thumb|250px|Mural en homenaje a Jaime Pardo en la Universidad de Antioquia. La persecución contra el comunismo en Colombia se refiere al conjunto de acciones sistemáticas de violencia, estigmatización y exclusión política dirigidas contra militantes del Partido Comunista Colombiano (PCC), organizaciones de izquierda, sindicatos y movimientos sociales a lo largo del y el . Diversos organismos de derechos humanos y tribunales internacionales han descrito este fenómeno como un proceso sostenido que combinó represión estatal, acción paramilitar y criminalización judicial, vinculado en buena medida a la Doctrina de la Seguridad Nacional y durante la Guerra Fría en Colombia.

En términos históricos, la persecución se ha manifestado en hitos que van desde la «Ley Heroica» de 1928 y la prohibición del Partido Comunista Colombiano durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, la violencia contra la Unión Patriótica y otros movimientos sociales de izquierda. Ese episodio ha sido señalado por múltiples informes como un caso de violencia política de gran escala, que incluyó asesinatos, desapariciones y exilios de militantes y dirigentes, entre ellos candidatos presidenciales como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, y Carlos Pizarro Leongómez.

Desde el punto de vista jurídico, la naturaleza de estos hechos ha sido objeto de debate. Mientras que distintas corrientes del derecho internacional suelen enmarcarlos dentro de la categoría de crímenes de lesa humanidad, instituciones nacionales como la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad han adoptado la tesis del genocidio político. Esta calificación se apoya, entre otros aspectos, en el contenido del Código Penal colombiano, que incluye a los grupos políticos entre los sujetos protegidos frente a acciones de exterminio sistemático, en una definición que difiere de la formulación de la Convención de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de 1948.

En enero de 2023, la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió una sentencia en la que responsabilizó al Estado colombiano por su papel en la violencia contra la Unión Patriótica, señalando que los hechos no fueron aislados sino parte de un patrón de eliminación política. El impacto de esta persecución ha influido en la dinámica del conflicto armado interno, en los márgenes del pluralismo democrático y en la organización y capacidad de los movimientos sociales en el país. Marco legal

El entramado jurídico y doctrinal que facilitó la «represión» contra el comunismo y otras expresiones de izquierda en Colombia se fue consolidando a lo largo del mediante normas de excepción, instrumentos penales y una lógica de seguridad que trasladó al interior del Estado la preocupación por la «subversión». Este conjunto de herramientas no solo permitió acciones represivas puntuales, sino que también contribuyó a marginar políticamente a organizaciones y militantes identificados con corrientes marxistas.

Un primer ejemplo de esa tendencia es la denominada «Ley Heroica» (Ley 69 de 1928), que estableció sanciones sobre la propaganda y la organización consideradas peligrosas para el orden público y autorizó medidas de control sobre prensa, reuniones y líderes obreros y campesinos. En la práctica, la ley se utilizó para perseguir y silenciar expresiones de protesta social que fueron etiquetadas como «comunistas», lo que sentó un precedente de intervención estatal sobre la actividad política de la izquierda.

La recurrencia de figuras excepcionales como el estado de sitio permitió sucesivos gobiernos suspender garantías y ampliar las facultades de la Fuerza Pública (Fuerzas Militares y Policía Nacional), lo que terminó por reducir los márgenes de acción política de organizaciones alternativas al bipartidismo. Esa dinámica institucional se combinó con episodios como el golpe de Estado y el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, periodo en el que se aplicaron medidas explícitas de proscripción y control contra lo que se denominaba el «comunismo internacional»

El acuerdo del Frente Nacional institucionalizó, de modo indirecto, la limitación del espacio político plural: la alternancia bipartidista y los mecanismos de reparto del poder dificultaron el crecimiento electoral y la inserción institucional de nuevas fuerzas, incluidos grupos de izquierda que buscaban vías legales de participación.

A partir de los años sesenta la emergencia e influencia regional de la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional introdujo un enfoque contrainsurgente en las políticas estatales: la «seguridad» dejó de entenderse solo como defensa frente a amenazas externas y pasó a identificar a la «subversión interna» como enemigo, legitimando operaciones de inteligencia, vigilancia y acciones coercitivas contra actores sociales y políticos considerados peligrosos. Ese cambio doctrinal permeó la formación militar y las estrategias de Estado, y justificó en muchos casos la identificación de la izquierda política con la insurgencia armada.

Historia Antecedentes históricos El surgimiento de corrientes comunistas y de influencia marxista en Colombia está conectado con los primeros movimientos obreros y las huelgas de las décadas de 1910–1930: la agitación laboral, la circulación de periódicos obreros y la influencia de la Revolución rusa de 1917 crearon un sustrato social donde se organizaron las primeras agrupaciones que luego confluirían en el Partido Comunista Colombiano, fundado formalmente en julio de 1930.

Paralelamente a ese nacimiento organizativo, el Estado y sectores conservadores reaccionaron con una legislación y prácticas restrictivas destinadas a contener la expansión de ideas consideradas «subversivas». Un hito temprano fue la denominada «Ley Heroica» (Ley 69 de 1928, o Ley de Defensa Social), promulgada por el gobierno de Miguel Abadía Méndez en un contexto de temor a la «amenaza bolchevique»; aquella norma y decretos asociados establecieron sanciones sobre la propaganda radical, censura y facultades para perseguir reuniones y publicaciones consideradas peligrosas, configurando un marco legal de represión preventiva contra movimientos de izquierda.

La Violencia (1925-1958)

Durante La Violencia, la conflictividad bipartidista y la violencia rural terminaron por enmarcar a muchos activistas de izquierda como sospechosos o cómplices de la subversión; en la práctica, esto tradujo en vigilancia, detenciones arbitrarias y hostigamiento a líderes sindicales y campesinos, especialmente en regiones con presencia activa de movimientos obreros.

La persecución política y las dinámicas de violencia rural afectaron —entre otros— a campesinos identificados con posiciones liberales o comunistas; en varias regiones se organizaron formas de autodefensa y se desplegaron represalias por bandas armadas vinculadas a los partidos tradicionales, lo que profundizó la estigmatización de las izquierdas como amenaza para el orden local y nacional. El PCC organizó estructuras de sociabilidad en zonas como Sumapaz, Tolima y Cauca, mientras que la violencia contra activistas rurales se volvió un patrón recurrente. Gobierno de Gustavo Rojas Pinilla (1953 -1957)

El golpe de Estado en 1953 que llevó al poder al gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla marcó una fase de proscripción explícita y prohibición contra la actividad comunista en Colombia. En 1954 el régimen aprobó reformas y actos que prohibieron o condicionaron fuertemente la actividad del «comunismo internacional», lo que empujó a la militancia a actuar en la clandestinidad o a reorganizarse por canales alternativos. El empleo reiterado del estado de sitio y otras figuras excepcionales permitió ampliar las facultades de las Fuerzas Militares y Policía Nacional para reducir las garantías civiles en nombre del orden público. Frente Nacional, Doctrina de seguridad nacional y criminalización (1958-1974)

El pacto del Frente Nacional, al consolidar la alternancia bipartidista entre liberales y conservadores, limitó el acceso institucional de terceras fuerzas políticas y restringió la competencia electoral. Aunque no fue una «prohibición» directa en todos los casos, la configuración institucional produjo efectos excluyentes que dificultaron la inserción política de organizaciones de izquierda que pretendían vías legales de participación. A partir de los años sesenta la difusión regional de la llamada «Doctrina de la Seguridad Nacional» desplazó la noción del enemigo hacia el interior del Estado, identificando a la «subversión» —incluidas organizaciones políticas legales— como un problema de seguridad. En Colombia esa lógica permeó la formación militar y las prácticas de inteligencia, y terminó por justificar operaciones de vigilancia y acciones coercitivas contra actores sociales y políticos vinculados a la izquierda. Paralelamente, medidas penales como la tipificación de propaganda subversiva, asociación ilícita y otros delitos fueron aplicadas con frecuencia contra militantes y simpatizantes. A lo largo de las décadas siguientes en el Frente Nacional y gobiernos posteriores la represión contra sectores comunistas y de izquierda se combinó con prácticas de vigilancia, criminalización judicial y estigmatización pública. En términos jurídicos se utilizaron normas administrativas, censura y figuras penales para limitar la organización política de la izquierda; en el plano operativo, agentes del Estado y grupos clandestinos de seguridad compartieron —en distintos momentos y regiones— información y prácticas que dificultaron la actividad abierta de partidos y sindicatos vinculados a corrientes marxistas. Las transformaciones de la segunda mitad del —radicalización de algunos sectores guerrilleros, reorganización de la política legal de la izquierda y la emergencia de nuevas formas de violencia privada organizada (más tarde conocidas como grupos paramilitares)— sentaron las condiciones para episodios posteriores de persecución política a gran escala. Se han documentado la articulación de decisiones, omisiones y prácticas estatales con acciones de actores armados privados en campañas que afectaron a la militancia comunista y a la izquierda en sentido amplio. El reconocimiento judicial e institucional de estas dinámicas se ha ido materializando en sentencias, informes y medidas de investigación que sitúan muchas de las prácticas de persecución en un marco de violencia política sostenida que parte de decisiones estatales y de la acción concertada de múltiples actores. Formación de las guerrillas El surgimiento de grupos guerrilleros en Colombia se inscribe en el contexto del conflicto armado interno, cuyas raíces comienzan en las dinámicas de violencia social y política de mediados del . A partir de la década de 1940, durante el periodo conocido como La Violencia, la ausencia de canales efectivos de participación política para sectores campesinos, obreros y de izquierda, junto con la violencia partidista bipartidista, contribuyó a la formación de movimientos armados que consideraban la lucha armada como un medio de resistencia y transformación social. Formación de las FARC-EP

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo surgieron oficialmente como organización guerrillera en 1966, aunque sus antecedentes pueden rastrearse a grupos de autodefensa campesina que existieron desde finales de los años 1940 y principios de los 1950, vinculados al Partido Comunista Colombiano. Estos grupos inicialmente formaron milicias para defender comunidades rurales frente a la violencia estatal y de bandos civiles, y con el tiempo adoptaron una organización más estructurada bajo una ideología marxista-leninista con énfasis en el agrarismo y la lucha contra la desigualdad socioeconómica. Fundación del ELN