El Segundo arbitraje de Viena consistió en un acuerdo territorial alcanzado por mediación y presión alemana entre Hungría y Rumanía que dividió entre ellas la región de Transilvania, perdida por la primera tras la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Trianon y que había pertenecido a la segunda durante el periodo de entreguerras. Mediante el arbitraje, Rumanía fue obligada a devolver la zona septentrional de Transilvania a Hungría en el verano de 1940, pero no se puso fin a la disputa territorial entre ambos países acerca de esta región, que continuó durante todo el periodo bélico.

La Primera Guerra Mundial había privado a Hungría de gran parte del territorio que había tenido durante el periodo austrohúngaro; entre las zonas arrebatadas por los países vecinos se encontraba Transilvania. Rumanía, por el contrario, se vio favorecida por el reparto territorial estipulado en los acuerdos de paz firmados en Versalles. La satisfacción rumana por la notable ampliación de su territorio produjo preocupación por su conservación durante el periodo de entreguerras y un acercamiento del país a las potencias vencedoras de la guerra mundial, consideradas valedoras de la Europa de Versalles. Hungría, por el contrario, mantuvo una intensa posición revisionista para lograr la recuperación parcial o total de las regiones perdidas.

La llegada al poder de Hitler en 1933 y el crecimiento del poder de las dos potencias fascistas —opuestas a las disposiciones de Versalles— parecieron favorecer a las naciones insatisfechas con las disposiciones de posguerra, pero, en realidad, estos anhelos de cambios territoriales solo fructificaron a final de la década, con el desmembramiento de Checoslovaquia entre 1938 y 1939, que le permitió a Hungría recuperar parte de Eslovaquia y Rutenia. A pesar de la creciente tensión en la zona, Hungría no logró concesiones en Transilvania con el estallido de la guerra mundial.

Solo con la crisis rumano-soviética de principios del verano de 1940, en la que Stalin aprovechó las campañas alemanas en Europa occidental para ocupar las repúblicas bálticas y obtener Besarabia y Bucovina, Hungría —junto con Bulgaria, que también albergaba deseos territoriales a costa de Rumanía— pudo lograr atención a sus reivindicaciones. Los dos países que se disputaban Transilvania solicitaron, en vano, la mediación de las potencias del Eje. Estas recomendaron conversaciones bilaterales entre los países en conflicto, que tuvieron lugar a mediados de agosto, pero no llegaron a ningún resultado. Temiendo un enfrentamiento bélico que le privase del petróleo y demás materias primas rumanas y de los Balcanes y una posible ocupación soviética del país, Hitler convocó a las dos naciones a un arbitraje en Viena a finales de mes.

El 30 de agosto, en el Palacio Belvedere de Viena, los ministros de Asuntos Exteriores alemán e italiano impusieron un arbitraje que dividió la región en disputa en dos partes aproximadamente iguales. El reparto no solucionó la rivalidad de los dos países por la posesión de Transilvania ni eliminó el problema de las minorías, que continuaron durante toda la guerra, pero sí sometió a ambos a Alemania, verdadera beneficiaria de la crisis. Tras la derrota del Eje, las fronteras del arbitraje fueron eliminadas y se volvió al trazado anterior, lo que permitió a Rumanía recuperar el control de la región.

Antecedentes La disputa por Transilvania El ascenso del Tercer Reich y la Italia fascista de Mussolini permitió a los dirigentes húngaros albergar esperanzas de un cambio en la situación plasmada en el Tratado de Trianón y en 1936 comenzaron a recabar el apoyo italoalemán para sus ambiciones territoriales. Al principio, la respuesta del Eje Roma-Berlín a las aspiraciones húngaras fue vaga: se limitaron a reconocer su derecho a lograr cierta revisión de tratados, pero sin comprometerse a respaldar un cambio inmediato de las fronteras europeas. Alemania aconsejaba concentrar las reivindicaciones territoriales en Checoslovaquia, que controlaba regiones secundarias para el Gobierno húngaro, mientras se negaba a respaldar posibles exigencias a Rumanía. La posición italiana, por el contrario, era más favorable a los deseos húngaros, pero Roma rechazaba que el gobierno magiar resolviese por la fuerza el conflicto territorial.

Pérdidas territoriales húngaras por el Tratado de Trianon de 1920. Los sucesivos Gobiernos húngaros del periodo de entreguerras centraron su política exterior en la recuperación de estos territorios.|thumb|right|upright=1.6 Los húngaros abandonaron temporalmente sus actividades para lograr una recuperación inmediata de Transilvania y se concentraron en la mejora de la situación de la minoría magiar en Rumanía y en la aceptación por parte de la Pequeña Entente del derecho húngaro a rearmarse. Como a finales de 1937 Berlín seguía indicando que Budapest debía esperar a una generación futura para poder tratar el problema transilvano y centrarse en las reivindicaciones con Checoslovaquia, la política exterior húngara de 1938 se dividió en dos facetas: la utilización del apoyo alemán contra los checoslovacos, y utilizar el apoyo italiano, más favorable acerca de Transilvania, contra Rumanía.

Las conversaciones bilaterales magiaro-rumanas de mayo de 1938 se limitaron a tratar ciertos asuntos relativos a las minorías. La visita del primer ministro húngaro Béla Imrédy a Mussolini en el verano no le sirvió más que para obtener vagas promesas de apoyo del Duce, pero ningún resultado concreto. La agudización de la crisis checoslovaca a finales del verano, sin embargo, hizo que comenzase una nueva etapa para el revisionismo húngaro, en la que se veía posible la consecución parcial de sus ambiciones territoriales. El deseo de Hitler de utilizar las reivindicaciones húngaras contra Checoslovaquia le hizo más receptivo a las exigencias de Budapest, aunque a la vez Göring aseguraba al embajador rumano que Alemania no deseaba un reforzamiento excesivo de Hungría. Tras la firma de los Acuerdos de Múnich, sin embargo, Alemania trató de limitar la entrega de territorios a Hungría y de hacer que Budapest tuviese que lidiar por su cuenta con el régimen de Praga. Los alemanes se avinieron a participar en un primer arbitraje en Viena entre los dos países para solucionar la disputa territorial a comienzos de noviembre, únicamente como consecuencia de la insistencia italiana. El arbitraje no solo no mejoró las relaciones entre el Eje y Hungría, privada de Rutenia y limitada en sus ansias de expansión tras la independencia de Eslovaquia bajo auspicio alemán, sino que hizo temer a los políticos moderados húngaros que el país pudiera perder su independencia y quedar sometido a las potencias del Eje. En efecto, los deseos revisionistas húngaros sometieron cada vez más la política exterior de Budapest a la tutela alemana.

La «Gran Rumanía» surgida de la Primera Guerra Mundial, con numerosas minorías, entre ellas la magiar y la minoría alemana de Transilvania.|thumb|left|upright=1.6 A comienzos de 1939, la actitud del Eje seguía siendo contraria a una solución por la fuerza del conflicto sobre Transilvania, única manera para modificar la situación existente en opinión de los Gobiernos de Alemania e Italia. Interesadas en las materias primas rumanas y satisfechas con la transformación autoritaria de la política interior del país que podría conducir a un acercamiento al Eje, las dos naciones no deseaban avivar el conflicto por la región en disputa. Los alemanes étnicos de Rumania, por su parte, se oponían al revisionismo húngaro.

En el noreste, por el contrario, Hungría pudo ocupar finalmente Rutenia entre el 15 y el 16 de marzo de 1939 durante el desmembramiento final de Checoslovaquia. La toma de la región precedió a la reaparición inmediata de las declaraciones revisionistas sobre Transilvania. El gobierno húngaro dirigido por Teleki despreció la garantía fronteriza francobritánica otorgada en abril a Rumanía. A pesar de las declaraciones belicosas y de movilizar parcialmente al Ejército húngaro, Teleki mantuvo su promesa al Eje de no enfrentarse a Rumanía y retomó las conversaciones bilaterales con Bucarest en agosto. Las autoridades húngaras rechazaron la propuesta rumana de firmar un tratado de protección de las minorías y de no agresión, ya que deseaban que el acuerdo incluyese cesiones rumanas de territorio.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial perjudicó la posición magiar; Budapest se negó a participar en el ataque alemán a Polonia, al ser el gobierno de Varsovia un tradicional aliado. A los pocos días del comienzo del conflicto, tanto Alemania como Italia habían indicado claramente a los húngaros su oposición a un posible ataque húngaro a Rumanía a causa de Transilvania. Poco después las autoridades húngaras se comprometieron formalmente a no agredir a Rumanía sin el consentimiento alemán. En realidad, Hungría no contaba con la fuerza bélica suficiente para enfrentarse al país vecino, a pesar de sus declaraciones amenazantes. Quedó clara la voluntad alemana de no permitir cambios territoriales contrarios a sus intereses en el sudeste europeo, la involucración del Eje en la disputa transilvana y la subordinación de la política exterior húngara al Eje. Los dirigentes húngaros, por su parte, se dividían entre aquellos que veían como esencial una estrecha colaboración con el Reich para lograr la recuperación de los territorios perdidos, y los que creían que Alemania acabaría por perder la guerra y que los cambios fronterizos llegarían al final de la contienda.

A finales de 1939 y comienzos de 1940, no obstante, creció la tensión entre los dos países debido a la movilización militar parcial. En Transilvania, medio millón de civiles y militares comenzaron la construcción de una línea fortificada para impedir una posible invasión húngara. Los húngaros, por su parte, continuaban preparando el asalto militar a Transilvania y las actividades diplomáticas para justificarlo. La extrema derecha húngara acusaba al Gobierno de Teleki de pasividad. Los medios de comunicación de ambos países se concentraron en la disputa por Transilvania y se publicaron amplias defensas de los puntos de vista de las dos naciones, con un objetivo propagandístico especialmente dirigido a convencer a italianos y alemanes.

El revivir del revisionismo búlgaro sobre la Dobruya, fomentado por Alemania, y el de la URSS sobre Besarabia, debilitaron la posición rumana a comienzos de 1940; el régimen del rey CarolII no había logrado el apoyo de la población y se enfrentaba a una dura oposición de la izquierda y de la extrema derecha, en parte por las dificultades económicas causadas por la movilización parcial. El aumento de la tensión entre Budapest y Bucarest creció durante la primera mitad de año, azuzada por la ambigüedad alemana hacia los dos países. Alemania continuó vendiendo armamento a las dos partes y obteniendo a cambio importantes materias primas, mientras mantenía el equilibrio militar entre los dos adversarios. Mientras, Mussolini seguía sin aportar un apoyo efectivo a las ambiciones húngaras.

Aprovechando la necesidad rumana de armamento y de ganarse la benevolencia alemana, Berlín logró la firma de un nuevo acuerdo económico muy favorable con Bucarest el 29 de mayo de 1940. Para lograr el apoyo de las potencias del Eje a su posición respectiva, tanto Hungría como Rumanía realizaron crecientes concesiones económicas y políticas a Berlín y Roma; la derrota militar francesa en mayo de 1940 alarmó a la élite política rumana que aún contaba con la garantía militar francobritánica para salvaguardar las ganancias territoriales obtenidas en 1919, pero al ser vencida Francia los políticos rumanos —incluyendo al rey Carol— buscaban un acelerado "acercamiento" con el Eje italoalemán y se mostraban dispuestos a toda posible concesión.

Ultimátum soviético y pérdida de Besarabia y Bucovina