses antes de la firma del convenio de Vergara, en noviembre de 1838, el teniente carlista Pedro María Quintana se alzó en armas en el peñón de Alhucemas con la tropa del batallón franco Voluntarios de Granada, sublevada contra sus jefes, y la mayoría de los allí confinados, con los que se organizó otro batallón, el de la Lealtad, que logró apoderarse del islote y proclamaron a Carlos V. Pretendían llegar en barco hasta la costa de la provincia de Castellón y unirse a las fuerzas de Ramón Cabrera, pero acabaron siendo detenidos por las autoridades francesas en la costa argelina.
Entre los eclesiásticos que apoyaron la causa carlista, destacaron personajes como el arzobispo de Sevilla Francisco Javier Cienfuegos, que fue desterrado por los liberales, o el obispo de Guadix José Uraga, que fue detenido al hallársele implicado en los preparativos de un alzamiento en la Alpujarra. Muchos otros abogaron secretamente por el triunfo del carlismo, como el deán del cabildo de la catedral de Sevilla, Fabián de Miranda. Según el biógrafo de este último, la disputa dinástica era lo de menos:
Segunda guerra carlista thumb|170px|El General Arévalo. En 1847, durante la campaña montemolinista, se intentó promover un levantamiento carlista en Andalucía por Carlos VI. A este fin, el general carlista José María de Arévalo, exiliado en Francia, pasó a Gibraltar, desde donde se trasladó a su comarca natal, la Alpujarra Granadina, con el cargo de jefe de Estado-Mayor del teniente general carlista Gómez Damas. Pero aquel proyecto fracasó y entonces aquellos dos generales carlistas hubieron de trasladarse a Inglaterra para volver más tarde a Francia, pues ambos preferían morir en la expatriación antes que reconocer a la reina cuyo trono habían combatido con las armas en la mano.
También el jefe Juan Illanes levantó, al grito de «¡viva Carlos VI!», una partida en Guadalcanal, cerca de Sevilla, que sostuvo en la sierra de Cazalla, consiguiendo burlar durante dos meses las fuerzas de la Guardia Civil mandadas por el comandante José Castro, hasta que siendo imposible mantenerse en campaña por no recibir ayuda alguna, tuvieron que dispersarse.
Con motivo del alzamiento carlista de 1855, el general Arévalo se trasladó nuevamente a Gibraltar con el fin de levantar una partida carlista en la serranía de Ronda. Pero el Gobierno español protestó por su presencia allí, lo que llevó a las autoridades británicas a ordenar su detención. Sin embargo, debió ser avisado del peligro, ya que se marchó de la colonia antes de ser apresado.
Sexenio Revolucionario
A partir de la revolución de 1868, el carlismo pasó a ser un movimiento legal y pudo concurrir a las elecciones y editar periódicos abiertamente adictos a esta causa. En Almería se pubicaron El Observador, El Porvenir y La Juventud Católica; en Cádiz, La Monarquía tradicional; en Córdoba, El Mediodía; en Estepa, El Rayo; en Granada, La Esperanza del Pueblo; en Jaén, La Fé Católica y La Voz de España; en Jerez de la Frontera, La Bandera Católica; en Sevilla, El Oriente; y en Úbeda, El Orden. Todos ellos se proponían combatir la Revolución y difundir las doctrinas católicas y en ellas «las del verdadero orden y las de la legitimidad».
Entre los propagandistas de la causa se señalaron personajes como Francisco Mateos Gago o Francisco Pagés del Corro, pertenecientes a la intelectualidad sevillana.
En la política parlamentaria destacó el obispo de Jaén, Antolín Monescillo, que fue elegido como carlista diputado a Cortes en las elecciones constituyentes de 1869 por Ciudad Real. También el carlista Carlos Calderón fue elegido diputado a Cortes en las elecciones de 1872 por el distrito de Santa Fe (Granada), derrotando a su rival, el candidato ministerial Pedro Borrajo de la Bandera, pero no llegó a tomar posesión de su cargo, pues su acta fue anulada tras el estallido de la tercera guerra carlista.
La proclamación de la Primera República generaría aun más adhesiones al carlismo. Carlos Cruz Rodríguez explicó así el cierto auge que experimentó el carlismo en Andalucía durante este periodo:
Tercera guerra carlista 170px|thumb|izq|El General Arjona. Desde la caída de Isabel II, diversos militares andaluces habían optado por servir al reclamante Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII) debido a su defensa del orden y la religión católica y entre 1872 y 1876 combatirían en la tercera guerra carlista.
En la región andaluza debía producirse también un alzamiento, cuya dirección Don Carlos encomendó en 1870 al general Juan Antonio de Zaratiegui con el título de capitán general de Granada y Sevilla. Pero debido a sus problemas de salud, en 1871 Zaratiegui fue sustituido en esta misión por Antonio Arjona.
La conspiración a nivel nacional estuvo dirigida en un primer momento por el sevillano Hermenegildo Díaz de Cevallos. Otros destacados generales carlistas andaluces que participarían en esta guerra eran Emilio Martínez-Vallejos, Juan Illanes, Juan María Maestre, Antonio Oliver, Marcelino Martínez de Junquera, Carlos Calderón, Manuel Fernández de Prada, Antonio Brea y José Díez de la Cortina y Cerrato, así como el vicealmirante Romualdo Martínez de Viñalet. Todos ellos combatieron por Don Carlos en el norte, en la región vasco-navarra, excepto Díez de la Cortina, que luchó y murió en La Mancha.
El General Antonio de Arjona, que había sido secretario de Carlos María Isidro y era conocido en Andalucía, había sido bien recibido en la región. Según la biografía que le dedicó en La Ilustración Española y Americana un íntimo amigo suyo, Arjona habría asegurado muchas veces que toda Andalucía era suya, que la justicia de la causa carlista había conmovido todos los corazones. Pero al estallar la tercera guerra carlista, Andalucía, como otras provincias de España, no respondió al llamamiento.
170px|thumb|El General Calderón. A pesar de ello, durante esta guerra también se levantaron algunas partidas carlistas en Andalucía, con escasa actuación puesto que el grueso del contingente carlista se concentraba en el norte, adonde se desplazarían muchos carlistas andaluces.