La Ofensiva de Kérenski (también conocida con el nombre de Ofensiva de Julio u Ofensiva de Galitzia) fue la última ofensiva rusa durante la Primera Guerra Mundial y tuvo lugar en julio de 1917. Sus objetivos principales eran evitar el traslado de tropas de las Potencias Centrales al frente occidental antes de la llegada de las fuerzas estadounidenses que debían dar ventaja a la Triple Entente, además de recobrar la disciplina y el espíritu de combate entre las tropas rusas, muy debilitadas por las penalidades de la guerra y la Revolución de Febrero.
El régimen zarista se había comprometido con los Aliados a participar en una nueva ofensiva conjunta en 1917. Al comienzo, esta se había fijado para comienzos de año pero las necesidades militares anglo-británicas y el rechazo ruso a combatir en mitad del invierno obligaron a retrasar las operaciones hasta la primavera. Para entonces la desorganización del Ejército Ruso, en parte por las enormes bajas sufridas y el hartazgo por la guerra y en parte por las medidas democratizadoras del nuevo Gobierno provisional que desbarataron la antigua disciplina, impidió al alto mando participar en las operaciones de primavera. Convencidos los mandos rusos, el Gobierno y la mayoría de los partidos —incluidos los socialistas moderados que controlaban el Sóviet de Petrogrado y la mayoría de los comités de soldados surgidos en el frente— de la necesidad de realizar una nueva ofensiva, se preparó esta para el verano, con gran dificultad por la oposición de obreros y soldados a lanzar nuevos ataques.
La ofensiva tuvo lugar finalmente a comienzos de julio y, a pesar de unas primeras victorias, pronto se estancó por la falta de apoyo y disciplina en las unidades, que a menudo se negaban a participar o se retiraban al poco de comenzar las operaciones. A pesar de encontrarse en inferioridad numérica y armamentística, las Potencias Centrales contraatacaron y consiguieron recuperar el terreno perdido, avanzar hasta Tarnópol y desorganizar todo el frente suroeste, que se sostuvo a duras penas. La ofensiva resultó un fracaso militar y político: no devolvió el orden al Ejército, desencadenó las Jornadas de Julio en la capital, favoreció la disgregación de las unidades, hundió el escaso prestigio militar ruso ante franceses y británicos y condujo a una nueva pérdida de territorio. Propició una polarización política que debilitó al Gobierno y favoreció a los extremistas de izquierda y de derecha, que un mes más tarde condujo al fallido golpe de Kornílov.
Antecedentes
Compromisos con los Aliados El , los mandos rusos de los distintos frentes se reunieron en la sede del alto mando en Maguilov para tratar su contribución a la siguiente ofensiva aliada. Los militares rechazaron los planes aliados de ofensiva para febrero del año siguiente, a pesar de que los representantes rusos les habían otorgado el beneplácito en la conferencia aliada en Chantilly en la que se había decidido tal fecha para el siguiente ataque. Según los generales rusos, la época del año hacía imposible operaciones de gran envergadura en el frente oriental y el Ejército tampoco se encontraba preparado para estas. La mayoría defendió retrasar la ofensiva al menos hasta mayo, cuando debía llegar una remesa de artillería británica que consideraba crucial para la campaña; se decidió también realizar una profunda reorganización de las unidades que debía dotar de mayor capacidad de maniobra al Ejército, pero que también impedía llevar a cabo una ofensiva en el futuro inmediato. A pesar de las exigencias aliadas, los generales presentes decidieron que sus unidades simplemente apoyarían una posible ofensiva en el resto de frentes mediante operaciones limitadas y pospondrían todo ataque sustancial hasta el verano. Tras largas discusiones, se eligió el frente suroeste para este ataque principal. Reunión del alto mando ruso en 1916. El general Mijaíl Alekséyev (3º por la izda.) trazó a grandes rasgos el plan de campaña de año siguiente, aunque fue relevado poco antes de su puesta en marcha por el general Brusílov (3º por la dcha., le sigue el zar Nicolás II).|thumb|left|290px La relativa falta de tropas alemanas en ese sector (52 000 de un total de 260 000) y la concentración de tropas rusas en el cercano frente rumano facilitaban el ataque en esta zona. El plan incluía el avance hacia Leópolis-Sighetu Marmației de los ejércitos 11.º, 7.º y 8.º, reforzados con unidades retiradas del frente rumano. Para apoyar este ataque y evitar el socorro del enemigo al sector, se realizarían ataques menores en otros frentes: en el occidental se lanzaría una ofensiva menor hacia Vilna; en el septentrional, hacia Riga; y, en el rumano, hacia Dobruja. El zar aprobó este plan del jefe del Estado Mayor, general Mijaíl Alekséyev, el .
El comandante del frente suroeste, general Alekséi Brusílov, reunió ese mismo mes a los jefes de los tres ejércitos que lo componían para perfilar las operaciones de cada uno: el 7.º sería el que realizaría el ataque principal mediante un avance en dirección noroeste hacia Leópolis, el 11.º tendría el mismo objetivo, pero avanzaría en dirección oeste; el Ejército Especial continuaría su avance hacia Volodímir-Volinski y Kóvel, mientras que las tropas de asalto del 8.º a lo largo de los Cárpatos tendrían un papel de apoyo al frente rumano cuando este se uniese al ataque. Este plan, con la sola eliminación de la participación del Ejército Especial, fue el que se trató de aplicar durante la ofensiva del verano.
En la conferencia interraliada celebrada en Petrogrado en febrero —la primera celebrada en territorio ruso—, se acordó finalmente el retraso de la principal ofensiva aliada a la primavera: debía llevarse a cabo en el mes de abril. Este cambio se debió no solo al deseo ruso de retrasar la campaña, sino también a las necesidades militares franco-británicas derivadas de los cambios de planes del comandante francés, el general Nivelle.
Situación del Ejército Aleksandr Kérenski, izquierda, nuevo ministro de Defensa del Gobierno de coalición social-liberal, arengando a las tropas durante los preparativos de la ofensiva de verano.|thumb|right La disciplina en el seno del Ejército ruso había decaído enormemente tras la abdicación del zar Nicolás II.530 En parte, la pérdida de disciplina se debía a la desconfianza de las tropas con sus mandos; la enorme cantidad de bajas sufridas por el Ejército ruso en los primeros años de la contienda había desprestigiado a los oficiales entre gran parte de la tropa. En palabras del destacado social-revolucionario Víctor Chernov:
La composición del Ejército La gran cantidad de bajas había tenido además otra consecuencia fundamental: alterar profundamente la composición de las fuerzas armadas, tanto la de la tropa como la de la oficialidad. Aunque los soldados seguían siendo fundamentalmente de origen campesino, las últimas levas de 1916 habían comenzado a incluir a hombres de mediana edad y los nuevos reclutas se enviaban al frente con una instrucción menor a las de sus predecesores. La desaparición de casi la totalidad de los hombres hábiles del campo por el reclutamiento agudizaba además la situación del agro ruso. La oficialidad, especialmente en los grados bajos del escalafón, también había cambiado radicalmente durante la guerra; el gran número de bajas había eliminado prácticamente a los antiguos oficiales y los había sustituido por otros nuevos con una visión más liberal que la habitual en el alto mando. Por debajo del grado de capitán, casi la totalidad de los oficiales provenían de las academias para reclutas creadas durante la contienda, que sólo exigían cuatro años de escolarización y cuatro meses de servicio activo para el ingreso; prácticamente todos ellos provenían del campesinado o de las clases medias-bajas. La queja de los altos oficiales por la «escasa actitud marcial» de los jóvenes oficiales venía acompañada a menudo por la de la poca calidad de los refuerzos recibidos. Además, muchos de estos nuevos oficiales se oponían a la ofensiva planeada y consideraban que su fracaso hundiría tanto al Gobierno como al alto mando.
Cambios en los mandos El mando de las unidades había sufrido además profundos cambios después de la revolución por el relevo de un centenar de generales y el cambio de numerosos oficiales de unas unidades a otras. Incluso el alto mando había experimentado cambios notables: el , Kérenski había logrado la sustitución de Alekséiev por Brusílov, que hasta entonces había mandado el frente suroeste. Se cambió además a todos los comandantes de los diversos frentes y a muchos de los oficiales que mandaban los distintos cuerpos de ejército, ejércitos y divisiones. En el frente más importante para la ofensiva, el del suroeste, el nuevo comandante, el general A. E. Gutor, tomó el mando solo tres semanas antes del comienzo previsto de la campaña. Sus unidades principales para el ataque, el 11.º y 7.º ejércitos, también habían cambiado recientemente de comandantes, en el caso del primero, en tres ocasiones —el comandante que dirigió la unidad se hizo con el mando cinco días antes del ataque—. La totalidad de los jefes de los cuerpos de ejército de estas unidades y la mayoría de los generales de división habían sido nombrados en los tres meses que precedieron a la campaña de verano. Lo mismo sucedió con el 8.º ejército, que tenía una tarea menor en los planes pero acabó desempeñando un destacado papel dirigido por su nuevo comandante, el general Lavr Kornílov, que tomó el mando el y sustituyó a Alexéi Kaledin.
Los cambios de mandos no afectaron únicamente al frente suroeste, sino también a otros tres frentes: Antón Denikin tomó el mando del frente occidental, adyacente por el norte al sudoccidental, el , diez días antes del comienzo de la ofensiva de verano; en el frente norte, el general Dragomírov había sustituido a Ruzski antes de serlo él mismo por el general V. N. Klembovksi; y en el frente rumano, el general D. G. Shcherbachiov sucedió a V. V. Sájarov.
La moral de las tropas La revolución, por otra parte, no había hecho desaparecer el entusiasmo de las tropas por la contienda, pues este nunca había existido, simplemente agravó la oposición de los soldados al conflicto. Las esperanzas de mejora que trajo la revolución sí que minaron, sin embargo, el cumplimiento de los deberes militares de los soldados, ya que estos parecían interponerse en la consecución de esa prosperidad. La actitud de muchos soldados se reflejaba en la siguiente carta de un soldado del frente al Sóviet de Petrogrado:
El deseo de paz se reflejó no solo en la confraternización con el enemigo y las peticiones al Sóviet de Petrogrado, sino también en el incremento de las deserciones, que se produjo después de la Revolución de Febrero. El número de soldados que decían encontrarse enfermos también creció desmesuradamente y muchos de ellos, evacuados a la retaguardia, nunca regresaron a sus unidades (1 183 988 después de la revolución frente a 726 200 en todo el periodo anterior a ella).
A pesar de esto, numerosos oficiales y políticos, socialistas y no socialistas, se engañaron pensando que, una vez eliminada la autocracia, las tropas formarían un nuevo Ejército revolucionario dispuesto a retomar con vigor las operaciones militares, en parte por analogía con el periodo revolucionario francés. La mayoría de los mandos, de la prensa y de los políticos favorables a realizar la ofensiva de verano culpaba a los bolcheviques de la efervescencia de los soldados, cuando en realidad aquellos solo reflejaban la oposición de los combatientes a realizar nuevos ataques.
Democratización y disciplina