La ecocrítica (también denominada ecocriticismo, crítica literaria ambiental o estudios verdes —del inglés green studies—) es una corriente de crítica literaria e interdisciplinaria que estudia las relaciones entre la literatura, la cultura y el medio ambiente físico. Surgida en el ámbito académico anglosajón durante la década de 1990 (siglo ), se ha extendido internacionalmente y se ha consolidado como un campo relevante dentro de las humanidades. A diferencia de enfoques tradicionales que privilegian los vínculos entre texto y sociedad o entre texto y psicología individual, la ecocrítica incorpora el entorno natural como categoría analítica central, situándose en la intersección entre los estudios literarios, la ecología y la filosofía ambiental.
Definición
Una de las definiciones más influyentes del campo fue propuesta por Cheryll Glotfelty en la introducción de la antología fundacional The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology (1996). Allí define la ecocrítica como el estudio de la relación entre la literatura y el entorno físico.
Para Glotfelty, la crítica feminista analiza el lenguaje y la literatura desde una perspectiva de género; la crítica marxista lo hace a partir de las condiciones materiales y de clase. En ese marco, la ecocrítica propone un enfoque centrado en la tierra para el estudio de los textos literarios.
Por su parte, Lawrence Buell, profesor emérito de la Universidad de Harvard, amplió esta definición al caracterizar la ecocrítica como el estudio de la relación entre literatura y medio ambiente llevado a cabo desde un compromiso con la práctica ambientalista. Esta formulación subraya la dimensión ética y política del campo, que lo distingue de un análisis meramente temático de la naturaleza en los textos.
Simon C. Estok ha señalado que la ecocrítica se define, en primer lugar, por la postura ética que adopta —al reconocer el valor intrínseco del mundo natural— y, en segundo lugar, por su carácter interdisciplinario, orientado a establecer vínculos entre diversas áreas del conocimiento.
En términos generales, la ecocrítica parte de la premisa de que la cultura humana está profundamente imbricada con el mundo físico, al que afecta y por el que es afectada. Su objeto de estudio es la interconexión entre naturaleza y cultura, especialmente a través del lenguaje y la literatura, y su perspectiva crítica se sitúa simultáneamente en el análisis textual y en la atención al entorno material.
El término se reconoce bajo diversas denominaciones. En el ámbito anglosajón se emplean ecocriticism, green (cultural) studies, environmental literary criticism o ecopoetics. En el mundo hispanohablante, el término más extendido es ecocrítica, aunque también se utiliza ecocriticismo. El volumen colectivo Ecocríticas: Literatura y medio ambiente (2010), coordinado por Carmen Flys Junquera, José Manuel Marrero Henríquez y Julia Barella Vigal, contribuyó de manera decisiva a la difusión del campo en lengua española.
Una de las características definitorias de la ecocrítica es su vocación interdisciplinaria: convoca a críticos literarios, científicos naturales, filósofos, antropólogos, historiadores y geógrafos en torno a la pregunta de cómo la literatura representa, construye e influye en la relación entre los seres humanos y el mundo natural. Desde esta perspectiva, el análisis ecocrítico puede indagar, por ejemplo, qué concepción de la naturaleza proyecta un poema, qué papel desempeña el entorno en la configuración de una trama narrativa, si los valores expresados en un texto son compatibles con una ética ecológica, o de qué modo las metáforas utilizadas para describir el mundo natural condicionan la relación con él. Asimismo, plantea si el medio ambiente, junto con categorías como la raza, la clase y el género, debe considerarse un eje central del análisis literario, ampliando así los marcos interpretativos de las humanidades.
Historia y origen
Antecedentes y precursores
thumb|right|220px|Rachel Carson (1907–1964), bióloga y escritora estadounidense cuya obra Silent Spring (1962) sentó las bases del movimiento ecologista moderno.
Aunque la ecocrítica como disciplina académica organizada no se consolidó hasta la década de 1990, sus raíces intelectuales se remontan al auge del movimiento ambientalista norteamericano de las décadas de 1960 y 1970. Entre los textos precursores más influyentes se encuentra Silent Spring (1962), de la bióloga y escritora Rachel Carson, que documentó los efectos perjudiciales del uso indiscriminado de pesticidas sobre los ecosistemas y la salud humana, contribuyó a movilizar a la opinión pública estadounidense y sentó las bases del movimiento ecologista moderno.
Con anterioridad, Leo Marx había examinado en The Machine in the Garden (1964) la tensión entre la tecnología y el ideal pastoral en la literatura estadounidense, identificando uno de los núcleos temáticos que la ecocrítica retomaría décadas más tarde.
Primeros fundamentos teóricos (1972–1978)
El primer intento sistemático de vincular los estudios literarios con la ecología científica provino del estudioso Joseph W. Meeker, cuyo libro The Comedy of Survival: Studies in Literary Ecology (1972) propuso el concepto de ecología literaria para designar el estudio de las relaciones entre las artes literarias y la ecología científica.
Meeker sostuvo que la crisis ambiental occidental era el resultado de una tradición cultural que situaba a la cultura por encima de la naturaleza, y contrapuso el modo trágico —que privilegia al individuo heroico frente al entorno— con un modo cómico de adaptación y convivencia con el mundo natural que, en su opinión, tenía un valor ecológico superior.
El término ecocrítica fue acuñado por el crítico literario William H. Rueckert en su ensayo «Literature and Ecology: An Experiment in Ecocriticism», publicado en 1978 en la revista The Iowa Review. Rueckert definió su propósito como la aplicación de los principios y conceptos de la ecología al estudio de la literatura, aunque el término permanecería prácticamente inactivo en el vocabulario crítico durante más de una década.
Institucionalización del término (1989–1996)
El establecimiento de la ecocrítica como movimiento reconocible comenzó a finales de los años ochenta, cuando Cheryll Glotfelty, entonces estudiante de posgrado en la Universidad de Cornell, impulsó la adopción del término «ecocrítica» en conferencias de literatura para designar el conjunto disperso de estudios sobre literatura y medio ambiente que venían produciéndose sin coordinación desde hacía años.
En 1990, Glotfelty fue contratada por la Universidad de Nevada (Reno) como la primera profesora de literatura y medio ambiente de los Estados Unidos.
En 1991, la Modern Language Association organizó una sesión especial titulada «Ecocriticism: The Greening of Literary Studies», que señaló el reconocimiento institucional de la corriente dentro de los estudios literarios norteamericanos.
Al año siguiente, en 1992, se fundó la Association for the Study of Literature and Environment (ASLE, por sus siglas en inglés) en una sesión especial de la conferencia de la Western Literature Association celebrada en Reno, Nevada, con el propósito de fomentar el intercambio de ideas y textos sobre la relación entre la literatura y el entorno natural.
En 1993, Patrick D. Murphy puso en marcha la revista académica ISLE: Interdisciplinary Studies in Literature and Environment, hoy publicada trimestralmente por Oxford University Press, que se convirtió en el principal órgano difusor del campo.
La consolidación definitiva del campo llegó en 1996 con la publicación de The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology, antología compilada por Cheryll Glotfelty y Harold Fromm que reunió los textos fundacionales del campo y proporcionó al movimiento una genealogía y una identidad disciplinar.
Ese mismo año apareció The Environmental Imagination de Lawrence Buell, obra que exploró con profundidad cómo la literatura estadounidense refleja y moldea los valores ambientales, y que se convirtió en una referencia central de la nueva disciplina.
Corrientes y ramas teóricas
La ecocrítica no constituye una escuela monolítica, sino un campo plural compuesto por diversas corrientes que han ido desarrollándose a lo largo de su historia, con distintos marcos teóricos, corpus literarios y compromisos éticos y políticos.
Ecofeminismo literario
El ecofeminismo literario es una de las corrientes más influyentes dentro de la ecocrítica. Parte de la premisa de que la dominación histórica sobre la naturaleza y la dominación sobre las mujeres comparten una misma lógica ideológica, y analiza de qué manera la literatura reproduce, cuestiona o subvierte esa lógica dual.
La filósofa australiana Val Plumwood fue una de las figuras centrales en el desarrollo de esta perspectiva; en su obra Feminism and the Mastery of Nature (1993) argumentó que el pensamiento occidental construye una serie de dualismos jerárquicos —razón/ naturaleza, cultura/naturaleza, hombre/mujer— que funcionan de manera solidaria para justificar formas de dominación tanto sobre los seres humanos considerados más cercanos a la naturaleza como sobre el mundo no humano.
Greta Gaard, por su parte, señaló que la premisa básica del ecofeminismo es que la misma ideología que autoriza las opresiones basadas en la raza, la clase, el género, la sexualidad y la especie es la que sanciona la opresión de la naturaleza.
Entre las obras fundacionales de la corriente se encuentran la antología Ecofeminism: Women, Animals, Nature (1993), editada por Gaard, y Ecofeminist Literary Criticism: Theory, Interpretation, Pedagogy (1998), coeditada por Gaard y Patrick D. Murphy.
El ecofeminismo literario ha sido criticado por algunas vertientes del feminismo por incurrir en un esencialismo que asocia a las mujeres con la naturaleza, y sus representantes han debatido ampliamente esta tensión en las últimas décadas.
Ecocrítica poscolonial
La ecocrítica poscolonial surgió en los primeros años del siglo al constatar que la primera oleada de la ecocrítica había privilegiado los paisajes y las tradiciones literarias del mundo anglosajón, ignorando las experiencias ambientales del Sur Global y los vínculos entre la explotación colonial y la degradación ecológica.
La obra de Graham Huggan y Helen Tiffin Postcolonial Ecocriticism: Literature, Animals, Environment (2010) se convirtió en un texto de referencia del campo; en ella los autores examinan las relaciones entre los estudios poscoloniales y la ecocrítica, y analizan cómo la literatura de contextos poscoloniales representa las interacciones entre seres humanos, animales y entorno natural, así como las herencias ambientales del imperialismo.
Una contribución central a esta corriente es el concepto de «violencia lenta» (slow violence) desarrollado por Rob Nixon en Slow Violence and the Environmentalism of the Poor (2011), que describe la degradación ambiental gradual e invisible que afecta de manera desproporcionada a las comunidades más empobrecidas del planeta.
Justicia ambiental
La corriente de justicia ambiental en ecocrítica examina de qué manera la literatura representa y cuestiona la distribución desigual de las cargas y los beneficios ambientales en función de la clase social, la raza, la etnicidad y la posición geopolítica.
Aunque sus vínculos con la ecocrítica poscolonial son estrechos, esta corriente tiene raíces propias en el movimiento de justicia ambiental surgido en Estados Unidos en los años ochenta, que denunció la concentración desproporcionada de instalaciones contaminantes en comunidades afroamericanas, latinas e indígenas.
Aplicada a los estudios literarios, esta perspectiva presta especial atención a los textos producidos por comunidades marginadas que articulan una relación con el entorno