thumb|350px|Localización de Samotracia, junto con otros santuarios griegos. El Santuario de los Grandes Dioses de Samotracia es uno de los principales santuarios panhelénicos, situado en la isla de Samotracia, en Tracia. Construido al oeste de las murallas de la ciudad de Samotracia, era independiente, como lo muestra el envío de embajadores de la ciudad al santuario durante las fiestas.

Era célebre en el conjunto del mundo griego desde la época clásica por su culto mistérico, un culto ctónico que no era menos renombrado que el de los misterios eleusinos, y numerosos personajes fueron allí iniciados: el historiador Heródoto, uno de los raros autores en haber dejado algunas indicaciones sobre la naturaleza de los misterios, el espartano Lisandro, así como numerosos atenienses. El culto es mencionado por Platón y Aristófanes.

Conoció un periodo de desarrollo arquitectónico espectacular en la época helenística cuando se convierte, tras la iniciación de Filipo II, en un santuario nacional macedonio en el que los sucesores de Alejandro Magno rivalizaban en munificiencia. Permanece como lugar de culto importante hasta la época romana e incluso el emperador Adriano lo visita. El escritor Marco Terencio Varrón describe una parte de los misterios, antes de desaparecer a finales de la antigüedad tardía.

El culto de los Grandes Dioses

La identidad y la naturaleza de las divinidades veneradas en el santuario resulta en gran parte enigmática, teniendo en cuenta que estaba prohibido pronunciar su nombre. Las fuentes literarias antiguas les designan bajo la apelación colectiva de «Cabiros» (griego Κάϐειροι, Kábeiroi), mientras que ellas llevan el simple nombre de Dioses o Grandes Dioses (griego Μεγάλοι Θέοι, Megáloï Théoï) en las inscripciones encontradas en el sitio.

El panteón de Samotracia

El panteón de los Grandes Dioses comprende varias divinidades ctónicas, la mayoría son anteriores a la llegada de colonos griegos a la isla en el , y reagrupadas alrededor de una figura central, la Gran Madre. La Gran Madre, diosa a menudo representada en las monedas de Samotracia como una mujer sentada, con un león a su lado. Su nombre secreto original era Axieros. Estaba emparentada con la Gran Madre anatolia, la Cibeles de Frigia, o incluso con la Diosa Madre troyana del monte Ida. Los griegos la identificaron también con la diosa de la fecundidad Deméter. La Gran Madre era el ama todopoderosa del mundo salvaje de las montañas, venerada en las rocas sagradas donde se le ofrecían sacrificios. En el santuario de Samotracia, los altares corresponden a afloramientos rocosos de pórfido, de colores variados (rojo, verde, azul o gris). Para sus fieles, su poder se manifiesta también en la vetas de mineral de hierro magnético, de los cuales elaboran los anillos que los iniciados llevan en señal de reconocimiento. Cierto número de estos anillos han sido encontrados en las tumbas de la necrópolis vecina del santuario. Hécate, bajo el nombre de Zerynthia, y Afrodita-Zerynthia, dos diosas importantes de la naturaleza, eran igualmente veneradas en Samotracia, habiendo sido desligado su culto del de la Gran Madre y acercado a divinidades más familiares a los griegos. Cadmilo (griego Καδμῦλος, Cadmilo), el esposo de Axieros, es un dios de la fertilidad identificado por los griegos con Hermes, una deidad itifálica, cuyos símbolos sagrados son una cabeza de carnero y un bastón, el kerykeion, evidente símbolo fálico, que se encuentra en ciertas monedas. Otros dos daimones masculinos acompañan a Cadmilo, los Cabiros, que corresponden quizá en el origen a los dos héroes legendarios fundadores de los misterios de Samotracia, los hermanos Dárdano (griego Δάρδανος, Dárdanos) y Yasión. Son identificados por los griegos con los Dióscuros, divinidades gemelas muy populares como protectores de los marinos en peligro. Una pareja de dioses infernales, Axiokersos y Axiokersa, es identificada con Hades y Perséfone, y no pertenece quizás al grupo original de las divinidades pregriegas. La leyenda familiar para los griegos de la violación de la diosa de la fertilidad por el dios de los Infiernos forma así parte, con una importancia menor que en Eleusis, del drama sagrado celebrado en Samotracia. En una época tardía, este mismo mito ha sido identificado con el de la boda de Cadmo y de Harmonía, quizás con motivo del acercamiento onómastico con Cadmilo y Electra.

Los ritos

thumb|300px|left|Vista de los restos del Hierón (plano, número 13).

El conjunto del santuario estaba abierto a cualquier persona que quisiera venerar a los Grandes Dioses, aunque el acceso a los edificios consagrados estaba reservado solo a los iniciados.

Los ritos más comunes no se distinguían de los practicados en otros santuarios griegos: oraciones y ofrendas acompañaban a los sacrificios cruentos de animales domésticos (corderos, cerdos) consumidos en los hogares sagrados (ἐσχάραι, eschárai), así como libaciones hechas a las divinidades ctónicas en las fosas rituales, circulares o rectangulares (griego βόθρος, bóthros). Fueron utilizados numerosos altares de roca, la mayoría fueron recubiertos a finales del por una cerca monumental.

La gran fiesta anual, por la cual afluían a la isla enviados de todo el mundo griego, se celebraba quizás en julio. Comprendía la representación de un drama ritual, figurando un matrimonio sagrado (hieros gamos) que tenía lugar quizás en el edificio con el friso de danzantes construido en el En esta época se impuso la creencia de que la búsqueda de la virgen desaparecida, que era seguida de la celebración de su boda con el dios de los Infiernos, representaba la boda de Cadmo y de Harmonía. El friso a partir del cual se designa el témenos podría ser una alusión a esta boda. Hacia 200 a. C., una competición dionisiaca se añadió al festival, gracias a la construcción de un teatro (plano, número 10), frente al gran altar (plano, número 11). Los mitos locales debían ser representados allí: es en esta época cuando la ciudad de Samotracia honró a un poeta de Yaso en Caria, por haber compuesto la tragedia Dárdano y haber realizado otros favores a la isla, la ciudad y el santuario.

El santuario era objeto de numerosos dones votivos, conservados en el edificio especialmente reservado a este efecto, lindando al gran altar (plano, número 12): estatuas de bronce, de mármol o de arcilla, armas, vasos, etc. En razón de la situación de Samotracia sobre las rutas marítimas frecuentadas, el culto de los Cabiros era particularmente popular y de numerosas ofrendas votivas, a menudo muy modestas, les eran destinadas: las excavaciones han sacado a la luz conchas y anzuelos ofrecidos por marineros y pescadores que agradecían a las divinidades el haberlos salvado de los peligros del mar.

La iniciación thumb|200px|Agamenón, su heraldo Talcibio y Epeo, ¿escena de iniciación al culto de los Cabiros?. Relieve descubierto en Samotracia, c. 560 a. C., Museo del Louvre.

La particularidad del culto de los misterios de Samotracia era su gran apertura: contrariamente a los misterios eleusinos, la iniciación no requería ninguna condición de edad, de sexo, de estatus ni de nacionalidad. Todos, hombres y mujeres, adultos y niños, griegos y no griegos, libres, libertos o esclavos, podían participar en ellos. La iniciación no estaba limitada a una fecha precisa, y se podía el mismo día ser iniciado en dos grados sucesivos de los misterios, la única condición era estar presente en el santuario.

El primer estadio de la iniciación de los misterios era la myèsis (griego μύησις): el mystes (griego μύστης, mystês), es decir, el iniciado, recibía la revelación de un relato sagrado y le eran mostrados símbolos particulares. Así, para Heródoto, la revelación concernía a la interpretación de imágenes itifálicas de Hermes-Cadmilo. Según Varrón, los símbolos revelados en esta ocasión simbolizaban el Cielo y la Tierra. A cambio de esta revelación, que era mantenida en secreto, el iniciado recibía la seguridad de ciertos privilegios: la esperanza de una vida mejor, y más particularmente la protección del mar, quizá como en Eleusis, la promesa de una vida feliz tras la muerte. En el curso de la ceremonia, recibía una faja roja, anudada alrededor de la cintura, que servía de talismán mágico para protegerle. El anillo de hierro expuesto al poder divino de las piedras magnéticas era probablemente otro símbolo de protección conferido durante la iniciación.

thumb|250px|left|Parapeto con bucráneos proveniente de la Rotonda de Arsínoe (Museo de Samotracia) (plano, número 15).

La preparación a la iniciación se hacía en una pequeña estancia al sur del Anaktoron (plano, número 16), especie de sacristía donde el iniciado vestido de blanco recibía una lámpara. La myèsis tenía lugar en el Anaktoron (literalmente la Casa de los señores), una gran sala capaz de acoger la masa de fieles ya iniciados que asistían a la ceremonia en los bancos dispuestos a lo largo de los muros. El candidato a la iniciación cumplía un rito de lustración en un estanque situado en el ángulo sureste; después vertía una libación a los dioses en una fosa circular. Al final de la ceremonia, tomaba sitio, sentado, en un estrado de madera, enfrente de la puerta principal, mientras que tenían lugar danzas rituales alrededor de él. A continuación era conducido a la estancia norte, el santuario donde recibía la revelación propiamente dicha. El acceso a este santuario estaba prohibido a las personas no iniciadas. Un documento atestiguaba sus iniciación en los misterios, y puede que, al menos en el último periodo del santuario, pagara por hacer inscribir su nombre en una placa conmemorativa fijada en un monumento.

El segundo grado de iniciación se llamaba épopteia (griego ἐποπτεία), literalmente la «contemplación»: contrariamente a Eleusis donde un intervalo de un año debía separar los dos grados de iniciación, aquí podía ser obtenido tras la myèsis y no era obligatorio. No era incluso realizado más que por un pequeño número de iniciados, lo que hace pensar que implicaba condiciones juzgadas difíciles, aunque no fueran ni financieras ni sociales. K. Lehman estima que se trataba de exigencias morales, al ser el candidato escuchado, debía confesar sus «pecados»: esta confesión tendría lugar de noche, como el conjunto de ritos iniciáticos, delante del Hierón (plano, número 13), donde se ha hallado la base que debió soportar una antorcha gigante. De una manera general, el descubrimiento de numerosas lámparas y de soportes de antorchas en todo el sitio confirma la naturaleza nocturna de los principales ritos. Tras el interrogatorio y la eventual absolución concedida por el sacerdote u oficiante, el candidato era introducido en el Hierón, que tenía así una función de épopteion, donde procedía a los ritos de lustración y a un sacrificio en un hogar sagrado situado en el centro de la cella. A continuación tomaba sitio en la parte trasera del edificio, delante de la extremidad en forma de ábside, que aspira a recordar a una gruta. El hierofante (griego ἱεροφάντης, hierophántês), dicho de otra forma, el iniciador, se posicionaba en el ábside sobre un estrado (bêma), recitaba la liturgia, y mostraba los símbolos de los misterios.

En época romana, hacia 200 a. C., la entrada del Hierón se modificó para permitir la entrada de las víctimas para el sacrificio. Se construyó un parapeto en el interior para proteger a los espectadores y fue habilitada una cripta en el ábside. Estas modificaciones sirvieron para la celebración de las Criobolia y de las Taurobolia de la Magna Mater anatolia, que fueron introducidas en la épopteia. Los nuevos ritos veían al iniciado, o tal vez solo al sacerdote en su nombre, descender a un foso del ábside. La sangre de los animales sacrificados era entonces vertida sobre él, según un rito de naturaleza bautismal.

La organización del santuario