thumb|El títere como esencia de la sencillez, en esta puesta en escena del colectivo titiritero sueco «Dockteaterverkstan». thumb|I Burattini (los títeres), copia del grabado en color hecho por Giovanni Volpato, conservado en los Museos Gadagne de Lyon. Reproduce un óleo pintado hacia 1770 por el veneciano Francesco Maggiotto. Un títere o títeres, en un amplio sentido, puede referirse a cualquier objeto que cumpla estos dos requisitos:Esta entrada desarrolla en esencia una de la 6 acepciones que la voz «títere» tiene en el DLE, la referida a los títeres en el medio teatral y artesanal. Que sea movido con un objetivo dramático o «en función dramática».Así lo definió el dramaturgo y titiritero argentino Ariel Bufano en «El hombre y su sombra», artículo en la revista Teatro, año 4, n.º 13, 1983, p. 10 (citado por Artiles, véase sección de bibliografía). Es decir, todo títere debe aspirar a convertirse en un personaje dentro de una trama y con una función dramática. Que su movimiento se realice ante y para un público. Así lo corroboró el estadounidense Bil Baird cuando en 1965 definió al títere como ‘figura inanimada que cobra vida gracias al esfuerzo humano y lo hace ante un público’.Bil Baird en The Art of the Puppet, New York, Macmilla, 1965, p. 13 (citado por Artiles).

El uso desde hace cuatro siglos del término «títere», exclusivo del ámbito geográfico y cultural de la lengua española,Los romanos usaban las voces pupa/pupae para denominar a los objetos que ideológicamente podían tratarse como muñecos. Y así, en lenguas de la familia del latín, como el italiano y el rumano, los títeres se nombran con palabras de raíz latina: pupo (títeres italianos) y pupazzo (títeres rumanos). Curiosamente, idiomas lejanos del latín, como el inglés y el alemán, también usan esa raíz latina: puppet (títeres ingleses) y puppen (títeres alemanes). lo convierte en un tesoro lingüístico que una vez más habla en favor de la riqueza de este idioma. A la persona que maneja el títere se le denomina «titiritero».

Títeres en España Categorías de Alfonso X el Sabio Una de las primeras menciones documentales «oficiales» que aparecen en la península ibérica, se remonta al reinado de Alfonso X de Castilla, a raíz de la solicitud (Suplicatio) que el juglar Giraut de Riquier dirigió en 1273 al rey para establecer privilegios y orden de jerarquía artística entre los muy variados oficios histriónicos. Dos años después, Alfonso X emitió una Declaratio que distinguía y clasificaba la siguiente tipología: Juglares, como los que tocan y cantan en las cortes. Histriones, como los músicos tañedores de instrumentos. Inventores, para los trovadores. Joculatores, para los acróbatas. Bufones, para la gente bufa y demás truhanes que hacen reír. Y cazurros, ocupando el último puesto de la escala jerárquica y referido a los que exhibían animales amaestrados y títeres.

Definición de Sebastián de Covarrubias Frente a la parquedad y ambigüedad de las definiciones académicas y de los diccionarios de uso,Para esta entrada se han consultado las del Diccionario de la lengua española, la del Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares y la del Diccionario de teatro de Manuel Gómez García (véase bibliografía). los estudios, tanto de titiriteros como de investigadores especializados en teatro para niños y de títeres, prefieren la definición que, en 1611, dejó escrita Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, que explica el origen del término en la costumbre de los titiriteros de colocarse en la boca una lengüeta que usaban para deformar la voz, sonando el chirrido resultante una especie de 'ti-ti' metálico.Definición de Covarrubias. Consultado el 27 de septiembre de 2013. El dramaturgo cubano Freddy Artiles informa de que esas lengüetas todavía se utilizan por titiriteros de diferentes lugares del planeta.

Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, fue uno de los primeros en dejar referencia escrita de la palabra «títere», al mencionar a un hombre de la comitiva de Hernán Cortés en su expedición a Honduras que «jugaba de manos y hazía títeres»J.E. Varey en el artículo «Historia de los títeres en España», aparecido en 1957 en la Revista de Occidente, p. 93 (citado por Artiles).

Retablos y «tutilimundi» Los primeros teatritos mecánicos que se mencionan, en 1539 según Varey, son los llamados retablos (por su parecido con las tablas pintadas o en relieve).Historia de los títeres en España: Desde sus orígenes hasta mediados del Siglo XVIII; Madrid: Revista de Occidente, 1957. El vocablo, de origen religioso, se aplicó poco después a los títeres manuales.Un ejemplo muy posterior del término es el Retablillo de Don Cristóbal, escrito por Federico García Lorca en 1930, para títeres de cachiporra. Más tarde llegarían a diferenciarse ambos teatrillos, quedando el término «retablo» para los manuales, y los mecánicos empezaron a conocerse como Tutilimundi (tutilimondi o titirimundi), mondinovi o mundinuevo. Covarrubias, en su definición, aclara que el mencionado retablo era la «caxa» (armazón del teatrillo) y no los títeres.John E. Varey, «Historia de los títeres en España», pp. 83-87.

Títeres cervantinos Cervantes se refiere a esta forma teatral en varias de sus obras, El licenciado Vidriera, el Coloquio de los perros y con especial intensidad en «dos momentos importantes de su obra»; en El retablo de las maravillas, entremés de 1615, y en los capítulos XXV y XXVI de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, publicada aquel mismo año.Análisis de los capítulos XXV y XXVI en el CVC. Consultado el 28 de septiembre de 2013. Casi como un homenaje cervantino, Manuel de Falla compuso en 1923 El retablo de Maese Pedro (con títeres y escenografía de Hermenegildo Lanz y la colaboración de Manuel Ángeles Ortiz); además de otras colaboraciones con los títeres gaditanos de la Tía Norica (una de las más valiosas colecciones de títeres de cuerda de España). Poco después, y en esa misma línea abierta por Cervantes, Federico García Lorca escribió el Retablillo de Don Cristóbal en 1930, culminando sus trabajos para los populares títeres de cachiporra.

Títeres en Cuaresma Durante el Siglo de Oro español y el inicio del periodo ilustrado era tradicional que durante el periodo de la Cuaresma, los espectáculos de títeres ocupasen los escenarios que la temporada teatral se había visto obligada a abandonar por prescripción real y siguiendo los preceptos de la religión católica. Así, durante cuarenta días los titiriteros, acróbatas y volatineros, y las comedias de muñecos, entretenimiento considerado infantil, tomaban plazas, calles y corrales para diversión de grandes y chicos. La afición al espectáculo teatral, más allá del contenido -ya fuera dramático o cómico-, llenaba los tablados como se puede leer en la comedia de Juan Ruiz de Alarcón Mudarse por mejorarse, donde le dice un personaje a otro:

Una opinión de Jovellanos Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de los más sensibles ilustrados españoles del , dejó escrita en su Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos y diversiones públicas, su opinión sobre los títeres:

La Tía Norica y «Els Quatre Gats» Más allá de las censuras del ilustrado Jovellanos, los títeres, que casi siempre estuvieron en manos de artistas extranjeros, sobre todo italianos, decayeron a finales del , superados en popularidad por nuevas distracciones como la famosa linterna mágica. Habría que hacer una excepción con las marionetas de la Tía Norica, que con el horizonte de las Cortes de Cádiz y un variado repertorio mantuvo viva en Andalucía la tradición titiritera. También en Cataluña se desarrolló una importante cultura del títere, a partir de la introducción por artistas italianos de las sombras chinescas al comienzo del ; este espectáculo de origen mágico, generador en Oriente de varios ejemplos de teatro de sombras, sedujo con su poética a personajes como Pere Romeu, Santiago Rusiñol y Miquel Utrillo, impulsores de inolvidables veladas titiriteras en el café de «Els Quatre Gats» en la Barcelona del cambio del al .AMADES, JOAN. Titelles i ombres xineses, Barcelona, Biblioteca de tradicions populars, 1933.

Benavente, Valle-Inclán, Lorca y Grau La reunión en Madrid de artistas e intelectuales de toda España rescató del olvido el arte titiritera durante las primeras décadas del .FRÍAS, María José. Introducción a la historia de los títeres en Madrid, Madrid, UNIMA, 1997. Se considera como uno de los estimulantes de esa renovación del género la experiencia propuesta por Jacinto Benavente y su teatro para niños (Teatro fantástico), en cuyo marco se estrenó en 1910 la Farsa infantil de la cabeza del dragón de Ramón del Valle Inclán, y más tarde el «Teatro Pinocho» dirigido por Magda Donato y Salvador Bartolozzi, y llegando desde Granada el don Cristóbal, bruto poético, par de otros «títeres de cachiporra» como Punch, Guiñol o los primitivos polichinelas. En la década de 1920, la literatura del títere español alcanzaría su momento más brillante de la mano del gallego Valle-Inclán y el catalán Jacinto Grau; el primero con su Tablado de marionetas para la educación de príncipes (1926) y los «dramas para marionetas» incluidos en su Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, y Grau El señor de Pigmalión (1921).

El panorama literario-titiritero en España puede completarse con los trabajos de Augusto Martínez Olmedilla (Teatro de marionetas, 1920); Tomás Borrás (Fantochines, 1923); Eduardo Blanco Amor (Farsa para títeres, publicadas ya en el exilio, en 1953); César Muñoz Arconada (Tres farsas para títeres, 1935); y Rafael Alberti (La pájara pinta y Bazar de la providencia, de 1926 y 1934, respectivamente).

Teatro Guiñol de las Misiones Pedagógicas Hay que resaltar la producción de Rafael Dieste como uno de los directores del Teatro Guiñol de las Misiones Pedagógicas impulsadas por Manuel Bartolomé Cossío desde la Institución Libre de Enseñanza. Dieste escribió para aquel mágico guiñol ambulante piezas como Farsa infantil de la fiera risueña (1933), El falso faquir (1933), Curiosa muerte burlada (1933), La doncella guerrera (1933) y Simbiosis (1934).

Técnicas de manipulación thumb|Títeres de cuerda (más tarde conocidos como «marionetas») en el Capítulo XXVI del Quijote, según la ilustración hecha por Gustave Doré en la segunda mitad del . Hay cuatro técnicas mayores en la manipulación de títeres: Títeres de guante, también llamados de «funda», de guiñol, de cachiporra, fantoche o títeres habitables, de manipulación directa y desde abajo. Existen muchas variantes y es sin duda la técnica que mejor ha subsistido, como lo demuestra el éxito en televisión de los shows de Jim Henson. Títeres de varilla o títeres «javaneses», de origen oriental (indonesio), considerados un paso intermedio entre el guante y la marioneta. El titiritero usa las dos manos para un solo muñeco, una introducida en él y otra para manipular desde abajo las varillas de los brazos. Títeres de sombra, o por lo general de varillas, son figuras planas articuladas (de cuyas articulaciones salen finas varillas para su manipulación), translúcidas, opacas o coloreadas. El titiritero se sitúa tras una pantalla blanca iluminada por una luz posterior, y pegando la figura a la tela le trasmite movimientos que los espectadores verán como sombras chinescas. Es una de las técnicas más imaginativas y la que más estimula la creatividad del público. Se les atribuye origen indostánico y han arraigado en la tradición cultural popular de países como Indonesia, Turquía, China y la India.