La batalla de El Tala (27 de octubre de 1826) fue un enfrentamiento militar librado entre las tropas federales del caudillo riojano, coronel Juan Facundo Quiroga, y las del unitario encabezadas por el coronel Gregorio Aráoz de Lamadrid, ocurrido en el contexto de la guerra civil de 1826-1827. El combate finalizó con una contundente victoria federal.
Antecedentes El presidente Bernardino Rivadavia envió al coronel Gregorio Aráoz de Lamadrid a hacer levas en el noroeste del país, pero aquel no obedeció las órdenes. El 25 de noviembre de 1825, Aráoz de Lamadrid se apoderó del gobierno de la provincia de Tucumán. Meses antes, el 16 de julio, el gobierno de la provincia de Catamarca quedó a cargo del coronel unitario Manuel Antonio Gutiérrez. Sin embargo, debido a que tenía una fuerte oposición y había una creciente influencia del comandante de armas y caudillo de la vecina provincia de La Rioja, coronel Juan Facundo Quiroga, quien le dio refugió a varios opositores, destacando el coronel José Manuel Antonio Figueroa Cáceres, el gobernador catamarqueño buscó mantenerse en el poder con el apoyo de Aráoz de Lamadrid, lo que supuso una ruptura de la tradicional alianza que tenía Catamarca con la provincia de Santiago del Estero, donde gobernaba el coronel mayor (general) Juan Felipe Ibarra. En respuesta, Ibarra empezó a apoyar al exiliado Figueroa Cáceres.
Además, el presidente también era unitario y deseaba crear un ejército nacional leal al gobierno central que estuviera a las órdenes del brigadier general Juan Antonio Álvarez de Arenales, gobernador de la provincia de Salta, por lo que envió 2000 fusiles y 1500 sables a Tucumán y Catamarca, en lugar de usarlas para la guerra del Brasil. Según el historiador Vicente Fidel López, su plan incluía convencer a los gobernadores de Mendoza y San Juan para que reclutaran un ejército de 2000 hombres que operaría contra Bustos y Quiroga.
Como el primer paso para afirmar su poder era deponer al gobernador de Córdoba, brigadier general Juan Bautista Bustos, este último solicitó ayuda a sus aliados federales. Pronto, Ibarra dejó de enviar ayuda militar a la guerra contra los brasileños y Quiroga empezó a movilizar a sus milicias, pues ambos temían que Rivadavia intentaría deponerlos pronto. El 1 de agosto de 1826, tropas riojanas y santiagueñas invadieron Catamarca al mando de Figueroa Cáceres, llegando a tomar San Fernando del Valle de Catamarca y nombrar gobernador a Pío Isaac Acuña. Gutiérrez huyó a Ancasti, donde se rehízo con 100 tucumanos enviados por el gobierno aliado y recuperó la ciudad, capturando a Figueroa Cáceres, a quien ejecutó sin trámites el 14 de agosto. Causó la furia de los vecinos de San Fernando del Valle de Catamarca, quienes expulsaron al gobernador. Gutiérrez huyó a San Miguel de Tucumán porque tenía muy pocos soldados y ahí formalizó una alianza con Aráoz de Lamadrid. El 26 de septiembre, Aráoz de Lamadrid se puso en campaña y devolvió al poder a Gutiérrez.
Posteriormente, a inicios de octubre, Bustos le informó a Quiroga que el convoy con las armas apartadas por Rivadavia había entrado en tierras tucumanas, por lo que el caudillo riojano decidió deponer a Aráoz de Lamadrid. El riojano entró en Catamarca y su vanguardia venció a Gutiérrez en Coneta el 9 de octubre, obligando al gobernador catamarqueño a huir. Gutiérrez llegó al sur de Tucumán, donde informó de su derrota y su aliado respondió enviado 300 jinetes a cargo del coronel José Ignacio Helguero para ayudarlo a recuperar el poder. Rápidamente arrollan a la vanguardia federal y recuperan San Fernando, sin embargo, Quiroga avanza rápido con el grueso de su ejército y se ven obligados a abandonar Catamarca con unos pocos hombres.
El 20 de octubre, la noticia de la invasión llega a San Miguel y gobernador tucumano le solicita una entrevista a su contraparte santiagueña en Vinará, prometiendo ir acompañado solo de dos soldados y un par de ayudantes. Al día siguiente, este último se niega, aumentando la preocupación de los unitarios. Esa misma jornada, Aráoz de Lamadrid convocó en el campo del fuerte de La Ciudadela a todos los escuadrones de milicias disponibles, lo que se logró esa tarde. Justo pasaba por San Miguel en camino a Salta una caravana de carretas con 200 fusiles y 1500 sables. El gobernador tucumano carecía de armas para sus tropas y había sido comunicado por el ministro Julián Segundo de Agüero del propósito de la comitiva, pero decidió tomar un uno o dos cajones con 40 fusiles y otro con igual número de sables, escribiendo una carta a Álvarez de Arenales comprometiéndose en devolverlas en cuanto pudiera; según Sarmiento, fueron 50 fusiles y otros tantos sables.
Fuerzas enfrentadas En el intercambio epistolario del coronel Helguero, entonces gobernador delegado de Tucumán, se afirma que las fuerzas aliadas de Catamarca y Tucumán sumaban 600 hombres, frente a los 1200 riojanos que les dieron batalla. El presidente de Bolivia, Antonio José de Sucre, afirmaba que los unitarios movilizaron 2000 hombres para detener a la expedición de Quiroga, que contaba con solo 1700. El historiador decimonónico de tendencias unitarias, Domingo Sarmiento, los riojanos se componían de 200 infantes y el regimiento Colorados, mientras que sus enemigos eran apenas 50 infantes con algunos escuadrones de milicias de caballería. En sus Memorias, Aráoz de Lamadrid afirmaba que los riojanos contaban con 300 infantes y 800 o más jinetes. Respecto de su propio ejército, el gobernador tucumano sostenía que contaba con unos 400 milicianos. También 90 a 100 cívicos que había reclutado junto a un escuadrón en Monteros y Río Chico. En San Ignacio se le incorporaron 80 catamarqueños traídos por Gutiérrez, de los cuales reclutó 40 como infantes y les entregó fusiles para incorporarlos a los cívicos. En total, serían unos 650 hombres. Su artillería se componía de dos piezas.
Según la historiadora Lily Sosa de Newton, ambos bandos tenían alrededor de 1000 hombres con predominancia de la caballería, estimación que apoyaba su colega Félix Best. Por su parte, Bernardo Frías estimaba que los tucumanos y catamarqueños sumaban 650 hombres, incluyendo menos de 100 guardias cívicos de Tucumán, mientras que los riojanos 300 infantes y 800 jinetes. En el ejército federal destacaba el famoso regimiento Colorados, cuyos integrantes recibían ese apodo por el color de sus prendas; Sarmiento acusaba que el color rojo que llevaban como bandera era una señal de barbarie.
Muy crítico de la figura de Aráoz de Lamadrid, Frías le acusa de no intentar reunir una fuerza mayor en aras de conseguir una victoria más gloriosa. Se basa en que el comandante unitario declaró públicamente que derrotaría al caudillo riojano reclutando 25 hombres de cada escuadrón disponible. En cambio, el gobernador tucumano se justificaba afirmando que contaba con 16 escuadrones, pero carecía de lanzas y tercerolas para armarlos a todos, así que eligió a 25 por cada escuadrón. Sin embargo, reconocía haber afirmado ante sus hombres que sólo necesitaba 25 hombres solteros por escuadrón, pero que lo hizo para infundir confianza en sus milicianos. También se lamentaba que la orden presidencial de formar el regimiento N.° 15 de Caballería le llegó demasiado tarde para organizar dicha unidad. Según él, la orden la recibió justo al comenzar la batalla. De haberla recibido antes, hubiera detenido el armamento que iba para Salta y lo habría usado para armar los 2000 o más hombres disponibles. Años después se lamentaría de no haber recibido la susodicha orden a tiempo, pues con un contingente de ese tamaño aseguraba haber podido derrotar a Ibarra y Quiroga; según él, porque el gobierno no confiaba en él.
Combate Comienzo Rápidamente, los federales avanzaron hasta las cercanías de San Miguel. Al atardecer del 26 de octubre hubo un breve combate en San Ignacio, donde se capturaron a algunos federales. Durante la noche, el gobernador tucumano interrogó a los prisioneros sobre los motivos de la invasión de Quiroga y les entregó una carta para el caudillo en que proponía una entrevista personal para evitar derramamiento de sangre, luego los liberó. Su petición de negociación de una tregua no obtuvo respuesta. Según Rodolfo Ortega Peña, lo que en verdad buscaba era ganar tiempo para aglomerar en San Miguel a sus guardias cívicos (milicianos) o conseguir que Álvarez de Arenales le enviara refuerzos salteños, pero el riojano no cayó en la trampa y no le dio tiempo. Esa noche, los unitarios acamparon a cuatro leguas del campo de El Tala, donde habían retrocedido los federales desde San Ignacio durante la mañana.
En la madrugada siguiente, al no recibir respuesta, el gobernador tucumano ordenó formar una línea de batalla. Los dos ejércitos dispusieron a su infantería y artillería en el centro, con su caballería en las alas. El ala derecha de los unitarios quedó a cargo de Gutiérrez, mientras que la derecha fue puesta a las órdenes de Helguera; Aráoz de Lamadrid se reservó el centro, compuesto de 220 hombres (90 cívicos, 40 catamarqueños y 80 milicianos de reserva a las órdenes del sargento mayor Gregorio Paz). Del ejército federal se sabe que el regimiento Colorados se quedó al frente del centro de la línea. En el centro también estaban los 300 infantes y atrás, como reserva 200 milicianos. El combate se inició cuando la artillería unitaria abrió fuego contra la infantería enemiga en el centro. La infantería federal empezó a realizar pequeños ataques, dándose luego pequeñas escaramuzas hasta que la lucha se generalizó en toda la línea. Los dos tiros de cañón que realizó la artillería unitaria contra la infantería federal fueron la señal para que los jinetes en sus alas cargaran.
En esos momentos, los jinetes catamarqueños y tucumanos hicieron retroceder a sus contrapartes riojanas, Aráoz de Lamadrid, con su sable en alto, ordena dar caza a los federales que huyen. Todos los jinetes unitarios se dedicaron a perseguir a sus rivales en las alas. El caudillo riojano, al ver retroceder a sus hombres, lideró furioso una carga con 200 jinetes de su reserva y proclamando «va a recobrar aunque sea en la puerta del Infierno» su estandarte. Se trataba del famoso estandarte de Quiroga con el lema «Religión o muerte» o la inscripción «Rn. O M.», una bandera negra y con una calavera y dos huesos entrecruzados al centro. Según Frías, lo había perdido recién comenzada la lucha. En cambio, Aráoz de Lamadrid afirmaba que fue capturado por sus cívicos cuando enfrentaron a la infantería de Quiroga.
Al mismo tiempo, Quiroga ordenaba a su columna de infantería atacar en el centro. El comandante unitario reaccionó reuniendo 80 jinetes propios y salió a su encuentro. Cuando los cuerpos de caballería se acercaron, los federales dieron media vuelta y huyeron en aparente dispersión. En esos momentos, el gobernador tucumano se quedó con apenas 30 hombres mientras que el resto fue a perseguir a los federales.
Lucha en el centro