Pallares es una pedanía del municipio español de Montemolín, perteneciente a la provincia de Badajoz (comunidad autónoma de Extremadura).

Geografía y Ecología

El pueblo se asienta en la cabecera de uno de los arroyos que avena el río Vendoval, afluente a su vez del Viar. Como toda esta zona de Sierra Morena, se caracteriza por la existencia de amplias áreas en las que afloran materiales precámbricos, con alineaciones montañosa que siguen la dirección herciniana NW-SE. Pallares está ubicado sobre un batolito, con afloramientos de rocas graníticas conocidas en la zona por marrales. Salvo en los alrededores del pueblo y en algunos pequeños valles próximos, en el resto del entorno predominan suelos cortos, ácidos, de poco desarrollo.

Aunque fue localidad conocida por sus viñas, estas han desaparecido en su totalidad, al igual que las huertas que surtían de verduras, frutas y hortalizas, quedando solo algunos pequeños huertos de ocio. Las tierras calmas apenas están presentes en la zona, y destaca sobremanera la Vega, de suelos fértiles y profundos en las inmediaciones occidentales de la localidad, abundante en agua por su arroyo y donde se han mantenido algunas especies cultivadas autóctonas, como los famosos friajones, una alubia blanca de nombradía en los alrededores, o las albérchigas, un tipo de melocotón peculiar por su tamaño y sabor. Además de ser tierras que se cultivan cada año, en sus rastrojos todavía se practica el majadeo estival con ovejas, ya casi desaparecido en la comarca. Pueden verse aún algunos higuerales, además de higueras campales en olivares y algunos huertos, con variedades de higos de diversa época de maduración. El olivar es el segundo agroecosistema en importancia, ubicado en zonas llanas próximas al pueblo y, en menor medida, en algún cerro. La variedad cañaval es la que predomina abrumadoramente, aunque hay algún ejemplar sevillano y manzanillo. Las aceitunas locales se dedican a la producción de aceite, pero una pequeña cantidad se verdea para mesa, exclusivamente para autoconsumo.

En los márgenes de ríos y arroyos se encuentran algunas alamedas y otra vegetación de ribera, como el zao (un tipo de sauce), la mimbre o la adelfa, además de importantes formaciones de tamujo. Son muy escasos el fresno y el taraje. Pero la dehesa es sin duda el paisaje por antonomasia, con magníficos encinares en los que se pueden ver árboles de gran porte, especialmente en las fincas de las zonas llanas aledañas al pueblo. Las bellotas son en la montanera el alimento de los cochinos ibéricos, emblema de la ganadería de la zona.

De entre la fauna silvestre destacan por su tamaño los ciervos, jabalíes y zorros, que se han expandido a la par que el matorral de la dehesa. Las nutrias han sido avistadas en alguna ocasión en cauces de la zona. Entre las aves pueden avistarse águilas reales, perdiceras, ratoneros, milanos, cigüeñas y cigüeñas negras. Las especies cinegéticas son tórtolas, palomas, perdices, conejos, liebres y zorzales. Las plantas silvestres son innumerables, y la población local ha utilizado históricamente bastantes de ellas con fines alimentarios o medicinales, destacando las collejas, romanzas, berros, tagarnillas y espárragos, siendo estos últimos la especie más valorada de todas y cuya recolección es una de los entretenimientos principales de las gentes desde finales de invierno hasta la primavera.

Historia

La referencia histórica más temprana en la zona la constituye la Cista Funeraria de Pallares que, según el Departamento de Arqueología y Patrimonio de la Junta de Extremadura, data del Bronce Pleno, alrededor del año 1500 antes de Cristo, atendiendo al tipo de enterramiento y el recipiente cerámico encontrado en ella. Los recursos mineros de la zona, de los que en siglos posteriores encontraremos algunas evidencias, serían el atractivo para el asentamiento de estas poblaciones, posiblemente junto a la ganadería.

En época prerromana esta zona se ubicaría en el límite entre la Beturia céltica, al oeste, y la Beturia túrdula, al este (Berrocal, 1982). La identificación de un castro celta todavía inexcavado entre Pallares y Santa María de Navas, cerca del río Vendoval, nos estaría indicando que este territorio pertenecería a la parte céltica. Ya en época romana encontramos evidencias de poblamiento en los vestigios de al menos dos villas romanas, una al sureste de la localidad, y otro al oeste, además de otros restos arqueológicos y algunas lápidas.

Según Ortiz de Thovar (1988), Montemolín y Puebla del Maestre desaparecieron tras la época romana y se volvieron a levantar en la Edad Media. Para este autor, Montemolin habría sido un asentamiento árabe, fundado o revitalizado por el emperador almohade Miramolín ben Yusuf, que lo repobló con gentes de Martos tras la derrota de las Navas de Tolosa en 1212. De época árabe es la fortificación que se ubica sobre el monte más emblemático de Pallares, el Cerro Castillo, en torno al cual se han encontrado diversos restos cerámicos datados al menos en el . Según Gibello (2006) debió de tratarse de un baluarte con fines de defensa y nexo de comunicaciones entre las fortificaciones de Reina y Montemolín, construido en época almohade. El recinto, de unos 3000 metros cuadrados, ofrecería refugio a la población de las alquerías y caseríos vecinos ante las incursiones crecientes de los cristianos. Ortiz de Thovar nos habla también de frecuentes enfrentamientos entre árabes a lo largo del Valle del Vendoval, teniendo como referencia diversas fortificaciones, como el referido castillo, en la línea de sierras que lo flanquean. Es este mismo autor quien atribuye la fundación de Pallares y Santa María de Navas a Pelay Pérez Correa, maestre de la Orden de Santiago, quien conquistó para el rey Fernando III estos territorios de la Baja Extremadura hacia el año 1246.

La conquista del territorio a los árabes a manos de la Orden de Santiago fue un elemento de suma importancia en la conformación de la estructura de la propiedad, ya que pasaron a sus dominios enormes extensiones de terreno y, por diversas vías y conformando grandes fincas, terminaron cayendo en manos privadas. Pallares fue un asentamiento poblado por vecinos de Montemolín desde la Edad Media. Unas pocas casas se ubicaban en el actual emplazamiento, mientras que por su valle y los circundantes se asentaban caseríos que vivían de sus viñas y bodegas. El topónimo Pallares no se sabe a ciencia cierta de donde procede, aunque pueda ser el resultado del astur pajares. En cualquier caso, las más tempranas referencias siempre aluden a la zona como dominio de la vid. Así, en tiempos de la reina Juana de Castilla se alude al camino que va a Pallares y sus viñas en el pleito por el deslinde Villacelumbre, población que estuvo situada a unos cuatro kilómetros, hoy en término de Puebla del Maestre. Alrededor de Pallares lo que encontramos referido desde la conquista castellana hasta el es el predominio del bosque mediterráneo y algunas dehesas (Bernal, 2002). La fragosidad hizo que la zona se convirtiera en tierra de bandoleros y contrabandistas, por ejemplo de tabaco, lo que dio lugar a que en Montemolín se asentara un destacamento militar para intentar atajarlo. También el Ejército tuvo cerca de Pallares algunas fincas para la cría de caballos, como es el caso del Zánjel, junto al río Viar, y como puede evidenciar el topónimo de la finca La Remonta, lindera con el pueblo.

A finales del XVIII, la población de Pallares era de nueve vecinos en el pueblo, en la plaza mientras que el resto, unos 40, vivían en el campo, en las casas-bodega. Hacia 1798 Tomás López nos habla de Pallares, sus viñas y bodegas, repartidas por cuatro valles, y de lo ameno de su entorno, que lo hacía especialmente atractivo para el recreo de la burguesía y la nobleza de los alrededores, especialmente la de Llerena. En efecto, se decía que no se era nadie en Llerena si no se tenía una un balcón en la Semana Santa, un palco en los toros y una casa en Pallares. A ese reclamo acudieron muchos pudientes, incluso el pintor Zurbarán tuvo casa, y en su finca de El Membrillo pasaba temporadas la poeta Catalina Clara, que ambientó su novela “El Extremeño” en Pallares. Arturo Gazul, escritor y poeta, fue ya en el el último conocido veraneante de este tipo. Ya desde finales del estaba teniendo lugar una significativa ampliación del olivar, muy importante ya en tiempos de Madoz. La expansión de los cultivos, el interés por el grano, relacionado con el crecimiento de población, fue haciendo que aquellas antiguas tierras semibaldías y de monte fueran transformándose en las dehesas y tierras de cultivo que caracterizaron a estos pueblos en el . En cuanto a las dehesas, las de propios se repartían entre los vecinos de los pueblos para usos agrícolas y ganaderos (Bernal, 2002). No obstante, una parte importantísima de las dehesas, tanto de las de titularidad pública como de las privadas, eran aprovechadas por los ganados trashumantes.

El mucho terreno disponible y la escasa población hacía que en aquella época no existiese mucha población jornalera, cuyas casas fueron surgiendo a finales del como consecuencia del crecimiento de la población, la Desamortización y la intensificación de la producción. A lo largo de ese siglo tiene lugar el proceso desamortizador y se venden a particulares los bienes comunales, las grandes dehesas de la zona. A mediados de la centuria se construyó igualmente la carretera entre Llerena y la Venta del Culebrín, que enlazaba con la carretera general de Sevilla a Mérida, en tiempos de Negrete, ministro de Fomento y Obras públicas, y que tenía casa en Pallares La enfermedad de la filoxera también hizo estragos en la viñas de Pallares, que quedaron reducidas a unas cuantas de ellas en la primera mitad del y desaparecieron totalmente en la segunda. A lo largo del , y hasta la crisis de la agricultura tradicional en los años sesenta, continuó el proceso de crecimiento de la población e intensificación de la producción. La estructura de la propiedad sólo se vio amenazada durante la República, en que con la Reforma Agraria las fincas de mayor tamaño se repartieron entre trabajadores del campo y colonos para la siembra. En estos pueblos que se decantaron por la izquierda, tras la sublevación fascista la represión fue brutal, con un gran número de asesinatos de republicanos (Espinosa, 2003).

La posguerra fue tiempo de gran penuria en la zona, pues la abrumadora mayoría de la población eran gentes sin tierras ni otros recursos, habida cuenta del mar de latifundios circundante. Con el proceso modernizador de los años sesenta del pasado siglo, la población emigró masivamente a las ciudades y a otros países, la agricultura entró en crisis, se abandonaron bastantes tareas agrícolas, se redujo la mano de obra en las fincas y la zona se especializó en la ganadería. El pueblo sufrió una sangría demográfica enorme y, finalmente, ya en los años setenta, el desempleo terminó siendo la realidad cotidiana de buena parte de los trabajadores, convertidos entonces en parados rurales (Acosta-Naranjo 2007).

La llegada de la Democracia supuso avances importantes en la dotación de servicios, ya tímidamente iniciados a principios de los años setenta con el acceso por carreteras asfaltas. El pavimentado de las calles, la acometida de agua corriente y alcantarillado o la red telefónica en las casas tuvieron lugar a finales de los años setenta y en los ochenta, así como la generalización de la enseñanza secundaria. El estado de bienestar se implantó en el medio rural. Urbanísticamente el pueblo creció a partir de los años 80, ampliándose en nuevas calles.

Población y economía