El yacimiento arqueológico de Libisosa se encuentra en el “Cerro del Castillo” del municipio de Lezuza (Albacete, Castilla-La Mancha). En virtud de las excavaciones arqueológicas (iniciadas en 1996 por un equipo de la Universidad de Alicante dirigido por José Uroz Sáez y continuadas de forma ininterrumpida desde entonces), hoy se sabe que el yacimiento ocupa 30 hectáreas de restos que abarcan desde el Bronce Final hasta la Baja Edad Media, presidida esta última por la torre vigía que da nombre al cerro y a la que corresponde igualmente un edificio de las órdenes militares. De época romana destaca la muralla tardorrepublicana y el foro de la colonia romana mencionada por Plinio el Viejo (NH, III, 25), mientras que del oppidum ibérico adscrito a la regio oretana por Ptolomeo (II, 6, 58) sobresale su fase final. La excelente conservación de estructuras y materiales de la etapa iberorromana de Libisosa se debe al “efecto sepultura” provocado por su destrucción precipitada y sistemática, que ha permitido llegar hasta nuestros días una imagen congelada de su estado previo a la devastación, lo que constituye una mina para la investigación del Ibérico Final y la Hispania republicana, en su mayor parte todavía por descubrir.
En 2021 se han iniciado las gestiones destinadas a declarar el conjunto como parque arqueológico. Es el segundo parque en la provincia de Albacete y el sexto en el conjunto de la comunidad castellano manchega.
El oppidum oretano miniaturadeimagen|Ánforas ibéricas y romanas bajo el derrumbe de las paredes de un edificio ibérico de Libisosa Los primeros testimonios arqueológicos de ocupación del cerro se remontan al Bronce Final, en virtud del hallazgo de cerámicas hechas a mano prehistóricas dispersas por el yacimiento, con tan solo una concentración especial en el Sector 2, en el que además parece haber huellas de hábitat y donde van acompañadas de vasijas a tonos grises, que ubican este contexto en un arco del s. IX/VIII al VI a.C., en el momento de transición entre el Bronce Final y el Hierro I/Orientalizante. La continuidad del hábitat en época ibérica antigua resulta dentro de la lógica, y diversos son los factores que hacen pensar en un rol nuclear de este oppidum en su comarca. miniaturadeimagen|Guerrero ibérico pintado sobre una tinajilla hallada en Libisosa Pero si hay una etapa de la Libisosa mencionada por Ptolomeo (II, 6, 58) entre las ciudades iberas oretanas, digna de destacar en virtud de los hallazgos arqueológicos, es la que se corresponde con la fase final, que abarca del siglo II al primer tercio s. I a.C. y que nos informa de diversos aspectos sobre la vida de una comunidad oretana bajo el dominio de Roma, seguramente de peregrini en régimen estipendiario, en una etapa de su proceso de romanización que podríamos calificar de temprana, propiciada seguramente, y entre otras razones, por la presencia de comerciantes itálicos y, sobre todo, por algún cuerpo del ejército (o soldados alojados en régimen de hospicio) que proporcionaría seguridad a las rutas que allí confluyen. El proceso de romanización correrá paralelo, paradójicamente, a otro de autoafirmación, que encontró en la iconografía un lienzo ideal (como muestran también algunos vasos singulares hallados en Libisosa) para ensalzar la virtud aristocrática ibérica, en el marco de la construcción de una mitología propia, para su cohesión interna (del grupo dirigente y sus clientelas) y, en definitiva, para mantener sus privilegios ante el nuevo orden romano.
Y si esta fase es importante es debido a su excepcional estado de conservación, motivado por una destrucción repentina, que se ha relacionado con las guerras sertorianas (82-72 a.C.), y que ofrece una imagen inalterada del momento inmediatamente anterior a dicha devastación, tanto de estructuras como de materiales. De lo cruento de este episodio, y de la fractura que supone, rinde cuentas el hallazgo de un esqueleto infantil tendido sobre una de las calles.
De lo que conocemos como barrio iberorromano destacan dos sectores:
El Sector 3, ubicado en la ladera norte. De este se ha podido excavar parte de una barriada, cuyo perímetro completo está aún por definir, habiéndose descubierto un conjunto de una veintena de departamentos, espacios multifuncionales sede de la élite ibérica del lugar y su clientela, que son quienes residen en el oppidum. El elevado número de materiales de importación (ánforas, vajilla de barniz negro y de paredes finas, vajilla de bronce) hallados en esta zona y el resto del barrio iberorromano lo es en términos absolutos, pero no en términos relativos: la inmensa mayoría del registro recuperado es ibérico, como lo siguen siendo sus construcciones y, seguramente, su organización interna. La técnica constructiva documentada en estos edificios se encuentra protagonizada por el tapial y, sobre todo, el adobe, que constituía el elemento principal de las paredes, asentándose en zócalos de piedra, así como el elemento básico del “efecto sepultura” que preservó, con su derrumbe, el contenido de los mismos. El Sector 18, al noroeste del anterior, dominado por un gran edificio de planta trapezoidal y 181 m2, el dpto. 127, que contó con una planta superior al menos en parte de su superficie, y un tejado a un agua con abertura a modo de porche en el lado oeste ⅞, y que debió pertenecer a un oligarca local. La construcción, musealizada in situ para su visita, cuenta con 6 estancias, que muestran una clara plurifuncionalidad (como la de tantas construcciones ibéricas). Su diversificación y relevancia lo convierten en un complejo oligárquico que trasciende el concepto de taller, pero también el doméstico. Además de un conjunto singular de materiales de importación, de imitaciones y de bienes de prestigio, y una abrumadora mayoría de material ibérico, como es normal en esta fase, se encuentra también representada la esfera agropecuaria, como se desprende de la concentración de herramientas agrícolas, junto a la presencia de otros elementos relacionados con la caballería y ganadería, e incluso a actividades metalúrgicas. Pero el edificio, ante todo, pone de manifiesto un claro ejercicio de los diversos procesos de producción en su sentido más amplio, que atañe principalmente a las actividades textiles y de tratamiento de la lana (cuba de plomo), pero también el almacenamiento de alimentos y su comercio, especialmente el vino, como muesta la acumulación anfórica encontrada en una de sus estancias, más aún si se contabiliza la gran bodega de 77 m2 encontrada adosada al este (dpto. 172), y que por sus más de 80 ánforas-tinaja identificadas debió de contar con un carácter de almacén de excedentes posiblemente destinados al comercio o a la redistribución interna.
miniaturadeimagen|Edificio oligárquico iberorromano de Libisosa→ Las últimas investigaciones en el Sector 18 han sacado a la luz un panorama más complejo y con más matices, y un nuevo contexto cerrado, este destruido en el s. II a.C. y que parece corresponderse con un edificio de culto. De este lugar procede el excepcional vaso de la “Diosa y el príncipe ibero”, que se ha sumado recientemente a la colección permanente del museo de Lezuza.
Entre los últimos descubrimientos también destaca su conjunto de armas iberorromanas y una excepcional acumulación de monedas, así como el catálogo de inscripciones ibéricas.
La muralla romana La dinámica de romanización del poblado ibérico quedará dramáticamente interrumpida, como se ha dicho, cuando el oppidum, o al menos la parte conocida por los sectores excavados, es arrasado definitivamente en el contexto de las guerras sertorianas, encastillándose uno de los ejércitos en liza en la parte más elevada del cerro. Aunque no existan fuentes literarias que avalen la filiación del enclave libisosano en este conflicto, cuando en el 75 a.C. Metelo venció y mató a Hirtuleyo (legado de Sertorio) en la Ulterior, el general de la facción silana ya tuvo las manos libres para dirigirse al levante hispano y poder unirse a Pompeyo, que acababa de vencer a los sertorianos Perpenna y Herennio en Valentia. Y Metelo se debió desplazar por la antigua ruta recordada en los Vasos de Vicarello, el Camino de Aníbal o via Heraclea, que controlaba Libisosa para el paso entre el Sur y el Levante peninsular. miniaturadeimagen|Puerta Norte de la muralla romana de Libisosa, levantada sobre el Sector 3 del barrio iberorromano El Sector 18 es destruido y ya no será ocupado por las poblaciones posteriores. En cuanto al Sector 3, sobre el derrumbe de los edificios pre-existentes se construye apresuradamente una muralla de tres metros de anchura, abarcando 9 Ha, con un doble paramento de mampostería ordinaria, en seco, y el interior relleno de piedras y tierra, recordando la técnica del emplecton de Vitrubio (II, 8, 7), con dos aberturas en esta zona, las Puertas Norte y Noroeste. La que más afecta a los departamentos ibéricos, la Puerta Norte, está provista de sendos bastiones macizos de tendencia rectangular de unos 6 m de frente externo, que protegen un vano ligeramente abocinado de 9 m en su parte exterior y de 7,30 m en la interior. Más adelante, posiblemente a mediados del s. I d.C., cuando probablemente ya estaba en mal estado el torreón oeste, se cerró esta puerta, dejando solo una poterna.
Colonia Libisosa Foroaugustana Tras un hiato de difícil localización arqueológica, el antiguo oppidum oretano experimentará un salto promocional definitivo, con su conversión en la colonia Libisosa Foroaugustana, a la que Roma otorgó, tal y como se desprende de la lectura de Plinio el Viejo (HN, III, 25), el ius italicum, la más alta consideración jurídica, quizás como premio para fijar la población en esta zona tan estratégica. Dicha promoción colonial le habría sido conferida por Augusto a Libisosa posiblemente con ocasión de su tercer viaje a Hispania, a finales del s. I a.C. miniaturadeimagen|220x220px|Vista aérea del foro romano y decumano de Libisosa, cuando se encontraba en proceso de puesta en valor miniaturadeimagen|220x220px|Fragmento de escultura romana de personaje julio-claudio hallado en Libisosa La deductio colonial trajo consigo la fundación del foro, articulado en torno a una gran plaza de 150 pies de longitud por 100 de anchura, lo que supone una proporción de 3 a 2 (la idónea para Vitrubio V,1,2), para lo cual se tuvo que realizar una gran obra de ingeniería de desmonte al sur y aterrazamiento al norte, que permitiera crear ese gran espacio central con sus edificios laterales en la parte más elevada y estrecha del cerro.
El ingreso principal al foro se halla en su parte oriental, con una fachada que presenta dos grandes hornacinas rectangulares, situadas de forma paralela y simétrica a la puerta. Este acceso se articula en torno a un vano central de 3 m de amplitud, que coincide con el centro geométrico de la plaza, y que da acceso a sendos pórticos, al norte y sur de la misma. En el eje central del foro, y próximo al podio de la basílica, se halla el agujero del mundus. Muy cerca de éste había tenido lugar, cerca de un siglo antes, un depósito votivo iberorromano coincidiendo con el período de destrucción del oppidum. A través del pórtico meridional se accede a la curia, orientada en sentido E-W y compuesta por dos estancias, con 7,15 m de anchura por 19,70 m de longitud. En el lado occidental está situada la basílica, un gran edificio de planta rectangular de 41 m de longitud por 14,5 m de amplitud con dos accesos desde la plaza del foro en las áreas porticadas, y una doble hilera de 9 columnas en su interior. En sentido longitudinal al pórtico norte se extiende otro edificio, un posible granero, de 5 m de amplitud por 35,50 m de longitud, sin compartimentación interna, en el que se está interviniendo en las últimas campañas, al ser todavía una zona por terminar de definir y poner en valor.