thumb|Cartilla de racionamiento de 1945 de 3ª categoría (la más extendida ya que estaba dirigida a las personas con menos recursos) expedida por la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes. La hambruna española de 1939-1942 y de 1946, que se estima que causó más de 200 000 muertos en sus cuatro primeros años (para el año 1946 todavía se carece de estudios), se produjo durante los inicios de la dictadura franquista tras el final de la guerra civil española. Una muestra del impacto de la hambruna fue que en 1941 se alcanzó la mayor tasa de mortalidad infantil de todo el (28,9). Otra, que se interrumpió el crecimiento de la estatura de los jóvenes que había comenzado a principios del y que no empezaría a recuperarse hasta 1950.
El régimen franquista ocultó la existencia de esta hambruna, por lo que es poco conocida en España.Como ha señalado Miguel Ángel del Arco Blanco, «el franquismo utilizó las mismas estrategias empleadas por los perpetradores en otras hambrunas: silenciar las muertes por inanición y deformar la realidad. [...] Se acuñaron entonces los tres grandes mitos del franquismo para justificar el hambre... El primer mito era el de las consecuencias de la guerra civil... El segundo mito es el del aislamiento internacional... Y el tercero es el de la "pertinaz sequía"...». Por el contrario, existe un amplio consenso entre los historiadores y los economistas en señalar que la causa principal de la hambruna fue la política económica autárquica aplicada por la dictadura, y que no rectificó a pesar de que conocía que miles de personas estaban muriendo de hambre o de enfermedades causadas por la inanición.
Por otro lado, el historiador Del Arco Blanco ha destacado que el hambre fue un arma política ya que, tras la represión, fue «el segundo factor que explica la estabilidad del franquismo». El hambre apartó a los vencidos de la vida política, «los debilitó y los obligó a centrarse en la supervivencia... Manifestar cualquier disidencia u oposición con un cuerpo desnutrido era harto difícil y más cuando las muertes por inanición asolaban el país», señala Del Arco. Así lo reconocían en un informe confidencial las autoridades franquistas de la provincia de Álava en 1946: «si estos desgraciados comieran, el número de protestas aumentarían, pero de momento los estómagos vacíos mantienen a la gente callada». También el anarquista Eduardo de Guzmán que en sus memorias reconoció que el hambre los hundió «física y espiritualmente»; habíamos dejado de preocuparnos de «los problemas colectivos para inquietarnos únicamente con los personales». «En la hambruna, la prioridad era la supervivencia», concluye Del Arco.
Impacto Se estima en más de doscientas mil personas las víctimas mortales de la hambruna en sus cuatro primeros años (de 1946 se carece de estudios), incluyendo muchos niños de corta edad. De hecho en 1941 se alcanzó la mayor tasa de mortalidad infantil de todo el (28,9). Las primeras muertes por inanición se produjeron en el verano de 1939, como así lo constata la documentación interna del régimen, que nunca se hizo pública.
En noviembre de 1939 el agregado económico de la embajada del Reino Unido en Madrid informaba a su gobierno de que «aquí la situación es muy mala en lo que respecta a la comida, mucho peor que en marzo, la gente se está muriendo de hambre». Cuando meses después llegó a Madrid el nuevo embajador británico Samuel Hoare, este informó al primer ministro Winston Churchill que la capital parecía una ciudad en estado de sitio, «sin comida, precios elevadísimos y numerosas tropas y policías en cada esquina».
Un estudio de 1941 mostró que el español medio recibía solo el 66 % de las calorías necesarias.Luis Enrique Alonso y Fernando Conde (1994), Historia del consumo en España: una aproximación a sus orígenes y primer desarrollo. Debate, Madrid, p. 131 En cuanto al pan, el principal alimento para una mayoría de los españoles, en 1939-40 se consumían 93 kilos por habitante y año cuando en 1935 eran 156 kilos; en 1945-46 había bajado aún más hasta situarse en los 87,1 kilos. En el consumo de otros alimentos también se produjo un notable descenso respecto a la época republicana: el de las leguminosas se había reducido a la mitad (de 12 a 6 kilos por habitante y año); el de patatas pasó de 175 a 103 kilos, el de azúcar de 11 a 4 kilos, el de carne de 33 a 13 kilos. «En definitiva, una hambruna en toda regla», comenta el economista Carlos Barciela. Por comparación, la situación en España era mucho peor que en Francia o en los Países Bajos ocupados por la Alemania nazi, incluso durante la notoria hambruna neerlandesa de 1944, cuando los nazis provocaron la muerte de 30 000 personas, una proporción más pequeña de la población.La hambruna española que fue borrada de la historia: ¿y si mató más que la guerra?, El Confidencial, 16 de febrero de 2021
La hambruna afectó a todas las regiones pero fue especialmente virulenta en la mitad sur (Andalucía, Extremadura, Murcia y las provincias de Albacete y de Ciudad Real), como lo demuestran los datos de la mortalidad infantil, que en 1941 alcanzó en estas regiones cifras muy elevadas, mientras que las regiones del norte, a excepción de Galicia, no llegaron a números tan altos. Por otro lado, se ha constatado que, en contra de lo que podría pensarse, las zonas rurales se vieron tan afectadas como las ciudades. Según el historiador Miguel Ángel del Arco Blanco, esto se debió a que el régimen franquista, que «siempre temió a las ciudades, identificadas con el liberalismo y la democracia», privilegió el abastecimiento de éstas («el mundo rural tuvo un racionamiento mucho menor al de las ciudades», afirma Del Arco). Pone como ejemplo Salamanca, una de las principales provincias productoras de cereales, que en julio de 1941, tras la cosecha, sufría un desabastecimiento total, mientras que no ocurría lo mismo en las zonas urbanas «donde el cupo de suministros se había adjudicado y asegurado con anterioridad». Otro ejemplo sería el de Jaén, donde hubo tres racionamientos distintos: la capital (donde en teoría se llegó a 2600 calorías para los hombres), los pueblos importantes (como Linares, Úbeda o Baeza, con 1625 colorías) y los pueblos pequeños (con 1519 calorías teóricas por día).
En cuanto a los grupos sociales la mayoría de la víctimas eran de las clases bajas tanto del campo como de las ciudades. Por ejemplo, se ha constatado que la hambruna apenas afectó a los barrios acomodados de Madrid como lo demostrarían los estudios antropométricos que señalan que la talla media de los hijos de las familias que vivían allí creció respecto a épocas anteriores mientras que la talla media de los hijos de las familias de los barrios pobres, como Vallecas, se situó por debajo de la media nacional (los mozos de los barrios ricos eran de media 4,61 centímetros más altos que los de los barrios pobres). Partiendo del hecho de que estos grupos sociales más bajos estaban en general identificados con la causa republicana, el historiador Miguel Ángel del Arco Blanco ha señalado que «la hambruna del franquismo fue también la hambruna de la "Victoria": las lógicas del castigo a los vencidos se extendieron a la gestión del hambre y acabaron con las vidas de muchos republicanos y de sus familiares. Digámoslo claro: la "Victoria" del franquismo también llegó a los platos, a los alimentos, a los cuerpos de los españoles. El pan y la victoria eran el anverso de la moneda, y el hambre y la derrota su reverso».
En relación directa con el hecho de que la hambruna afectó sobre todo a los vencidos, Del Arco ha destacado la implicación en el estraperlo (especialmente en lo que él denomina el «gran estraperlo») de las autoridades franquistas, civiles y militares, constatada, por ejemplo, por diplomáticos extranjeros, como el cónsul francés en Sevilla que en 1946, uno de los peores años de la hambruna, envió a su gobierno el siguiente informe: «Los funcionarios españoles de todos los escalones, civiles y militares, comenzando por los gobernadores de la provincia, grandes jefes de la distribución de los productos racionados... [hacen] fortunas considerables y rápidas con procedimientos que tienen como consecuencia el aumento de la subalimentación de la población y del precio de la vida». En 1950 monseñor Vicente Enrique y Tarancón, entonces obispo de Solsona, denunciaba en una pastoral: «Durante estos diez años son bastantes los que se han aprovechado de la escasez para hacer grandes negocios». «En la España del hambre, el origen social, político o geográfico marcaba la diferencia», concluye Del Arco. Este historiador cita el informe confidencial enviado al gobierno por el gobernador civil de Baleares en 1942, que decía lo siguiente:
En cuanto a los grupos de edad, como ha sucedido en otras hambrunas, los ancianos y los niños fueron los más vulnerables, sobre todo los de las clases bajas. Un informe de la delegación de la Fundación Rockefeller decía lo siguiente sobre la visita de sus enviados a una escuela de Sevilla en octubre de 1940:
Otro de los impactos de la hambruna fue el descenso de la natalidad que tras haberse recuperado en 1939 y en 1940 (años en que las cifras se aproximaron a las de antes de la guerra) en 1941 y 1942 cayeron de nuevo (se produjo una reducción de ciento ochenta mil nacimientos respecto a 1935). Y también de la fecundidad que durante la guerra se había reducido a 2,12 hijos por mujer (antes del conflicto la tasa de fecundidad era de 3,16 hijos por mujer) y en 1940 se había recuperado a 3,08, y que se desplomó de nuevo en 1941 y 1942 (con tasas de fecundidad de 2,47 y de 2,53, respectivamente). Miguel Ángel del Arco Blanco ha destacado la excepcionalidad del caso español ya que tanto la natalidad como la fecundidad «no se recuperaron rápidamente tras el fin de las operaciones militares, como pudo suceder con otros países europeos después de la segunda guerra mundial», sino que, «tras el espejismo de 1940, volvieron a caer en los años de la hambruna y tardaron en recuperarse. En ello no tuvo que ver la guerra civil, sino lo sucedido en la posguerra».
Los efectos del hambre El médico Juan Antonio Vallejo-Nájera describió así su experiencia cuando era estudiante en la Facultad de Medicina de San Carlos en Madrid, a la que accedió en 1943, cuando tenía dieciséis años:
Así se describían los síntomas principales del hambre en un informe de 1941 del Instituto de Investigaciones Médicas dirigido por el profesor Carlos Jiménez Díaz:
Un empleado británico en las minas de Riotinto describió así en sus memorias el «edema del hambre»: los trabajadores «tenían las piernas y los pies hinchados y un color horrible, más bien de cadáveres andantes que de seres vivos. Estaban muy débiles y, naturalmente, eran incapaces de un gran esfuerzo físico».
En un informe del encargado de negocios de la embajada británica en Madrid remitido a su gobierno en agosto de 1941 se decía, entre otras cosas, lo siguiente:
Causas