thumb|200px|Santo Tomás de Aquino. Tomismo es la escuela filosófica y teológica que surgió como un legado del conocimiento y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, filósofo, teólogo, santo y Doctor de la Iglesia. La palabra viene del nombre de su autor, cuya Summa Theologiae fue uno de los documentos más influyentes en la teología y en la filosofía medieval y sigue siendo estudiada hoy en día en las clases de filosofía y de teología, especialmente en las universidades católicas. En la encíclica Angelici Doctoris, del papa Pío X, advirtió que las enseñanzas de la Iglesia no pueden ser entendidas en su sentido preciso sin los fundamentos filosóficos y teológicos básicos de las tesis principales de Tomás:

El Concilio Vaticano II describe el sistema de Tomás como la «filosofía perenne».Concilio Vaticano II, Optatam Totius (28 de octubre de 1965) 15.

Pronunciamientos del Magisterio eclesiástico La doctrina de Santo Tomás ha sido alabada y explícitamente recomendada por multitud de Pontífices: Juan XXII, Clemente VI, beato Urbano V, Nicolás V, Alejandro VI, Pío IV, San Pío V, Sixto V, Clemente VIII, Paulo V, Alejandro VII, Benedicto XIII, Benedicto XIV, Pío VI, León XII, beato Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, el venerable Pío XII, San Juan XXIII, San Pablo VI y San Juan Pablo II. No se puede olvidar que fue canonizado en 1323 por Juan XXII y declarado Doctor de la Iglesia en 1567 por San Pío V.

También en los Concilios Ecuménicos celebrados tras su muerte (1274) se hizo notar la doctrina del Angélico. En el Concilio de Vienne (1311-1312) fue condenada la doctrina de la pluralidad de almas, que había sido firmemente combatida por Santo Tomás. En el Concilio de Constanza (1414-1418), la condena del hereje Hus se debió, como reconocería Lutero (discípulo de Hus) unos años más tarde, a la influencia de la doctrina tomista. En el Concilio de Florencia (1431-1445) fue su dotrina la que inclinó a los cismáticos orientales a volver a someterse a la autoridad del Romano Pontífice, por más que intrigas políticas posteriores impidiesen la unión. En el Concilio V de Letrán (1512-1517) se combatió el averroísmo latino (que ya había sido combatido por el Angélico) y se definió la demostrabilidad racional de la existencia del alma humana, a pesar de la oposición inicial de casi todas las escuelas teológicas (lo cual lo hace más admirable), a excepción de la tomista, que la defendió a capa y espada. En el Concilio de Trento (1545-1563) se concedió a Santo Tomás un honor sin igual en toda la historia de la Iglesia: en el Altar Mayor del templo fueron entronizados, en el centro, las Sagradas Escrituras; a su lado, el Corpus Iuris Canonici; y al otro lado, la Summa theologiae del Angélico. Su incomparable influencia en el Concilio Vaticano I (1869-1870) no es puesta en duda por nadie. Y el Concilio Vaticano II (1962-1965), en el número 16 del decreto Optatam Totius sobre la formación sacerdotal, ordena que la teología dogmática sea enseñada en las universidades y en los seminarios siguiendo la doctrina de Santo Tomás de Aquino:

Y San Juan Pablo II, en el número 43 de su Encíclica Fides et Ratio, afirma que "la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología".

La filosofía tomista Tomás de Aquino sostenía que hay que buscar la verdad donde quiera que se encuentre, y por lo tanto consultó a filósofos griegos, romanos, judíos y musulmanes. En concreto, fue un realista (es decir, que creía que el mundo se puede conocer como es, a diferencia de los escépticos). Él siguió en gran medida la terminología aristotélica y escribió compresivos comentarios sobre Aristóteles, a menudo afirmando opiniones del estagirita con argumentos independientes.

En 1914 algunos profesores de facultades pontificias sometieron al juicio de la Sagrada Congregación de Estudios de la Santa Sede algunas tesis que enseñaban y que eran tenidas por fiel expresión de la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Tras maduro examen, la Congregación, con la aprobación explícita del Papa San Pío X, dictaminó que las siguientes 24 tesis "contenían exactamente los principios básicos y puntos principales de la doctrina filosófica del Angélico": alt=Monumento a Santo Tomás de Aquino (Colegio Santo Tomás en Santa Cruz, Bolivia)|miniaturadeimagen|Monumento a Santo Tomás de Aquino (Colegio Santo Tomás en Santa Cruz, Bolivia)

Ontología La potencia y el acto dividen el ser de tal suerte, que todo cuanto es, o bien es acto puro, o bien es acto necesariamente compuesto de potencia y acto, como principios primeros e intrínsecos. El acto, por lo mismo que es perfección, no está limitado sino por la potencia, que es una capacidad de perfección. Por consiguiente, en el orden en que el acto es puro, no puede ser sino ilimitado y único; pero en el orden en que es finito y múltiple, entra en verdadera composición con la potencia. Por lo tanto, en la razón absoluta del ser mismo sólo subsiste un ser único y simplicísimo, que es Dios. Todas las demás cosas que participan el ser tienen una naturaleza por la cual se limita dicho ser, y están compuestas de esencia y existencia como de principios realmente distintos. La noción de ente, denominada de ser, se predica de Dios y de las criaturas, no de una manera unívoca ni tampoco puramente equívoca, sino analógica, con analogía ya de atribución, ya de proporcionalidad. Hay, además, en toda criatura composición real de un sujeto subsistente con otras formas secundariamente añadidas que se llaman accidentes; dicha composición sería ininteligible si el ser no fuera recibido en una esencia realmente distinta de él mismo. Además de los accidentes absolutos, se da un accidente relativo, como una referencia o respecto a algo. Porque si bien ese respecto a algo no implica de suyo una realidad inherente a otra, tiene, sin embargo, con frecuencia, una causa o fundamento en las cosas mismas y, por lo tanto, una entidad real distinta del sujeto. La criatura espiritual es totalmente simple en su esencia. Pero queda en ella una doble composición: la de la esencia con la existencia y la de la subsistencia con los accidentes.

Cosmología

La criatura corporal está compuesta de potencia y acto en cuanto a su misma esencia; dicha potencia y dicho acto del orden y de la misma esencia reciben los nombres de materia y forma. Ninguna de esas dos partes tiene ser por sí sola, ni se produce ni se corrompe por sí; tampoco se pone por sí en predicamento, sino por reducción al predicamento de substancia como principios esenciales suyos. Aunque la extensión en partes integrales sea una consecuencia de la naturaleza corpórea, no es lo mismo, sin embargo, en un cuerpo ser substancia que ser extensión corporal o cantidad dimensiva. La substancia, en cuanto tal, es indivisible, no a la manera del punto, sino de los seres extraños al orden de la dimensión. La cantidad, origen de la extensión en la substancia, se distingue realmente de ésta y es verdaderamente accidente. La materia sellada por la cantidad es el principio de la individuación, o sea de la distinción numérica, imposible en los espíritus puros, entre un individuo y otro de la misma especie. Por virtud de la misma cantidad, el cuerpo se circunscribe a un lugar, de tal suerte que, de este modo circunscriptivo, es absolutamente imposible que esté en más de un lugar determinado al mismo tiempo.

Biología y psicología

Los cuerpos se dividen en dos categorías: la de los vivientes y la de los que carecen de vida. La forma substancial de los vivientes, llamada alma, requiere una cierta disposición orgánica, o sea partes heterogéneas, para que haya en el mismo sujeto una parte esencialmente moviente y otra movida. Las almas del orden vegetativo y sensitivo no pueden existir por sí mismas ni ser producidas para sí, sino que únicamente existen y son producidas como principio por el cual existe y vive el compuesto viviente; por lo tanto, al corromperse dicho compuesto, se corrompen ellas consiguientemente, a causa de su omnímoda dependencia de la materia. Por el contrario, el alma humana subsiste por sí misma, es creada por Dios e infundida en el cuerpo desde el momento en que está suficientemente dispuesto, y es incorruptible e inmortal por su propia naturaleza. La misma alma racional se une de tal modo al cuerpo, que es su única forma sustancial, y por ella tiene el hombre su ser de hombre, y de animal, y de viviente, y de cuerpo, y de substancia, y de ente. Por consiguiente, el alma le da al hombre todos los grados esenciales de perfección y, además, comunica al cuerpo el mismo acto de ser con que ella existe. Del alma humana dimanan, por natural resultancia, dos órdenes de facultades: orgánicas e inorgánicas. El sujeto de las primeras, a las que pertenece el sentido, es el compuesto; el de las segundas es el alma sola. Es, por tanto, el entendimiento una facultad intrínsecamente independiente del órgano que le sirve de auxiliar. La intelectualidad sigue necesariamente a la inmaterialidad, y esto de tal suerte, que los grados de intelectualidad se computan por los de inmaterialidad, o sea por los de alejamiento de la materia. El objeto adecuado de la intelección es, en general, el ser mismo en toda su extensión o universalidad; pero el objeto propia del entendimiento humano en el estado actual de unión al cuerpo se circunscribe a las esencias abstraídas de las condiciones individuales de la materia. Recibimos, pues, nuestro conocimiento de las cosas sensibles. Mas como lo sensible no es inteligible en acto, hay que admitir en el alma, además del entendimiento formalmente inteligente, una virtud activa que abstraiga de los fantasmas las especies inteligibles. Por medio de estas especies inteligibles conocemos directamente los universales: con los sentidos percibimos los singulares, y también con el entendimiento, aunque volviéndose en este caso hacia las imágenes de los sentidos. Finalmente, por medio de analogías con las cosas sensibles y corporales, nos elevamos al conocimiento de las espirituales. La voluntad sigue al entendimiento, no le precede, y apetece necesariamente aquello que se le presenta como un bien que sacia por completo el apetito; pero elige libremente entre aquellos otros bienes cuya apetencia le es propuesta por un juicio variable. Por consiguiente, la elección sigue al último juicio práctico, pero depende de la voluntad que dicho juicio sea o no el último.

Teodicea

Conocemos la existencia de Dios, no por intuición inmediata ni por demostración a priori, sino a posteriori, es decir, por las criaturas, arguyendo de los efectos a la causa en la forma siguiente: a) partiendo de las cosas que se mueven, sin tener en sí mismas un principio de movimiento, hasta llegar a un primer motor inmóvil; b) arrancando de la producción de las cosas de este mundo por causas subordinadas entre sí, hasta llegar a una causa primera no causada por otra; c) comenzando por los seres corruptibles, que se han indiferentemente al ser y al no ser, hasta llegar a un ser absoluto y necesario que necesariamente existe; d) remontando el vuelo de la consideración de las perfecciones limitadas de ser, vivir y entender en las cosas que existen, viven y entienden según diversos grados de más y de menos, hasta topar con un ser que es sumamente inteligente, sumamente viviente y sumamente perfecto en la misma razón de ente; e) por fin, subiendo de la contemplación del orden del universo a una inteligencia ordenadora que todo lo dispone y dirige a un fin supremo no ordenado ni ordenable a otro fin superior. El constitutivo metafísico de la esencia divina se expresa rectamente diciendo que consiste en la real identidad de la misma con su propia existencia, es decir, en que ella es su mismo existir subsistente, siendo esto mismo la razón de perfección infinita e ilimitada.