thumb|La Porta Maggiore de Roma. Grabado de Giovanni Battista Piranesi (1780). La caída del Imperio romano es un concepto historiográfico que hace referencia al fin del Imperio romano de Occidente, cuyo último emperador efectivo, Rómulo Augústulo, fue depuesto en 476 por el caudillo hérulo Odoacro, empleado al servicio de Roma.
La caída del Imperio romano, a menudo unida a la idea de su «decadencia», es una de las cuestiones más debatidas y estudiadas de la Historia. Es considerada por algunos como «el mayor enigma de todos», y ha sido uno de los ejes del discurso histórico clásico desde Agustín de Hipona. La ruina de la «Roma eterna» ha perdurado como el paradigma por excelencia del agotamiento y muerte de las civilizaciones, y ha sido interpretada como el precedente y anuncio del fin del mundo o, al menos, de la civilización occidental. Los siglos y han visto multiplicarse el interés por este problema histórico, debido probablemente al hecho de que la civilización contemporánea tiene algunos rasgos comunes con la de la Antigüedad Tardía, y a que la cultura occidental está en un período de transición, como la Roma de los siglos y .(Blázquez 1973: 113).
La historiografía ha oscilado entre una interpretación minimalista (la interrupción de la serie de emperadores en la parte occidental del Imperio) y una maximalista (el hundimiento de una civilización y el quiebro de una historia del mundo dividida en dos etapas: una antigua-pagana y otra moderna-cristiana). De igual modo, de un extremo al otro del espectro de teorías propuestas, se ha considerado el proceso como una larga transformación debida a fenómenos endógenos (la «decadencia») o un derrumbamiento repentino por causas fundamentalmente exógenas (la «caída»). En concreto, el término decadencia y caída hace referencia a la obra del historiador inglés Edward Gibbon, quien, sin ser el primero en abordar el tema, en el renovó el análisis del período tardorromano.
En la actualidad se valoran tanto los problemas internos como las consecuencias de la irrupción de los germanos en el Imperio. La concepción "continuista", por su parte, defiende la pervivencia hasta época carolingia —a pesar de las invasiones y violencias— de las estructuras político-económicas fundamentales y de la concepción del poder del mundo tardorromano. Ya sugerida por el historiador belga Henri Pirenne, esta corriente "continuista" tendría su mayor exponente en Peter Brown con su obra El mundo en la Antigüedad tardía, publicada en 1971 y que tuvo un enorme impacto en el mundo académico anglosajón. También se puede citar a Walter Goffart, de la Universidad de Toronto, al británico Peter Heather, y en su caso más extremo en la muy criticada corriente fiscalista al francés Jean Durliat. Un ejemplo serían las palabras del profesor Gonzalo Fernández Hernández, de la Universidad de Zaragoza:
Por otra parte, sigue habiendo quienes defienden una visión más «catastrofista» y acorde a la concepción tradicional de este problema histórico, tal es el caso del arqueólogo británico Bryan Ward-Perkins. De igual modo, hay diferencias entre quienes ponen el acento en el carácter romanista endógeno de las transformaciones (como Goffart), y quienes por el contrario apuntan hacia el carácter germanista exógeno (como el austriaco Walter Pohl).
Fuentes
Fuentes literarias En abierta contraposición respecto al , las fuentes históricasEl historiador francés Marc Bloch, miembro de la Escuela de los Annales, defendía que «todo libro de historia digno de este nombre debería incluir un capítulo o, si se prefiere, insertar en los puntos esenciales del desarrollo, una serie de párrafos titulados “¿Cómo puedo saber lo que voy a decir?”». En este sentido, y dado que la Historia se redacta basándose en fuentes susceptibles de interpretación, la veracidad y fiabilidad de éstas han de ser analizadas previamente.Apologie pour l'histoire ou métier d'historien. París, 1949, p.30. disponibles para el período del en adelante son extremadamente ricas y variadas, de tal forma que sobrepasan incluso a la época de Cicerón, y hace de este uno de los períodos mejor documentados de la historia romana, a pesar de la pérdida de algunos textos como, por ejemplo, la Enmannsche Kaisergeschichte. Desgraciadamente, la historia romana es ante todo una historiografía limitada a lo político y lo militar, una historia fundamentalmente narrativa. Es decir, composiciones integradas por afirmaciones factuales, sosteniéndose cada hecho enunciado en otro, y el conjunto aparece como una red de unidades enunciativas cohesionadas entre sí.
Además de las obras de estricto carácter historiográfico (Amiano Marcelino, Aurelio Víctor, Zósimo, Hidacio, Jordanes, etc.), lírico (Panegíricos latinos, Rutilio Namaciano), epistolar (Símaco, Sidonio Apolinar) o biográfico (hagiografías varias), por añadidura, es esta la época de los grandes autores cristianos, tanto latinos (Jerónimo, Ambrosio, Agustín, Salviano de Marsella) como griegos (Basilio de Cesárea, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo). Todos ellos son continuadores de la tradición clásica, y por lo general también son de igual modo «tendenciosos». Las obras tanto de paganos como de cristianos tienen intencionalidades manifiestas, y dan lugar a interpretaciones muy variadas.La Historia de Occidente ha sido construida y redactada con documentos. El redactar una historia crítica supone la existencia de documentos neutros, cuya meta primitiva no haya sido la información histórica. Con respecto al período republicano, el Bajo Imperio presenta una inmensa cantidad de material, aunque la epigrafía sea mucho menor que la altoimperial.
El panorama administrativo puede seguirse a través de los pocos documentos conservados de la alta administración imperial: el Laterculus Veronensis y el Laterculus de Polemio Silvio, ambos listas de provincias del Imperio ordenadas por diócesis; las inscripciones honoríficas ordenadas por los gobernadores provinciales, que recogen nombres, títulos, cargos y fechas; y la Notitia Dignitatum, un registro de cargos, oficiales, subalternos y unidades militares a disposición de la administración central y provincial distribuidos por ambas partes del Imperio.
El Codex Theodosianus y el Corpus Iuris Civilis, las recopilaciones legislativas de los emperadores Teodosio II (408-450) y Justiniano (518-565) representan un sumario precioso del material jurídico de la época imperial, al igual que la epigrafía que contienen leyes imperiales, edictos, decretos, cartas, diplomas militares (decretos de baja), decretos senatoriales, inscripciones de municipios, de colegios, inscripciones privadas, etc.
Un importante material documental se puede encontrar también en los papiros egipcios de la época imperial, en especial los procedentes de Oxirrinco; aunque la inmensa mayoría se refieren solo a su zona de localización y no son extrapolables, entre ellos se ha hallado documentos de gran importancia, como por ejemplo una copia de la Constitutio Antoniniana de Caracalla.
Las monedas constituyen otra fuente original muy importante.Burnett, Andrew (1987): Coinage in the Roman World. Londres: B. A. Seaby Ltd ISBN 0 900652 85 3
Fuentes arqueológicas La reciente incorporación de la arqueología ha permitido desterrar varios mitos asentados en la historiografía tardorromana. La gran crisis del se superó con una rapidez asombrosa en el , que fue un período no de decadencia, sino de recuperación generalizada e incluso de gran prosperidad en algunas zonas, a pesar de los problemas del latifundismo, la presión fiscal, la inflación o la polarización social. Las invasiones germánicas, sin dejar de ser violentas y traumáticas, no lo fueron tanto como para destruir completamente la civilización romana. La arqueología demuestra además que los pueblos germánicos eran completamente sedentarios:
Otro aspecto de capital importancia evidenciado por el registro arqueológico es que la «decadencia y caída» no fue un fenómeno homogéneo y común a todo el Imperio. Algunas regiones efectivamente declinaron, pero otras no. Hispania, la Galia, Iliria, Grecia y las zonas del limes danubiano, escenario de numerosos conflictos, fueron los territorios más afectados por las guerras entre romanos y por las invasiones bárbaras. En Italia, tras los saqueos de Alarico y Atila, hay una continuidad hasta el , alcanzando la cúspide de su prosperidad con el rey ostrogodo Teodorico el Grande, para decaer y no recuperarse hasta la Plena Edad Media, a causa de la Guerra Gótica y las invasiones lombardas.
Un hito de gran importancia es que las excavaciones patrocinadas por la Unesco en el norte de África han revelado la pervivencia de la prosperidad africana durante el reino vándalo, y un verdadero «renacimiento bizantino» tras las dificultades del reinado de Justiniano, alcanzando un nivel de prosperidad comparable al de comienzos del , para ser definitivamente arrasado por la invasión musulmana, que fue extremadamente cruenta en la zona y que en el transcurso de cuarenta años de luchas destruyó todas las grandes ciudades (Cartago, Susa, Hadrumeto, Hipona, Leptis, etc.).
Otro tanto ocurriría en las islas mediterráneas, en especial Sicilia, que a pesar de la irrupción de los vándalos se mantuvo prácticamente al margen de toda invasión hasta la llegada de los musulmanes. Las excavaciones revelan por último que Siria y Palestina alcanzaron probablemente su máxima prosperidad en los siglos y , pese a los terremotos y a las devastaciones de Cosroes I en el reinado de Justiniano; esta prosperidad se mantuvo hasta el , decayendo con rapidez a causa de las invasiones persas.
El debate historiográfico: «caída» frente a «transformación»; «decadencia» frente a «continuidad»
Edward Gibbon, El declive y la caída (1776-1788) thumb|Retrato del británico Edward Gibbon autor de History of the Decline and Fall of the Roman Empire, comenzada a publicar en 1776. Fue la obra que estableció los términos del debate posterior sobre el fin del Imperio romano de Occidente. En la época moderna la obra del británico Edward Gibbon History of the decline and fall of the Roman Empire, comenzada a publicar en 1776, fue la que estableció los términos del debate posterior sobre el fin del Imperio romano de Occidente. Según Gibbon el mundo romano vivió una progresiva crisis —de disolución de la virtus y de la libertas— en la que el triunfo del cristianismo, «la religión de la barbarie», desempeñó un papel determinante, y esa «decadencia» es la que le llevó inexorablemente a su «caída». Gibbon escribió:
Esta interpretación ya había sido expuesta de forma no tan minuciosa ni erudita por Montesquieu cincuenta años antes en su ensayo Consideración sobre las causas de la grandeza de los Romanos y de su decadencia (1734). Para el filósofo francés la causa de la «decadencia» habría sido la pérdida de la virtus de los tiempos de la República y la aceptación de la tiránica monarquía teocrática. Asimismo Voltaire en su Essai sur les moeurs et l'esprit des nations (1756) se había ocupado del tema y había señalado dos culpables de la «caída de Roma»: en el interior, el cristianismo; en el exterior, los bárbaros. También habían tratado la cuestión el historiador católico del César Baronio y el del Louis-Sébastien Le Nain de Tillemont, así como Charles Le Beau en su L'Histoire du Bas Empire (1750). De todos ellos tomó Gibbon muchas ideas.
En realidad la noción de la «decadencia» no era una invención de los autores modernos. Los antiguos, tanto «paganos» (Eunapio de Sardes, Zósimo) como cristianos (Bardesano de Edesa, Cipriano de Cartago), ya habían utilizado ese término u otro similar. Vegecio, contemporáneo de la «caída», en su obra Epitoma rei militaris mostraba su nostalgia por las glorias pasadas y lamentaba el abandono en el que se encontraba el ejército en su tiempo. Proponía el resurgir de este, poniendo especial énfasis en la necesidad de disciplina y entrenamiento: