El Bloqueo anglo-francés al Río de la Plata —también conocido como la Guerra del Paraná— tuvo lugar entre el 2 de agosto de 1845 y el 31 de agosto de 1850. Durante el mismo, las escuadras británica y francesa cerraron al comercio todos los puertos de la Confederación Argentina y los de la República Oriental del Uruguay, con excepción del de Montevideo.
La diplomacia inglesa y francesa justificó el bloqueo por la participación del ejército argentino —dependiente del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas— en la Guerra Grande en Uruguay. Según las potencias interventoras, esa participación era un ataque directo a la independencia de ese país, estaba acompañada de crueldades injustificadas, y perjudicaba los intereses comerciales de Francia y del Reino Unido en la cuenca del Río de la Plata. En la práctica, importaba mucho más a las potencias agresoras obligar a la Argentina y al Uruguay a reconocer a sus ríos interiores como no sujetos a su soberanía y permitirles comerciar libremente a través de estos ríos.
La acción militar anglo-francesa no obtuvo la ansiada rendición de Rosas, aunque logró sostener al gobierno de Montevideo durante seis años. Finalmente, la intervención fue levantada por medio del Tratado Arana-Southern y el Tratado Arana-Lepredour.
No obstante, la victoria de Rosas fue efímera, ya que en 1851 se sublevó el gobernador entrerriano Justo José de Urquiza, que lograría derrotarlo y obligarlo al exilio en la batalla de Caseros, de febrero de 1852.
Antecedentes y causas
El bloqueo fue la resultante de una escalada de conflictos entre la Confederación Argentina —en la práctica, el gobierno de la provincia de Buenos Aires— y las potencias europeas. No hubo un solo detonante, sino que se produjo una larga serie de desacuerdos que llevaron, casi irremediablemente, al enfrentamiento militar.El desarrollo del apartado "Antecedentes y causas" está desarrollado en base, principalmente, a la siguiente página del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina:
La guerra civil argentina
thumb|180px|Juan Manuel de Rosas.
La Confederación Argentina estaba sometida a una situación de guerras civiles endémicas desde mediados de los años 1820. La situación se había ido agravando desde 1838, cuando los unitarios habían logrado alianzas con líderes de origen federal, para oponerse al gobierno autoritario de Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina.
Pese a la extensión de la alianza en su contra, Rosas y sus aliados lograron imponerse a la Coalición del Norte a lo largo de los años 1839 a 1841.
Al finalizar el año 1841, quedaban aún dos núcleos opositores al régimen de Rosas, encarnados en las provincias de Corrientes y Santa Fe. Curiosamente, esta última había sido poco antes un valioso bastión del rosismo.
La victoria antirrosista en la batalla de Caaguazú extendió ese frente a la provincia de Entre Ríos, que fue invadida por el ejército correntino, cuya gobernación asumió el general José María Paz.
Pero debido a serias faltas de coordinación entre sus gobiernos, tanto Santa Fe como Entre Ríos volverían rápidamente a la obediencia al partido federal.
El bloqueo francés
thumb|180px|Luis Felipe de Orleáns.
Desde 1838 en adelante, la flota francesa cerró al comercio la ciudad de Buenos Aires y los puertos fluviales de la Confederación Argentina. Esta acción había sido justificada por la negativa del gobierno de Rosas a aceptar la exigencia de exceptuar a los súbditos franceses de las obligaciones del servicio militar, obtener satisfacciones por supuestas ofensas a ciudadanos de esa nación y asegurar el tratamiento de nación más favorecida a Francia por parte de la Confederación Argentina. Pero la impulsó fundamentalmente la actitud arrogante de la representación francesa, amparada en la política expansionista de Luis Felipe de Orleáns.
La acción militar francesa consiguió aglutinar la oposición a Rosas, impulsando la guerra civil en la Argentina. Igualmente, facilitó la victoria y la toma del poder por parte de Fructuoso Rivera en el Uruguay, derrocando al presidente legítimo Manuel Oribe.
Pero la alianza con los unitarios y con Rivera no dio los frutos esperados: Rosas y sus aliados se mantuvieron con firmeza, se negaron de plano a aceptar imposiciones por la fuerza de parte de una potencia extranjera y lograron vencer sucesivamente todas las amenazas que se cernían sobre el dominio federal en Buenos Aires.
Considerando que, aunque los opositores a Rosas aún eran fuertes en el interior del país, las posibilidades de una rápida victoria sobre Rosas se esfumaban, los franceses aceptaron firmar con el ministro de Relaciones Exteriores de Rosas el tratado Mackau-Arana, que puso fin al largo bloqueo, el 29 de octubre de 1840.
Ese tratado, a su vez, tuvo una importancia capital en la derrota de la Coalición del Norte, enemiga de Rosas, ocurrida alrededor de un año más tarde.
No obstante, las relaciones entre Buenos Aires y Francia nunca mejoraron, y —en la práctica— pasaron a una escalada cada vez más severa de enfrentamientos. El modo en que era presentado el Tratado ante la opinión pública resultaba, como mínimo, humillante para el gobierno francés, que no había resignado su actitud arrogante hacia la remota nación sudamericana.
La Guerra Grande en el Uruguay thumb|180px|Manuel Oribe. thumb|180px|Fructuoso Rivera.
Entre 1836 y 1838, el general Fructuoso Rivera se había rebelado contra el presidente Manuel Oribe, logrando expulsarlo del país con ayuda francesa y de militares y civiles unitarios argentinos.
Apenas llegado al poder, comenzó a pagar su deuda de gratitud para con sus aliados, prestando ayuda a los enemigos de Rosas, esto es, a los unitarios y franceses. Su gobierno participó en las rebeliones ocurridas en el litoral fluvial argentino e incluso en la propia provincia de Buenos Aires contra Rosas. En respuesta, el general Pascual Echagüe había invadido el Uruguay, aunque había sido vencido en la batalla de Cagancha.
Durante los años 1840 y 1841 completos, Rosas no pudo prestar atención a Rivera. Pero, cuando la Coalición del Norte fue vencida, este firmó una alianza con los gobiernos de Corrientes, Entre Ríos —el efímero gobierno del general Paz— y Santa Fe, contra el gobierno de Rosas. Tras permitir el aplastamiento del gobierno santafesino, Rivera cruzó el río Uruguay e invadió la provincia de Entre Ríos, poniéndose al frente del ejército unido contra Rosas.
Sólo en agosto de 1842, cuando ya el ejército federal ingresaba también a Entre Ríos, los diplomáticos ingleses y franceses en el Río de la Plata ofrecieron su mediación para lograr la paz entre ambos bandos. Rosas rehusó la mediación, aclarando que había sido Rivera quien había derrocado a Oribe, quien había declarado la guerra al gobierno de la Confederación y quien había invadido el territorio de la misma, destruyendo a quienes no colaboraban con él.
El 26 de noviembre, los embajadores británico y francés, John Henry Mandeville y Alexandre de Lurde, respectivamente, ofrecieron por segunda vez una mediación para alcanzar la paz, pero dejando en claro que era un ofrecimiento cuya aceptación era obligatoria. El rechazo de tal ofrecimiento significaría la ruptura con ambas potencias.
Rosas respondió que no había posibilidad de paz mientras Rivera ocupara una parte del territorio argentino, y que —por otra parte— consideraba imposible concertar cualquier paz con el general Rivera, al que consideraba un usurpador.
Por otra parte, el comandante del ejército federal era el mismo general Oribe que había sido derrocado por Rivera, y a quien Rosas consideraba aún presidente legal del Uruguay, olvidándose, por cierto, de que su período de gobierno había ya caducado años atrás.
Poco después, el ejército federal derrotó al de Rivera en la batalla de Arroyo Grande. Pocas semanas más tarde, la última provincia rebelde —Corrientes— había sido sometida al régimen federal, y la mayor parte del Uruguay estaba en manos del ejército de Rosas y Oribe.
La navegación de los ríos interiores
Siguiendo el modelo de los países europeos, el gobierno de Rosas sostenía que la navegación de los ríos interiores de la Confederación era privativa de los buques de esa nacionalidad, y que toda excepción a esta regla debería ser especialmente autorizada por la autoridad nacional. Esa era la política aplicada por el Reino Unido en el río San Lorenzo y por Brasil en el río Amazonas pese a que, en ambos casos, salían perjudicados los intereses de países ubicados aguas arriba.
Por el Pacto Federal de 1831, en lo concerniente a relaciones exteriores, la autoridad nacional era el gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Por lo tanto, era únicamente el gobierno porteño quien debía decidir sobre la navegación de los ríos.
A este efecto, Rosas sostenía que los ríos de la Plata y Uruguay debían ser considerados interiores, aunque compartidos entre la Argentina y el Uruguay. Por su parte, el río Paraná debía ser considerado sin discusión un río interior de la Confederación Argentina.
Esa política perjudicaba los intereses de los países ubicados aguas arriba de ambos ríos, especialmente al Paraguay, bloqueado por Rosas que se negaba a reconocer su independencia y el Brasil. Y perjudicaba, también, a los comerciantes europeos que aspiraban a comerciar directamente —sin la intromisión de Buenos Aires— con el Paraguay y el oeste brasileño.
El caso paraguayo no había suscitado problemas en ese sentido hasta el fallecimiento del dictador Gaspar Rodríguez de Francia, que había mantenido aislado a ese país por décadas. Pero el nuevo presidente, Carlos Antonio López, aspiraba a una apertura comercial que, bajo las condiciones impuestas por el gobierno porteño, resultaba muy limitada.
Además, el gobierno de Rosas nunca había reconocido la independencia del Paraguay, que por otro lado este país nunca había proclamado. Cuando ésta fue anunciada por el Congreso paraguayo en 1842, Rosas respondió con un decreto del 8 de enero de 1845, que prohibía toda comunicación con la República del Paraguay desde el territorio de la Confederación Argentina.
Un aliado potencial en el conflicto por la navegación de los ríos era el Imperio del Brasil, que en 1844 intentó consensuar acciones contra el gobierno de Rosas. En septiembre de ese mismo año, Brasil reconoció la independencia del Paraguay. Pero —ya fuese por la escasa importancia que daban las grandes potencias a las naciones sudamericanas, o por la divergencia de intereses entre el Brasil por un lado y el Reino Unido y Francia por el otro— nunca se llegó a planear ni ejecutar acción conjunta alguna.
Por otro lado, los gobiernos de las provincias del litoral del río Paraná —especialmente Corrientes— se veían muy perjudicados por la aplicación excesivamente restrictiva que hacía de estos principios el gobierno de Rosas. En efecto, este exigía que cualquier buque que pasara por el Río de la Plata, aunque su destino no fuera dentro de la provincia de Buenos Aires, se detuviera en el puerto de la capital y pagara allí los derechos de importación y exportación impuestos por el gobierno porteño. Derechos que el gobierno de Buenos Aires utilizaba para su exclusivo beneficio; o, al menos, para beneficio de sus propios intereses.
Las continuas exigencias de los países europeos para una apertura de los ríos interiores fueron alejando progresivamente al gobierno porteño de la diplomacia e intereses comerciales de estos países, especialmente de Gran Bretaña.
Intereses financieros y económicos