Carmen Díez de Rivera y de Icaza (Madrid, 29 de agosto de 1942-Madrid, 29 de noviembre de 1999) fue una política española. Por su condición de amiga personal del rey Juan Carlos I, y desde su puesto como jefa de gabinete de Adolfo Suárez, ejerció una notable influencia en el proceso de democratización de España tras el fin del régimen franquista. Siempre desde un segundo plano, desempeñó un papel decisivo en la apertura a Europa y en episodios como la legalización de las centrales sindicales y del Partido Comunista. Inteligente, cultivada y refinada por sus orígenes aristocráticos, fue una firme defensora de causas entonces novedosas en el país como el feminismo y el ecologismo. Fue diputada al Parlamento Europeo entre 1987 y principios de 1999, siempre abanderando la defensa del medio ambiente global; de hecho, fue de las primeras personalidades españolas en hablar de desarrollo sostenible y de la apuesta por los combustibles limpios. En virtud de su capacidad de inspiración sobre hombres prominentes de la política y por su encanto personal, Francisco Umbral se refería a ella como «musa de la Transición».
Tuvo que abandonar su escaño en el Parlamento Europeo por graves problemas de salud derivados de un cáncer de mama. Falleció en noviembre de 1999, a la edad de 57 años.
En reconocimiento de su papel como estratega de la Transición española, en 2025 fue condecorada a título póstumo por el Gobierno de España con la Encomienda de la Orden Española de Carlos III
Datos biográficos
Carmen Díez de Rivera y de Icaza nació en Madrid el 29 de agosto de 1942 en el seno de una familia de raíces aristocráticas formada por Francisco de Paula Díez de Rivera y Casares, V marqués de Llanzol, y María Sonsoles de Icaza y de León. El matrimonio había tenido otros tres hijos: Sonsoles, Francisco y Antonio.
Tras cursar la formación primaria en el Colegio Jesús y María, en julio de 1958 obtuvo el título de Bachillerato en el Instituto Lope de Vega y al otoño siguiente realizó el Servicio Social, de carácter obligatorio para las mujeres. Para completar su capacitación profesional, siguió un curso de taquigrafía y mecanografía, aunque, como su propósito era acceder a la educación superior. inscribió en el Curso Preparatorio para la Universidad (PREU) —luego llamado Curso de Orientación Universitaria— en la rama de Letras. Drama personal Sin embargo, todo su plan de vida se vino abajo el día de los Inocentes de 1959, al recibir una revelación sobre sus orígenes familiares que resultó devastadora a sus diecisiete años de edad. La joven había solicitado unos días antes la partida de nacimiento como requisito previo para poder contraer matrimonio eclesiástico con Ramón Serrano-Suñer Polo, Rolo. Pronto supo Carmen que su «amor insustituible» desde los primeros juegos infantiles y los escarceos románticos de la pubertad era, sencillamente, imposible. El entorno más cercano no pudo ocultar por más tiempo el secreto y dos personas muy cercanas asumieron el deber de revelarlo. Ese 28 de diciembre, un sacerdote próximo a la familia, el jesuita padre Regueira, y su tía Carmen de Icaza le comunicaron que Rolo era hermano suyo por parte de padre; que el verdadero padre biológico de ella era también Ramón Serrano Suñer, como el del novio. Fue así como se enteró de que ella había sido en realidad fruto de una relación extramatrimonial que su madre, la marquesa de Llanzol, venía manteniendo desde 1939 con el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Franco —del que también era cuñado. Durante toda su infancia y adolescencia, los adultos le habían ocultado el vínculo y, de hecho, su madre había fomentado la amistad entre ellos, así como su noviazgo posterior, que atribuían a «tonterías de jóvenes». Pero ahora la unión sacramental infringiría el precepto de derecho eclesiástico católico de no consanguinidad de los contrayentes, así que finalmente la boda no llegó a celebrarse.
Escuchar aquellas nueve palabras, no puedes casarte con él porque es tu hermano, la sumió en un desgarrador trauma emocional, y no solo por el amor frustrado sino también por la constatación del engaño continuado al que la había sometido su propia madre —que con frecuencia la utilizaba de mensajera para concertar sus encuentros furtivos con el tío Ramón—. Cuarenta años después, al final de sus días, describiría así aquel momento: «Noté que algo se me había roto dentro. Algo tremendo hizo clac, yo noté ese ruido. Me tumoré el útero, que salió varios años después con tres kilos. [...] algo se me había roto para toda la vida».
Viajes a Europa y África La joven Carmen entró entonces en una etapa psicológicamente convulsa y huyó de Madrid. Se mudó a París con el fin de someterse a una cura de insomnio y en 1960 viajó a Montreux para perfeccionar su fluidez en francés; en esta localidad al pie de los Alpes suizos coincidió con los entonces príncipes Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia. A su regreso, se enclaustró en el convento de las carmelitas de Arenas de San Pedro (Ávila), cuya abadesa era su prima Soledad Eizaguirre y Díez de Rivera. Pocos meses después colgó los hábitos: abandonó la disciplina de silencio y oración y volvió a cruzar la frontera. En 1963 asistió a un curso para extranjeros en Universidad de Oxford, antes de volver al año siguiente a su ciudad fetiche, París. Ya desde sus primeras visitas a la capital gala le habían cautivado los aires de libertad que allí se respiraban, tan alejados, aun en la cercanía geográfica, de la limitación de derechos que se vivía en España, en especial para las mujeres. En aquella época se hizo amiga de Jean-Paul Sartre y de su pareja, Michelle Léglise, de quienes recababa opiniones y con quienes compartía inquietudes sobre conciencia política en general y sobre la situación en España en particular.
De allí, del ambiente bohemio del Barrio Latino, saltó al continente africano: junto con un grupo de estudiantes parisinos voló a Daloa, ciudad de Costa de Marfil en cuyas inmediaciones trabajó durante tres años como cooperanteSe había inscrito en la ONG Voluntarios del Progreso (Association Française des Volontaires du Progrès, refundada en 2009 como France Volontaires). enseñando español. El choque cultural y la experiencia vital ante la pobreza extrema, la injusticia social y los «desequilibrios del colonialismo blanco» la marcaron profundamente. Amigos cercanos a ella como el filósofo Javier Sádaba y la escritora Julia Navarro advirtieron los notables cambios que se habían operado en la personalidad y en la visión del mundo de Carmen a su regreso de África. Esa experiencia habría sido una suerte de epifanía, el impulso que necesitó para entender que, consciente al fin de su situación de privilegio, «debía dedicar su vida a ayudar a los demás». Fue entonces cuando decidió que la vía más directa era participando en las transformaciones sociales desde la política.
Reanudación de los estudios En 1967 regresó al domicilio familiar, en la calle de Hermosilla de Madrid, para emprender estudios superiores. Tras superar las pruebas de acceso para mayores de veinticinco años en la Universidad Complutense de Madrid, se matriculó, bajo la modalidad «por libre», en Estudios Hispánicos y, después, en Ciencias Políticas. En 1977 obtuvo, con calificaciones sobresalientes, el título de licenciada en Ciencias Políticas y Económicas con doble especialidad en Ciencias Sociales y Estudios Internacionales. Siempre celosa de su independencia, para costearse sus gastos trabajó en dos instituciones insignes del ámbito cultural: la Sociedad de Estudios y Publicaciones, presidida por Xavier Zubiri;y la editorial de Revista de Occidente, dirigida por Soledad Ortega Spottorno, amiga de la marquesa de Llanzol. Por lo demás, en su currículum podía acreditar el dominio de tres idiomas aparte del español: alemán, francés e inglés.
Trayectoria política Luego, por recomendación del príncipe de Asturias, entró a trabajar en Televisión Española, que en aquella época era un organismo público de control estatal. Tras una breve entrevista con el nuevo director general, un joven Adolfo Suárez, pasó a dirigir el Área de Relaciones Internacionales.
Directora del Gabinete de Presidencia El diciembre de 1975, Carlos Arias Navarro, presidente del primer gabinete formado tras la muerte del dictador, había nombrado a Suárez ministro-secretario general del Movimiento. Pero en apenas siete meses, el rey Juan Carlos, que había asumido con plenos poderes la jefatura del Estado, perdió la confianza en Arias y forzó su dimisión. Para ocupar su lugar designó al propio Suárez, convencido de que era la persona idónea para conducir el proceso de reforma política. Díez de Rivera, que venía dirigiendo el gabinete del ministro abulense desde enero de 1976, le acompañaría también en la nueva etapa; fue así como, con treinta y tres años de edad, el 13 de julio de 1976 Díez de Rivera se convirtió en la directora de Gabinete de la presidencia del Gobierno.
Desde esa posición impulsó la supresión del Tribunal de Orden Público, abogó por los avances democráticos y defendió la legalización de las centrales sindicales y de los partidos políticos, en especial del Partido Comunista (PCE). Según sus propias palabras, recogidas por Rafael Fraguas en el diario El País,
Según el historiador Javier Tusell, fue ella quien, en ese proceso de apertura política, recibió a una delegación del PCE que incluía a Ramón Tamames, Ignacio Gallego, Luis Lucio Lobato y Francisco Romero Martín en relación con la detención del secretario general del partido, Santiago Carrillo, que había regresado clandestinamente del exilio. Asimismo, fue ella quien negoció, a efectos de orden público, la posición del Gobierno tras la matanza de Atocha de 1977.
Dimitió el 13 de mayo de 1977 en medio de críticas de los grupos más derechistas y de acusaciones externas de espionaje, justo cuando los colaboradores de Suárez se organizaban políticamente para concurrir a las primeras elecciones democráticas bajo las siglas de la Unión del Centro Democrático (UCD). Díez de Rivera nunca estuvo afiliada a este partido, que le parecía entonces «de extrema derecha». Por ello rehusó el puesto como asesora en la estructura del nuevo partido. De ideas progresistas, feminista, europeísta militante y ecologista («yo siempre digo que soy ecosocialista», afirmaba), había sido militante de la Unión Social Demócrata Española (USDE) hasta la muerte de su fundador Dionisio Ridruejo en 1975, y en 1977 se afilió al Partido Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván. Así hablaba de ella el viejo profesor: «Tenía entonces gran notoriedad política e incluso un cierto halo novelesco en torno a su persona [...]. Nosotros nos dimos cuenta de que estábamos ante una persona inteligente, tan cultivada como refinada, que poseía gran espíritu crítico y sobre todo una enorme independencia».
Apenas unos días después de haberla cesado, el presidente le ofreció «una Gran Cruz» en reconocimiento de los servicios prestados, pero ella desdeñó la idea misma: «Antes muerta que cogida con una cruz. Cruces ya tengo bastantes. Si insistes en dármela, la rechazaré», respondió.
Eurodiputada Díez de Rivera se mantuvo diez años apartada de la política activa hasta que en 1987 volvió a colaborar con Adolfo Suárez como integrante de la lista electoral del Centro Democrático y Social (CDS) en las elecciones al Parlamento Europeo de 1987, que se celebrarían el 10 de junio. Justificó su regreso por su deseo de trabajar como española en pos de su «idea de Europa»:
Obtuvo su escaño como diputada al Parlamento Europeo de la 2.ª Legislatura, pero en septiembre del año siguiente abandonó la formación debido a su disconformidad con la integración en la Internacional Liberal.