La guerra civil catalana (1462-1472) fue el conflicto que se produjo en el principado de Cataluña entre los partidarios del rey Juan II de Aragón, conde de Barcelona, y los de las instituciones catalanas rebeldes al rey encabezadas por la Diputación del General del Principado de Cataluña y el Consejo del Principado.

Para el bando realista, los «rebeldes» lo eran por haber traicionado la fidelidad que habían jurado a su rey; mientras que los antijuanistas consideraban «traidores» a los realistas por no ser fieles a las leyes de la «tierra», por ser «enemigos de la cosa pública» o simplemente por ser «malos catalanes». Así, el bando antijuanista desarrolló una nueva concepción de la sociedad política en la que, según Santiago Sobrequés y Jaume Sobrequés, «la solidaridad entre los hombres de un país se producía por tener unas leyes comunes y habitar una misma tierra, no como hasta entonces, por el hecho de ser vasallos de un mismo soberano». Había surgido, pues, el concepto moderno de patria que iba más allá de la mera adscripción territorial para revestir un carácter jurídico, por lo que la rebelión catalana sería, como ya señaló el historiador francés Joseph Calmette, nacido en Perpiñán, «la primera de las revoluciones modernas», cien años anterior a la rebelión de los Países Bajos.

Según Francesc Xavier Hernández Cardona, «desde el punto de vista técnico y tecnológico, la Guerra Civil catalana fue la última guerra medieval, pero también la primera guerra moderna. (…) Los nobles tienen un papel secundario; son los dirigentes militares, pero ya no mandan mesnadas feudales, sino ejércitos desiguales de ciudadanos y mercenarios. Las tropas de caballería ya no están compuestas por la flor y nata de la nobleza, sino por hombres de armas a jornal. La pirobalística adquiere protagonismo; aunque el uso de las armas cortas de fuego parece todavía muy limitado, se generalizó el de la bombardas hasta prefigurar lo que podría calificarse como una artillería de campaña —los ejércitos arrastraban piezas para utilizarlas principalmente en los asedios—».

Sobre las causas de la guerra, Santiago Sobrequés y Jaume Sobrequés han señalado: «La rivalidad que existía entre las ramas nobiliarias principales del país; la lucha entre la Biga, partido que agrupaba a la oligarquía, y la Busca, de tendencia popular y socializante, para conseguir el gobierno de la municipalidad barcelonesa; la agitación en el campo, donde la oposición de los señores a las aspiraciones legítimas de los campesinos de remensa habían atizado la lucha, y la profunda crisis económica que padecía Cataluña». Y como causas inmediatas: «el desheredamiento del Príncipe de Viana por parte de su padre Juan II y la oposición entre el sentido absolutista del rey y el espíritu pactista catalán».

Antecedentes: el enfrentamiento entre la oligarquía y la monarquía

Empieza el en medio de una profunda crisis que afectaba a toda Europa occidental y, especialmente, al Condado de Barcelona. Las causas fueron diversas: la crisis de subsistencia de la población; la demográfica que afectó especialmente al campo debido a las grandes epidemias; la financiera, con el endeudamiento excesivo de las instituciones públicas; la reducción del volumen y de las ganancias del comercio internacional...

El enfrentamiento entre la monarquía y la oligarquía nobiliaria y urbana catalana se remontaba al reinado de Alfonso el Magnánimo (1416-1458) cuando su gobernador en Cataluña bajo la lugartenencia de la reina María, Galcerán de Requesens, miembro de la pequeña nobleza catalana ―señor de Molins de Rey―, apoyó en su lucha por el gobierno de la ciudad de Barcelona a la «Busca», que reunía a los mercaderes y a los artesanos, frente a la «Biga», que agrupaba al rico patriciado urbano barcelonés que dominaba el Consejo de Ciento de la ciudad y que, junto con la nobleza, también controlaba las Cortes Catalanas y la Diputación del General. Así Requesens permitió la creación del Sindicat dels Tres estaments i poble de Barcelona e intervino en el municipio de Barcelona arrebatando a la «Biga» el gobierno de la ciudad y poniendo en su lugar a hombres de su confianza y a miembros moderados de la «Busca». En palabras de Carme Batlle, «fue un auténtico golpe de estado contra los privilegios municipales y el tradicional poder de las familias patricias (los ciudadanos honrados, es decir, rentistas…)».

El segundo motivo del conflicto fue el apoyo que la monarquía dio a los campesinos remensas enfrentados a sus señores por la cuestión de los «malos usos». El rey también permitió la formación de un sindicato, el Gran Sindicato Remensa fundado en 1448, para que los campesinos pudieran reunirse y luego negociar con sus señores, tanto laicos como eclesiásticos, y en 1455 dictó una sentencia interlocutoria por la que suspendía temporalmente el pago de los malos usos, aunque sin llegar a resolver el fondo del asunto. Así, como ha destacado Carme Batlle, «los dos sindicatos, el rural y el urbano, serían utilizados por la monarquía y sus representantes como arma contra la oligarquía catalana poco antes de la guerra civil y durante la misma».

En 1454 Alfonso el Magnánimo nombró nuevo lugarteniente de Cataluña a su hermano Juan, rey de Navarra, después de que la oligarquía nobiliaria y urbana hubiera rechazado el nombramiento de Requesens para ese puesto. Con el fin de hallar una salida a la complicada situación que se vivía en Cataluña, Juan convocó las Cortes Catalanas que estarían reunidas por espacio de cuatro años (1454-1458). En estas agitadas Cortes no se resolvió el conflicto que enfrentaba a la oligarquía y la monarquía. Desde el primer momento se hizo patente el enfrentamiento cuando los síndicos del resto de ciudades catalanas en apoyo de la «Biga» consideraron ilegales a los síndicos que había enviado la ciudad de Barcelona que pertenecían a la «Busca», lo que obligó al lugarteniente a intervenir para dar cobertura legal a estos. Asimismo Juan continuó con la política filoremensa, lo que le enfrentó con los señores laicos y eclesiásticos de la Cataluña vieja también representados en las Cortes. Así pues, el resultado de las mismas fue que tras ellas se creó un movimiento contrario al rey por parte de la nobleza, el clero y el patriciado urbano, cuya fuerza Juan, ya convertido desde 1458 —a la avanzada edad para la época de sesenta años— en monarca de la Corona de Aragón tras la muerte de su hermano, no valoró en su justa medida.

El prólogo: la revolución catalana de 1460-1461

El impacto en Cataluña del conflicto sucesorio del reino de Navarra

En diciembre de 1459 se firmó la Concordia de Barcelona por la que el rey Juan II de Aragón y su hijo el príncipe Carlos de Viana se reconciliaron en su disputa por la corona del reino de Navarra. Sin embargo, de la otra cuestión que los enfrentaba ―el reconocimiento de la «primogenitura» aragonesa― nada se decía en la Concordia, aunque el título de «primogénito de Aragón, de Navarra y de Sicilia» lo venía utilizando Carlos de Viana desde la muerte del rey Alfonso el Magnánimo el año anterior.

A finales de marzo de 1460 Carlos de Viana abandonó Mallorca, a donde había llegado procedente de Sicilia, y el día 31 hizo su entrada triunfal en Barcelona. En esta se utilizó la fórmula de primer fill nat (‘primer hijo nacido’) para no entrar en la vidriosa cuestión de la primogenitura. El 14 de mayo se encontraron padre e hijo en Igualada y al día siguiente hicieron su entrada conjunta en Barcelona. Sin embargo, la reconciliación era solo superficial, pues Carlos de Viana, al no haber sido reconocida su primogenitura, entró en contacto con el rey de Castilla Enrique IV para concertar una alianza con él mediante el matrimonio con su hermana la infanta Isabel, que entonces contaba nueve años de edad.

En septiembre de 1460 Juan II convocó las Cortes catalanas en Lérida y le pidió a su hijo Carlos de Viana que se reuniera con él en esa localidad para concretar su boda con la princesa Catalina de Portugal y evitar así el matrimonio de Carlos con la infanta castellana Isabel, proyecto del que había tenido conocimiento gracias a un emisario de los magnates castellanos que se oponían a Enrique IV. Una vez allí, el rey ordenó el 2 de diciembre de 1460 la detención de Carlos de Viana acusado de traición, una decisión que Jaume Vicens Vives califica como «insigne torpeza» y Carmen Batlle como un «acto erróneo», en la que tuvo un papel determinante la reina Juana Enríquez quien, tras suplicarle que lo detuviera, le mostró al rey dos supuestas cartas incriminatorias de Carlos que Juan II no pudo comprobar que eran ciertamente suyas, pues en aquel momento estaba casi completamente ciego ―contaba 62 años de edad y padecía de cataratas, que años más tarde le curaría un cirujano judío―.

El levantamiento miniaturadeimagen|400px|Interior del Palau de la Generalidad de Cataluña donde el 8 de diciembre de 1460 se constituyó el Consejo del Principado. La detención del príncipe de Viana causó una honda conmoción en toda Cataluña y originó una inesperada ola de protestas. Las Cortes, bajo la dirección de los nobles y los patricios de la «Biga», decidieron el 5 de diciembre, antes de ser disueltas por el rey, formar una «comisión de las Cortes» que adoptara las medidas necesarias para conseguir la liberación del príncipe y la reparación de los agravios y que estaría integrada por la Diputación del General del Principado de Cataluña y por las personas que designara para que le asesoraran, incluida una representación de la ciudad de Barcelona. Así fue como se constituyó tres días después en la Casa de la Diputación en Barcelona el Consejo del Principado, que ostentaba «un título que jamás se había atribuido ningún organismo catalán» y que «reflejaba el ideal “pactista” propio del jusconstitucionalismo» que defendían la nobleza y el patriciado urbano catalanes. Según Carme Batlle, era una «auténtica revuelta contra el monarca», ya que la nueva institución se atribuía «funciones de soberanía popular».

Un grupo de jurisconsultos, encabezados por Joan Dusay, dictaminó que con la orden de detención de Carlos de Viana el rey había quebrantado las constituciones catalanas. Así la Diputación del General envió el 17 de enero un ultimátum al rey, de forma que a partir de ese momento, como ha destacado Jaume Vicens Vives, «se soldó definitivamente la causa del príncipe con la de las libertades de Cataluña». Dos semanas después, el 31 de enero, la Diputación del General y el Consejo del Principado acordaron añadir una nueva acusación al rey: la de haber quebrantado la ley sucesoria de la Corona de Aragón al no haber reconocido a Carlos de Viana como su «primogénito». Y el 7 de febrero se produjo el golpe de fuerza definitivo: los diputados y su Consejo decidieron proclamar a Carlos de Viana «primogénito» y formar un ejército para enfrentarse al rey Juan II, además de emprender la construcción de veinticuatro galeras. El 19 de febrero la Diputación del General culminaba el golpe al proclamarse poder supremo de Cataluña y ordenar a todos los oficiales reales que la obedecieran. «Así se consumó la revolución catalana del 7-8 de febrero de 1461», afirma Jaume Vicens Vives.

El triunfo de los sublevados: la liberación de Carlos de Viana y la Capitulación de Villafranca miniaturadeimagen|300px|Palacio Real de Villafranca del Panadés, restaurado en 2012, donde probablemente se firmó la Capitulación de Vilafranca el 21 de junio de 1461.