La Primera República de Austria es el nombre histórico de la República de Austria creada después del desmembramiento del Imperio austrohúngaro al finalizar la Primera Guerra Mundial. Esta república inicialmente intentó sin éxito unirse a Alemania (véase Austria Alemana), pero las potencias occidentales de la época, Francia y Reino Unido, se opusieron. No fue hasta 1938 cuando finalmente la Alemania nazi anexó Austria y la Primera República dejó de existir.

Los socialistas dominaron el Gobierno hasta octubre de 1920, en que lo cedieron a los socialcristianos. Durante los dos años de dominio político socialista, se promulgó una nueva Constitución democrática y se aprobaron diversas medidas sociales. A continuación, los socialcristianos forjaron una alianza de partidos burgueses para controlar el Gobierno y limitar la influencia de los socialistas; gracias a esta alianza, presidieron el Consejo de Ministros durante casi toda la década de 1920. La fuerza parlamentaria de los socialistas y la necesidad de contar con una amplia mayoría para cambiar la Constitución y otras leyes principales a menudo frustró, empero, los intentos legislativos de los socialcristianos y sus aliados. En 1922, se estabilizó la moneda y mejoró parcialmente la situación económica.

Las potencias vencedoras de la guerra mundial impusieron la independencia austriaca, pues la mayoría del país pretendía unirse a la nueva república de Weimar. El deseo de unión, sin embargo, no desapareció y resurgió periódicamente; en 1931, ante la grave crisis económica, se planteó en vano —de nuevo por la oposición de las potencias— la unión aduanera austro-germana. El advenimiento del Gobierno nacionalsocialista en Alemania en enero de 1933 redujo el entusiasmo austriaco por la unión, especialmente entre los socialistas; el asesinato del canciller austriaco por nazis austriacos con apoyo alemán durante el fallido golpe de Estado de julio de 1934, suscitó el rechazo socialcristiano y favoreció el mantenimiento de la independencia. Tras dos años de hostilidad, los dos Gobiernos alcanzaron un acuerdo, que permitió el ingreso de nacionalsocialistas en el Ejecutivo austriaco, pero no acabó con los desacuerdos.

La Constitución de Austria entró en vigor en 1920 y fue enmendada en 1929. Con la llegada del austrofascismo al poder, se proclamó una nueva Constitución en 1934 por la que Austria ya no era una república, sino una federación. Por esta razón algunos historiadores aseguran que la I República en realidad dejó de existir en 1934.

A partir de 1920, el Gobierno de Austria quedó dominado por el Partido Social Cristiano, que mantenía estrechos vínculos con la Iglesia católica. El primer canciller del partido, monseñor Ignaz Seipel, trató de forjar una alianza política entre los ricos industriales y la Iglesia católica. A pesar de contar con un sólido partido en el gobierno, la nación, la política del país fue convulsa y violenta, con fuerzas paramilitares de izquierda () y derecha () enfrentadas constantemente. Los partidos conservadores realizaron diversas coaliciones que dejaron fuera del Gobierno federal a los socialdemócratas durante toda la década, a pesar del aumento de votos de estos en las sucesivas elecciones. Las medidas para separar a las provincias de Viena y para reforzar el poder de la minoría parlamentaria se volvieron contra los conservadores que las habían defendido, permitiendo a los socialdemócratas controlar la capital, donde desarrollaron una gran política social con elevados impuestos que los conservadores criticaron.

Durante los veinte años de independencia, Austria dependió constantemente de los créditos extranjeros. En 1922, ante la agudización de la crisis financiera, el país hubo de solicitar un crédito a la Sociedad de Naciones, que se lo concedió a cambio de la aceptación de ciertas condiciones políticas, que incluían el mantenimiento de su independencia, lo que impidió su absorción por Alemania. La economía del país quedó bajo supervisión extranjera hasta 1926. Aunque hubo cierto crecimiento durante el resto de la época, este cesó con la llegada de la Gran Depresión, que lo perjudicó terriblemente. Los supervisores regresaron al país en 1931, cuando este solicitó otro nuevo crédito internacional.

Fin del imperio y surgimiento de la república austriaca

La derrota en la Primera Guerra Mundial y las tensiones nacionalistas precipitaron el fin del Imperio austrohúngaro. El , el emperador proclamó la federalización del imperio y ordenó que se creasen consejos nacionales en el Parlamento; el intento, tardío, fracasó, y los consejos se dedicaron a proclamar la separación de los distintos territorios del Gobierno imperial. El día 29, los diputados de los territorios de cultura alemana, los únicos que quedaban en las Cortes, formaron la Asamblea Nacional provisional austriaca. El , el emperador Carlos cedió el poder, que pasó a una coalición de partidos, convertida en Gobierno revolucionario con un programa democrático. Al día siguiente, se proclamó la nueva república austriaca. El proceso de debilitamiento del apoyo a la monarquía, que había afectado a las distintas nacionalidades del Imperio, se había extendido también entre los austriacos: el proletariado urbano, parte de la burguesía liberal, nacionalista o anticlerical y el campesinado radicalizado por la contienda se oponían a la continuación del sistema de gobierno monárquico. Por acuerdo entre el antiguo Gobierno imperial y el nuevo republicano, este aceptó de facto la enorme estructura burocrática del imperio. La propuesta de la asamblea al resto de nacionalidades del imperio en disolución de crear una confederación fue rechazada, por lo que se proclamó la nueva república como futura parte de Alemania.

La asamblea provisional, dominada por los socialistas, abolió la autocracia imperial y, mediante una serie de proclamas, implantó una república unitaria democrática con gran autonomía local, gran poder del Parlamento, escaso del Gobierno, un importante proceso de socialización y la vista puesta en la unión con Alemania. Si bien el apoyo a la república era amplio entre la población, no lo era tanto el sistema democrático, respaldado principalmente por el proletariado urbano y una minoría de la clase media.

El campesinado abandonó pronto su espíritu revolucionario, surgido principalmente de las penurias de la guerra y del deseo de ponerle fin. El aumento de las requisiciones para alimentar a la capital —sometida al bloqueo económico de la Entente y al cierre de las fronteras de los nuevos países surgidos de la disolución del imperio— desilusionó a los campesinos, que habían supuesto que el fin de la guerra y del imperio acabarían con las obligaciones para con el Estado. El pago de los productos agrícolas tampoco los satisfacía, ya que la inflación anulaba rápidamente el valor de sus ingresos. Surgió así una intensa hostilidad entre la ciudad y el campo. Las provincias se volvieron casi independientes de la capital y se dotaron de unidades armadas. En parte estas se utilizaron al comienzo del periodo republicano para defender el territorio frente a los países vecinos —en especial contra Yugoslavia— dada la ineficacia del nuevo Ejército republicano —el Volkswehr—, organizado por los socialdemócratas. Estas unidades improvisadas, formadas por soldados que regresaban del frente, fueron el germen de la Heimwehr.

Retos del nuevo país La nueva república austriaca surgida del desmembramiento del Imperio austrohúngaro tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. Agrupaba los principales territorios de cultura alemana del imperio, pero carecía de un nacionalismo cohesionador. A las particularidades de las nueve provincias se unía la rivalidad entre la capital socialista y las zonas rurales, conservadoras.|miniatura|upright=1.8 Uno de los principales problemas que aquejó al nuevo país fue su viabilidad económica y la conveniencia de que se uniese a una estructura política mayor. Perdido el acceso a las economías del resto del antiguo imperio, convertidas en las de nuevas naciones o países crecidos, Austria, formada por los restos del imperio, no podía sobrevivir económicamente por sí sola. Una de las opciones, favorecida por la mayoría de la población, era la unión de la pequeña república con Alemania, a la que la unían intensos lazos culturales y económicos. Para sus partidarios —entre los partidos políticos, los pangermanos y los socialdemócratas—, el Anschluss era la solución para la república, que juzgaban inviable como entidad independiente. Entre sus más decididos detractores se encontraban Francia y sus aliados de Europa oriental, que no deseaban que se desbaratase el orden europeo surgido de Versalles y que Alemania se fortaleciese. En realidad, en la posguerra esta tampoco se hallaba en situación de auxiliar a Austria. A pesar de los deseos de unión con Alemania, Francia la vetó y esta prohibición quedó plasmada en el artículo 88 del tratado de paz, que impedía la unión de las dos naciones si no contaba con el beneplácito de la nueva Sociedad de Naciones. La prohibición aliada, no obstante, no acabó con el anhelo de unión con Alemania —muy intensa entre la burguesía venida a menos, los intelectuales que veían en ella la solución de los problemas de la chica república, y entre los socialistas—, que pervivió a lo largo de los veinte años de la república. Austria era pues un país independiente fundamentalmente a su pesar. Privada del sostén alemán, sobrevivió gracias al constante pero insuficiente socorro aliado. Los intentos de obtener financiación privada para llevar a cabo un plan de estabilización fracasaron uno tras otro por la falta de atractivo económico de la inestable república. Únicamente cuando las potencias aliadas accedieron a avalar los préstamos privados a Austria esta comenzó a obtener grandes créditos en el mercado financiero. La alternativa a la unión con Alemania, la formación de una confederación danubiana, favorecida al comienzo por los Aliados y también por las formaciones políticas austriacas como sustituta del imperio desaparecido, fracasó por la oposición tanto del resto de países de la zona como de Italia, que temía el surgimiento de un nuevo rival en la región.

A la conveniencia o no de mantener la independencia del país —que sus habitantes no habían ansiado sino que había surgido del desmembramiento del imperio— se añadía el del irredentismo. La derrota en la guerra mundial había conllevado la entrega a Italia del Tirol meridional, con una población de un cuarto de millón de personas, la mayoría de lengua alemana. Esta disputa territorial agrió las relaciones bilaterales entre Viena y Roma, en especial tras la toma del poder de Mussolini en 1922. Varios millones de súbditos del desaparecido imperio de lengua alemana quedaron fuera de la nueva república austriaca, repartidos por los distintos Estados que se distribuyeron el territorio imperial. Especialmente numerosos eran los alemanes de Bohemia y Moravia, en la vecina Checoslovaquia. La república heredó, de los cerca de de habitantes del imperio, (1920), que aumentaron hasta los en 1939.