El cine mudo argentino es un período en la historia del cine de Argentina que comprende las películas producidas sin sonido sincronizado, desde los inicios del medio en el país a fines del siglo hasta 1933, año en que las primeras producciones nacionales con sonido óptico —es decir, grabado en la película— inauguraron la llamada Época de Oro. En la década de 1890, Buenos Aires conoció las imágenes en movimiento primero a través del kinetoscopio y luego del cinematógrafo, ambos presentados en la ciudad al poco tiempo de su debut mundial. En un contexto de gran inmigración europea, figuras como Eugenio Py y Max Glücksmann se consolidaron como pioneros del cine argentino, dedicado entonces al cine de atracciones y a la filmación de «vistas» y «actualidades» oficiales. En 1909, Mario Gallo dirigió La Revolución de Mayo, primera película narrativa del país, a la que siguieron otras obras históricas por el Centenario. Aunque poco estudiado, Argentina se habría convertido además en uno de los primeros grandes centros mundiales de producción y distribución de cine pornográfico.
En 1914 se estrenó en el Teatro Colón la película Amalia, financiada y protagonizada por miembros de la clase alta porteña, que abrió nuevas perspectivas artísticas y comerciales para el cine argentino. A medida que el cine se consolidó como industria del entretenimiento, el país se convirtió en el principal productor de películas mudas de ficción del mundo hispanohablante, con 100 largometrajes realizados entre 1915 y 1924 —cifra equivalente a la suma de los producidos en México y España en el mismo período— y más de 200 largometrajes mudos en total durante las primeras tres décadas del siglo , a los que se sumaron numerosos documentales, noticieros y cortometrajes de ficción. Esta «época de oro» del cine mudo argentino se vio favorecida por dos factores: la parálisis del cine europeo —entonces el principal del mundo— durante la Primera Guerra Mundial (1914–1918) y la rápida expansión de la demanda interna, que resultó en una abundancia de producción local.
El estreno en 1915 de Nobleza gaucha —apodada «la mina de oro»— fue un acontecimiento decisivo para la historia del cine argentino por su éxito masivo e inesperado: se mantuvo en cartel durante más de dos décadas, alcanzó una amplia distribución internacional e impulsó el surgimiento de productoras locales. El período mudo argentino se caracterizó por una producción dispersa entre decenas de emprendimientos independientes en lugar de concentrada en grandes compañías, lo que derivó en una amplia variedad temática y en singularidades propias de ese modo de producción. Esta época también estuvo marcada por el surgimiento de las primeras mujeres cineastas del país —algo que no volvería a repetirse hasta 1960 con Vlasta Lah— y por la producción de El apóstol (1917), de Quirino Cristiani, considerado el primer largometraje animado de la historia.
La afluencia masiva de películas estadounidenses a partir de 1917, sumada al ascenso de Hollywood tras la Primera Guerra Mundial, reconfiguró el mercado local y llevó a la producción argentina al estancamiento. Pese a ello, durante la década de 1920 se consolidó el modelo del «melodrama tanguero» —cuya figura central fue José A. Ferreyra, considerado el cineasta argentino más importante del período— junto a un ciclo de adaptaciones de novelas populares que dio origen a éxitos como La vendedora de Harrods (1921), Milonguita (1922) y Perdón, viejita (1927). A fines de la década comenzó la transición al cine sonoro, primero con experiencias locales de sonido sobre disco impulsadas por Alfredo Murúa y luego con los films en español que Paramount Pictures produjo entre 1931 y 1935 con Carlos Gardel, que demostraron la viabilidad comercial de un cine de identidad argentina. La aparición de los estudios Argentina Sono Film y Lumiton —los dos primeros con sonido óptico de América Latina— y el estreno casi simultáneo de ¡Tango! y Los tres berretines en 1933 cerraron definitivamente el período mudo e inauguraron el período clásico-industrial.
Historia 1894-1914: Años pioneros thumb|upright|Vista del Teatro Odeón en Buenos Aires, donde el cinematógrafo se presentó por primera vez en 1896.
El cine argentino es casi tan antiguo como el cine lo es en el mundo. La proyección de imágenes en movimiento sobre pantallas, ante un público, fue desarrollada de manera casi simultánea e independiente por varios inventores de distintos países, que patentaron sus aparatos entre 1894 y 1895. Las primeras imágenes en movimiento introducidas en Buenos Aires fueron los kinetoscopios de Thomas Edison, traídos por el empresario checo Frederico Figner y presentados en una proyección especial para la prensa el 18 de septiembre de 1894, pocos meses después de su primera exhibición en Nueva York. Aunque consistían en pequeñas cintas de visión individual, los kinetoscopios familiarizaron a la prensa local y al público en general con el concepto de imágenes en movimiento, y el aparato pasó a ser utilizado como parámetro para todas las explicaciones técnicas referidas al cine. Existen varias versiones sobre la primera proyección cinematográfica realizada en Argentina. Según Portela et al., tuvo lugar el 6 de julio de 1896 en una función para la prensa en un salón de la calle Florida, con el vitascopio de Edison, presentado como «vivomatógrafo». Otras fuentes, en cambio, identifican como primera proyección la realizada con el cinematógrafo de los hermanos Lumière en el Teatro Odeón el 18 de julio de 1896, presentada por Francisco Pastor, con Eustaquio Pellicer como operador, tras la adquisición del aparato en París. La presentación parisina del cinematógrafo, el 28 de diciembre de 1895, suele considerarse el comienzo del cine; como los Lumière patentaron el dispositivo, en distintos países se desarrollaron variantes similares con nombres propios. Las funciones de cinematógrafo en el Teatro Odeón fueron asistidas por toda clase de público, desde grupos de escolares hasta el expresidente Carlos Pellegrini. En los años siguientes, el cine se fue incorporando a las carteleras de espectáculos, especialmente en pequeñas salas de variedades.
En 1897, los primeros proyectores y cámaras —de las firmas Lumière y Gaumont— llegaron al país a través de la tienda de fotografía de Enrique Lepage, la Casa Lepage. Su técnico, el francés Eugenio Py, se convirtió en la primera persona que filmó sistemáticamente en la Argentina; rodó en 1897 el cortometraje La bandera argentina, un registro de la bandera nacional que se considera generalmente el primer film del país, y en los años siguientes registró acontecimientos como la visita del presidente brasileño Campos Sales a Buenos Aires (1899), las maniobras navales de Bahía Blanca (1901) y, en 1906, Tango criollo, primera película argentina dedicada al tango. Otros autores consideran que los primeros filmes pertenecen a Frederico Figner, que rodó distintas vistas con un vitascopio en 1896, asistido por el camarógrafo José Steimberg. Además de Lepage y Py, la tercera figura que dominó la producción cinematográfica en esta época fue el austríaco Max Glücksmann, que fue inicialmente empleado de la Casa Lepage y luego adquirió la firma en 1908. Un caso singular fue el del médico Alejandro Posadas, que hacia 1900 filmó dos intervenciones quirúrgicas, los testimonios más antiguos del cine científico argentino.
thumb|upright|Nota sobre la Casa Lepage en la revista Caras y Caretas, 1914.
Las obras de estos primeros años del cine argentino corresponden al cine de atracciones. Como señaló José Agustín Mahieu, esta etapa del cine nacional «descubre ingenuamente la magia del movimiento, la captación directa del paisaje, del acontecimiento. La cámara es aún un ojo primario plantado frente a los hechos. Sobre cualquier otra preocupación (artística o cultural) prevalece la curiosidad técnica, la exploración de una herramienta que recién comienza a conocerse». Así, comenzó una explotación comercial a pequeña escala, con la Casa Lepage ofreciendo proyectores y películas a restaurantes, cafés u otros locales de entretenimiento. La empresa dominó la producción cinematográfica del país durante una década, dedicándose a filmar curiosidades y acontecimientos de actualidad como visitas oficiales de Estado, festividades y vistas turísticas. La cartelera se completaba con la importación informal de noticieros y reconstrucciones extranjeras, como los episodios navales de la guerra hispano-estadounidense producidos por la compañía de Edison desde 1898. En 1900 se inauguró el primer cine, el Salón Nacional, y pronto se abrieron más salas dedicadas a la proyección de películas: en 1906 funcionaban seis salas permanentes en Buenos Aires y para 1908 ya eran 32, a las que se sumaban los «bares biógrafos», donde se proyectaban películas mientras el público comía y bebía. Ese mismo año, Pathé Frères se convirtió en la primera firma cuyas películas se importaban regularmente al país, a través de la Casa Lepage; en 1908, Glücksmann firmó el primer contrato de provisión continua de material cinematográfico con una sala porteña.
Aunque el tema ha sido poco explorado por la historiografía del cine argentino, el país emergió notablemente como posiblemente el primer gran centro de producción de películas pornográficas del mundo a principios del siglo . Si bien generalmente se considera que el cine pornográfico se originó en Francia junto con el nacimiento del medio, Buenos Aires se convirtió en un centro de stag films clandestinos, también conocidos como «smokers». Hacia 1905, las compañías francesas Pathé y Gaumont habrían trasladado parte de su producción a la Argentina para eludir la censura en Francia. Según David Kerekes y David Slater, la zona roja de Buenos Aires de la época albergó la filmación, proyección y exportación de algunas de las primeras películas pornográficas, que se distribuían a compradores privados en el extranjero. Estas producciones no estaban destinadas a audiencias locales o populares, sino que se comercializaban como una forma de «entretenimiento sofisticado para el disfrute de las clases adineradas del Viejo Continente». Según los historiadores de cine Arthur Knight y Hollis Alpert, desde Argentina se enviaban por barco películas stag de porno hardcore a clientes privados, principalmente en Francia e Inglaterra, pero también en Rusia y los Balcanes. El biógrafo Louis Sheaffer, en su relato de la vida de Eugene O'Neill, menciona que el dramaturgo viajó a Buenos Aires durante este período y frecuentaba salas de proyección pornográficas en el barrio de Barracas. La película argentina El Sartorio (a veces referida como El Satario) es citada frecuentemente como la película pornográfica más antigua que se conserva. Se cree que fue rodada entre 1907 y 1912 en las orillas del Río de la Plata, en Quilmes, o a lo largo del río Paraná cerca de Rosario, y muestra a seis ninfas desnudas sorprendidas por un sátiro o fauno que captura a una y mantiene relaciones sexuales con ella, incluida la postura del 69. Una copia de El Sartorio se conserva en el Instituto Kinsey de la Universidad de Indiana Bloomington, que posee la mayor colección del mundo de películas stag.