La crítica del concepto de país en vías de desarrollo abarca los cuestionamientos académicos, institucionales y políticos dirigidos contra la clasificación binaria de los países del mundo en «desarrollados» y «en desarrollo». El concepto se conoce en español bajo diversas denominaciones —«país en vías de desarrollo», «país en desarrollo» y «país subdesarrollado»—, siendo la primera la más extendida en el ámbito institucional y diplomático. La crítica se extiende también a categorías afines tales como «Sur global», «mercado emergente» y «Tercer Mundo». Los críticos señalan que estos términos simplifican realidades heterogéneas, perpetúan jerarquías heredadas del colonialismo y proyectan un modelo de desarrollo occidental como norma universal.
miniaturadeimagen|La línea Brandt, propuesta en 1980, dividía el mundo en «Norte rico» y «Sur pobre». Su vigencia ha sido cuestionada.
Contexto histórico La práctica de clasificar a las naciones según su nivel de desarrollo se consolidó durante la Guerra Fría, cuando las categorías de «Primer Mundo», «Segundo Mundo» y «Tercer Mundo» ofrecían un marco geopolítico basado en la alineación con Occidente, el bloque soviético o la no alineación. Tras el colapso de la Unión Soviética, la división tripartita perdió relevancia y fue sustituida progresivamente por la dicotomía «desarrollado/en desarrollo», que pasó a dominar el discurso de las instituciones financieras internacionales.
En 1980, la Comisión Brandt, presidida por el excanciller de Alemania Occidental, Willy Brandt, popularizó la llamada «línea Brandt», una frontera imaginaria a la altura del paralelo 30° N que dividía el mundo en un «Norte rico» y un «Sur pobre». Si bien esta línea fue considerada útil en su momento para visualizar las desigualdades globales, su vigencia ha sido ampliamente cuestionada.
miniaturadeimagen|Mapa del Norte global (azul) y Sur global (rojo) según la clasificación de la UNCTAD. La división no corresponde estrictamente a los hemisferios geográficos.
Críticas al término «país en desarrollo»
Vaguedad e imprecisión Uno de los cuestionamientos más extendidos es que el término «en desarrollo» agrupa bajo una misma etiqueta a países con realidades radicalmente distintas. Según Hans Rosling, médico y estadístico sueco, la división del mundo en «países desarrollados» y «países en desarrollo» es «anticuada» y carece de sentido, puesto que la gran mayoría de los países del mundo se encuentran en niveles intermedios de ingreso. Rosling insistió reiteradamente, incluso en conferencias ante las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales, en que el uso de los términos «país desarrollado» y «país en desarrollo» debía abandonarse. Propuso en su lugar un sistema de cuatro niveles de ingreso, desde el nivel 1 (menos de 2 USD diarios) hasta el nivel 4 (más de 64 USD diarios), donde la mayoría de la humanidad se ubica en los niveles intermedios 2 y 3.
Mathis Wackernagel, experto en sostenibilidad y fundador de la Red de la Huella Global, ha calificado la clasificación binaria de «desarrollado» frente a «en desarrollo» como algo que no es ni descriptivo ni explicativo, y la ha descrito como una forma de «fetichismo del PIB».
Implicación de inferioridad Otra línea de crítica señala que el término «en desarrollo» implica una condición de inferioridad respecto a los países «desarrollados» y presupone que todas las naciones aspiran a seguir el modelo occidental de crecimiento económico. Según el politólogo Rogério de Souza Barros Leal Farias, la etiqueta «en desarrollo» heredó las connotaciones jerárquicas de la antigua división entre países «civilizados» e «incivilizados», transfiriendo la inferioridad implícita de una categoría a la otra. Países como Cuba y Bután han cuestionado explícitamente este presupuesto: Bután, por ejemplo, ha promovido la felicidad nacional bruta como indicador alternativo al PIB.
Tradición intelectual de la crítica
La crítica al concepto de «país en desarrollo» y a las categorías asociadas se inscribe en una tradición intelectual que ha evolucionado a lo largo de varias décadas, desde las denuncias anticoloniales de mediados del hasta los cuestionamientos empíricos e institucionales del . En las décadas de 1950 y 1960, pensadores anticoloniales sentaron las bases de la crítica. Aimé Césaire criticó la «misión civilizadora» europea como antecesora ideológica de las narrativas de desarrollo. Frantz Fanon argumentó que el colonialismo había creado una jerarquía permanente que naturalizaba la superioridad del colonizador. Kwame Nkrumah sostuvo que la independencia formal no había eliminado la subordinación estructural de los países clasificados como «en desarrollo». Entre las décadas de 1960 y 1970, la teoría de la dependencia y el análisis del sistema-mundo desplazaron la crítica del plano moral al estructural. André Gunder Frank acuñó la expresión «el desarrollo del subdesarrollo» para argumentar que la pobreza de las naciones periféricas era activamente producida por el sistema capitalista global, no una etapa previa al desarrollo. El historiador guyanés Walter Rodney argumentó que el «subdesarrollo» de África no era una condición intrínseca, sino el resultado activo de la explotación colonial europea. Samir Amin rechazó explícitamente la idea de que los países «en desarrollo» simplemente se encontraran rezagados en una senda universal de progreso, calificando dicha visión de eurocéntrica. Immanuel Wallerstein propuso la teoría del sistema-mundo, que sustituía la dicotomía desarrollado/en desarrollo por un modelo tripartito de centro, periferia y semiperiferia. Eduardo Galeano documentó cómo América Latina había sido activamente empobrecida durante siglos de extracción colonial. De forma paralela, entre las décadas de 1960 y 1980, una corriente de crítica epistemológica y cultural cuestionó los supuestos cognitivos del discurso del desarrollo. Edward Said, con su análisis del orientalismo, proporcionó el marco teórico para comprender cómo Occidente construye discursivamente al «Otro», marco que luego sería aplicado directamente al discurso del desarrollo. Paulo Freire criticó el modelo asistencialista del desarrollo como una forma de reproducir la opresión en lugar de superarla. Ngũgĩ wa Thiong'o ha cuestionado la dominación epistemológica occidental, incluidos los marcos de desarrollo, y el papel del lenguaje en su perpetuación. A partir de la década de 1990, la corriente del posdesarrollo radicalizó la crítica al cuestionar no solo las relaciones de poder, sino el concepto mismo de desarrollo. Arturo Escobar ha argumentado que el discurso del desarrollo no describe la realidad, sino que la construye, convirtiendo al llamado «Tercer Mundo» en un objeto de intervención occidental. Según Escobar, las políticas de desarrollo se convirtieron en mecanismos de control tan omnipresentes y eficaces como sus antecedentes coloniales. Wolfgang Sachs editó una colección en la que diversos autores argumentaron que el discurso del desarrollo está construido sobre conceptos clave de la historia occidental —pobreza, producción, igualdad, Estado— que fueron proyectados sobre el resto del mundo, cristalizando supuestos tácitos que refuerzan una cosmovisión occidental. Los autores declararon la idea eurocéntrica del desarrollo «históricamente obsoleta e intelectualmente estéril» y propusieron su abandono definitivo. Gilbert Rist, en su obra The History of Development (1997), argumentó que el desarrollo ha sido siempre una forma de «delirio colectivo» que en la práctica solo ha promovido la expansión de las relaciones de mercado, pese a las buenas intenciones de sus defensores.
Carácter estático del término El economista Jeffrey Sachs ha señalado que la actual división entre el mundo «desarrollado» y el «en desarrollo» es en gran medida un fenómeno del . A su vez, desde mediados de la década de 1990, los países de ingreso no alto han crecido más rápidamente que los de ingreso alto según múltiples fuentes de datos, lo que cuestiona la utilidad descriptiva de una clasificación binaria estática. Según Barros Leal Farias, el término «en desarrollo» describe una situación fija y no un proceso dinámico ni una dirección previsible de cambio.
Crítica de la universalidad del término La historiadora, periodista, investigadora y escritora Sophie Bessis cuenta la historia partiendo de la idea ilustrada de universalismo, rastrea cómo esto facilitó una noción de Occidente enraizada en una herencia helénica sistemáticamente desprovista de influencias egipcias o árabes. Aunque la jerarquía de las razas ha dado paso ahora a la jerarquía del desarrollo, Bessis argumenta que el desarrollismo es la nueva encarnación de la paradójica aspiración occidental de llevar al mundo al universalismo mientras mantiene su propia supremacía. Los intentos de emular el modelo occidental han tenido consecuencias devastadoras para el sur global. Los derechos humanos, la democracia y la justicia, al menos en la retórica, se han aceptado en todo el mundo. Sin embargo, aquellos que se enorgullecen de haber inventado esta universalidad todavía reclaman un derecho privilegiado para definir su contenido. Bessis destaca la hipocresía con la que el norte aplica estos estándares: un estándar para China, con su enorme mercado potencial; otro para los Estados africanos menores, uno para la opresión musulmana de las mujeres en Teherán, otro en Riad. En otras palabras, los derechos humanos todavía están completamente subordinados al interés económico".
Según Maliha Chishti, Bessis afirma que la ideología del desarrollo convenció al mundo a aceptar la universalidad e inevitabilidad de la modernidad y el progreso, pero solo con la condición de que su desarrollo y modernización no interfieran con los intereses de Occidente. Además, Bessis admite que, aunque Occidente no quiera admitir o someterse a esta dirección, inevitablemente se verá empujado, voluntariamente o no, a ubicarse finalmente de manera realista en el mundo.Chishti, M. (2004). Western Supremacy: The Triumph of an Idea? by Sophie Bessis (London: Zed Books, 2003. 238 pages.). American Journal of Islam and Society, 21(3), 136–139. https://doi.org/10.35632/ajis.v21i3.1773 https://www.ajis.org/index.php/ajiss/article/view/1773
Según Philippe Dewitte, Bessis ve surgir un sur global que será capaz de inventar una modernidad con autodeterminación, un universalismo que dejaría de ser una fachada dictada por Occidente, un "modelo de desarrollo" diferente del que ostenta Occidente.
Críticas al concepto de «Sur global» El término «Sur global» surgió como alternativa menos jerárquica a «Tercer Mundo» y «país en desarrollo». Su uso creció rápidamente en la literatura académica a partir de 2004, pasando de aparecer en menos de dos docenas de publicaciones a figurar en centenares hacia 2013. Sin embargo, el concepto no ha quedado exento de críticas.
Imprecisión geográfica La denominación «Sur global» no corresponde al hemisferio sur geográfico. Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), el Sur global comprende África, América Latina y el Caribe, Asia (excluyendo Israel, Japón y Corea del Sur) y Oceanía (excluyendo Australia y Nueva Zelanda). Países como Hong Kong, Singapur y Taiwán, clasificados como economías avanzadas por el Fondo Monetario Internacional, son sin embargo incluidos en el Sur global por la UNCTAD.
Heterogeneidad interna Los críticos argumentan que agrupar a un gran número de países en una sola categoría tiende a ocultar las relaciones históricas específicas entre distintos países y regiones, así como los desequilibrios de poder dentro de esas relaciones. Asimismo, la categoría puede oscurecer las diferencias de riqueza dentro de cada país y, en consecuencia, las similitudes entre las élites del Sur global y del Norte global, así como la precaria situación de los pobres en todas partes del mundo.