La primera guerra entre unitarios y federales en el interior se dio desde 1826 a 1827 durante la guerra del Brasil, las provincias del «Interior», es decir, las que no tenían salida al mar ni a los grandes ríos. En tres de ellas, los nombres que se dan generalmente a los partidos beligerantes eran Partido Unitario y Partido Federal. Aunque el centralismo y federalismo ya se habían enfrentado en la guerra entre Artigas y el Directorio, que había sido el inicio de las guerras civiles argentinas. Los comandantes más notables de ambos partidos en el momento de la primera guerra civil en el interior eran Gregorio Aráoz de Lamadrid, de los unitarios, y Facundo Quiroga, de los federales.
Antecedentes
Autonomías provinciales
La década de 1810 había visto a la actual República Argentina organizarse bajo distintas formas de gobierno. La última de ellas, y la más extensa, fue el Directorio, que se organizó en 1814. Pero este gobierno, de índole centralista, debió enfrentar las reacciones autonomistas de varias provincias. La más notable fue la de la Liga Federal organizada por José Artigas en las provincias del litoral fluvial, pero hubo también algunas resistencias en las provincias del interior.
En particular, una larga rebelión del llamado primer federalismo cordobés, la sublevación de Juan Francisco Borges en Santiago del Estero y la autonomía lograda para la provincia de Salta por el gobernador Güemes, significaron también una oposición activa al Directorio.
En definitiva, fueron las provincias del Litoral las que terminaron por causar la caída del Directorio. La postura que tomaron los gobiernos de la provincia de Buenos Aires, de aislamiento y de oposición a cualquier forma de organización liderada por las demás provincias, impidió que se formara un gobierno nacional desde entonces. Cada provincia se gobernó a sí misma, sin intervención de ningún gobierno nacional, pero conservando la voluntad de integrarse a una organización – preferentemente federal – en cuanto esto fuera posible.
El Congreso en Buenos Aires
En 1824, el gobierno de Buenos Aires invitó a las demás provincias a la reunión de un Congreso Nacional. Se había opuesto al de Córdoba, sobre todo porque teniendo allí su sede no podía ser controlada por los porteños, y también porque cada provincia estaba representada por dos diputados. El nuevo Congreso, que empezó a sesionar a mediados de 1824, solucionaba ambas cuestiones con ventaja para Buenos Aires: no solo estaba a mano para que lo controlaran política y financieramente, sino que cada provincia era representada proporcionalmente a su población. La provincia de Buenos Aires, como más poblada, tenía más representantes.
El Congreso sancionó una Ley Fundamental, que pretendía reglar la situación legal de las provincias, y proclamaba que estas, por ahora, conservarían su autonomía y su régimen legal.
El cometido central del Congreso era la sanción de una Constitución, pero un hecho inesperado alteró este objetivo: el desembarco de los Treinta y Tres Orientales en la Banda Oriental. Contra todas las posibilidades, estos lograron controlar casi toda la provincia y reunir un congreso que declaró que la Banda Oriental se reincorporaba a la Argentina. El Congreso y el gobernador Las Heras ordenaron armar un ejército de observación en Entre Ríos, al mando del general Martín Rodríguez, previniendo la reacción brasileña, y mandó formar otros en el interior. El emperador declaró la guerra a la Argentina en diciembre de 1825.
Tras largas discusiones por otros temas, no relacionados directamente con la Constitución, sorpresivamente el Congreso se vio apremiado para fijar una autoridad ejecutiva nacional que dictara la política exterior y militar necesaria, dada la situación de guerra. Sin casi discusión, se aprobó una ley por la que se creaba el cargo de presidente de la República Argentina.El nombre oficial de Argentina casi no se había usado hasta entonces, y nunca se había usado el de República Argentina.
Por supuesto, el Congreso no tenía autoridad para elegir un presidente, y mucho menos antes de dictar una Constitución que estableciera sus atribuciones. Pero eso no pareció importar a los diputados, que habían encontrado esa única solución al problema internacional en que los habían metido los Treinta y Tres.
El influyente exministro Bernardino Rivadavia, líder del partido unitario, fue elegido presidente. Entre sus principales preocupaciones estaba, lógicamente, la de organizar un ejército para la guerra del Brasil. Pero se dedicó también a gobernar los asuntos que, hasta entonces, habían sido privativos de cada provincia.
Para complicar las cosas, propuso y logró transformar en Capital de la República a la ciudad de Buenos Aires,Esta primera capital nacional incluía una franja de terreno mucho más grande que la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires. quitándosela a la provincia de ese nombre, que por añadidura quedaba dividida en dos. Esta medida le ganó el odio de muchos porteños, en especial los estancieros, que perdían así el dominio de la Aduana del puerto de Buenos Aires y la influencia en la capital. Además disolvió el gobierno de la provincia de Buenos Aires y declaró caducado el mandato de Las Heras.
Otras de sus medidas, orientadas a completar la reforma religiosa que había emprendido durante el mandato de Rodríguez, estaban orientadas a ganarse el favor de Reino Unido y a promover la inmigración de ese origen. En términos generales, estas medidas fueron interpretadas como "herejías" de un reformador casi protestante, especialmente en el interior del país.
Revoluciones en Cuyo
El gobernador de la provincia de San Juan, Salvador María del Carril, era un seguidor de las ideas europeizantes de Rivadavia. Realizó una reforma más de nombres que de fondo, y modernizó más la terminología oficial que la realidad de los habitantes de la provincia. Su acto más conocido de gobierno, la Carta de Mayo, de julio de 1825, era un documento que enunciaba derechos humanos y civiles, pero demasiado liberal para ser aceptada por los sanjuaninos de la época.Entre las proposiciones absurdas de la Carta de Mayo, se incluían la libertad de pensar, la libertad absoluta de todas las personas excepto los esclavos negros, y la autoridad soberana del pueblo, que sería ejercida sólo por los "hombres libres y aptos". También anunciaba la tolerancia religiosa y suprimía los conventos, algo que hizo exasperar a la sociedad provincial.
A fines de julio, estalló en la provincia una revolución de los grupos conservadores, en que los más decididos publicistas fueron religiosos y clérigos. Estos obligaron a Del Carril a huir a Mendoza y eligieron gobernador a Plácido Fernández Maradona.
En principio, los revolucionarios sanjuaninos habían creído contar con el apoyo del gobernador mendocino Bruno García, de tendencia federal. Pero los liberales de esa provincia habían aprovechado la presencia del coronel Juan Lavalle, casado con una mendocina, para ponerlo a la cabeza de una revolución. Cuando Del Carril llegó a Mendoza, Lavalle acababa de derrocar a García y había hecho elegir gobernador a su pariente político, Juan de Dios Correas, decididamente unitario.
Correas envió un pequeño ejército a San Juan, a reponer a Del Carril, comandado por el coronel José Félix Aldao – que sería en el futuro uno de los más destacados caudillos federales, pero por el momento obedecía al gobernador unitario – que derrotó fácilmente a los "clérigos" sanjuaninos en la batalla de Las Leñas, del 9 de septiembre de 1825.
Apenas reasumido el mando, Del Carril renunció y se trasladó a Buenos Aires, donde fue ministro de Rivadavia. Pero, por un tiempo, las provincias de Mendoza y San Juan continuaron en manos unitarias; las siguientes elecciones demostrarían que el partido opositor, que lentamente se iría identificando con el partido federal, no estaba derrotado.
Catamarca y Tucumán
En la provincia de Catamarca, el gobernador Eusebio Gregorio Ruzo mantuvo la paz interna y con las provincias vecinas. Pero hacia el final apareció un elemento de turbulencia: el comandante de Ancasti, Manuel Antonio Gutiérrez, que había sido partidario de Aráoz, ambicionaba el gobierno, apoyado por los antiguos partidarios de Avellaneda y Tula. Como necesitaba apoyos fuera de la capital, decidió desarmar militarmente al comandante de Tinogasta, Marcos Antonio Figueroa; el oficial que debía sublevar a sus tropas fracasó y huyó hacia La Rioja. Figueroa encontró en su poder las cartas en que Gutiérrez le ordenaba desarmarlo, y las envió a la Legislatura provincial. Por consejo del diputado catamarqueño al Congreso Nacional, Miguel Díaz de la Peña, este prefirió hacer las paces entre los dos comandantes.Zinny, José Antonio, Historia de los gobernadores de las Provincias Argentinas, Ed, Hyspamérica, 1987. Este autor suele ser muy crítico de los caudillos federales, al punto de casi no mencionarlos sino como seudofederales y hacerlos responsables de casi todo lo malo ocurrido en la Argentina. Sorprendentemente, da como principal responsable de esta crisis a Díaz de la Peña.
Figueroa, con menos ambiciones personales que Gutiérrez, prefirió que la legislatura, controlada por los federales, eligiera gobernador a Gutiérrez, que asumió el gobierno en julio de 1825. Como garante del acuerdo entre ambos jefes, medió el comandante de armas de La Rioja, Facundo Quiroga
Gutiérrez era, en realidad, un dependiente político de Díaz de la Peña. Este, partidario decidido de Rivadavia y de su partido unitario, decidió eliminar la influencia de los federales de la política local, por lo que hizo celebrar nuevas elecciones, en que fueron elegidos solamente diputados unitarios. Además hizo arrestar a Figueroa.
En ese momento apareció en la provincia el coronel Gregorio Aráoz de Lamadrid, enviado por Rivadavia a reunir el contingente militar que debía participar en la guerra del Brasil. Gutiérrez lo convenció de que fuera a Tucumán a derrocar a Javier López, que había hecho fusilar a su tío, Bernabé Aráoz.
De modo que Lamadrid se presentó con fuerzas militares ante la legislatura, y presionó para hacerse elegir gobernador en lugar de López. Este, que estaba en el sur de la provincia, regresó con las fuerzas de que disponía, pero fue derrotado por Lamadrid – al frente de las tropas que había reunido para luchar contra el Brasil – en la batalla de Rincón de Marlopa, en las afueras de la capital. López huyó a Salta.
En Catamarca, Figueroa había logrado escapar y huido hacia La Rioja, donde el comandante de armas, Facundo Quiroga, le dio armas y medios para regresar al poder, como venganza por el acuerdo traicionado por Gutiérrez. En efecto, derrocó a Gutiérrez; este llamó en su ayuda a Lamadrid, que regresó a Catamarca y derrotó a Figueroa en agosto de 1826. El coronel José Manuel Figueroa fue fusilado.
Facundo Quiroga entra en acción
thumb|Facundo Quiroga. Por otro lado, Quiroga era el principal accionista de una empresa que pretendía explotar las minas del cerro de Famatina, principal riqueza minera de la provincia. Pero el presidente Rivadavia era el gestor de una empresa rival, a la cual adjudicó – en su carácter de presidente de la Nación – los derechos exclusivos sobre los mismos yacimientos. De modo que Quiroga, que por otra parte estaba ya alarmado contra Rivadavia por sus reformas religiosas, quedó enfrentado contra el presidente.