thumb|250px|Urna con las reliquias de San Juan Bautista de La Salle en la casa generalicia de los FSC en Roma. thumb|250px|Relicarios en la Iglesia de San Pedro, Ayerbe, España. thumb|250px|Relicario con bordados. thumb|Reliquia de Santa María Magdalena en la Catedral de Orense. En la Iglesia católica, se llama reliquias a los objetos asociados a la vida y pasión de Cristo, los cuales son los más apreciados, así como a los restos de los santos después de su muerte. En un sentido más amplio, una reliquia constituye el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido, aunque sean muy pequeñas. Las reliquias también designan a los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido al santo en cuestión o haber estado en contacto con él, considerados dignos de veneración.
El culto a las reliquias se remonta a los principios del cristianismo: como consecuencia de las persecuciones comenzaron a conservarse y a tenerse en gran estima los objetos relacionados con los que habían muerto por la fe. Ejemplo de ello, San Ambrosio () recogió estos objetos después de la muerte de los santos Vital y Agrícola en su patíbulo en Bolonia y los llevó a la iglesia de Santa Juliana de Florencia. Los primeros restos recogidos de los que se tiene noticia (y documentación a través de los siglos) son los de san Esteban, primer mártir de la Iglesia católica. Agustín de Hipona da noticia en sus escritos sobre una de las piedras con que lapidaron a Esteban que fue llevada a Ancône (Francia), y que contribuyó a extender el culto y la devoción hacia este santo. En los Museos Vaticanos se conservan muchas reliquias de este tipo.
El culto a las reliquias ha sido un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural. Representó una forma de piedad popular especialmente arraigada en la Edad Media, cuando el prestigio de los templos llegó a medirse en función de la riqueza de los relicarios que albergaban, y constituyó un motor importante de las peregrinaciones. Las reliquias poseían para los fieles cualidades taumatúrgicas o «milagrosas», por lo que eran muy codiciadas y esto, unido a razones económicas y políticas, desató «una verdadera fiebre» en la época medieval. Todo ello condujo a que se dieran con frecuencia falsificaciones, engaños, y conductas supersticiosas. Fenómenos sociales como las Cruzadas o las peregrinaciones a Tierra Santa y a otros santuarios facilitaron el incremento del número de reliquias en Occidente. Durante la Baja Edad Media se intensificará todavía más este culto a las reliquias.
Los cuerpos como reliquia thumb|right|250px|La Santa Diestra (mano derecha) del rey San Esteban I de Hungría (975-1038), custodiada en la Basílica de San Esteban en Budapest, Hungría. miniaturadeimagen|Cráneos en el relicario de la catedral de Hasselt (Bélgica). Los cuerpos de los mártires llegaron a ser tan preciados y dignos de veneración para aquellos primeros cristianos, hasta el punto de exponer muchas veces su propia vida, precipitándose en la arena de los anfiteatros para recogerlos. Recogían asimismo la sangre derramada, empapándola en esponjas, paños o cualquier otra materia absorbente. Esta reliquia era llamada sangre de los mártires.
Otra manera de obtener estas reliquias era mediante la compra, generalmente pagando en plata. Una vez obtenidas de una forma o de otra las preparaban con perfumes y ungüentos y las envolvían en ricos tejidos, sobre todo en dalmáticas enriquecidas con oro y púrpura. Muchas de estas reliquias de cuerpo entero se encuentran todavía en las catacumbas, en lugares especiales para su enterramiento llamados loculi. Una vez envuelto el cuerpo en la dalmática buscaban un enterramiento digno y lo decoraban, convirtiéndolo en santuario para sus oraciones.
El culto a las reliquias estaba totalmente arraigado en este periodo de los mártires y las persecuciones a los cristianos. El cuerpo de un santo como reliquia llegó a ser indispensable para presidir las asambleas. Las personas particulares también hacían lo imposible por conseguir una reliquia. Se llegaba a pagar por el cuerpo de un mártir sumas considerables. Así lo hace constar Baronio en sus notas al Martirologio romano cuando dice: Christianos consuevisse redimere corpora sanctorum ad sepeliendum ea, acta diversorum matyrum saepe testantur ("Los cristianos acostumbraban recuperar los cuerpos de los santos para darles sepultura, dando fe de los hechos de los distintos mártires").
La adquisición de una reliquia fue motivo en más de una ocasión de altercados, incluso combates, entre distintas ciudades que se la disputaban. Así ocurrió en Francia, entre los habitantes de Poitiers y los de Tours, que mantuvieron una larga reyerta por la posesión del cuerpo de San Martín.(Greg. Turon. Hist. Franc. 1. I. c. 43)
Desde los comienzos del cristianismo, los restos de los mártires estuvieron ligados al sacrificio eucarístico, celebrando los misterios sobre su tumba. No se concebía un altar si no era enterramiento de un santo. En el año 269 el papa san Félix I promulgó una ley para asegurar esta costumbre. Las primeras basílicas construidas después de las persecuciones fueron erigidas encima de las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Más tarde, algunos de estos cuerpos fueron trasladados a las ciudades para depositarlos en los templos suntuosos construidos para recibirlos. Es más, el quinto concilio de Cartago decretó que no sería consagrada ninguna nueva iglesia que no tuviera una reliquia en su altar.
Se llegaron a depositar los cuerpos-reliquia en las puertas de las iglesias que los fieles besaban antes de entrar. Otro lugar donde se conservaban era en oratorios privados y a veces incluso en casas particulares.
En la segunda mitad del empezó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. Varios teólogos apoyaron la teoría de que, por pequeño que fuera el fragmento, mantenía su virtud y sus facultades milagrosas. Así las reliquias se convirtieron en instrumento de prestigio y fuente de ingresos. Todo esto favorecería el terreno artístico pues algunos autores creen que el inicio de las imágenes está precisamente en ser receptáculo para las reliquias.
A comienzos del , en el IV Concilio de Letrán, se prohibirá la veneración de reliquias sin "certificado de autenticidad"; así el comercio de reliquias, que había ido en auge en los últimos siglos (en el había surgido una asociación consagrada a la venta y regulación de reliquias), irá disminuyendo.
En este concilio se acuerda:
También hay que mencionar que actualmente, varias reliquias están extraviadas o ya no existen como las reliquias de Santa Genoveva, patrona de París, a quien Luis XV de Francia levantara una iglesia en 1764. Sin embargo en 1793 durante la Revolución francesa, el gobierno transformó esta iglesia en el Panteón, situando bustos de franceses famosos en los lugares de honor y el féretro de plata en el que reposaban sus restos fue fundido, y las reliquias quemadas y esparcidas al río Sena.
Recuperación de los cuerpos como reliquia
Una de las narraciones más antiguas sobre este tema está en las actas de la pasión del obispo de Antioquía, San Ignacio, que murió en el anfiteatro de Roma en el año 107, bajo el mandato del emperador Trajano. Fue devorado en la arena por las fieras. Los cristianos se lanzaron para rescatar los restos de Ignacio, y los envolvieron en ricos tejidos para llevarlos a su ciudad, Antioquía. Siendo emperador Diocleciano (245-313), Aglae (una mujer rica que vivía en Roma) envió a Bonifacio, su criado, a recoger los cuerpos que encontrara de los mártires para guardarlos como reliquias. Bonifacio partió llevando varias carretas, oro y tejidos preciosos. Pero Bonifacio fue detenido y ejecutado, así que los tesoros que transportó y los tejidos sirvieron para que sus amigos pudieran rescatar su propio cadáver, que fue considerado como reliquia. Parte del cuerpo de Bonifacio (también conocido como Bonifacio de Tarso, cuya festividad se celebra el 14 de mayo) se venera en la localidad valenciana de Petrel. En el , el rey de los lombardos, Luitprando desembolsó una suma considerable para hacerse con el cuerpo de San Agustín que se hallaba en poder de los bárbaros. Lo mismo ocurrió con las reliquias de San Juan Bautista, que estaban en manos de paganos comerciantes.
Reliquias por contacto No sólo era una reliquia sagrada el cuerpo entero del mártir, sino multitud de objetos grandes o pequeños que habían pertenecido al santo o habían estado en contacto con él.
Eran consideradas reliquias el aceite de las lámparas que se encendían delante de los cuerpos, así como las sábanas dispuestas sobre las tumbas, llamadas brandea. Incluso se tenía como reliquia el polvo recogido en los loculi (lugar de enterramiento en las catacumbas). Ropajes y cualquier otro objeto propiedad del mártir, incluso hilos extraídos del tejido de una prenda. En ocasiones estos objetos fueron tenidos como milagrosos en vida de sus propietarios. A San Pablo le pedían a veces su capa para la curación de algún enfermo. Instrumentos de tortura. Las cadenas con que habían sido atados en el calabozo eran una reliquia muy preciada. Según cuenta San Gregorio Magno, se distribuían las limaduras metidas en pequeñas llaves de oro. El mismo San Gregorio envió una de esas llaves a Childeberto I (511-558), rey de los francos(Epist. VI. Lib. 6) y otra a Dinamius, un ilustre patricio galo. La cruz y los clavos del mártir que moría crucificado eran muy venerados. Muchos instrumentos de suplicio fueron encontrados en las tumbas, junto al cadáver. En uno de los Museos Vaticanos se guardan un gran número de ellos. Los lugares en que los mártires habían vivido o simplemente habían pasado algún tiempo fueron tenidos como gran reliquia, por eso en muchas ocasiones se construyeron basílicas allí mismo, como ocurrió con la de Martín de Tours, construida en el lugar donde se suponía que había entregado la mitad de su capa a un pobre. El lugar preferido para levantar templos fue el sitio donde había tenido lugar la muerte, sobre todo en la ciudad de Roma.
Catálogo de reliquias relevantes Reliquias relacionadas con Jesucristo
Reliquias de la Pasión
thumb|200px|Sudario de Turín.
Cruz La Vera cruz o Lignum Crucis fue el instrumento donde Jesucristo fue crucificado. La cristiandad consideró auténtica la encontrada en Tierra Santa por santa Elena, madre del emperador Constantino I. Fracciones y astillas pertenecientes a dicha Cruz están esparcidas por toda la cristiandad, (se dice que Calvino dudando de su autenticidad, especuló que todas juntas llenarían un barco), los trozos más grandes están en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén de Roma, y en el monasterio de Santo Toribio de Liébana (España). Lanza La lanza sagrada es la que tradicionalmente se dice usó el soldado romano Longinos para atravesar el costado de Cristo. Tras muchos vaivenes, se guardó en la catedral de Núremberg. Un estudio reciente afirma que se trata de una punta de lanza del con un clavo de la época de Jesús. Cáliz El Santo Grial se define entre otras interpretaciones, como el cáliz de la Última cena (su origen también parece haber sido un cuenco donde José de Arimatea recogió la sangre del crucificado). El Santo Catino de Génova, el santo Cáliz de la Catedral de Valencia y el cáliz de León o (cáliz de doña Urraca) son los que tradicionalmente, se han disputado ser los verdaderos.