La estigmatización política o demonización política es el proceso mediante el cual actores políticos —gobiernos, partidos, movimientos sociales, medios de comunicación, grupos de presión o ciudadanos organizados— emplean etiquetas, epítetos o categorías despectivas para descalificar, difamar, intimidar, silenciar, marginar u ostracizar a adversarios, grupos sociales o posiciones ideológicas, excluyéndolos del ámbito de la legitimidad política. El mecanismo puede adoptar formas que van desde la agresión verbal y la calumnia hasta la deshumanización sistemática que prepara el terreno para la persecución; tampoco es exclusiva de quienes detentan el poder: partidos de oposición, organizaciones no gubernamentales y colectivos ciudadanos también recurren a él, y en contextos de conflicto las propias víctimas pueden estigmatizar a quienes identifican como victimarios o cómplices, tanto durante la persecución como después de ella. El concepto se fundamenta en la teoría del estigma social desarrollada por el sociólogo Erving Goffman, quien definió el estigma como un atributo profundamente desacreditador que reduce a su portador, simbólicamente, de una persona completa a una cuestionada y disminuida en su valor social. Aplicada al ámbito político, la estigmatización opera cuando se emplean etiquetas peyorativas para marcar a un grupo como inferior, peligroso o ilegítimo, separando un «nosotros» virtuoso de un «ellos» amenazante.
El politólogo Vicente Valentim definió el estigma político como la situación en la que los individuos perciben que existen normas sociales contrarias a una preferencia política, lo que incentiva a quienes la sostienen a ocultarla para evitar sanciones sociales. En su monografía The Normalization of the Radical Right (2024), Valentim demostró que las posiciones políticas estigmatizadas pueden perder su estigma cuando un liderazgo hábil logra movilizar el apoyo latente y normalizar lo que antes era socialmente inaceptable. En el marco de la psicología social del conflicto, Daniel Bar-Tal identificó el «uso de etiquetas políticas» como una de las cinco estrategias retóricas de deslegitimación: la categorización de un grupo rival mediante términos que son absolutamente rechazados por los valores del grupo que estigmatiza —como «nazi», «comunista» o «imperialista»—, excluyéndolo de la esfera de la competencia política aceptable. Bazin, Lambert y Sapio definieron la estigmatización como un mecanismo político y mediático mediante el cual se construyen categorías de individuos «legítimos» e «ilegítimos», y señalaron que cualquier actor político —incluido el que no ocupa el poder— puede emplearlo. Kaya y Talpin documentaron cómo la estigmatización —entendida como la atribución de cualificaciones negativas a grupos por su identidad política— posibilita la discriminación y moldea la relación de los grupos minoritarios con la vida política.
A diferencia de las etiquetas ideológicas neutras —como «conservador», «liberal», «izquierda» o «derecha»—, que sitúan a un actor en un espectro político con fines analíticos, la estigmatización política cumple una función performativa: crea una categoría de enemigo en lugar de describir una posición, activa el desprecio y señala al grupo propio a quién desconfiar. El fenómeno ha sido documentado desde la Antigua Roma y se ha manifestado a lo largo de la historia en contextos tan diversos como la colonización europea de América, la Revolución francesa, los totalitarismos del siglo y las campañas electorales contemporáneas. La investigación en psicología social ha establecido que la estigmatización constituye una vía hacia la deshumanización: al reducir a un grupo a una etiqueta peyorativa, se le niegan progresivamente atributos de humanidad plena, lo que facilita la exclusión moral y, en casos extremos, la violencia.
La retórica deshumanizadora asociada a la estigmatización política abarca un espectro que va desde la retórica electoral ordinaria —donde epítetos como «oligarca», «comunista» o «contrarrevolucionario» degradan el debate sin consecuencias físicas— hasta la deshumanización sistemática que prepara el terreno para la persecución estatal y, en casos extremos, atrocidades masivas. La mayoría de las democracias desarrolladas han promulgado leyes contra el discurso de odio que pueden abarcar las formas más extremas de estigmatización política, aunque Estados Unidos constituye una excepción notable al proteger constitucionalmente incluso el discurso considerado odioso mediante la Primera Enmienda.
La estigmatización política y la estigmatización racial convergen con frecuencia en contextos de dominación colonial. Según la teórica Gayatri Spivak, los grupos subalternos están estructuralmente excluidos de las vías institucionalizadas de representación política, de modo que cuando el poder los señala no puede atacar una posición política —que no poseen— y recurre en su lugar a marcadores de identidad: raza, etnia, lengua o religión. El antropólogo Patrick Wolfe argumentó que en el colonialismo de poblamiento las categorías raciales se inventan para justificar la apropiación territorial, y que la lógica de eliminación del indígena —que abarca desde la violencia hasta la asimilación forzosa— produce sistemas y estructuras para ello.
Definición y clasificación
El estigma político como aplicación del estigma social
El sociólogo Erving Goffman definió en 1963 el estigma como el proceso por el cual la reacción de los demás estropea la «identidad normal» de un individuo o grupo, reduciéndolo a una categoría social hacia cuyos miembros se genera rechazo. Los politólogos Bruce Link y Jo Phelan ampliaron este marco en 2001, describiendo la estigmatización como un proceso que comienza cuando los grupos dominantes de una sociedad identifican diferencias —reales o no—, les asignan un valor negativo, logran la rotulación social del grupo diferenciado y separan así el «nosotros» del «ellos», culminando en formas de desaprobación, rechazo, exclusión y discriminación. Link y Phelan describieron esta secuencia como un proceso de cinco componentes: etiquetado (labelling), estereotipación (stereotyping), separación entre un «nosotros» y un «ellos», pérdida de estatus (status loss) y discriminación (discrimination), todo ello condicionado al acceso al poder social, económico y político. Cada componente refuerza al siguiente: la etiqueta activa el estereotipo, el estereotipo justifica la separación, y la separación facilita la pérdida de estatus y la discriminación.
Distinción con las etiquetas ideológicas neutras
Las etiquetas políticas convencionales —«conservador», «liberal», «socialdemócrata», «izquierda», «derecha»— cumplen una función descriptiva y analítica: sitúan a un actor político en un espectro ideológico reconocible. Un político puede autoidentificarse como «conservador» y asumir la etiqueta con orgullo; estas categorías poseen definiciones académicas, están asociadas a plataformas partidarias y mantienen significados relativamente estables, aunque varían según la época y el país.
La estigmatización política es reductiva (colapsa la complejidad ideológica del oponente en una sola palabra peyorativa), asimétrica (quien la emplea nunca se la aplica a sí mismo), emocionalmente cargada (transmite desprecio en lugar de contenido analítico) y está diseñada para cerrar el debate en lugar de enmarcarlo. Cuando el senador Joseph McCarthy empleaba el término «comunista» contra funcionarios del Departamento de Estado, creaba una categoría de enemigo en lugar de describir su posición ideológica y señalaba al público a quién desconfiar. Cuando Juan Domingo Perón estigmatizaba a sus adversarios como «oligarcas», reducía a toda la oposición, en lugar de analizar una posición económica, a un solo grupo despreciable, frente al cual sus «descamisados» encarnaban al pueblo auténtico.
Términos como «neoliberal», «populista» o «socialista» ocupan una zona gris: pueden funcionar como etiquetas analíticas neutras o como instrumentos de estigmatización según el contexto y la intención del hablante. El politólogo Cas Mudde y la politóloga Cristóbal Rovira Kaltwasser han documentado cómo los partidos centristas emplean el término «populista» como un ('concepto de combate') para deslegitimar a competidores tanto de izquierda como de derecha, un proceso que Chantal Mouffe denominó «moralización del discurso político».
Tipos de epítetos políticos
Los epítetos políticos —vehículo principal de la estigmatización política— pueden clasificarse en función de su carga valorativa:
Honoríficos: apelativos que enaltecen a una figura política, a menudo acuñados por sus seguidores. Ejemplos históricos incluyen «El Libertador» (Simón Bolívar), «Padre de la Patria» (aplicado a múltiples líderes nacionales), «Atatürk» ('padre de los turcos', para Mustafa Kemal Atatürk) e «Iron Lady» (Margaret Thatcher).
Peyorativos: apelativos diseñados para descalificar, deshumanizar o ridiculizar al oponente. Abarcan desde insultos directos hasta categorías aparentemente descriptivas que operan como armas retóricas.
Ambivalentes: términos que nacen como autoidentificación positiva y son posteriormente cooptados como peyorativos por el bando contrario, o viceversa. El término «woke», originario de la comunidad afroestadounidense como expresión de conciencia social, fue transformado a partir de 2019 en un epíteto peyorativo de uso global por movimientos políticos de derecha. De manera inversa, «sans-culotte», originalmente un insulto de la aristocracia francesa hacia los revolucionarios sin calzones de seda, fue adoptado con orgullo por el movimiento revolucionario durante la Revolución francesa.
Historia
El uso de etiquetas estigmatizantes para descalificar, deshumanizar o eliminar al adversario político es un fenómeno documentado desde la Antigüedad. A lo largo de la historia, la estigmatización política ha servido como paso previo a la marginación, la persecución y, en casos extremos, el genocidio.
Estigmatización política en la Antigüedad clásica
miniaturadeimagen|Cicerón denuncia a Catilina (1889), fresco de Cesare Maccari. La invectiva política en el Senado romano constituye uno de los primeros ejemplos documentados de uso sistemático de estigmatización política.
En la Antigua Grecia, la invectiva política formaba parte integral de la vida democrática ateniense. El procedimiento del ostracismo permitía a los ciudadanos exiliar a un político mediante votación, inscribiendo su nombre en fragmentos de cerámica (óstraka); algunos fragmentos conservados incluyen epítetos insultantes junto al nombre del candidato al exilio, como «calumniador», «traidor» o alusiones a escándalos personales.
En la Antigua Roma, la retórica de la descalificación política alcanzó un alto grado de sofisticación. Cicerón empleó sistemáticamente epítetos contra Marco Antonio en sus Filípicas, presentándolo como borracho, licencioso y enemigo de la República. Durante las guerras civiles romanas, Octavio y Marco Antonio se acusaron mutuamente de orígenes oscuros, cobardía, incompetencia y depravación, utilizando el género retórico romano de la vituperatio (invectiva formal) para moldear la opinión pública.
Estigmatización política en la Escandinavia medieval