Suecia fue una de las grandes potencias europeas del . En la historiografía moderna esta época es conocida como la del Imperio sueco o stormaktstiden (en español: «La era del gran poder» o «La era del poderío»). Durante este período de la historia de Suecia, que cubre gran parte del y comienzos del , el país se convirtió en una potencia europea que ejerció control sobre gran parte de la región Báltica, además de controlar territorios en el Mar del Norte e incluso al otro lado del Atlántico, como Nueva Suecia. Generalmente se sitúa el comienzo del período con el reinado de Gustavo Adolfo, quien ascendió al trono en 1611, y su final con la pérdida de territorios en 1721 tras la Gran guerra del Norte.

Tras la muerte de Gustavo Adolfo en 1632, el imperio fue controlado por períodos extensos por parte de la nobleza, como la familia Oxenstierna, actuando como regentes para monarcas menores de edad.

Tras sus victorias en la Guerra de los Treinta Años y la subsiguiente Paz de Westfalia, a Suecia se le otorgaron territorios en el norte de la actual Alemania. Suecia alcanzó el clímax de su poder durante la Segunda guerra nórdica (1655-1660), cuando su principal adversario, Dinamarca-Noruega, fue neutralizado por el Tratado de Roskilde en 1658. Dinamarca-Noruega se vio obligado a renunciar a un tercio de sus territorios para salvar el resto. Si bien durante el reinado de Carlos XII Suecia logró victorios iniciales en el Tratado de Traventhal (1700) y el Tratado de Altranstädt (1706), Carlos habría de liderar una campaña en Rusia que terminaría en una derrota decisiva en la Batalla de Poltava. La victoria rusa puso fin a la expansión territorial de Suecia, y para el momento de la muerte de Carlos XII en 1718 el Imperio había sido disminuido severamente tanto en términos de territorios como militarmente. Finlandia fue cedida a Rusia en 1809 y el último territorio continental restante de Suecia (Pomerania Sueca) fue cedido a Dinamarca a cambio de Noruega tras las Guerras napoleónicas.

Historia Suecia emergió como una gran potencia europea bajo el liderazgo de Axel Oxenstierna y el rey Gustavo II Adolfo. Gracias a la adquisición de territorios obtenidos de Rusia y a la Mancomunidad de Polonia-Lituania, así como a su participación en la Guerra de los Treinta Años, Suecia se convirtió en abanderado del protestantismo.

La expansión sueca se apoyó también en una economía exportadora dominada por los metales. A comienzos del siglo XVII, Suecia se había convertido en el principal exportador de hierro y cobre del norte de Europa; ambos metales representaban conjuntamente casi el 63 % de las exportaciones nacionales en 1637 y más del 80 % en 1685. Gustavo II Adolfo explotó además la gran mina de cobre de Falun, entonces la mayor de Europa, y utilizó sus ingresos para financiar sus proyectos políticos y militares.

Durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), Suecia logró conquistar aproximadamente la mitad de los Estados miembros del Sacro Imperio Romano Germánico. El curso de la guerra osciló en varias ocasiones. Tras su derrota en la batalla de Nördlingen (1634), la confianza en Suecia por parte de los Estados alemanes bajo su control se vio mermada; varias provincias rechazaron continuar recibiendo apoyo militar sueco, dejando a Suecia únicamente con un par de provincias del norte de Alemania. La situación cambió de nuevo cuando Francia intervino en el mismo bando que Suecia. A medida que la guerra proseguía, aumentó el número de víctimas civiles y militares, provocando una grave despoblación en los Estados alemanes al finalizar el conflicto. Aunque no existen cifras exactas, los historiadores estiman que la población del Sacro Imperio Romano Germánico se redujo en un tercio a consecuencia de la guerra.

Suecia estableció colonias de ultramar, principalmente en el Nuevo Mundo. En 1638 se fundó Nueva Suecia en el valle del río Delaware y, posteriormente, el país reclamó varias islas del Caribe. Asimismo, se construyó una serie de fuertes y puestos comerciales suecos a lo largo de la costa de África Occidental, si bien estos no estaban destinados a albergar colonos suecos.

La paz de Westfalia

A la conclusión de la guerra de los Treinta Años, la Paz de Westfalia de 1648 otorgó a Suecia ciertos territorios como indemnización de guerra. Suecia exigió en las negociaciones los territorios de Silesia y Pomerania Sueca (bajo dominio sueco desde hacía veinte años) y una indemnización monetaria de 20 millones de riksdaler. Las aduanas pomeranas eran las que más rendían de todo el Báltico, y Suecia también había gestionado temporalmente las de Prusia a mediados de la década de 1620.

Los representantes suecos, Axel Oxenstierna y Johan Banér, obtuvieron para Suecia: Pomerania Sueca Superior, más las islas de Rügen y Usedom; Un fragmento de la Pomerania Inferior al este del Oder, inclusive las poblaciones de Stettin, Garz, Damm y Gollnow; La isla de Wollin y los derechos de sucesión sobre el resto de la Pomerania Inferior en caso de extinción de los Hohenzollern de Brandeburgo; La ciudad de Wismar con los distritos de Poel y Neukloster; Los obispados secularizados de Bremen-Verden, más la ciudad de Wildeshausen 5 millones de riksdaler.

Estos territorios serían administrados como posesiones suecas o feudos del Sacro Imperio Romano Germánico. Esto le concedía a Suecia un voto en la Dieta Imperial, además de la administración del Círculo Imperial de la Baja Sajonia, alternándose con Brandeburgo-Prusia.

Francia y Suecia se convirtieron en garantes del tratado junto al Emperador, como se decidió en el congreso ejecutivo de Núremberg de 1650.

Trasfondo histórico thumb|210px|Suecia en la cúspide de su expansión territorial, tras el Tratado de Roskilde (1658).

Suecia ganó posesiones pequeñas y dispersas como resultado de dieciocho años de guerra, pero se aseguró el control de tres ríos principales del norte de Alemania —el Oder, el Elba y el Weser— además de derechos de aranceles sobre dichas arterias comerciales. Las dos principales razones de sus pequeñas ganancias territoriales fueron la reticencia de Francia y la impaciencia de la reina Cristina de Suecia. Como resultado de la intervención sueca, se aseguró la libertad religiosa para los protestantes en Europa, el mayor logro político de Suecia, que la convirtió en abanderada del protestantismo continental durante setenta años, hasta que se produjo el colapso del Sacro Imperio Romano Germánico.

El ascenso de Suecia al rango de poder imperial implicaba que debía continuar siendo una monarquía militar, armada ante posibles emergencias. La pobreza y escasa población de Suecia hacían que el país no estuviera preparado para adoptar un estatus imperial. Sin embargo, a mediados del , con Francia como firme aliada, la incompatibilidad entre su poder y sus pretensiones no resultaba tan obvia. La guerra expansionista, que llevó al país a apoderarse en apenas cincuenta años de Ingria y Carelia —arrebatadas a Rusia—, de Estonia y Livonia —conquistadas a Polonia-Lituania— y de Stralsund y Stettin —que dominaban la desembocadura del Óder— y Bremen —que le permitió señorearse del bajo Elba y Weser— y de Wismar —importante también para controlar el Elba y amenazar Dinamarca desde el sur— se debió a diversos factores, tanto políticos como económicos. Por un lado, era casi la única actividad en la que el rey gozaba de amplios poderes, pues en política interior estaba sujeto al control nobiliario que se ejercía mediante la Dieta y el Senado, y por otro, la pobreza del suelo sueco y la dureza del clima hacían que la única «industria» nacional fuese la guerra que aportaba, en caso de resultar favorable, botín, impuestos de nuevas provincias y cargos para la aristocracia.

Consolidación estatal thumb|left|Retrato del rey Gustavo II Adolfo. thumb|Retrato de la reina Cristina de Suecia. thumb|left|Canciller Axel Oxenstierna. Por el momento, Suecia mantenía una tenue posición de liderazgo. Un gobierno cuidadoso permitiría el dominio permanente de la costa del Mar Báltico, pero dejaba poco espacio para errores. Desafortunadamente, la inexperiencia de los dos sucesores inmediatos de Gustavo II Adolfo, Cristina de Suecia y Carlos X Gustavo, presentó grandes dificultades para el naciente imperio.

Bajo el reinado de la reina Cristina, el explorador Peter Minuit fundó el 29 de marzo de 1638 Nueva Suecia, una pequeña colonia sueca en la costa oriental de Norteamérica, que incluía partes de los actuales Estados norteamericanos de Delaware, Nueva Jersey y Pensilvania. El principal pueblo de la colonia era Fuerte Cristina, nombrada en honor de la reina Cristina de Suecia. Cerca de seiscientos colonos suecos se establecieron en esa zona ese año. Más adelante, este pueblo se convirtió en la actual ciudad de Wilmington (Delaware). El control sueco sobre la región duró diecisiete años; en septiembre de 1655, bajo la dirección del gobernador Johan Rising, Nueva Suecia fue atacada por la vecina colonia neerlandesa de Nuevos Países Bajos y anexada a esta última.

La situación financiera debida a la paz llevó al Estado al borde de la bancarrota en tiempos de Cristina. Paradójicamente, el fin de la guerra de los Treinta Años eliminó dos de las principales fuentes de ingresos para la hacienda sueca: los subsidios franceses y las contribuciones alemanas. Los ingresos habituales de la Corona, como los debidos a las minas, no bastaban para sufragar los gastos estatales de un país que por entonces había superado el millón de habitantes y era ya una gran potencia europea. Los ingresos procedentes de las aduanas tampoco compensaban verdaderamente los gastos militares que causaban las guarniciones y los que se requerían para recaudarlos. La cesión que la Corona había hecho a la nobleza de tierras y vasallos para premiar su participación en las guerras, había suscitado el descontento de los campesinos, opuestos a la servidumbre que imponía la aristocracia en sus propiedades. Estas dificultades económicas despertaron el descontento público previamente a su abdicación. Los suecos temían que la grandeza externa y artificial de su país pudiera ser comprada con la pérdida de sus libertades civiles y políticas. Para evitar la guerra civil del campesinado contra la nobleza, la Corona optó por renovar la guerra exterior, en especial tras la abdicación de Cristina en su primo Carlos Gustavo.

Fue, empero, durante el reinado de Cristina (1645), cuando los suecos obtuvieron de Dinamarca la cesión del sur de la península escandinava (Tratado de Brömsebro) que les dio acceso al estratégico estrecho de la Sonda y a sus lucrativos aranceles, provenientes de la tributación del intenso comercio entre el Báltico y la Europa occidental.

Carlos X Gustavo fue un sólido árbitro entre el pueblo y la nobleza. Principalmente un soldado, dirigió su ambición hacia la gloria en combate, pero también se trataba de un hábil político: Al tiempo que reforzaba el poderío militar, entendió que era necesaria una mayor unidad interna para ejercer una firme política exterior.

La cuestión interior más acuciante que resolver era la Reduktion, o restitución de tierras de la Corona. En el Riksdag de Estados de 1655, el rey propuso que aquellos nobles en posesión de tierras de la corona debían o pagar una suma anual de 200 000 riksdaler como arriendo por las mismas, o devolver un cuarto de la propiedad, con un valor aproximado de 800 000 riksdaler. La nobleza, deseosa de evitar los impuestos, estipuló que la ley no tuviera valor retroactivo más atrás de 1632, fecha de la muerte de Gustavo II Adolfo.