La Torre de la Bella Escondida, conocida habitualmente como La Bella Escondida, es una torre mirador barroca del siglo XVIII situada en el interior de una casa de la calle José del Toro, número 13, en el casco histórico de Cádiz. Se singulariza entre las torres miradores gaditanas por ser la única de planta octogonal, por su ornamentación cerámica y esgrafiada de influencia mudéjar y porque su estructura arranca desde la planta baja del inmueble, en vez de levantarse sobre la azotea.

La torre ocupa el centro de una manzana y no puede verse desde la vía pública; se contempla desde azoteas próximas y desde otras torres, entre ellas la Torre Tavira. La finca tiene protección arquitectónica de grado 0 —monumental— en el planeamiento municipal, que protege expresamente la torre y sus ornamentos, y está comprendida en el Conjunto Histórico de Cádiz.

Contexto: las torres miradores de Cádiz

miniatura|centro|upright=1.2|alt=Vista cenital de una maqueta urbana con numerosas torres sobre las azoteas.|La maqueta de Cádiz de 1779 muestra una ciudad poblada de torres miradores; se han contabilizado 160.

Las torres miradores se difundieron en Cádiz durante el auge del comercio atlántico de los siglos y . El traslado de la Casa de Contratación desde Sevilla en 1717 consolidó a la ciudad como centro del comercio con América y atrajo a comunidades mercantiles europeas. En las casas de los cargadores de Indias, las torres servían para observar la entrada de navíos en la bahía, pero también como espacios de recreo y símbolos visibles de prosperidad.

La arquitectura gaditana desarrolló cuatro tipos habituales: las torres de garita, terraza, sillón y garita-sillón. La ficha municipal clasifica la Bella Escondida como torre de terraza, si bien su planta octogonal la aparta de los modelos rectangulares más comunes. La maqueta de Cádiz realizada entre 1777 y 1779, conservada en el Museo de las Cortes de Cádiz, registra 160 torres. Un estudio de 2011 censó 126 supervivientes en estados de conservación diversos.

Arquitectura

La torre

La torre es el único ejemplar de planta octogonal conservado entre los miradores gaditanos, singularidad recogida tanto por la bibliografía técnica como por la guía turística municipal. Está situada al fondo de la parcela, en el interior de la manzana, y su estructura se desarrolla desde el nivel del suelo. Una escalera de caracol recorre el interior y conduce hasta una terraza superior con vistas panorámicas del casco histórico, la bahía, la sierra gaditana y el Castillo de Sancti Petri.

Sus ocho frentes están articulados mediante pilastras y decorados con cerámica policroma, motivos geométricos, azulejería y pinturas esgrafiadas. La combinación de estos recursos con la composición barroca ha sido descrita como una manifestación de influencia mudéjar en el barroco andaluz.

La casa de José del Toro, 13

miniatura|derecha|upright=0.8|alt=Fachada de tres plantas con balcones y portada de piedra.|Portada de la casa de José del Toro, 13, que alberga la torre.

La torre forma parte de una casa barroca de propiedad privada organizada alrededor de un patio principal cuadrado y centrado. El patio dispone de galerías cerradas en sus cuatro frentes y comunica con una escalera de tres tramos. La fachada, de tres plantas y tres ejes compositivos, sitúa la casapuerta en el eje central y diferencia el tratamiento de los pisos superiores.

El catálogo municipal atribuye a la parcela 306 m² y una superficie construida de 1153 m². Entre los elementos interiores y exteriores que registra se encuentran el basamento de piedra ostionera vista, la carpintería de palillería, la cerrajería artística, los pavimentos y la escalera de mármol, las galerías de madera, los arcos, columnas, pinturas, azulejos y yeserías. La casa fue objeto de una reforma isabelina durante el , que incorporó ornamentación de raíz clásica al patio y a la escalera.

Cronología y propiedad

Datación y reforma

Antonio del Real Pasquín sitúa la torre a mediados del , mientras que diversas crónicas locales datan la casa hacia 1730. Documentación del Archivo Provincial de Cádiz explica cómo Cristóbal Rodríguez Picón y Útor, nacido en Ronda (Málaga), pasó a vivir a Cádiz, donde casó en 1729 con María Blasco de Velasco Arpide (natural de Cádiz) y en 1733 adquirió unas casas bajas en lo que entonces era la calle de la Verónica 155. Fue Cristóbal el que mandó construir de nueva planta el edificio actual a lo largo del año 1734 y en mayo de 1735 ya estaba completamente construido. El catálogo del PGOU integra la torre en un edificio antiguo reformado en época isabelina.

Propiedad documentada y relación con los Artecona

La finca aparece en documentación histórica como casa de la calle de la Verónica, número 155 antiguo y 13 moderno (el cambio de numeración se realizó hacia 1855). La antigua calle de la Verónica recibió posteriormente, hacia 1893, la denominación de José del Toro. Una sentencia publicada en la Gaceta de Madrid en 1879 reprodujo una escritura de 1747 según la cual la casa pertenecía entonces a Cristóbal Rodríguez Picón (natural de Ronda); el documento detallaba sus linderos con fincas de las calles Verónica, Columela y Comedias.

Cristóbal Rodríguez Picón, casó en 1729 con María Ana Leonor Blasco de Velasco Arpide, nacida en Cádiz. Tuvieron dos hijos, Antonio José y Ana Teresa Rodríguez Picón y Blasco de Velasco. Cristóbal otorgó testamento en 1764. A su muerte heredó la casa, primero su hijo Antonio José, que era soltero. Éste murió poco después de heredar habiendo unido esta casa a un vínculo del que formaban parte muchas otras propiedades inmobiliarias situadas en Cádiz y su provincia. Este vínculo fue legado hacia 1765 a su hermana Ana Teresa que había casado en la catedral de Cádiz, el 13 de septiembre de 1752, con José de Artecona Salazar y Gorbea (hijo de Lázaro de Artecona Salazar y su segunda mujer, Francisca de Gorbea y Menoyo), natural de Gordejuela (Vizcaya). Fue Artecona quien introdujo en el portal del palacete unos lauburus, símbolos tradicionalmente vascos. José de Artecona fue Administrador de la Real Fábrica de Tabacos de Cádiz.

La declaración genealógica firmada por el militar Antonio de Artecona en 1796 identificaba a Cristóbal Rodríguez Picón como su abuelo materno. Artecona estaba casado desde 1795 con Josefa Fernández de Rábago y O’Ryan, posterior II marquesa de Casa Rábago.

Un reportaje publicado por La Voz del Sur en 2023, que recogía las investigaciones de uno de los residentes, señaló que en la casa habían vivido José de Artecona-Salazar y Gorbea —padre de Antonio de Artecona— y también, aunque el dato parece más dudoso, su nuera Josefa Fernández de Rábago, marquesa de Casa Rábago.

El hijo mayor de Ana Teresa, Cristóbal de Artecona Salazar Rodríguez Picón, fue quien heredó la casa. Cristóbal utilizaba los apellidos cambiados, haciéndose llamar Cristóbal Rodríguez Picón de Artecona, para cumplir con una de las condiciones que puso el fundador del mayorazgo para heredar el vínculo. En una relación jurada de rentas de las casas fechada en junio de 1812, aparece como su poseedor.

Cristóbal casó dos veces, la primera el 30 de diciembre de 1766 con María Teresa de Luyando Hurtado de Mendoza con quien tuvo tres hijos. La hija que le sucedió fue Valentina de Artecona Salazar Luyando. Valentina había nacido en Salinas de Añana (Álava) y se casó con el teniente de fragata José María González Roldán. Parece ser que desde agosto de 1836 la casa de Verónica 155, pasó a sus posesiones aunque no consta que vivieran en ella, sino que la tenían arrendada.

La documentación registral vuelve a mostrar el apellido Artecona en la historia patrimonial de la finca durante la década de 1870. En 1874 la casa figuró entre los bienes descritos por María del Carmen Stagno y Bianchi y su hija Josefa González Roldán y Stagno, causahabientes de José, María Concepción y María Dolores González Roldán y Artecona. En 1875 Josefa hizo constar la mitad heredada tras la muerte de su madre. En 1879 un arquitecto y un maestro de obras tasaron el inmueble en 78 460 pesetas; una sentencia concentró sobre él un antiguo censo de 55 000 reales y liberó del gravamen a otras ocho casas que hasta entonces habían respondido conjuntamente.

Una fuente coetánea documenta la vinculación residencial posterior con la misma casa nobiliaria. La Guía oficial de Cádiz de 1878 domiciliaba en Verónica 13 a María Josefa de Artecona y Lafuente, III marquesa de Casa Rábago, junto con su esposo Joaquín Rubio Bosichy —a quien identificaba como marqués de Casa Rábago, abogado y propietario— y Joaquín Rubio y Artecona, empleado de la sucursal del Banco de España. Este último heredó la casa tras la muerte de su padre en 1888 y posteriormente la vendió. Su hermana María Ángeles Rubio había casado, dos años antes, el 4 de octubre de 1886 en el oratorio privado del palacete de Verónica 13 con el burgalés, Magistrado del Tribunal Supremo, Primitivo González del Alba. Su madre, María Josefa de Artecona, siguió viviendo en el palacete hasta el año 1895. En 1896 ya estaba domiciliada en la calle Sacramento 27, mientras su hijo Joaquín Rubio de Artecona tenía domicilio y despacho en las calles Antonio López 4 y Rosario 8. Entre 1896 y 1902 constaba viviendo en José del Toro 13, el Ilmo. Sr. D. Adolfo Núñez y Suárez, que aparecía en la guía de la ciudad como Primer Médico del Cuerpo de Sanidad de la Armada y Propietario.

Parece ser que posteriormente, todavía a principios del siglo XX, la casa estuvo vinculada a Rafael Palomino y Oliva, que fue jefe de la Casa Real del rey consorte Francisco de Asís de Borbón y, desde mayo de 1902 hasta su muerte en julio de 1923, subinspector de la Inspección de los Reales Palacios. Rafael Palomino había contraído matrimonio en Cádiz el 20 de septiembre de 1900 con María de los Ángeles Blázquez, hija de Agustín Blázquez y Blázquez, natural de Antequera, regidor de Cádiz, senador del reino, banquero, naviero y bodeguero, y de su mujer, Servanda de Paul y Picardo, natural de Cádiz y miembro de la Real Junta de Damas.

Denominación y tradición

La posición interior de la torre, oculta desde la calle, explica su nombre popular. Un reportaje de 2023 atribuyó la denominación «Bella Escondida» al periodista gaditano Bartolomé Llompart Bello, quien habría reparado en ella a finales de la década de 1960 durante el derribo de una finca colindante. El nombre pasó a identificar tanto la torre como, por extensión, la casa que la contiene.

Una tradición local sostiene que el propietario del palacio mandó levantar la torre para que una hija que había ingresado en el cercano monasterio de Nuestra Señora de la Piedad pudiera contemplar desde la clausura una construcción vinculada a su familia. Las fuentes que narran el episodio lo califican de leyenda o de hipótesis de un antiguo propietario; no identifican documentalmente al promotor, a la joven ni esa finalidad original. Obviamente se trata de una leyenda falsa pues el propietario solo tuvo dos hijos (Antonio José y Ana Teresa). La hija nunca fue monja y ambos heredaron sucesivamente la propiedad. Primero el hijo que nunca casó y falleció joven, y después la hija Ana Teresa Rodríguez Picón Blasco de Velasco que casó en la catedral de Cádiz, el 13 de septiembre de 1752, con José de Artecona Salazar y Gorbea, natural de Gordejuela (Vizcaya).

Conservación y protección

Entre 2003 y 2004 varios compradores adquirieron partes del inmueble, que se encontraba en mal estado, e iniciaron una rehabilitación de la casa prolongada durante varios años. La intervención recuperó el patio, la escalera y dependencias residenciales, pero la restauración exterior de la torre quedó pendiente. En 2010 se documentaron desprendimientos y fisuras en azulejos y esgrafiados, oxidación de elementos metálicos, humedad y suciedad. Un reportaje de 2023 señalaba que el interior del mirador había sido restaurado, mientras la envolvente exterior continuaba protegida por una malla.