Parerga y paralipómena. Escritos filosóficos menores (Parerga und Paralipomena. Kleine philosophische Schriften, en el original alemán) es el título de la última obra que escribió el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860). Fue publicada por primera vez a finales de 1851, convirtiéndose, en poco tiempo, en el primer libro de su autor que tuvo auténtica repercusión, lo que hizo de Schopenhauer el filósofo de moda, otorgándole la fama que durante la mayor parte de su vida le había sido esquiva.
El biógrafo de Schopenhauer, Rüdiger Safranski, presenta la obra de este modo:
En su presentación de la edición separada del tercer opúsculo del primer tomo, Sobre la filosofía universitaria, escribe Francesc Jesús Hernàndez i Dobón:
Una edición ampliada apareció en 1862, póstumamente, preparada por Julius Frauenstädt, discípulo de Schopenhauer. Todas las ediciones modernas se basan en ésta, aunque en algunos casos con ampliaciones menores adicionales.
El título del libro hace referencia, mediante dos palabras griegas, a la clase de materiales que contiene: en efecto, el primer volumen recoge seis «obras accesorias» (Nebenarbeiten) u opúsculos, los Parerga, mientras que el segundo reúne, distribuidos en 32 capítulos, los Paralipomena, palabra que viene a traducirse como «suplementos» o «apéndices». Algunos editores subrayan expresamente esta división.Así lo hace W.F. von Löhneysen en su edición de las obras completas de Schopenhauer (véase sección «Bibliografía»): en el vol. IV de su edición, p. 5, se titula Parerga al Tomo I, y en el vol. V, p. 5, Paralipomena al Tomo II. Para esta división, Löhneysen se apoya en un esbozo de prólogo redactado por Schopenhauer en 1845, que se reproduce en el vol. IV (edic. cit.), p. 595.
Objetivos de la obra y circunstancias de su publicación miniaturadeimagen|303x303px|Fotografía coloreada de Schopenhauer, realizada en 1859 por Johann Schäfer.Cf. W. Abendroth, Arthur Schopenhauer, Reinbek bei Hamburg, Rowohlt Taschenbuch Verlag, 1967, 1993 (16ª edic.) {ISBN 3 499 50133 3}, p. 121. A pesar del fracaso editorial y académico de todas sus obras anteriores, Schopenhauer nunca dejó de creer en el futuro reconocimiento al que su obra estaba destinada. Una vez realizada la reedición de su obra capital, El mundo como voluntad y representación (1844, con un segundo tomo adicional de «Complementos»), así como la reedición de la obra que supuso la «introducción» a su sistema: Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente (1847; la primera edición se había realizado en 1813), y completada así la edición de sus obras doctrinales fundamentales, concibió la redacción de un libro donde reunir opúsculos que no habían tenido cabida en las citadas obras principales, escritos con un estilo más popular, que favoreciese la divulgación de su filosofía. En sus propias palabras, la obra era «más popular, sin comparación, que todo lo anterior» y presentaba su «filosofía para el mundo».Carta a Brockhaus del 26 de julio de 1850, en: Gesammelte Briefe. Herausgegeben von Arthur Hübscher. 2., verbesserte und ergänzte Ausgabe. Bonn, Bouvier, 1987 {ISBN 3-416-01901-6}, pág. 244 (en adelante se citará como GBr). Citado en Safranski, 450.
Schopenhauer escribió a su antiguo editor, Brockhaus, el 26 de julio de 1850 ofreciéndole la obra con vistas a su publicación. Brockhaus, escarmentado por los fracasos de las dos ediciones de Die Welt als Wille und Vorstellung (1819 y 1844),Cf. Safranski, 447. rechazó la propuesta. Después de que otras editoriales hicieran lo mismo, el «apóstol» de Schopenhauer, Julius Frauenstädt, halló una librería berlinesa, A.W. Hayn, dispuesta a publicar los dos gruesos tomos del libro, que finalmente se publicó en noviembre de 1851.Safranski, 450s.
Tras la muerte del filósofo, la misma editorial publicó en 1862 la segunda edición de Parerga und Paralipomena, preparada por J. Frauenstädt, con el subtítulo «segunda edición, mejorada y aumentada a partir del legado manuscrito del autor».
Contenido: Tomo I miniaturadeimagen|Primera edición de Parerga y Paralipómena El primer tomo, además de un breve «Prólogo» general a la obra, fechado en diciembre de 1850, consiste en seis opúsculos independientes entre sí (sin numerar), en el siguiente orden: «Esbozo de una historia de la doctrina de lo ideal y lo real», «Fragmentos para la historia de la filosofía», «Sobre la filosofía de universidad», «Especulación trascendente sobre la aparente intencionalidad en el destino del individuo», «Ensayo sobre la visión de espíritus y lo que con ella se relaciona» y «Aforismos sobre la sabiduría de la vida».
El lema del libro es una cita clásica de Juvenal: Vitam impendere vero («dedicar la vida a la verdad», Sátiras, IV, 91).
El «Prólogo» (Vorwort) describe muy brevemente la naturaleza del libro, consistente en «algunos tratados sobre temas particulares, muy heterogéneos» y «pensamientos sueltos sobre objetos aún más diversos» que no tenían cabida en las «obras sistemáticas más importantes», y la clase de lectores a los que se dirige: ante todo, el libro ha de aportar un complemento a aquellos que ya conocen las obras previas del filósofo, pero también será accesible a quienes no están familiarizados con ellas.Parerga und Paralipomena, I, p. VII. En adelante se citarán los dos tomos según las abreviaturas P I y P II remitiendo a la paginación de la edición de A. Hübscher (ver bibliografía), en la que respectivamente corresponden a los volúmenes V y VI. La traducción de Trotta reproduce esta paginación en los márgenes de las páginas, junto al texto.
«Esbozo de una historia de la doctrina de lo ideal y lo real» En el primer opúsculo de los Parerga («Skizze einer Geschichte der Lehre vom Idealen und Realen»), Schopenhauer expone su visión de la historia del problema de la «cosa en sí » de Kant en la filosofía moderna, remontándolo a la duda sobre la realidad del mundo externo planteada por Descartes, «padre de la filosofía moderna».P I, p. 3. El problema, según Schopenhauer, consiste en
Recuperando una terminología empleada con anterioridad por Schelling, Schopenhauer designa como «lo real» esas presuntas cosas independientes de nuestro modo de conocimiento, mientras que lo «ideal» son las cosas tal como las conocemos (representaciones, fenómenos). Conforme a esta terminología, escribe:
Planteada la cuestión, Schopenhauer pasa a exponer de forma resumida las aportaciones de diversos filósofos al problema a lo largo de los dos últimos siglos. Tras una breve referencia a posibles anticipos del mismo en la antigüedad (en concreto, remite a Plotino), comienza por Descartes, que, con su dubito, cogito, ergo sum («dudo, pienso, luego soy»)R. Descartes, Principia philosophiae, I, 7. Citado en P I, p. 4. subrayó «la certeza única de la conciencia subjetiva, en oposición a la [certeza] problemática de todo lo demás».P I, p. 4. Sin embargo, Descartes terminó admitiendo un acceso del conocimiento a lo real en sí, garantizado por la existencia de Dios. Con todo, aún retuvo la diferencia entre la inmediatez del conocimiento del sujeto y la mediatez del conocimiento de los objetos externos, al establecer un dualismo entre la «cosa pensante» (res cogitans) y la «cosa extensa» (res extensa).
Inicialmente fueron estas soluciones las que otros filósofos quisieron modificar: Schopenhauer presenta en primer lugar a Malebranche, con su teoría de las «causas ocasionales» y la idea de que «vemos todas las cosas inmediatamente en Dios», teorías mediante las cuales el filósofo francés explica la posibilidad de acceder a los objetos reales como tales.P I, p. 5 El sistema de la armonía preestablecida y la monadología de Leibniz surgieron, según Schopenhauer, como respuesta a las ideas de Malebranche. Leibniz establece con aquel sistema dos mundos diferentes opuestos, incapaces de obrar el uno sobre el otro, pero que marchan armónicamente porque Dios lo estableció así.P I, pp. 6-8.
Después de criticar el «monstruoso absurdo» sentado por Leibniz,P I, p. 8. Schopenhauer presenta la solución de Spinoza, quien quiso eliminar el dualismo cartesiano afirmando que la res extensa y la res cogitans eran una única sustancia, considerada desde diferentes puntos de vista. Y, así, escribió Spinoza: ordo et connexio idearum idem est ac ordo et connexio rerum («el orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas»).Spinoza, Ethica, II, prop. 7. Citado en P I, p. 7, nota, y p. 10. De esta manera se garantizaría el acceso del conocimiento a lo real. Ahora bien, Schopenhauer, partiendo de los resultados de la filosofía kantiana, critica en la solución de Spinoza el erróneo presupuesto de identificar las «cosas extensas» (los objetos de la percepción sensible) con las «cosas en sí mismas» independientes de nuestro modo de conocerlas. En efecto, la extensión no es lo opuesto a la representación, sino que cae dentro de ella; la verdadera cuestión es la de si existe algo independiente de nuestro representar.P I, pp. 8-14.
George Berkeley, dándose cuenta de aquel error, estableció un radical idealismo, al reducir los objetos extensos a representaciones («ideas», en su terminología) y negando el supuesto (lockeano) de una «materia» incognoscible como sustrato de aquellos. Para Berkeley, todo se reduce a «espíritus» (es decir, sujetos cognoscentes y volentes) e «ideas» (esto es, representaciones en general: percepciones, conceptos, etc.). Sin embargo, de nuevo admitió la figura de Dios como garante de la coherencia de las ideas de los diferentes espíritus y causa última de las ideas en general.P I, pp. 14s.
Anterior a Berkeley, John Locke se aferró al «sano, pero rudo entendimiento» para sostener su postura realista. Aunque Schopenhauer rechaza los argumentos de Locke en defensa de tal postura, superada por Berkeley, aplaude la distinción que hizo entre «cualidades primarias» y «cualidades secundarias». Para Locke, las cualidades primarias de las cosas son aquellas que el pensamiento no puede eliminar: extensión, impenetrabilidad, figura, movimiento o reposo y número. Las cualidades secundarias son el producto o efecto de las cualidades primarias sobre nuestros sentidos: color, sonido, gusto, etc. y son de origen y naturaleza subjetiva, mientras que las primarias son reales.P I, pp. 15-19.
David Hume puso en entredicho la validez de la ley de causalidad, a la que apelaba Locke para determinar lo real (causa de lo subjetivo, la representación). El escepticismo de Hume dio ocasión a las reflexiones de Immanuel Kant con las que quedaron superados los puntos de vista anteriores. Las que Locke llamaba cualidades primarias, el espacio, el tiempo, así como las categorías (causalidad, cantidad, sustancia...), precisamente por esa característica de no poder ser «eliminadas» con el pensamiento, por ser universales y necesarias, Kant las determinó como formas a priori del conocimiento, que hacen posible la experiencia en general. De este modo, también ellas eran de naturaleza y origen subjetivo. Como resultado, no conocemos en absoluto las cosas tal como son en sí mismas (sino solamente sus «fenómenos» o «manifestaciones», Erscheinungen) y lo real (la «cosa en sí») queda, para Kant, como una mera X, inaccesible.P I, pp. 17s y 19s.
Concluyendo la historia del problema de lo real y lo ideal, Schopenhauer se ubica a sí mismo en dicha historia como aquel filósofo que, admitiendo los resultados de la filosofía de Kant, ha sabido hallar una vía de acceso a la «cosa en sí», no, como hasta entonces se había hecho, buscándola en la representación (los objetos), sino buscándola en aquel que representa, el sujeto, en aquello que hay en él que no es, precisamente, representación: y tal es, en efecto, la voluntad.P I, pp. 20s.