La barrilla es el nombre genérico dado a diversas plantas halófilas del sureste de España, principalmente de los géneros Salsola y Mesembryanthemum, cuyas cenizas, ricas en carbonato de sodio (sosa), constituyeron durante varios siglos una de las principales materias primas de exportación del país. La sosa obtenida de la barrilla era imprescindible para la fabricación de jabón y de vidrio de calidad, y su comercio convirtió a los puertos de Alicante y Cartagena en importantes centros del tráfico mediterráneo entre los siglos XVI y XIX.

Cultivo y obtención de la sosa Las plantas barrilleras crecen de forma natural en terrenos áridos y salitrosos del litoral mediterráneo español, las Islas Canarias y La Mancha. Acumulan grandes cantidades de sales de sodio en sus hojas. Para extraer la sosa, las plantas se segaban, se dejaban secar y se quemaban en hornos excavados en la tierra. Las cenizas resultantes se compactaban en bloques denominados «piedra barrilla», que era la forma en que se comercializaba el producto.

Aunque existían diversas especies barrilleras, la calidad de la sosa variaba considerablemente según la planta empleada. La barrilla fina (Salsola soda y especies afines), cultivada en el sureste peninsular, producía un carbonato de sodio de pureza excepcional, muy superior al obtenido de otras fuentes vegetales europeas.

Importancia comercial El comercio de la barrilla fue uno de los pilares económicos del sureste español durante la Edad Moderna. Las principales zonas productoras se encontraban en el Campo de Cartagena, la gobernación de Orihuela, las comarcas del Vinalopó y, en menor medida, La Mancha y las Islas Canarias.

La producción se extendía también por las comarcas del Vinalopó, donde municipios como Aspe y Novelda participaban en el comercio barrillero, favorecidos por la abundancia de suelos salinos en el valle.

La sosa española se exportaba principalmente a Italia (Génova, Venecia y Livorno) y a Francia (Marsella), donde se empleaba en la fabricación de vidrio, cristal y espejos. La célebre industria vidriera de Murano dependió durante siglos de la barrilla procedente de los puertos de Alicante y Cartagena. En el siglo XVII, cuando Luis XIV impulsó la producción francesa de espejos para competir con Venecia —lo que culminó en la célebre Galería de los Espejos del Palacio de Versalles—, la materia prima seguía siendo la sosa española.

El producto se valoraba tanto que, según las leyes españolas, la exportación de semillas de barrilla llegó a estar castigada con la pena de muerte.

Desde finales del siglo XV, el comercio estuvo en manos sucesivamente de mercaderes de origen judío, genoveses y franceses, que operaban desde Alicante y Cartagena y combinaban los fletes de barrilla con los de lana, esparto y otros productos de exportación del sureste.

El botánico Mariano Lagasca, escribiendo en 1814 cuando el comercio ya estaba en declive, estimó que la ceniza de sosa «ha producido a la España más millones que las minas del Potosí y de Guanajuato».Citado en

Declive A finales del siglo XVIII, el químico francés Nicolas Leblanc desarrolló un procedimiento para obtener sosa de forma artificial a partir de sal común, lo que abrió la posibilidad de fabricar carbonato de sodio industrial sin depender de las plantas barrilleras. A lo largo del siglo XIX, la progresiva adopción de este y otros procesos industriales (como el posterior proceso Solvay) fue haciendo innecesaria la barrilla natural. Su comercio se desplomó durante la segunda mitad del siglo XIX y su exportación acabó por desaparecer.

Véase también

Sosa Carbonato de sodio Proceso Leblanc Proceso Solvay

Referencias

Categoría:Compuestos de sodio