Sophie Muller (1910-1995) fue una misionera protestante y traductora de la Biblia estadounidense que trabajó extensamente con poblaciones indígenas en las regiones amazónicas de Colombia y Venezuela. Al llegar a Colombia en abril de 1944, Muller se internó en los departamentos de Vaupés, Guainía y Guaviare, y pasó más de cuatro décadas evangelizando en las cuencas de los ríos Inírida y Atabapo a grupos como los curripacos, puinaves, piapocos y cubeos.
Tradujo el Nuevo Testamento a varias lenguas indígenas y fundó cientos de iglesias locales. Su legado sigue siendo muy controvertido; si bien se le atribuye haber introducido la alfabetización en tribus marginadas, haber mejorado sus condiciones de higiene y haberlas protegido de los abusivos recolectores de caucho, también erradicó activamente las prácticas religiosas indígenas tradicionales y se opuso ferozmente tanto a la Iglesia católica como a los esfuerzos de educación laica del gobierno colombiano.
Primeros años y educación Sophie Muller nació en la ciudad de Nueva York en 1910, hija de un padre católico alemán y una madre protestante. A principios de la década de 1940, estudió arte comercial en la Academia Nacional de Diseño y trabajó como artista comercial (y supuestamente, de manera breve, como reportera para The New York Times). Aunque inicialmente era ambivalente en materia religiosa, conoció a unos evangelistas callejeros en Nueva York y posteriormente se matriculó en un programa de tres años en el Instituto Bíblico Nacional. Inspirada para llegar a poblaciones aisladas, se unió a la recién fundada Misión Nuevas Tribus en 1944, preparándose para su misión con cursos de lingüística y supervivencia en la selva.
Obra misionera en Colombia Al ingresar a Colombia en abril de 1944 con una visa para profesionales extranjeros, fue recibida en Bogotá por dos amigos de la escuela de arte. Posteriormente, se quedó inicialmente con la misionera médica Katherine Morgan en Pasto para aprender español. Con la ayuda de la Cruzada de Evangelización Mundial, consiguió una visa permanente. En diciembre de ese mismo año emprendió un largo viaje en avionetas y lanchas hacia la población cauchera de Cejal, para contactar al pueblo curripaco en la región del río Isana.
Para enseñar a las poblaciones indígenas a leer y escribir, Muller utilizó el método Laubach, creando tablas de sílabas para asociar letras con imágenes familiares. En cuestión de meses, introdujo con éxito cartillas bilingües y comenzó a traducir catecismos y relatos bíblicos.
Su influencia creció rápidamente, favorecida por eventos que los indígenas percibieron como sobrenaturales. Al principio, las autoridades de los curripacos la encerraron y, según los relatos locales y sus propias memorias, la sometieron a una prueba obligándola a beber el líquido de un bejuco sagrado venenoso. Tras agonizar y sufrir alucinaciones durante 48 horas, Muller sobrevivió, lo que llevó a los aldeanos a verla como una figura divina.
Aprovechando esta autoridad, Muller animó a los conversos a abandonar sus costumbres tradicionales, arrojar objetos sagrados al río y dejar de participar en danzas ceremoniales. Además de la religión, les enseñó normas de higiene que mejoraron su salud, como la prohibición de compartir la misma totuma para evitar contagios. Con el tiempo, extendió sus esfuerzos a los pueblos puinave, piapoco, guahibo y cubeo. También se expandió brevemente a Brasil para trabajar con el pueblo baniwa antes de enfrentar la resistencia de las autoridades.
Para 1965, Muller había supervisado el establecimiento de unas 200 iglesias nativas y traducido el Nuevo Testamento a varias lenguas tribales. Las autoridades del Vichada reconocieron su vasta influencia, señalando que hasta 30 000 de los 37 000 habitantes de la región se habían convertido en cristianos evangélicos bajo su enseñanza. Llevaba una vida extremadamente ascética, despertándose a las cuatro de la mañana para orar y consumiendo cantidades mínimas de comida. Desconfiaba de otras misiones de blancos y se apoyaba exclusivamente en los indígenas que ella misma educaba para que actuaran como sus misioneros.
Conflictos y controversias El trabajo de Muller fue muy perjudicial tanto para las estructuras indígenas tradicionales como para los poderes establecidos en Colombia. Ella creía firmemente que Satanás se manifestaba en las danzas indígenas y en las piedras chamánicas. Aunque fue criticada por destruir la cultura nativa, también protegió ferozmente a sus seguidores de los colonos blancos y los barones del caucho, intentando segregarlos de la sociedad colombiana para evitar la explotación y la corrupción moral. Su presencia transformó radicalmente las comunidades: erradicó por completo el consumo de alcohol y los juegos de billar, e instauró un estilo de vida donde los niños comenzaron a usar zapatos y vestidos occidentales.
Durante La Violencia, Muller y sus conversos se enfrentaron a la persecución por parte de los militares y las facciones rivales. En 1953, el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla renovó un acuerdo con el Vaticano, otorgando a la Iglesia católica el control exclusivo sobre los territorios indígenas y obligando a Muller a reubicar temporalmente su base en San Fernando de Atabapo, Venezuela. Los prelados católicos denunciaron continuamente su proselitismo anticatólico, mientras que Muller, a su vez, destruyó medallas católicas y provocó conflictos entre familias nativas protestantes y católicas.
La dinámica cambió durante la época del Frente Nacional. El gobierno comenzó a implementar reformas agrarias y a estandarizar la educación en los territorios. Muller rechazó a los maestros laicos del estado, afirmando que traían a «Karl Marx» y la ruina moral a la juventud indígena. Los nuevos concordatos con el Vaticano y la llegada del Instituto Lingüístico de Verano también cambiaron el panorama del Amazonas.
Muller también se opuso a los movimientos políticos indígenas, negándose a apoyar a los guahibos durante las luchas por la tierra del Plan de Planas de 1970 porque creía que los líderes de las cooperativas eran agitadores comunistas. En 1976, una comisión militar colombiana concluyó que la influencia de Muller mantenía a los pueblos indígenas en «postración, miseria e ignorancia», exigiendo el fin de sus actividades.
Vida posterior y fallecimiento En 1975, Muller renunció a la Misión Nuevas Tribus para trabajar de manera independiente. En sus últimos años, su influencia decayó a medida que los grupos nativos comenzaron a regresar a sus costumbres tradicionales, y el surgimiento del grupo guerrillero de las FARC introdujo nuevos peligros e ideologías en la región. Finalmente, se reubicó en los Estados Unidos, donde murió de cáncer de estómago en 1995 a la edad de 83 años.
Antropólogos e historiadores están muy divididos sobre el legado de Muller. Los críticos enfatizan su papel en la erradicación de las culturas indígenas tradicionales y en la imposición de un puritanismo rígido y autoritario. Por el contrario, sus partidarios argumentan que inculcó orgullo en personas marginadas, rompió con éxito la explotación violenta de los barones del caucho y creó una sociedad indígena pacífica y alfabetizada.
Referencias
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