thumb|250px|El Cuijen y la Pelona como personajes de la mascarada tradicional costarricense.

Las leyendas de Costa Rica son un conjunto de relatos y tradiciones folclóricas de Costa Rica, ubicadas dentro del folclor narrativo popular, referidas a algún suceso maravilloso irreal, pero con huellas de realidad, donde se determinan temas heroicos, de la historia patria, de seres mitológicos, de almas en pena, de seres sobrenaturales o sobre los orígenes de hechos o lugares, los cuales se considera que real mente sucedieron y en los cuales se cree. Las leyendas costarricenses se componen en su mayoría por relatos de almas en pena, magia o cultura indígena, unidos por la presencia constante de la religiosidad que caracteriza al pueblo costarricense, en su mayoría católico.

Las leyendas costarricenses han sido agrupadas en:

Leyendas de la magia: se centran principalmente en la aparición de espectros (que en Costa Rica reciben el nombre de «espantos»), y su propósito es fundamentalmente moral. Los «aparecidos» eran seres sobrenaturales que se manifestaban para dar una lección a los que traspasaban los límites de las buenas costumbres. En general, estas leyendas son compartidas con la mayoría de los otros países hispanoamericanos, con variaciones dependiendo del país o la región. Ejemplo de esto son las populares leyendas del Cadejos, la Cegua y la Llorona, el Padre sin cabeza, la carreta sin bueyes, la Tulevieja, los duendes, etc, aunque también hay leyendas únicas del país (como la Bruja Zárate), de un cantón o región (como la leyenda del tesoro de la Isla del Coco), o incluso de un sitio específico (la leyenda de la monja del vaso del hospital San Juan de Dios, la leyenda de los fantasmas del Sanatorio Durán, etc).

Leyendas de la religión: narran manifestaciones de la voluntad o la presencia divina en suelo costarricense, y tienen un trasfondo religioso, con el propósito de difundir o fortalecer la fe católica entre la población. Narran historias de manifestaciones marianas (como el hallazgo de la Virgen de los Ángeles o de la Virgen de Ujarrás), de santos (como la leyenda de la aparición de San José o del Cristo Negro de Esquipulas en Santa Cruz de Guanacaste), de milagros (como el de la Virgen de la Candelaria o la leyenda del Divino Navegante), etc.

Leyendas de la tierra: narran sucesos específicos de un lugar, los cuales a veces se consideran encantados. Su propósito es dar explicación a fenómenos o justificar el nombre de una región, un río, una montaña, etc. Una gran mayoría de ellas tienen trasfondo indígena o colonial. Estas leyendas cuentan con una fuerte tradición oral autóctona propia del país. Ejemplos de estas leyendas son la leyenda de Tapezco, la leyenda del volcán Irazú o la leyenda de la cascada de los novios.

Leyendas de la magia

Espantos Espanto es el nombre que recibe en Costa Rica una clase de espectros que se denominan de esa forma en alusión al terror que producen. Tienen un origen antiguo, muchas veces con raíces precolombinas, originados en mitos indígenas que luego se fueron mezclando con historias y creencias coloniales, por lo que es común que existan versiones de sus historias en varios países de América Latina, tomando un matiz local en cada país. La leyenda de cada espanto cuenta la forma en que se originó, por lo general, debido a que el personaje desafió a Dios y a las leyes de Dios, y por eso es condenado a penar. Las leyendas de espantos tienen una función moralizadora: cada espanto castiga un tipo específico de pecado, por ejemplo, el Cadejos solo se aparece a los borrachos, la Cegua a los mujeriegos, el Micomalo a los matrimonios que se pelean mucho, y así por el estilo. A diferencia de los fantasmas comunes, los espantos tiene nombres propios que los identifican y suelen tener una apariencia monstruosa (el Cadejos es un perro negro de ojos encendidos, la Cegua es una mujer con cabeza de caballo, el Micomalo un mono de aspecto demoníaco, etc).

El Cadejos

El Cadejos es, en la narrativa folclórica, un perro negro de gran tamaño, ojos brillantes, que arrastra cadenas, y que durante las noches se aparece a los borrachos en sitios solitarios para atemorizarlos y motivarlos a enmendar su comportamiento. Padilla lo describe como un perro grande de espesa pelambre negra, muy larga y ojos rojos encendidos; Fallas lo define como un animal fantástico, de ojos fosforescentes y espesa pelambre, negra y muy larga. Otra versión le agrega dientes de jaguar y patas de cabra. Se aparece a deshora por los caminos arrastrando unas ruidosas cadenas. Acompaña a los noctámbulos que andan en malos pasos, generalmente en estado de ebriedad, para advertirles que cambien su forma de ser. No es de carácter bravo o sanguinario y jamás ataca a ningún hombre. Cuando los niños se desvelan, el Cadejos puede ser invocado, y al poco tiempo se escucharán las uñas en las baldosas o las paredes de la casa, con su aliento resoplando por una rendija de la ventana, sin marcharse hasta que haya silencio y el niño caiga en profundo sueño. En algunas historias se narra que, en vez de verlo, solamente se escucha el sonido de las cadenas arrastradas sobre las baldosas o el pavimento del camino.

La historia de origen varía: la más común es la de un hijo menor que vivía en un total libertinaje, y sufrió la maldición de su padre; o bien, un sacerdote corrupto que fue castigado por Dios. Otra versión narra que se trataba de un joven hijo de un alcohólico, el cual recibía, junto a su madre, el maltrato por parte de su padre, y que, intentando corregir los malos pasos de este, se disfrazó de un animal negro y peludo, saliéndole al paso una noche en que el hombre venía totalmente ebrio. Tras el susto, este se dio cuenta de que era su hijo, por lo que, maldiciéndolo, lo condenó a vagar en forma de perro espectral que sigue, pero no daña, a los bebedores que trasnochan. En una versión, tras cien años de penar, el Cadejos se transformó nuevamente en un ser humano, y posteriormente se arrojó al cráter del volcán Poás, a pesar de lo cual, no murió, y es él quien provoca los estremecimientos del coloso. Esta asociación de los perros mágicos con los volcanes es frecuente en el folclor centroamericano.

La leyenda del Cadejos tiene su origen en los mitos aborígenes sobre chamanes y nahuales que pueden tomar la forma de animales para ejercer sus funciones religiosas y funerarias, rituales en lo que se utilizaban ornamentos de jade, pieles de animales, plumas de aves y máscaras. Entre los mesoamericanos, el perro ejercía la función de compañero de los muertos en su viaje al más allá. La palabra cadejo, no obstante, es de origen español, y se usa para denominar a una parte del cabello cuando está muy enredada, por lo que, en cierta forma, define propiamente al fantasma al ser este una criatura de pelo enmarañado. Fallas menciona que Gagini atribuye su origen al oso hormiguero gigante, animal grande de pelambre larga y negra y afiladas garras, cuyas incursiones nocturnas en la Costa Rica aldeana contribuyeron a la creación del mito.

A diferencia de otras regiones de Centroamérica, donde existen leyendas sobre un cadejo blanco bueno y otro negro malo, en el caso de Costa Rica, el cadejo blanco ha sido substituido por el Copito, un perro pequeño, blanco como un copo de nieve (de ahí su nombre), muy peludo, el cual, dando pequeños saltos, sigue y cuida a las personas hasta que lleguen a su casa.

La Cegua

La Cegua (escrita también Segua o Tzegua), en la tradición oral, es una mujer de gran belleza que durante la noche transita por sitios solitarios y que, al ser abordada por un hombre con intenciones galantes, se transforma en un ser monstruoso con cabeza de yegua. Particularmente, el varón debe ir en un medio de transporte, en las narraciones folclóricas, comúnmente un caballo, aunque en relatos modernos se puede dar también en automóviles o motocicletas. Luego de que la víctima acepta llevar a la mujer, ya una vez subida a la grupa del caballo o al vehículo, la cara de esta se transforma en una calavera de caballo con la carne podrida, ojos fulgurantes, enormes dientes averiados y aliento con hedor a descomposición. El monstruo se aferra con brazos de hierro al jinete, mientras el caballo echa a correr despavorido en loca carrera.

Lo que le ocurre a la víctima varía según las versiones: la Cegua puede matarlos con un beso, y los cadáveres son hallados al día siguiente con los ojos desorbitados y la cara desencadajada por el terror; otros escapan y mueren a los días, o sobreviven, pero quedan inútiles para toda la vida; a veces, la Cegua les muerde la mejilla para marcarlos como adúlteros o lujuriosos. También se menciona que, si al abordar al espanto el hombre no ha tenido malas intenciones, este se limita solo a asustarlo, dejándolo físicamente intacto, pero en un cuento aparecido en Repertorio Americano, se menciona que la Cegua solo ataca a los mujeriegos, nunca a los hombres formales o a las mujeres. Soto Hall menciona que la Cegua solamente se le aparece a los hombres que van solos y a caballo, nunca a los que van acompañados o a pie. Sin embargo, Zeledón recopila un cuento donde se le aparece a un grupo de jóvenes, pero solo asusta a dos que flirtean con ella. En un par de versiones, la Cegua toma la forma de un niño que llora por las veredas y, una vez que los jinetes lo han recogido y subido al caballo, se convierte en el monstruo con cabeza de caballo. Sobre el origen del personaje, se creía que la Cegua era una joven libertina que había sido maldecida por su madre cuando la chica había intentado pegarle, al negarle esta el permiso para ir a una fiesta. En la Costa Rica de antaño, se consideraba a la Cegua uno de los espantos más aterradores con el que podían encontrarse los trasnochadores, porque encontrársela podía significar daño físico o, incluso, la muerte.

El término "cegua" para denominar a este espanto es usado en Costa Rica y Nicaragua. El origen de la palabra tiene dos contextos: cegua parece ser una contracción de «Siguanaba» , nombre con que se le conoce a este fantasma en Guatemala y El Salvador. Ferrero menciona, no obstante, que proviene del náhuatl «cihuatl», que significa mujer.Ferrero, Luis. Pensándolo bien. EUNED, 2001. ISBN 9968-31-195-2. p.220 El origen de la leyenda procede de los mitos mesoamericanos sobre diosas de la fertilidad y la lujuria, como la diosa maya Xtabay o la nahua Cihuacóatl. Existen variaciones de la escritura de la palabra cegua, en la cual se usan las letras [ s ], [ z ] y hasta tz y ts. Soto Hall usa la palabra «Tzegua» en el cuento del mismo nombre recopilado por Zeledón en Leyendas costarricenses. Rubén Darío, en cambio, escribía la palabra «cegua» con [ c ]. En 1971, Alberto Cañas publicó una obra de teatro titulada La Segua, basada en este mito, que posteriormente sería llevada al cine en una película de Óscar Castillo. Para Cañas, el uso de la s para escribir esta palabra era correcto, pues la diferencia entre [ c ], [ s ] y [ z ], residente en el sonido, es muy evidente en el español ibérico, sin embargo, en el español de América, los tres sonidos son iguales, y al ser una palabra totalmente americana y probablemente derivada de un vocablo indígena (para él, escrito originalmente con ts) y que se pronuncia con el sonido [ s ], no existía ninguna razón para escribirla de otro modo.

La Llorona

La Llorona es el alma en pena de una mujer que ahogó a su hijo y arrepentida hasta la desesperación, vaga buscándolo por la vera de los ríos, lamentándose y llorando desconsoladamente, espantando a todos los que la oyen o la ven. Se aparece a deshoras en las orillas de los ríos como una mujer vestida de blanco, pálida y con los ojos hinchados de llorar, con cabellos negros, largos y en desorden, lanzando ayes lastimeros por el hijo que perdió.