thumb|Cartel anunciador de la Exposición Regional Valenciana de 1909 en el que aparecen algunos de los «motivos» sobre los que se construyó el discurso regionalista valenciano, como las naranjas.
El regionalismo valenciano, o valencianismo, es un movimiento cultural y político que defiende la existencia de unos rasgos identitarios comunes de las tres provincias (de Alicante, de Castellón y de Valencia) en que quedó dividido a partir de 1833 el territorio del antiguo Reino de Valencia y que constituirían la «región valenciana» dentro de la «nación española», que en absoluto se cuestiona, a diferencia del nacionalismo valenciano o valencianismo político que las considera integrantes de una «nación» designada generalmente con el término País Valenciano (País Valencià). Como ha destacado el historiador Ferran Archilés, «las identidades regionales se convirtieron en elementos centrales de la construcción identitaria de las naciones, de sus imaginarios. Región y nación, pues, lejos de entrar en contradicción se completaban, una era el apoyo de la otra. [...] Este fue precisamente el caso valenciano, de ninguna manera una excepción. A lo largo de todo el primer tercio del —en realidad desde décadas anteriores— se produjo un intenso proceso de construcción de la identidad regional valenciana, un proceso de imaginación o de invención de la identidad valenciana entendida como identidad regional en el marco de la construcción de la identidad nacional española».
Se distingue del nacionalismo valenciano en que no defiende el reconocimiento oficial del valenciano y en que no reclama el autogobierno. Como mucho los regionalistas han reivindicado la descentralización administrativa del Estado español y, en algunos casos, el reconocimiento del Derecho Foral Valenciano.Palomero Caro, Rafael i Pérez Rodríguez, Josep Maria: Histocard 2. Història contemporània de Catalunya i d'Espanya. Plana 69, Castellnou Edicions. Barcelona, abril del 2006, Col·lecció Minimanual, núm. 14. ISBN 84-9804-211-9
Orígenes : la Restauración (1875-1931) thumb|Teodor Llorente Olivares. A partir de 1808, los sectores liberales, de gran influencia en el territorio del antiguo Reino de Valencia, difundieron un imaginario sobre la identidad de marcado carácter nacionalista español que rompió con cualquier concepción identitaria previa, puesto que la desaparición del Reino cien años antes provocó que los marcadores etnosimbólicos de los valencianos estuvieran formados por una memoria compartida de alcance desigual, una lengua distinta a la oficial y un gentilicio común, el de valencianos, que oficialmente sólo correspondería a los habitantes de la Provincia de Valencia a partir de la División territorial de España de 1833. Es en este contexto en que nacería la concepción de la identidad «regional» valenciana en sus rasgos básicos, que a día de hoy todavía perduran.
El regionalismo valenciano nace a partir de la Renaixença literaria. El movimiento valenciano se caracterizó por el predominio de una ideología conservadora y folklórica, encarnada en la figura de Teodor Llorente, el exponente de mayor calidad literaria del momento y líder del movimiento, quien entendía la valencianidad desde una óptica supeditada a la idea de Nación Española.Joan Fuster, Antologia de la poesia valenciana, Barcelona, 1956 Si bien es a partir de la Renaixença que empieza el proceso de construcción simbólica de la identidad «regional» valenciana, esta se fijaría entre 1878 (con la fundación de Lo Rat Penat) y la Exposición Regional Valenciana de 1909, momento en el cual el regionalismo valenciano se consolida, y su imaginario comienza a difundirse entre grupos sociales muy amplios. thumb|left|Cartel de la Feria-Muestrario de Valencia de 1917. «Hacia esta última fecha el repertorio de materiales que habían de servir para construir el imaginario de la identidad regional estaba prácticamente completo. Se trataba de una serie de materiales culturales que construyeron una (auto)representación de la identidad regional... De la producción paisajística —con Sorolla al frente— a la novela de Blasco Ibáñez; de la consolidación de un relato histórico a la fijación del patrimonio; de los motivos arquitectónicos y decorativos (con el modernismo o el historicismo) a la música (con Salvador Giner o el maestro Serrano); de las fiestas populares —las Fallas ahora reiventadas— a la fundación de bandas de música; del sainete al cine, y no en último lugar, hay que recordar que es el momento de la eclosión de la naranja convertida inmediatamente en referente económico y simbólico, metonímico del país. Quizá solo falta el fútbol, que es posterior...», ha afirmado Ferran Archilés. Este mismo historiador ha subrayado que ninguno de estos referentes «entraba en contradicción con la identidad nacional española, antes al contrario servirían —como haría explícito el primer verso del himno de la exposición regional de 1909: Para ofrendar nuevas glorias a España— como aportación a la identidad nacional. De hecho cabe recordar una ausencia significativa: el valenciano ocupaba un lugar menor, puramente simbólico». miniaturadeimagen|«"Aplec" regionalista en el monasterio del Puig» (Blanco y Negro, 1915) La identidad regional arraigó en amplios sectores de las clases populares hasta convertirse en hegemónica, sobre todo en la provincia de Valencia (las identidades «provinciales» de Castellón y especialmente de Alicante entraron en colisión con ella), gracias a que las fuerzas políticas valencianas mayoritarias, conservadoras y republicanas, no solo asumieron su discurso identitario y simbólico, aunque desde posiciones contrapuestas, sino que también contribuyeron a él. El republicanismo blasquista lo hizo construyendo «un poderoso relato de la identidad local, que se convirtió en metonimia de la identidad valenciana. El mismo Blasco Ibáñez es un ejemplo en su obra literaria de temática valenciana de esta (con)fusión de los imaginarios de la ciudad [de Valencia] y de l'Horta con la representación de los valencianos auténticos», al mismo tiempo que se caracterizaba «por oponerse al valencianismo político, al que tildaba de reaccionario... Españolismo y regionalismo —e identidad local— eran dos caras de la misma monedad».thumb|Monumento a Teodor Llorente en la Gran Vía del Marqués del Turia de Valencia (1924). Una mujer ataviada con el traje tradicional valenciano se dispone a condecorar al poeta con una corona de laurel.Con la entrada al el regionalismo valenciano empieza a politizarse y algunos colectivos tomarían a Teodor Llorente y Lo Rat Penat como referencia primigenia, y que a la vez, serían bien vistos por los literatos conservadores, que incluso llegarían a participar del movimiento político naciente.Fonaments de la identitat territorial amb especial atenció a la identitat nacional. El cas valencià: discursos polítics sobre la identitat valenciana entre els militants de base del Bloc, EUPV i PSPV-PSOE pg. 499 - Tesis doctoral de Lluís Oltra Català
Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) La Dictadura de Primo de Rivera contó inicialmente con el apoyo de la mayor parte de la derecha valenciana, incluida la valencianista Unió Valenciana y la regionalista Lo Rat Penat. Estos sectores se reunieron en noviembre de 1923, solo dos meses después de haber triunfado el golpe de Estado de Primo de Rivera, para constituir un «organismo regional representativo» que recibió el nombre de Acción Valenciana. En el manifiesto que apareció publicado en Las Provincias el 18 de enero de 1924 con el título «Acción Valenciana al Directorio» se afirmaba la necesidad del «reconocimiento de la personalidad de la región valenciana…, para devolver a nuestra tierra, dentro del Estado español, sus glorias y prestigios históricos» y a continuación decía que «la tierra valenciana… se siente con vitalidad suficiente para ser en la España fuerte del mañana una fuerza de impulsión y de progreso, mediante la reorganización moderna y eficiente de sus Municipios y comarcas, presididos por un organismo regional substitutivo de la antigua Generalidad» (es decir, una Mancomunidad que un decreto del Directorio promulgado cinco días después de constituirse «autorizaba a las nuevas Diputaciones a proponer»).
En efecto, una ponencia nombrada por la nueva Diputación Provincial de Valencia redactó con gran rapidez un Anteproyecto de Estatuto de la Mancomunidad Valenciana, que respondía al «deber patriótico que nos solicita el Poder Público», según se decía en su preámbulo. Pero el Anteproyecto fue recibido con indiferencia absoluta y con incredulidad —Teodoro Llorente Falcó comentó: «nosotros mirábamos todo aquello un poco asombrados»— y el brusco cambio que dio la Dictadura a su política «regionalista» en 1925 dio al traste con el Anteproyecto (en julio de ese año disolvía la Mancomunidad de Cataluña). En sus Memorias el ministro de la Dictadura José Calvo Sotelo escribió que el establecimiento de Mancomunidades por toda España tenía como objetivo hacer frente al «hecho diferencial catalán», partiendo del convencimiento de que la Mancomunidad catalana «se debilitaría de modo poderoso cuando, en vez de constituir una excepción, sentase jurisprudencia convirtiéndose en regla nacional por doquier vivida. Y con tal persuasión, realicé discretas, pero activas gestiones, para estimular la organización de otras Mancomunidades, singularmente dos: la valenciana y la gallega»—.
Sin embargo, a pesar del fracaso del Anteproyecto de Mancomunidad, bajo la Dictadura de Primo de Rivera el regionalismo valenciano, en su versión más conservadora y «folclorizante», vivió su «momento dorado», un anticipo del que sería el regionalismo franquista (al contrario de lo que sucedió con el nacionalismo valenciano que se vio obligado a refugiarse en «las catacumbas de la cultura» y vivió un periodo de «dispersión y de silencio», en expresión del historiador Alfons Cucó). Como ha señalado Ferran Archilés, Primo de Rivera «apostó fuerte por combinar un discurso nacionalista español omnipresente con el fomento de una versión políticamente aséptica del discurso regionalista, de la región». Un hecho sintomático fue la conversión del Himno de la Exposición de 1909 en el «Himno regional», aunque Primo de Rivera se ofendía cuando la gente se ponía de pie para escucharlo y ordenó que siempre se interpretara antes la Marcha Real. Ni que decir tiene que este «regionalismo bien entendido», como lo denominaba el dictador, no implicaba ninguna fórmula de descentralización (más bien todo lo contrario como lo demostró la supresión de la Mancomunidad de Cataluña) ni dio paso al reconocimiento oficial de las regiones. Primo de Rivera también se opuso a la construcción en Valencia de un monumento que representara la región valenciana, exigiendo que fuese un monumento exclusivamente de la provincia: uno en cada capital. thumb|Cartel de la Feria-Muestrario de Valencia de 1924. En enero de 1925 el alcalde de Madrid, nombrado por el dictador Miguel Primo de Rivera, hizo un llamamiento a todos los «ayuntamientos de España» para que acudieran a la capital para celebrar en el Parque del Retiro un acto de desagravio al rey Alfonso XIII, atacado por los exiliados españoles, entre ellos el valenciano Vicente Blasco Ibáñez, por haber respaldado el golpe de Primo de Rivera de 1923. El alcalde y los concejales de Valencia, todos ellos nombrados también por el dictador, acudieron al acto llevando la señera con franja azul de la ciudad. Tres años después la nueva señera —con azul— que había mandado hacer el alcalde Carlos Sousa Álvarez de Toledo, III marqués de Sotelo, fue bendecida en la catedral de Valencia por el arzobispo Prudencio Melo y Alcalde. Después fue llevada ante el monumento a Jaime I y cuando el presidente de Lo Rat Penat comenzó su discurso en valenciano fue conminado por el gobernador civil, el general Cristino Bermúdez de Castro, a hacerlo en castellano, lo que aquel obedeció inmediatamente.