La cadena operativa,En numerosas publicaciones especializadas se ha popularizado la expresión cadena operatoria, sin duda más similar a su homónima en francés, en la que tiene su origen, como se explica a continuación. Sin embargo, el adjetivo operatoria tiene una denotación muy concreta en el idioma español, reducida a los aspectos relacionados con las intervenciones quirúrgicas en medicina. En cambio el adjetivo operativo tiene una acepción muy adecuada, ya que se refiere a la forma en que se organizan los gestos necesarios para llevar a cabo una acción concreta. En este sentido, puede consultarse el Diccionario de la lengua española Real Academia Española. Por otro lado, la expresión original en francés ha sido incorporada sin mayores problemas a la lengua inglesa como se puede apreciar en el primer número del volumen 9 de la revista arqueológica de Cambridge, Cambridge Archaeological Review, que versa sobre la “Tecnología en las Humanidades” (Technology in the Humanities). Sin embargo, no pocos especialistas, como Roger Grace, proponen traducirla por operational sequence (ver más abajo). en la Edad de Piedra, es una expresión que el arqueólogo André Leroi-Gourhan adaptó de la etnología tecnoeconómica en los años 60 para referirse a un método de investigación que le permitiría llevar a cabo un estudio más completo de los vestigios arqueológicos resultantes de las actividades técnicas prehistóricas. Los antecedentes más directos del concepto desarrollado por el investigador francés están en los trabajos de Marcel Mauss, quien, en 1947, subraya la necesidad de estudiar cada etapa del proceso de fabricación de una manufactura desde la materia prima hasta el objeto terminado. Algún tiempo después, en 1953, Marcel Maget (alumno de Mauss, entre otros) propone la locución «cadenas de fabricación» (chaînes de fabrication ) que, como se ha señalado, fue remodelada por Leroi-Gourhan dándole su interpretación actual (chaîne opératoire ):
thumb|210px|Recreación de un alfar tradicional Con el tiempo, este concepto etnológico, aplicado a la Prehistoria ha resultado ser metodológicamente muy potente tanto para organizar los datos arqueológicos, como para rellenar los vacíos de información. Una vez se ha podido madurar el proceso y, a medida que la experiencia ha ido creciendo, se han podido llegar a deducir con cierto detalle las opciones del artesano prehistórico, sus esquemas mentales y sus estilos a la hora de alcanzar sus objetivos. La cadena operativa se ha desarrollado especialmente en lo relativo a la industria lítica, pero también se ha aplicado al hueso, la cerámica, el tejido, la metalurgia.
El método tradicional de observación y registro de simples datos materiales no da más que visiones muy parciales del mundo prehistórico, algo así como fotogramas sueltos de un largometraje sin organizar entre ellos. Aunque se reúna un enorme corpus de conocimientos, la confusión puede hacerlos inútiles si no se conoce el orden concreto en el que los datos han de ir colocados. Este problema se agrava a causa de los grandes vacíos, que quedan totalmente en la oscuridad (por la imposibilidad de estudiarlos o, simplemente, porque no están entre los objetivos de la investigación) y, a menudo, solo pueden ser accesibles a través de métodos indirectos o con el apoyo de ciencias auxiliares. La cadena operativa no sólo ofrece la posibilidad de poner orden, sino también de coordinar los esfuerzos de múltiples disciplinas auxiliares, dotando a cada una un papel concreto en la investigación y repartiendo equitativamente los objetivos, de modo de no haya áreas totalmente abandonadas, frente a otras excesivamente mimadas.
Concepto de cadena operativa
Como se indica en la introducción, la cadena operativa abarcaría todo el proceso dialéctico entre el ser humano y sus herramientas, desde la búsqueda de la materia prima hasta que se desechan las piezas, pasando por todas las etapas intermedias de su fabricación, uso y mantenimiento. La cadena operativa organiza, en una secuencia correcta (o, cuando menos, a modo de tentativa), el empleo que hace el ser humano de los materiales, situando cada objeto arqueológico en un contexto técnico preciso, y ofreciendo un armazón metodológico para cada nivel de interpretación. Se pueden encontrar cadenas operativas singulares; pero, lo más corriente es que aparezcan repetidas en varios yacimientos, respondiendo a una misma estrategia aplicada por los humanos prehistóricos en diferentes contextos. Incluso, cuando se identifican varias de esas cadenas operativas en una determinada excavación, o yacimiento al aire libre, nunca estarán completas; pero al cotejar los datos de investigaciones paralelizables, es posible rellenar muchos vacíos.
Cuando se recurre al método de la cadena operativa, el objetivo no es la tradicional ubicación de los restos en unas coordenadas cronológicas o culturales, a la manera del paradigma historicista tradicional, sino decidir el orden adecuado que ocupa cada objeto hallado en una excavación arqueológica dentro de la sucesión de gestos técnicos. Esto se aplica, no sólo a herramientas propiamente dichas, sino también a todo tipo de desechos resultantes. La metodología implícita en el concepto de cadena operativa también se opone a la tipología tradicional, que suele limitarse a los aspectos taxonómicos de muestras forzosamente limitadas y fraccionarias. En la tipología lítica, por ejemplo, se dedica mucha más atención a las llamadas piezas retocadas, a las que considera herramientas auténticas; aparte, tales piezas son consideradas en tanto que productos terminados, esto es, desde un punto de vista sincrónico, sin tener en cuenta ni la diacronía, ni la dialéctica de su biografía tecnoeconómica.
Elementos básicos de la cadena operativa
thumb|Punta bifacial tallada por presión. La procedencia y calidad de la roca, el tipo de soporte, las huellas dejadas por el artesano al fabricarla..., permiten reconstruir en parte su cadena operativa; posteriormente, los vacíos se intentarán llenar con los datos de su contexto arqueológico Según el prehistoriador Pierre Lemmonier, en toda cadena operativa se distinguen tres clases de elementos: En primer lugar, las piezas arqueológicas, no sólo aquellas consideradas arbitrariamente utensilios, que, a menudo están ausentes, sino también las huellas que exhiben o los desechos, que pueden llegar a identificarse como subproductos de una determinada técnica. Por ejemplo, una pieza tallada por presión porta una serie de cicatrices que nos indican que existió algún tipo de compresor, aunque este no se haya conservado. Determinados desechos son característicos de gestos muy concretos, y pueden orientar acerca de las etapas que se han seguido en el proceso de fabricación (un asta de cérvido con profundas ranuras habla de una industria ósea desarrollada; la textura de un fragmento de cerámica puede indicar, no sólo si ésta se moldeó con torno o a mano, además, el tipo de horneado a la que fue sometida: oxidante o reductora; etc.). En segundo lugar, la sucesión de gestos observables, es decir, la secuencia tecnológica, esto es, los procesos técnicos propiamente dichos, que pueden descomponerse en secuencias gestuales o en métodos concretos. Si hablamos específicamente de la piedra, los objetos líticos fosilizan esos gestos en forma de negativos de lascado. Observando atentamente tales cicatrices y comparándolas con sus homólogas conseguidas por medio de la talla experimental en laboratorio, es posible determinar con cierto detalle qué gesto realizó artesano prehistórico. En tercer lugar, los conocimientos y habilidades que pueden haber quedado plasmados en el registro arqueológico. Evidentemente, los artesanos prehistóricos no pueden trasmitirnos directamente sus conocimientos, pero podemos acceder a ellos por medio de la extrapolación y la comparación. Los intentos de recrear sus actividades en ambientes controlados (como los laboratorios y los arqueódromos) han permitido, poco a poco, desvelar ciertos esquemas conceptuales primitivos, reconociendo la existencia, o no, de un plan preconcebido en el proceso de fabricación, descubriendo las elecciones tomadas por el artesano dentro de las posibilidades de que disponía, su habilidad, su idiosincrasia cultural, sus recursos y sus límites. Tal es el grado de profundización que se alcanza en este campo, que algunos equipos de investigadores han podido hallar testimonios de la trasmisión de habilidades de los artesanos experimentados a los más jóvenes, como ocurre en el yacimiento magdaleniense de Étiolles (Corbeil, Essonne, Francia), donde se ha podido reconocer una auténtica escuela en la que se enseñaba a tallar para obtener hojas de sílex. Para ello fue necesario realizar remontajes y reconstruir la cadena operativa lítica para comprobar que dos zonas del mismo yacimiento eran contemporáneas entre sí, a pesar de mostrar claras diferencias en la capacidad técnica. En cualquiera de estos elementos, el ser humano tenía cierta capacidad de maniobra, que puede variar de un lugar a otro. La cadena operativa debería poder delimitar qué grado de determinismo o qué alternativas existían y, dentro de estas últimas, qué elecciones son propias de una cultura concreta y cuáles son ajenas a ella. En tanto que método de estudio, la cadena operativa también intenta establecer relaciones del subsistema tecnológico con el subsistema económico y con e subsistema social del grupo humano; solo de este modo será posible demostrar hasta qué punto las piezas, los gestos y las habilidades han sido libremente seleccionadas por el artesano o le han sido impuestas por las exigencias del entorno físico, los límites de su desarrollo técnico o la idiosincrasia de su cultura.
Aplicación del concepto
La cadena operativa puede y debe ser diferente en función del paradigma científico o de los objetivos que se hayan marcado los investigadores que estudian un yacimiento dado. De hecho esto no sólo es una posibilidad, sino una necesidad, dado que forzosamente, muchos de los eslabones de la cadena son particularmente difíciles de identificar, lo que obliga a que cada proyecto se plantee unos objetivos científicos realistas, dentro de un cuadro general de referencia.
Así, la procedencia de la materia prima puede ser identificada solo en aquellos casos en los que ésta tenga unas características distintivas, fácilmente identificables; desafortunadamente, ocurre a menudo que la materia prima es tan común que resulta imposible reconocer las estrategias de abastecimiento en la Prehistoria. Pero si la materia prima es característica, el nivel de eficacia de la investigación puede llegar a ser muy alto.
Algo similar ocurre con el uso de ciertas herramientas, que, gracias al análisis de las huellas de uso microscópicas (o trazalogía) podemos saber cómo y para qué se usaron. Pero esto ocurre solo en un número muy reducido de piezas, excepcionalmente conservadas, dentro de la totalidad de la muestra recuperada en una excavación.
Más delicadas son, incluso, las incursiones en los sistemas sociales de la Prehistoria. En estos casos es obvio recurrir a paralelismos etnográficos. Sin embargo, los investigadores más audaces no se conforman con el estudio de la cultura material, dirigiendo sus esfuerzos a la posible articulación de todos los datos, gracias la colaboración interdisciplinar, para obtener unos resultados lo más ricos posibles. Se hace necesario establecer un entramado en el que los elementos conocidos se ubiquen correctamente gracias a las interrelación que existe entre ellos, permitiendo reconocer y delimitar el lugar de los elementos desconocidos gracias al hueco que dejan (como en un puzle). Para lograrlo hay que evitar las cuestiones imprecisas y esforzarse por plantear objetivos concretos, inequívocos y que estén al alcance de los medios disponibles. thumb|130px|left|La cadena operativa no siempre es lineal