miniatura|Primera página del panfleto de Sieyès, 1789. La historiografía que se consolida tras el período revolucionario abierto en 1789 aspirará a un conocimiento objetivo sustentado en las fuentes documentales.
Definida como el estudio bibliográfico y crítico de los escritos sobre historia y sus fuentes y de los autores que han tratado de estas materias, el nacimiento de la historiografía contemporánea o ciencia histórica, entendida como disciplina constituida sobre unas bases teóricas que aclaren el objeto de estudio y articulada a través de una metodología que estipule la forma de constatar los hechos históricos, se produce en el tránsito del y el ; esto es, en la transición de la Edad Moderna a la Contemporánea. En ese momento, las dos líneas de estudio del pasado que habían ido perfilándose a lo largo de los siglos precedentes, la historia entendida como narración de los hechos pasados y la que se asienta en el análisis textual de los documentos legados por sus protagonistas, convergen dando lugar a la moderna disciplina histórica.
A partir de ahí, el verá el crecimiento, expansión e institucionalización de la misma. Todo lo cual tendrá lugar bajo la égida de un modelo historiográfico predominante, el positivista-historicista. Éste no escapará a la poderosa influencia del auge que las ciencias de la naturaleza experimentan a lo largo de esa centuria, con su defensa de una visión del pasado objetiva y neutral alejada de toda interpretación ideológica (excluyendo la suya propia, fundamentada en un positivismo impregnado de los valores de la sociedad liberal-burguesa con que se identificaban sus cultivadores).
Este modelo entrará en crisis al iniciarse el , siendo cuestionado y, progresivamente, sustituido por otros paradigmas historiográficos: el marxista, el de la escuela de Annales y el cuantitativista. Impulsaron un enriquecedor debate teórico, así como ampliaron considerablemente el instrumental metodológico y los campos de estudio de la disciplina, aspirando igualmente a alcanzar un estatus científico similar al que defendían las demás ciencias sociales, con las que abrieron numerosas vías de comunicación.
En el último tercio del , no obstante, esos paradigmas comienzan a mostrar sus debilidades, abriendo un nuevo período crítico en el ámbito de la historiografía (y las demás ciencias sociales) en el que aún estamos inmersos.
. El surgimiento de la ciencia histórica Entre tradición literaria histórica y erudición documental cristaliza al abrigo de una concepción del fluir temporal humano y social como proceso causal racionalista e inmanente: la historia ya no será una crónica basada en testimonios de nuestros antepasados, sino una investigación. Este nuevo planteamiento historiográfico se verá potenciado por las hondas transformaciones que experimenta Europa durante el período revolucionario comprendido entre 1789 y 1815, décadas que verán el doloroso parto del mundo contemporáneo. A partir de ahí, a lo largo de la centuria y hasta comienzos del se asentará un primer modelo de ciencia histórica, hegemónico durante un siglo, que presentará una doble faz: la historicista y la positivista. Ambas, no obstante, con un mismo objetivo: el análisis racional del pasado.
La Escuela Alemana. El Historicismo En las tierras del extinto Sacro Imperio Romano Germánico, el sísmico período que inicia la Revolución Francesa y cierran las guerras napoleónicas despertará la adormecida conciencia nacional alemana. El derrotado estado prusiano reacciona abordando mínimas reformas para lograr crecimiento sin revolución y crear un nuevo consenso cohesionador de la sociedad. En el proceso de construcción de una nueva identidad colectiva, el papel de la historiografía germana —a partir de la nueva noción de ciencia histórica— será fundamental. Construcción nacional y desarrollo de la disciplina histórica irán de la mano. Así, el Historicismo partía de los rasgos conservadores de la Ilustración para negar sus consecuencias: reacción frente al universalismo racionalista de Kant y a la interpretación hegeliana de la historia (universalismo, concepción filosófica de la ley y cierta visión de progreso). El Historicismo defenderá la naturaleza individual de los hechos históricos (progreso humano frente a repetición de la naturaleza), la constatación de éstos a través del análisis documental y el establecimiento de un nuevo sujeto histórico (frente al universalismo ilustrado): el Estado nación.
miniatura|Leopold von Ranke en 1877. Principal representante del Historicismo decimonónico.
Al postular la diferencia radical entre los fenómenos de la naturaleza y de la historia liberó a ésta del dominio de las leyes de la naturaleza y la consagró como única vía para entender todos los fenómenos humanos, reductibles en último término a su peculiar historia. De ese modo negó la visión de una naturaleza humana susceptible de ser científicamente conocida por medio de conceptos de validez general. Si el objetivo de la historia era el conocimiento de hechos individuales por medio de su comprensión empática, al tiempo que se constituía un nuevo objeto histórico —el Estado nacional—, era necesario fundamentar una metodología específica. Ante todo, establecer los hechos ocurridos en el pasado, lo que exigía buscar fuentes que demostraran que los aquellos realmente ocurrieron —impulsando poderosamente la crítica textual y la hermenéutica—. Siendo hechos humanos, el Historicismo postulaba la necesidad de entenderlos en su significado individual e irrepetible, lo que igualmente exigía cierta capacidad artística: una historia narrativa.
Barthold Georg Niebuhr (1776-1833) fue el pionero en la utilización del nuevo método histórico crítico, usando el análisis sistemático de las fuentes como base de una narración. Concibe la historia como una forma de enseñanza patriótica que frene las ideas revolucionarias. Se halla próximo a la Escuela Histórica del Derecho, contraria a los planteamientos 'iusnaturalistas' e ilustrados, defendiendo la peculiaridad individual e histórica de las leyes de cada pueblo. Pero si a un autor hay que destacar, ese es Leopold von Ranke (1795-1886). Autor de una ingente obra sobre la historia política y diplomática europea de los siglos y XVII, llevó a cabo una búsqueda exhaustiva de documentos originales, que uso como base para su narración. Su metodología es empirista, de naturaleza positivista, con una concepción descriptivista de la ciencia histórica, la cual, afirma, debe ir encaminada a restablecer los hechos mediante una reconstrucción objetiva del pasado. En Ranke hallamos los fundamentos filosóficos del Historicismo:
Es una concepción que defiende la historicidad radical de todos los fenómenos humanos; éstos serían resultado de la razón humana concebida ahora como histórica, en contraste con la razón intemporal de los ilustrados. Así, asume que la actividad de los hombres se canaliza a través de las naciones, ente fundamental de la sociedad. Cada una es distinta y peculiar, y no valen las generalizaciones, identificando consciente y deliberadamente Estado y nación.
Resulta indudable la existencia de motivaciones políticas subyacentes a esta concepción histórica —como en todas—, causa de la primacía de lo político-diplomático sobre otros posibles campos de investigación: la construcción de la unidad alemana, concebida además como defensa del orden establecido frente a la amenaza revolucionaria —sin duda consecuencia psicológica del temor provocado por el período revolucionario—. Pero también debemos destacar que, además de ideología y nacionalismo, asimismo lograron conocimiento histórico verdadero que, en virtud de su racionalidad y apoyatura documental, instauraba un nivel de crítica autónoma potencialmente destructiva de mitos y falacias históricas. A partir de entonces sería imposible hablar del pasado sin tener en cuenta los resultados de la investigación histórica.
Nacionalismo e historia Con el surgimiento de las escuelas nacionales de historia se mantuvo la tesis de la participación interpretativa del historiador en la construcción del relato histórico. Los nuevos estados con aspiraciones a transformarse en naciones surgidos al calor de la Revolución Francesa, que ya no basaban su autoridad en la delegación divina, debían buscar nuevas fuentes de legitimación, hallándolas en la historia. Los historiadores nacionales presentarán ésta como una genealogía de la nación, demostrando la milenaria existencia de la misma, cuya esencia habría permanecido inmutable a través de las generaciones. De esa forma, el nuevo estado burgués quedaba legitimado por ser la expresión institucionalizada del nuevo sujeto histórico por antonomasia, el pueblo-nación, entendido como la comunidad de los hombres que comparten una historia y una cultura. Los intelectuales creerán hallar las raíces nacionales en la cultura popular, cuyo rescate y reelaboración será una de las señas de identidad del Romanticismo.
miniatura|Jules Michelet, precursor de la ciencia histórica en Francia
La Gran Bretaña de la Revolución Industrial no genera grandes historiadores durante la primera mitad del siglo, alcanzada ya la legitimidad histórica del nuevo orden burgués. No obstante las tensiones sociales provocadas por la propia industrialización obligarán a reforzar el consenso. Así Thomas B. Macaulay (1800-1859) será el promotor de la investigación archivística, aunque lastrado por la herencia retórica de la tradición literaria. Ésta será, durante mucho tiempo, una característica de la historiografía inglesa impregnada por la interpretación whig. Pasado el ecuador de la centuria, la eliminación de la amenaza revolucionaria interna lleva al debilitamiento del combate ideológico, desapareciendo el optimismo whig. Su historiografía se vacía de ideas y el historiador debe limitarse a transcribir los hechos objetivos de los documentos, sin percatarse de que la propia elección de aquellos ya trasluce una forma de pensar moldeada por un tipo concreto de sociedad. En Francia la generación historiográfica postrevolucionaria asume aquellos postulados mejor encaminados a la defensa del nuevo orden social burgués, obviando los más "subversivos", en una relectura conservadora de la Ilustración. Así la Carta sobre la historia de Francia de Agustín Thierry (1795-1856) es un ensayo sobre la formación y progresos del Tercer Estado, planteando los fundamentos de una renovación histórica acorde con los cambios sociales: supera la historia legitimadora del Antiguo Régimen por otra a favor de la sociedad burguesa. François Guizot (1787-1874) se centró en el estudio del desarrollo del gobierno representativo en Inglaterra, mientras que en Jules Michelet (1789-1874) la investigación archivística sumada a la construcción del relato narrativo buscaba la conexión entre los conflictos políticos y las condiciones socioeconómicas. Mezcla de republicano y nacionalista, concibe al pueblo de Francia —el Tercer Estado de la Revolución— como protagonista histórico. Por su parte Fustel de Coulanges (1830-1889) trabaja una historia patriótica y conservadora, en la línea del historicismo prusiano, explicando la evolución social a partir de la religión e incidiendo en la defensa de la propiedad privada: familia y religión nacieron estrechamente asociadas a aquella.
De este modo el nacionalismo romántico fomentó el desarrollo de historiografías nacionales que facilitaron a las burguesías europeas la creación de su propia identidad nacional y su divulgación entre los demás grupos sociales.
El Positivismo