El término conato (del latín ‘esfuerzo, empeño’ impulso, inclinación, tendencia; empresa) se usa en las primeras filosofías de la psicología y la metafísica para referirse a una inclinación innata de la materia o la mente por continuar existiendo y mejorándose. A lo largo de los milenios se han formulado muchas definiciones y tratos distintos por filósofos como los racionalistas continentales del René Descartes, Baruch Spinoza y Gottfried Leibniz, y su contemporáneo empirista Thomas Hobbes. El conato puede referirse a la «voluntad de vivir» instintiva de los animales o a varias teorías metafísicas del movimiento y la inercia. A menudo se asocia el concepto a la voluntad de Dios en una visión panteísta de la naturaleza, como en el caso de Spinoza. El concepto se puede descomponer en definiciones separadas para la mente y el cuerpo, o incluso se puede distinguir cuando se explica la fuerza centrífuga o la inercia.

La historia del término conato es la historia de, a menudo, cambios bruscos en su significado que sirven a los propósitos de los científicos y filósofos que lo han usado en épocas y contextos distintos. Tras su formulación en la Antigua Grecia, cada uno de los sucesivos filósofos que han adoptado el término le han dado su propio giro personal al concepto, alterando el ámbito o el significado del término, de manera que hoy no posee ninguna definición concreta ni aceptada universalmente. Los primeros autores que hablaron del conatus escribían principalmente en latín y por tanto lo usaban no solo como un término técnico sino como una palabra común en sentido general. Conatus es, por supuesto, algo más que simplemente un participio latino. En textos arcaicos es difícil distinguir el uso técnico del más vulgar, y también es difícil distinguirlos en las traducciones. Hoy en día conato se usa raramente en el sentido técnico, ya que la física y la biología evolutiva modernas utilizan conceptos, como la inercia y la conservación del momento, que lo han reemplazado. Sin embargo, tiene una influencia notable en pensadores del y como Friedrich Nietzsche, Louis Dumont y Arthur Schopenhauer.

Orígenes clásicos

thumb|150px|Marco Tulio Cicerón La palabra latina conatus viene del verbo conari, que se suele traducir por «esforzarse»; pero el concepto de conato se desarrolló por primera vez de manos de los estoicos (333-264 a. C.) y los peripatéticos (c. 335 a. C.). Estos grupos usaban la palabra para describir el instinto de conservación del hombre y las bestias, en sentido general. Pensadores clásicos como Marco Tulio Cicerón y Diógenes Laercio extendieron este principio para incluir una aversión por la destrucción, pero siguieron limitando su aplicación a las motivaciones de los animales no humanos. Por ejemplo, Diógenes Laercio negaba explícitamente la aplicación del término a las plantas. Antes del Renacimiento, Tomás de Aquino (c. 1225-1274 d. C.), Duns Scoto (c. 1266-1308 d. C.) y Dante Alighieri (1265-1321 d. C.) expresaron opiniones parecidas utilizando las palabras latinas vult, velle o appetit como sinónimos de «conatus»; de hecho, los cuatro términos se pueden utilizar para traducir el original griego . Alrededor de 1700, Telesio y Campanella extendieron las nociones griegas antiguas y las aplicaron a todos los objetos, animados e inanimados.

Tanto Aristóteles primero como luego Cicerón y Laercio aludieron a una conexión entre el conato y otras emociones. Según su visión, lo primero induce a las segundas. Sostenían que los seres humanos no desean hacer algo porque piensen que es «bueno», sino que piensan que es «bueno» porque quieren hacerlo. En otras palabras, la causa del deseo humano es la inclinación natural de un cuerpo a aumentarse de acuerdo con los principios del conato.

Visiones medievales

Hay una conexión tradicional entre el conato y el propio movimiento. Aquino y León Hebreo (1265-1321) relacionaban el concepto directamente con lo que Agustín (354-430d.C.) percibía como los «movimientos naturales hacia arriba y hacia abajo o con su ser equilibrado en una posición intermedia», descrito en su De Civitate Dei, (c. 520 d. C.). A esta fuerza que hace que los objetos suban o bajen la llamaron «amor naturalis» o «amor natural».

En el , Juan Filopón (c. 490-c. 570 d. C.) criticó la visión del movimiento de Aristóteles, señalando la inconsistencia entre su explicación de los proyectiles, donde el medio formado por el éter mantiene el movimiento de los proyectiles, y su explicación del vacío, donde no existe tal medio y por tanto sería imposible el movimiento de un cuerpo. Filopón propuso que el movimiento no se mantenía por la acción de algún medio del entorno sino por alguna propiedad, o conatus, implantada en el objeto cuando se ponía en movimiento. Esto no es equivalente al concepto moderno de inercia, ya que seguía siendo necesario una fuerza inherente para mantener el cuerpo en movimiento. Esta visión se oponía firmemente a la de Averroes y muchos filósofos escolásticos que apoyaban a Aristóteles. También se cuestionó la visión aristotélica en el mundo islámico. Por ejemplo, parece que Alhazen apoyaba las opiniones de Filopón.

Más tarde, Jean Buridan (1300-1358) rechazó la noción de que esta propiedad generadora de movimiento, que él llamó impetus, se disipara espontáneamente. La postura de Buridan era que un objeto en movimiento se detendría por la resistencia del aire y el peso del cuerpo, que se opondrían a su ímpetu. También sostenía que el ímpetu aumentaba con la velocidad; por tanto, su idea inicial de ímpetu era similar en muchos sentidos al concepto moderno de cantidad de movimiento. A pesar de las similitudes obvias con las ideas más modernas de inercia, Buridan veía su teoría sólo como una modificación a la filosofía básica de Aristóteles, manteniendo muchas de sus otras opiniones peripatéticas, incluyendo la creencia en que existe una diferencia fundamental entre un objeto en movimiento y un objeto en reposo. Buridan también sostenía que el ímpetu no solo podía ser lineal, sino también circular en naturaleza, haciendo que objetos como los cuerpos celestiales se movieran en círculos.

En Descartes

thumb|150px|René Descartes En la primera mitad del , René Descartes (1596-1650) empezó a desarrollar un concepto de conato más moderno y materialista, describiéndolo como «una fuerza o tendencia activa de los cuerpos a moverse, expresando el poder de Dios». Mientras que los antiguos habían utilizado el término en un sentido estrictamente antropomórfico similar a «esforzarse» o «luchar» por conseguir ciertos fines, y los filósofos escolásticos medievales habían desarrollado una noción de conato como una propiedad intrínseca de las cosas, Descartes usó el término en un sentido un tanto más mecanicista. Concretamente, para Descartes, en contraste con Buridan, el movimiento y la estática son dos estados de la misma cosa, no cosas distintas. Aunque hay mucha ambigüedad en la idea de conato de Descartes, se pueden percibir en ella los inicios de un alejamiento de la atribución de deseos e intenciones a la naturaleza y su tendencia hacia una visión más científica y moderna.

Descartes rechazó la visión teleológica del mundo material, dominante en Occidente desde los tiempos de Aristóteles. Descartes no ve la mente como parte del mundo material y por lo tanto ésta no está sujeta a las estrictas leyes de la naturaleza. El movimiento y el reposo, por otro lado, son propiedades de las interacciones de la materia de acuerdo con leyes eternas y fijas. Dios sólo lo puso todo en movimiento al principio y después no interfiere excepto para mantener la regularidad dinámica del comportamiento mecánico de los cuerpos. Por tanto, no existe una verdadera teleología en el movimiento de los cuerpos, ya que todo se reduce a las colisiones gobernadas por leyes y sus constantes reconfiguraciones. El conato es sólo la tendencia de los cuerpos a moverse cuando chocan con otros. Dios pudo darle actividad a este movimiento, pero después de eso no se puede crear o destruir movimiento nuevo.

Descartes especificó dos variedades de conato: conatus a centro y conatus recedendi. El conatus a centro o «tendencia hacia el centro» es lo que usa Descartes como teoría de la gravedad; el conatus recedendi o «tendencia a alejarse del centro» representa a las fuerzas centrífugas. No se debe pensar en estas tendencias como disposiciones o intenciones animadas, ni como propiedades inherentes o «fuerzas» de las cosas, sino como una característica externa y unificadora que Dios le ha otorgado al propio universo físico.

Al desarrollar su Primera Ley de la Naturaleza, Descartes también invoca la idea de un conatus se movendi o «conato de autoconservación». Esta ley es una generalización del principio de inercia que Galileo desarrolló y demostró experimentalmente. El principio fue formalizado por Isaac Newton e incluido en la primera de sus tres Leyes del Movimiento cincuenta años después de la muerte de Descartes. La versión de Descartes afirma: «Todas las cosas, en tanto que descansan, siempre conservan el mismo estado, y cuando son movidas, siempre continúan moviéndose».

En Hobbes

thumb|150px|Thomas Hobbes

El conato y la psique

Thomas Hobbes (1588-1679) también trabajó con los conceptos anteriores del principio de conato. Sin embargo, criticó las definiciones anteriores porque no conseguían explicar el origen del movimiento. Esto se convirtió en el objetivo principal del trabajo de Hobbes en este campo. Ciertamente, Hobbes «reduce todas las funciones cognitivas de la mente a variaciones de sus funciones conativas».

Además, Hobbes describe la emoción como el comienzo del movimiento y la voluntad como la suma de todas las emociones. Esta «voluntad» forma el conato de un cuerpo y su manifestación física es la «voluntad de sobrevivir» percibida. Para que los seres vivos puedan prosperar, dice Hobbes, «buscan la paz y luchan contra cualquier cosa que amenace a esta paz». Hobbes también equipara este conato con la «imaginación» y afirma que un cambio en el conato, o voluntad, es el resultado de la «deliberación».

El conato y la física

Como en su teoría psicológica, el conato físico de Hobbes es una unidad infinitesimal de movimiento. Es el comienzo del movimiento: una inclinación en una dirección concreta. El concepto de ímpetu, tal y como lo usa Hobbes, se define en términos de este conato físico. Es «una medida del conato ejercido por un cuerpo en movimiento a lo largo del tiempo». La resistencia está causada por un conato opuesto; la fuerza es el movimiento más «la magnitud del cuerpo». Hobbes también utiliza la palabra «conato» para referirse a las «fuerzas reconstituyentes» que hacen que, por ejemplo, los resortes se contraigan o expandan. Hobbes afirma que existe alguna fuerza inherente a estos objetos que los inclina a volver a su estado anterior. Actualmente la ciencia atribuye este fenómeno a la elasticidad del material.

En Spinoza

thumb|150px|Benedictus de Spinoza Spinoza (1632-1677) aplica la idea de conato al cuerpo humano, a la psique humana y a ambos simultáneamente, utilizando un término distinto en cada caso. Cuando se refiere a las manifestaciones psicológicas del concepto, utiliza el término voluntas (voluntad). Cuando se refiere al concepto global, utiliza la palabra appetitus (apetito). Cuando se refiere al impulso corporal, utiliza directamente el término conatus. A veces expande el término y utiliza la frase conatus sese conservandi (el esfuerzo por la autoconservación).

Spinoza afirma la existencia de este principio general de conato en un intento por explicar la verdad «evidente» de que «nada se puede destruir excepto mediante una causa externa». Para él, es evidente que «la definición de algo afirma, no niega, la esencia de ese algo». Spinoza formula esta resistencia a la autodestrucción en términos del esfuerzo humano por seguir existiendo; y «conato» es la palabra que utiliza más a menudo para describir esta fuerza.