La rebelión tepehuana fue un levantamiento indígena que estalló en la Nueva España en 1616, cuando el pueblo tepehuán intentó liberarse del dominio español. La sublevación fue sofocada hacia 1620 tras una elevada pérdida de vidas humanas en ambos bandos, la destrucción de misiones y reales de minas, y daños materiales valorados hasta en un millón de pesos.

El levantamiento se desencadenó el 16 de noviembre de 1616 con el ataque a una caravana de carros que se dirigía a la Ciudad de México desde las inmediaciones de Santa Catarina de Tepehuanes, y estuvo encabezado por un líder mesiánico llamado Quautlatas, quien proclamaba que los antiguos dioses devolverían la prosperidad a los tepehuanes una vez expulsados los españoles. El historiador jesuita Andrés Pérez de Ribas la calificó como uno de los mayores estallidos de violencia y destrucción ocurridos en la Nueva España desde la conquista.

Pueblo tepehuán Los tepehuanes habitaban las escarpadas laderas y valles orientales de la Sierra Madre Occidental, sobre todo en el actual estado de Durango. Hablaban una lengua yutoazteca de la rama tepimana y dependían fundamentalmente de la agricultura, lo que los distinguía de sus vecinos del este, los chichimecas, que eran cazadores-recolectores nómadas y seminómadas. El antropólogo Antonio Reyes Valdez ha sostenido que, ya en el momento del contacto europeo, la población designada por los cronistas como «nación tepehuana» comprendía en realidad grupos lingüística y políticamente diferenciados —los actuales o'dam, audam y ódami—, distinción que las fuentes coloniales no se interesaron en reconocer. De ahí que la responsabilidad del levantamiento de 1616 se atribuyera genéricamente a «los tepehuanes», aunque en él tomaron parte pueblos diversos.

Los tepehuanes compartían rasgos culturales con los pueblos vecinos, en particular con los acaxees y los xiximes situados al occidente: el cultivo de maíz, frijol, calabaza, chile y algodón en pequeñas aldeas dispersas; una guerra frecuente acompañada en ocasiones de canibalismo ritual; el politeísmo y la veneración de imágenes; la presencia de chamanes o hechiceros como especialistas rituales; y una organización política descentralizada, en la que los ancianos asumían el liderazgo en tiempos de paz y los jefes de guerra trataban con los extranjeros.

En las décadas anteriores a la rebelión, los tepehuanes sufrieron una serie de epidemias devastadoras causadas por enfermedades de origen europeo. Se documentaron brotes en su territorio en 1594, 1601-1602, 1606-1607, 1610 y 1616-1617. Se estima que estas epidemias pudieron reducir en más del 80 % la población indígena de la región, desde una cifra precolombina superior a 100 000 habitantes hasta menos de 20 000, de los cuales aproximadamente la mitad serían tepehuanes.

Durante la Guerra Chichimeca (1550-1590) los tepehuanes se mantuvieron neutrales, pese a que los chichimecas trataron de incorporarlos a su resistencia frente a la expansión española. La incapacidad de la Corona para imponerse militarmente a los chichimecas llevó al virreinato a adoptar una nueva política, denominada «paz por compra», en la que los misioneros católicos desempeñaron un papel central en la pacificación de los pueblos hostiles o semihostiles. Los grupos indígenas debían ser reasentados en pueblos y abastecidos con alimentos y herramientas, y la responsabilidad de su integración a la sociedad novohispana y cristiana recaería sobre los misioneros antes que sobre el ejército. Los acaxees y los xiximes fueron los primeros pueblos en los que se aplicó esta nueva política, y los tepehuanes serían los siguientes.

Quautlatas y los jesuitas Los colonos españoles comenzaron a establecerse en territorio tepehuán en la década de 1570 para explotar yacimientos de plata y dedicarse a la ganadería. La Compañía de Jesús inició su labor misionera entre los tepehuanes en 1596 y fundó misiones en Santiago Papasquiaro y Santa Catarina de Tepehuanes, y más tarde en El Zape. Los tepehuanes se mostraron en un primer momento receptivos a los misioneros, aunque se resistían a vivir junto a las misiones y a trabajar en las minas y haciendas españolas, y con frecuencia atacaban a los grupos indígenas aliados con los españoles. Pese a ello, en 1615 un jesuita afirmaba que los tepehuanes mostraban grandes progresos y se habían vuelto «muy ladinos» en la fe católica, esto es, plenamente asimilados al modo de vida español.Gradie, 2000, p. 148.

En 1616, sin embargo, surgió entre los tepehuanes un líder mesiánico llamado Quautlatas, que había sido bautizado como cristiano. Quautlatas recorrió la sierra portando como emblema una cruz quebrada y predicaba que los antiguos dioses estaban airados porque los tepehuanes los habían abandonado, por lo que era necesario matar o expulsar a todos los españoles, en especial a los misioneros. Su mensaje combinaba elementos cristianos e indígenas: se proclamaba a sí mismo obispo y prometía a sus seguidores que quienes muriesen a manos de los españoles resucitarían al cabo de siete días; aseguraba además que, una vez eliminados los invasores, los antiguos dioses bendecirían la tierra con buenas cosechas y ganado abundante, este último una introducción europea.Gradie, 2000, p. 149. Movimientos milenaristas de inspiración análoga aparecieron en otros contextos coloniales, como la rebelión de los pueblo de 1680, la Danza de los espíritus norteamericana o el Levantamiento de los bóxers en China.

Al intentar explicar las causas de la sublevación, los jesuitas negaron toda responsabilidad española y presentaron la presencia europea como un beneficio. El padre Andrés Pérez de Ribas escribió que, desde la llegada de los españoles, había habido abundancia de alimento, ropa, riquezas y otras comodidades materiales. Lo que los jesuitas no advertían, sin embargo, era el vínculo que los tepehuanes establecían entre la llegada de los españoles y la muerte. Mientras los misioneros celebraban las almas salvadas mediante bautismos en el lecho de muerte, los indígenas afirmaban que los padres les habían traído la enfermedad y la muerte con el bautismo, pues quienes lo recibían solían enfermar y morir poco después. La política jesuita de concentrar a la población indígena en asentamientos más grandes y reducidos en número favoreció, en efecto, la propagación de las epidemias.Gradie, 2000, p. 26. Para los misioneros, vivir en pueblo era un rasgo de civilización que debía estimularse, o imponerse, a las poblaciones nativas.Pérez de Ribas, 1999, p. 38. Los jesuitas, por otra parte, colaboraron estrechamente con los encomenderos y mineros españoles para garantizarles un suministro estable de mano de obra indígena.Gradie, 2000, p. 121.

Convencidos de que aportaban beneficios materiales y espirituales a los tepehuanes, los españoles atribuyeron el levantamiento a la acción del demonio. Según esa interpretación, fue Satanás quien había intervenido con designio deliberado, valiéndose sobre todo de los hechiceros, considerados sus instrumentos directos y los principales instigadores de la sublevación. Quautlatas fue identificado con el anticristo, y la lectura demoniaca permitió a los misioneros eximir de toda responsabilidad a la sociedad colonial.Reff, 1995, pp. 66-67, 81. El historiador Ismael Jiménez Gómez ha señalado que esta retórica sobre el «Maligno» constituía un recurso recurrente en la obra de Pérez de Ribas y formaba parte de un discurso apologético encaminado a justificar la labor evangelizadora de la Compañía de Jesús frente a las prácticas religiosas indígenas que persistían en las misiones. Por su parte, los tepehuanes combatían para recuperar sus formas de vida tradicionales, con la esperanza de que la vuelta al culto de sus dioses y a sus prácticas culturales detuviera la mortandad provocada por las enfermedades europeas y la servidumbre de hecho a la que los habían sometido un puñado de sacerdotes, mineros y encomenderos.

La sublevación El 16 de noviembre de 1616, los tepehuanes atacaron una caravana de carros que se dirigía a la Ciudad de México, en las inmediaciones de Santa Catarina de Tepehuanes, una pequeña localidad situada en las estribaciones orientales de la Sierra Madre Occidental. Así comenzó lo que el historiador jesuita Andrés Pérez de Ribas describiría como uno de los mayores estallidos de desorden, conmoción y destrucción que había conocido la Nueva España desde la conquista. Cuando el conflicto concluyó cuatro años después, habían muerto más de 200 españoles, 10 misioneros, un número indeterminado de indígenas, esclavos negros y mestizos aliados de los españoles, y unos 4 000 tepehuanes, muchos de ellos por hambre y enfermedad. Los daños materiales se calcularon en cerca de un millón de pesos.Gradie, 2000, p. 1.

El ataque, dirigido por seis jefes de guerra —entre los que destacaba Francisco Gogoxito—, fue cuidadosamente coordinado: en distintos puntos de la región se produjeron asaltos casi simultáneos contra misiones y asentamientos coloniales. En El Zape murieron unas 100 personas dentro de una iglesia, y un número similar pereció en Santiago Papasquiaro. De todos los misioneros jesuitas activos en territorio tepehuán, solo uno sobrevivió a los ataques iniciales. Ante la noticia del levantamiento, y temiendo un asalto sobre la propia ciudad de Durango —entonces llamada Guadiana—, el gobernador Gaspar de Alvear hizo arrestar a 75 dirigentes indígenas locales y ordenó su ejecución.

En diciembre, Alvear encabezó una expedición que recorrió el territorio tepehuán y rescató a unos 400 colonos españoles e indígenas aliados. Una segunda expedición, integrada por 67 jinetes españoles y 120 auxiliares conchos, partió de Guadalajara en marzo de 1617 y se enfrentó con éxito a los tepehuanes en varios combates. Frente a la sublevación, las autoridades coloniales abandonaron la política conciliadora de «paz por compra» y adoptaron una estrategia de guerra a sangre y fuego. Según el historiador Luis Aboites Aguilar, los españoles combinaron la represión —incluida la tortura y el ahorcamiento de prisioneros— con ofertas de paz y una política de divisionismo, encaminada en particular a impedir que los acaxees se sumaran a los rebeldes. Concluidas las hostilidades, una parte de los cautivos fue reducida a esclavitud, otros se distribuyeron entre estancias y reales de minas, y el resto se reasentó en misiones existentes, como la del Valle de San Bartolomé. Los esfuerzos militares se concentraron en eliminar a los seis jefes de guerra; el último de ellos, Gogoxito, fue abatido en marzo de 1618 durante la tercera campaña española de envergadura.Hackett, 1971, p. 152. Quautlatas también murió durante las operaciones militares. Sin embargo, la muerte de los jefes y del propio Quautlatas no puso fin a las hostilidades: los tepehuanes continuaron asaltando los asentamientos españoles para retirarse después a la sierra. Una de estas incursiones, dirigida contra Mapimí, dejó cerca de 100 muertos.Gradie, 2000, pp. 153-172.