thumb|Avenida Parallel de Barcelona (1913), mirando al este mostrando las chimeneas de la central eléctrica que abastecía las industrias de la zona.

La revolución industrial en España o revolución industrial española es un concepto historiográfico que designa a las diferentes manifestaciones que se dieron en España del proceso histórico global denominado revolución industrial, especialmente de su primera fase (primera revolución industrial) -de mediados del a mediados del -, puesto que las siguientes se suelen denominar segunda revolución industrial -de finales del a mediados del - y tercera revolución industrial -finales del y comienzos del -.

Como concepto económico, desvinculado de sus aspectos historiográficos, se refiere al proceso de industrialización en España.

Ambas formas de entender los mismos hechos y procesos son analizables desde diversos puntos de vista, como su ritmo particularmente lento, dado el carácter precoz en sus inicios y su largo desarrollo, al menos en relación con otros países europeos como Gran Bretaña o Alemania.

Antecedentes thumb|Sistema de manejo utilizado en las máquinas laminadoras de plata de la ceca de Potosí en 1767.Molinos de Sangre o Máquinas Laminadoras de la Casa Real de Moneda de Potosí Al estudiar los inicios de la industrialización en España y compararlos con la revolución industrial de Inglaterra se observa que los principales hechos que habían dado lugar a esta comenzaron en el último tercio del en Inglaterra, con una acumulación primitiva de capital financiero que llevó a cambiar las estructuras agrarias existentes. Estos cambios generaron excedentes en la producción de productos alimenticios. Este excedente liberó mano de obra de la agricultura que pudo dedicarse a las nuevas actividades productivas además de contribuir a la mejora de las rentas agrarias facilitando un mercado interior para la propia producción industrial.

En contraposición a Inglaterra, entre finales del y comienzos del la economía española en su conjunto presentaba una economía mercantilista en la que no se localizaban los mecanismos de apropiación y acumulación propios del modelo capitalista.

Los hechos principales que demoraban el desarrollo industrial español pueden sintetizarse en los siguientes:

La existencia de un mercado interior reducido y fragmentado. El mercado español era, según palabras de Josep Fontana, “una agregación de células rurales aisladas, con un tráfico insignificante entre ellas”. La razón fundamental de la compartimentación del mercado era la ausencia de medios de transporte que conectaran adecuadamente los distintos mercados locales. Existía también un bajo nivel de demanda que venía motivado por la baja densidad de población en España en comparación con países vecinos y por un nivel de renta que se encontraba también debajo de otros países avanzados europeos como Francia e Inglaterra. La presencia de una agricultura tradicional de subsistencia con un fuerte componente de autoconsumo que solo intercambiaba escasos excedentes por productos procedentes de la pequeña industria artesanal local. La situación general del Estado, con un déficit presupuestario permanente, arrastrado desde que se puso término a las remesas americanas de plata. Este déficit permanente condicionaba la política económica forzando la emisión masiva de deuda pública, agravado por un sistema tributario que no lograba generar ingresos suficientes. Esto contribuía al denominado efecto expulsión de la economía privada y al estrangulamiento de la misma por parte del Estado, que impedía el nacimiento de nuevos proyectos privados al acaparar con deuda pública la financiación que habría sido necesaria para emprender esos proyectos privados. El limitado número de instituciones financieras adecuadas para impulsar el proceso de industrialización.

La excepción a toda esta situación fue Cataluña donde sí se podían encontrar condiciones de un proceso similar al llevado a cabo en Inglaterra. En el caso catalán la producción agrícola desde principios del se vio encauzada hacia la comercialización a través de una mayor intensificación y especialización de los cultivos. Este proceso se vio reforzado por la existencia de una fuerte demanda exterior. A esto se añade una acumulación externa de capital originada por el comercio colonial.

Otros factores de trascendencia en el retardo del proceso de industrialización en España son: Un menor impulso de la empresa en España, en comparación con otros países europeos como Inglaterra, Alemania y Holanda. El nivel de la tecnología y la educación en España eran menores que sus vecinos europeos. Por ejemplo, en 1874 el nivel de analfabetismo era del 54,2 por ciento en los hombres y del 74,4 por ciento en las mujeres.

La industrialización thumb|250px|right| Inauguración del ferrocarril a Langreo. Cuadro de Jenaro Pérez Villamil. 1852. La situación descrita provocó que la industrialización española se produjera con retraso respecto al proceso iniciado en el resto de Europa occidental. Desde el comienzo del reinado de Isabel II, en 1833, el proceso de industrialización se aceleró mucho. La ausencia de capital suficiente en el interior había limitado hasta entonces el avance del proceso de industrialización. Fue en este periodo cuando se empezó a reemplazar la falta de capitales internos con la inversión procedente del exterior. La financiación exterior jugó un papel fundamental en el proceso industrializador español proporcionando no solo los recursos financieros hasta entonces insuficientes sino también soluciones técnicas ya extendidas por Europa central y del Norte, que empujaron y dinamizaron el proceso industrializador español.

El nacimiento de la industria moderna El proceso inicial de industrialización, tuvo lugar en cuatro etapas. El proyecto ilustrado de modernización incluyó grandes manufacturas reales de inspiración colbertista, en sectores de interés estatal, como el armamento, los productos de lujo (porcelana, cristal, tapices) y los monopolios públicos (tabaco); mientras que en lo que respecta al sector algodonero (más comparable a las instalaciones textiles de la primera revolución industrial inglesa), afectó sobre todo a Barcelona (fábricas de indianas), pero no tendrá continuidad por razones bélicas. Entre 1830 y 1854, de nuevo Cataluña incorpora algunas (Historia de la industria del algodón en Cataluña, El gran salto (1832-1861)) innovaciones textiles con la mecanización del algodón; en Asturias se inicia la siderurgia, y en Málaga se crea otra siderurgia que pronto fracasaría. Entre 1854 y 1866, la construcción de gran parte de la red ferroviaria se convierte en el factor principal de unidad del mercado nacional, contribuyendo decisivamente a consolidar la industria textil catalana. Por fin, en el período 1874-1898, se refuerza el proceso de industrialización en los sectores textil y siderometalúrgico de Cataluña y la franja cantábrica, respectivamente, porque son zonas más accesibles a Europa debido a su situación costera septentrional, y en el caso astur-vasco porque, además, es la zona mejor dotada en recursos básicos, como el carbón y el mineral de hierro.

El thumb|300px|Hiladora tipo "jenny", modelo en Museo de la Industrialización Temprana en Wuppertal Alemania)

Barcelona, Alcoy y la vertiente septentrional vasca tenían ya una rica tradición comercial, artesana y de relaciones internacionales con Europa y América, muy propicia a la innovación. Este ambiente favorable acogió en la primera mitad de siglo, en Cataluña, las nuevas técnicas de trabajo del algodón y de la siderometalurgia, que estuvieron a punto de introducirse en Vascongadas y lo hicieron débilmente en Asturias. La guerra de la Independencia primero y las guerras Carlistas después frustraron estos proyectos.

En Alcoy existe constancia de fábricas textiles en el año 1561. El documento es un acta en el que se refleja la aprobación de reglas del gremio, titulado Capitols y ordenasions del offici de perayres de la Villa de Alcoy decretats par lo Gobernador de Valensía. En este apartado se encuentran 65 capítulos donde se regula el funcionamiento del oficio textil. Asimismo también se regulaban la calidad mínimas que debía tener al producción para poder venderse con el sello de fabricada en Alcoy. El proceso de fabricación en Alcoy surgió del aprovechamiento de la energía hidráulica para reconvertir antiguos batanes harineros en maquinaria útil para la confección de hilo. En el se estableció oficialmente la "Bolla" que era un organismo donde se agrupaban las fábricas de a ciudad para ofrecer una garantía que certificaba la calidad y el acabado de los géneros textiles. En dicho lugar se recogían muestras textiles de toda la producción para controlar su calidad. Los que eran conformes se bollaban (era así como se conocía el hecho de marcar con el sello de calidad que aseguraba su origen alcoyano). El papel también tuvo un lugar destacado como motor de la industria alcoyana desde el , desarrollándose las primeras fábricas de papel de fumar, las cuales exportarían y comercializarían su producto alrededor de todo el mundo. Unido a todas estas industrial y dadas las malas comunicaciones de la época surgieron siderurgias especializadas en los componentes de las fábricas textiles y papeleras.

Las primeras manufacturas de indianas y lienzos estampados aparecieron en Barcelona durante el primer tercio de siglo, en los años 1720 y 1730, al abrigo de una política proteccionista, con medidas tales como prohibir la entrada de géneros extranjeros y asignar subsidios a la importación del algodón y de otras materias primas. Según se desprende de las «Ordenanzas de Fábricas de Indianas, Cotonadas y Blavetes», que fomentan la calidad de la producción y obstaculizan la proliferación anárquica de los establecimientos. En 1756 existen ya 15 fábricas con franquicia real, y otras tantas sin ella. En la segunda mitad de siglo sigue la expansión: 25 unidades, de las que 2 se hallan en Manresa y una en Mataró. Se trata de fábricas de escasa dimensión, con 100 telares la mayor, y entre 14 y 50 la mayoría. En 1775, además del número de fábricas de indianas, se sabe que entre todas dan empleo a unas 50.000 personas, en su mayor parte mujeres y niños. En la década de 1780 el número de establecimientos controlados se eleva a 62.

Por lo que respecta a las fábricas de algodón, el aumento es también progresivo: en 1796 hay un total de 135 fábricas de estampado de lienzo y algodón, más 35 fábricas de tejidos de diversos tipos. De acuerdo con este ritmo de crecimiento, Cataluña ocupa en 1785, fecha en que se introducen las primeras máquinas de hilar tipo "Jenny" a la Real Compañía de Hilados de Algodón de Barcelona (creada por Carlos III), el segundo lugar como potencia algodonera, detrás de Inglaterra. El mercado nacional, y sobre todo el americano, son los clientes del hilado y tejido de algodón, sector que en vísperas de la guerra de la Independencia ocupa a más de 20.000 personas, que trabajan en más de 4.000 telares distribuidos en pequeñas empresas de tipo familiar. La destrucción de la infraestructura textil durante la guerra es el punto final de esta dinámica de corte europeo.

En cuanto a Vascongadas, la Real Sociedad de Amigos del País intenta crear un ambiente propicio para las nuevas técnicas de trabajo del hierro, mediante el envío de «becarios» a Suecia e Inglaterra, y el estudio y la experimentación en el Seminario de Vergara. La mentalidad conservadora de la burguesía y de la nobleza, dueñas de las ferrerías, supone un obstáculo a estas iniciativas, así que la actividad vasca continúa centrada durante el último tercio del en el comercio que se ejerce desde Bilbao y San Sebastián, en Vitoria y en los puertos secos o aduaneros de Tolosa y Valmaseda, así como en Azpeitia.

Tampoco tienen éxito los esfuerzos realizados en Asturias para modernizar la explotación del carbón e iniciar la siderurgia.

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