Francisco de Ávila (Cusco, c. 1573-Lima, 1647) fue un presbítero, teólogo y doctor en derecho canónico peruano. Es una figura sumamente controvertida de la historia colonial, conocido por haber sido uno de los principales impulsores y jueces de las campañas de «extirpación de idolatrías» en el Virreinato del Perú. Paradójicamente, para la antropología y la lingüística moderna, es una figura clave por haber encargado y recopilado el texto en quechua conocido como el Manuscrito de Huarochirí (c. 1608), considerado la fuente más importante para la comprensión de la mitología e historia andina del área central.
Abandonado al nacer por sus padres biológicos, fue un niño expósito acogido como ahijado por el ensayador de la caja real Cristóbal Rodríguez y su mujer, María de Ávila, quienes lo criaron en el Cusco. Aunque tradicionalmente se le catalogó como criollo debido al entorno hispano donde creció, la historiografía moderna señala que su condición de expósito y su absoluto dominio nativo y fluido del quechua sugieren un origen biológico indígena o mestizo, un factor que definiría de manera crucial su posterior carrera eclesiástica y su capacidad para investigar e infiltrar el pensamiento andino.
Carrera eclesiástica Inició sus estudios en el colegio de la Compañía de Jesús y en la Escuela de Gramática del Cuzco, esta educación seguía el nuevo enfoque humanista, donde se integraba la sabiduría cristiana con la herencia grecolatina. Posteriormente pasó a Lima a proseguirlos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1592). Fue ordenado entonces como presbítero (1596) por el obispo Fernando Trejo en la iglesia de San Francisco. Optó al grado de Bachiller en Teología (1597) y obtuvo por concurso el curato de San Damián, en Huarochirí, el cual regentó por más de diez años (1597-1608).
Doctrinero de San Damián Ávila mantuvo buenas conexiones con la alta jerarquía eclesiástica de Lima y en el año de 1597, con 25 años de edad es nombrado doctrinero de San Damián, en Huarochirí, una de las doctrinas que proporcionaba mayores ingresos a la Audiencia de Lima. Sus cualidades personales como doctrinero se reflejan en el nombramiento, pues muchos aspirantes tardaban largos años en alcanzar ese tipo de cargo. El propio Ávila lo reconoció al escribir:
No hay constancia de acciones anti idolátricas realizadas en la Doctrina de San Damián en los primeros años posteriores a su asignación. En 1645 escribió:
Sin embargo, los estudiosos han comprobado que al menos entre 1597 y 1607 no se registran advertencias, denuncias o preocupaciones relacionadas con prácticas idolátricas entre sus feligreses en Huarochirí.
Se ha determinado que mientras ejercía como doctrinero en San Damián, Ávila prosiguió sus estudios en Lima hasta alcanzar el grado de Licenciado y Doctor en Teología en 1608. Ocho años antes ya había demostrado ambiciones de ascender dentro de la jerarquía eclesiástica limeña. Se conoce que entre 1602 y 1608 fue propuesto en siete ocasiones ante el Consejo de Indias, y solo en 1608 logró ser beneficiario de Huánuco.
Durante su labor como doctrinero (1597–1608) no sobresalía significativamente respecto a otros que ejercían la misma función. No obstante, el hecho de lograr doctorarse marcaba una diferencia notable, aunque para ello abandonó en varias ocasiones su doctrina en Huarochirí, algo que el Concilio Limense prohibía expresamente.
El escándalo de 1607 y el origen de la Extirpación En septiembre de 1607, los caciques, principales y contadores de distintos ayllus de las comunidades de Santa Ana, Santiago de Tuna y San Francisco pertenecientes a su doctrina presentaron una grave denuncia formal ante el juez provisor del arzobispado en Lima. La acusación incluía diversas acciones explícitamente vetadas por el Tercer Concilio Limense. Los líderes indígenas viajaron a la capital para presentar cargos criminales y eclesiásticos relacionados tanto con abusos económicos severos como con su conducta sexual y personal.
Se le imputaba el incremento irregular e ilegal de las remuneraciones por sus servicios religiosos, la imposición obligatoria de limosnas abusivas en múltiples festividades y la exigencia forzosa de productos locales supuestamente destinados al mantenimiento de la iglesia. Sin embargo, Ávila utilizaba estos bienes como un eficaz extractor de excedentes indígenas, enviándolos al expansivo mercado urbano de Lima para su venta privada, acumulando así la base de su fortuna.
Es importante notar que el doctrinero Ávila, durante la festividad de Todos los Santos, convocaba a toda su feligresía a depositar bienes y dinero ante los Mallquis (momias ancestrales), ofrendas que él mismo recogía después para su usufructo. De esto se desprende que, en ese periodo, Ávila no consideraba idolátrica la costumbre de ofrendar a los ancestros; lo cual contrasta drásticamente con años posteriores, cuando retiraba los cuerpos de los Machays y los incendiaba públicamente. Antonio Acosta señala al respecto:
En cuanto a las acusaciones relativas a su vida sexual, se reportaba que mantenía relaciones con distintas mujeres de la comunidad, que incluso tenía un hijo con una de ellas, y además se le denunciaba por obligar —mediante amenazas de castigo físico— a varias mujeres a amamantar con sus pechos a cachorros de galgos destinados a la caza de gallinas, según testimonio de los acusadores. Las denuncias contra Ávila llevaron a que fuese despojado de sus funciones y encarcelado en la prisión eclesiástica de Lima, lo cual destruía temporalmente sus altas aspiraciones de ascenso clerical.
La contraestrategia judicial de Ávila Ante la perspectiva de una inminente condena de prisión, la destitución perpetua y la ruina económica, Ávila diseñó una hábil y efectiva defensa legal ante las autoridades eclesiásticas y el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero. Argumentó que la denuncia penal de los indígenas no se debía a su corrupción financiera o abusos, sino que era una conspiración orquestada por el demonio y los líderes nativos. Según Ávila, los curacas lo odiaban porque su celo evangélico amenazaba las prácticas paganas y el culto secreto a las huacas y falsos dioses que los indígenas mantenían ocultos bajo una fachada cristiana.
Mientras permanecía bajo fianza pagada por su compadre Juan Delgado de León, Ávila envió visitadores privados (como Juan de Sangüesa, el padre Andrés de Terrazas y Cristóbal Choquecasa) a Huarochirí para presionar a los testigos y conseguir que moderaran sus testimonios originales. Paralelamente, solicitó autorización para investigar estas supuestas idolatrías ocultas. Aunque inicialmente se le negó el permiso por temor a represalias contra los denunciantes, en agosto de 1608 comenzó por cuenta propia su labor antiidolátrica en San Damián y San Pedro de Mama para validar su estrategia judicial.
En septiembre de 1609, el fiscal eclesiástico Francisco de los Ríos lo acusó formalmente por «delitos, crímenes y excesos» debido a las contradicciones del expediente original. No obstante, la inminente llegada del nuevo arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero, alarmado por la supuesta apostasía masiva, salvó a Ávila. El doctrinero viajó a Lima cargando una gran muchedumbre de ídolos y momias confiscadas, junto al respetado sacerdote nativo Hernando Pauccar en calidad de prisionero. Cuatro días después de la exhibición, el tribunal emitió la sentencia del caso, declarando a Ávila libre de culpa de todas las acusaciones de corrupción y abusos, validando la extirpación como una política oficial de defensa de la fe.
Las campañas de Extirpación de Idolatrías
Este “descubrimiento” de prácticas idolátricas generó reacciones opuestas hacia el doctrinero en la élite limeña:
Hubo testimonios adversos a Ávila, como el del Provisor del Arzobispado Pedro Muñiz Molina, quien sostenía que «creía que podría haber alguna idolatría, pero desde luego no era tanta como se estaba diciendo».
El 13 de diciembre de 1609, Francisco de Ávila pronunció en latín su famoso discurso oficial de bienvenida al arzobispo Lobo Guerrero en la Catedral de Lima. En dicho discurso, afirmó que «los Indios se encuentran en un deplorable estado con respecto a la religión cristiana» y lo exhortó directamente a intervenir con mano dura. Para justificar su cruzada, Ávila utilizó la estrategia de falsa modestia o captatio benevolentiae:
Estableció además comparaciones eruditas entre las virtudes de Lobo Guerrero y figuras de la Antigüedad clásica como Fabio Máximo, Curio, Jenócrates, Fabricio, Escipión, Marcelo, Catón y Julio César, evidenciando su sólida formación renacentista y humanista.
A raíz de este discurso se creó formalmente el cuerpo de visitadores de idolatrías, designándose a Francisco de Ávila como Juez visitador. Las campañas e inspecciones sistemáticas se expandieron por los pueblos de San Damián, Mama, San Pedro de Casta, Huarochirí y San Lorenzo de Quinti. Dichas visitas solían culminar con juicios generales y castigos físicos severos. El cronista indígena Felipe Guamán Poma de Ayala registró de primera mano en su Nueva Corónica y Buen Gobierno el terror sembrado por el visitador:
El 20 de diciembre de 1609, en la Plaza de Armas de Lima, Ávila ejecutó un gran auto de fe donde quemó públicamente miles de cuerpos momificados y condenó al sacerdote nativo Hernando Pauccar a recibir 200 azotes, ser rapado y sufrir deportación perpetua a Chile.
Continuando su misión, inspeccionó nuevamente las doctrinas e informó al rey haber encontrado más de «5000 ídolos» a costa de su propia hacienda, buscando recompensas económicas o privilegios eclesiásticos mediante Probanzas de Méritos. Entre 1611 y 1615 extendió sus visitas hacia Jauja y Yauyos, región donde en 1614 ocurrió la Masacre de Yauyos y Huachos, donde murieron 80 indígenas acusados de idolatría. Guaman Poma volvió a criticar duramente a Ávila por la confiscación sistemática de metales preciosos y textiles finos pertenecientes a las comunidades andinas, además reprueba la colusión entre el visitador y los curas doctrineros:
En 1615 redactó un Informe de Méritos donde pretendió establecer falsamente que su celo extirpador databa de antes de 1607, buscando probar que las denuncias de los indígenas habían sido represalias. Ninguno de los testigos coloniales consultados apoyó su versión cronológica. A pesar de ello, en 1615 fue reafirmado en su cargo de juez visitador por el virrey Francisco de Borja y Aragón; logrando el traslado de los maestros de idolatrías a Lima en 1617.
El Manuscrito de Huarochirí
Paradójicamente, el mayor logro histórico de Francisco de Ávila no fue la erradicación de las religiones andinas, sino la conservación de la literatura y cosmovisión que intentó destruir. Hacia 1608, con el objetivo inquisitorial de comprender las estructuras de los cultos autóctonos para localizarlos y destruirlos de manera eficiente, ordenó a un grupo de asistentes nativos alfabetizados transcribir la tradición oral, los mitos y las crónicas sagradas de la región en su propia lengua.
El principal redactor y escribano nativo detrás de esta monumental recopilación filológica fue el noble indígena Don Cristóbal Choque Casa. El texto resultante, compuesto por 31 capítulos en un quechua colonial altamente sofisticado, permaneció inédito en la Biblioteca Nacional de Madrid hasta su redescubrimiento en el siglo XX. Su traducción al español en 1966 por el célebre antropólogo y escritor indigenista José María Arguedas bajo el título Dioses y hombres de Huarochirí revolucionó los estudios andinos, siendo catalogado académicamente como la «Biblia Andina» por su incalculable valor espiritual, astronómico (con registros sobre la constelación de la Yakana) y mitológico.
Últimos años y testamento